7 dic. 2011

El ridículo de Peña Nieto


Estoy convencido de que el ridículo que hizo Peña Nieto en la Feria del libro de Guadalajara, merece ser comentado por varias razones. La principal de ellas es para no pertenecer al grupo de los cínicos.

Los cínicos son aquellos que aseveran que no les importa si un político carece de cultura. Uno de los cínicos, Fernando Escalante, columnista de un periódico de derecha, escribió: “Es claro que Enrique Peña Nieto no es un gran lector. No tiene nada de particular. En México apenas un cinco por ciento de la población son lectores habituales. Y a los políticos se les pide, básicamente, que hagan política. Si les gusta leer o no, es asunto suyo, como si les gusta el futbol.”

Hay mucha infamia en esas palabras. Si Peña Nieto no tuviera nada de particular, no me burlaría de él, pero resulta que sí tiene mucho de particular porque es del 0.00000001 % de los mexicanos que aspira a ser presidente. Y, peor aún, es quien tiene el mayor apoyo de parte de los medios masivos para su campaña.
Por otra parte, ¿quién pide a los políticos que solo hagan política? Yo no. Yo quiero políticos que sepan de ciencia y de religión, de filosofía y de historia, de economía y de literatura, de política y de música. ¿Es mucho pedir? Pues pido mucho: ¡que los mediocres pidan poco!

Basta de cinismos, para hacer política se requieren conocimientos y para adquirir conocimientos hacen falta libros. ¿O me dirán que no hace falta conocer algo de la historia de Estados Unidos para tener una idea de cómo mantener relaciones con nuestros vecinos? ¿Me dirán que no hace falta saber la historia del catolicismo para manejar las relaciones con la Iglesia? ¿O no es importante, si no comprender, al menos saber valorar el legado de los avances científicos a partir de la Ilustración? ¿No es de verdad importante saber leer para dictaminar leyes, censurarlas o promoverlas? ¿De verdad un político solo debe especializarse en chismes, en intrigas y en maquillaje?

La idea de que los especialistas no sepan nada más que de lo suyo es una perversidad. Por fortuna si existe el bachillerato es para que los conocimientos básicos lleguen a todos. ¿O acaso ya no importa la educación? Lo que parece decir Fernando Escalante es “si vas a ser político para qué estudias, para qué lees: aprovecha tu tiempo formando intrigas y conjuras”.

Pero la lectura no es un gustito. Aunque parezca inverosímil leer un libro no es lo mismo que ver un partido de futbol. ¿Se desarrolla la capacidad de análisis viendo futbol? ¿Uno aprende conocerse más a sí mismo viendo a veinte personas pateando un balón? ¿Uno comprende mejor a la sociedad presente y pasada gracias a contemplar un tiro de esquina? ¿Son equiparables los grandes filósofos y literatos a los mejores centrocampistas? ¿Por qué entonces en las escuelas hay libros de texto y les dejan lecturas a los niños? Si como dice Fernando Escalante, la lectura es un gusto como otro cualquiera, entonces el sistema educativo, en México y en el mundo, es absurdo porque promueve la lectura como un vehículo privilegiado para la transmisión del conocimiento, al grado de que los profesores les recomiendan libros a sus alumnos. ¿Para qué si la lectura no sirve?

Hace falta mucho cinismo para decir como Fernando Escalante: “No me preocupa, ni mucho ni poco ni nada, que los candidatos a la presidencia no sean grandes lectores”. Cabe mencionar que Peña Nieto, no solo no es un gran lector, no es un lector mediano ni pequeño, seguramente no ha leído más de diez libros en toda su vida. Y para mí alguien que por lo menos ha cursado la preparatoria ya debería haber leído más de diez libros.

Conviene puntualizar que el problema de Peña Nieto no fue confundir autores, sino mostrar una gran miseria verbal, una ausencia de cultura libresca, ya que no le preguntaron por libros de literatura, sino por libros en general, entonces no vale disculparlo como si no hubiera libros de política indispensables para el quehacer político. Pero la ignorancia de Peña Nieto fue brutal. Seguramente no tiene idea de quién es Hobbes, ni sabe nada de Monstesquieu o Rousseau. ¿Pero por qué no le preguntamos si conoce a algún futbolista? Fernando Escalante nos dirá que un político no tiene que saber de política, sino hacerla, en otras palabras, intrigar, simular, gesticular, mentir con cara dura, derrochar el dinero en asesores de imagen, contratar a una hetaira popular de la televisión. Yo no quiero a esa clase de políticos.

Lo que Fernando Escalante y otros como él buscan ocultar es que la incultura de Peña Nieto es razón suficiente para no votar por él. Y también desean ocultar que el ridículo por el que ha pasado lo ha cimbrado, ya que además de evidenciar su estupidez, su hija pocas horas más tarde llamó “bola de pendejos, envidiosos que son parte de la prole” a quienes habían criticado a su padre. Con lo cual se demuestra, una vez más, por qué es importante leer; la educación, la sensibilidad y la inteligencia no se desarrollan fácilmente, los libros son la gran herramienta para la humanización. Y para vivir y gobernar deshumanizadamente como los Peña Nieto conviene no leer.

Algo más, Peña Nieto mencionó a un escritor de literatura barata, Jeffrey Archer, político conservador, que pasó un tiempo en la cárcel. Lo cual apunta que este candidato está en la derecha. El PRI ya no es un partido de centroizquierda ni de centro, sino plenamente de derecha. Así que solo hay dos opciones ideológicas en la próxima elección.

En resumen, el ridículo que hizo Peña Nieto cuando mostró su gran ignorancia fue que es un candidato que se va a desinflar en la lucha electoral porque en cualquier debate seguramente saldrá derrotado. Además, no debemos olvidar la fuerza negativa que tiene hacer el ridículo en un asunto como el de las elecciones. ¿Quién votará por alguien que es el gran hazmerreír? Su ridículo ocurrió en un espacio internacional, no hay que desdeñar ese dato; el diario más importante en español, casi de inmediato colocó la nota, y poco después apareció tal noticia en inglés y en otros idiomas. Peña Nieto ahora es mundialmente famoso por ser un iletrado.

Sin embargo, lo que más molesta y preocupa, es la recua de dizque intelectuales y de periodistas de tercera categoría, que, en su afán de defender a su candidato, se atreven a despreciar la lectura, y a criticar a quienes todavía manifestamos nuestra indignación ante los políticos de la derecha. Para mí está claro que no se indignan los que ya han perdido su dignidad. Pero yo no la he perdido, y espero de Héctor Aguilar Camín, de Jaime Sánchez Susarrey y otros, un pedacito de vergüenza, para que al menos sus labios no visiten con tanta frecuencia las partes pudendas de los políticos conservadores.

5 dic. 2011

El rostro de Dios



He sentido mucho frío los últimos días. ¿Por qué hace más frío? Esto que llamamos invierno, este alejamiento del sol, y la inclinación de la tierra en el hemisferio norte, son asuntos que me ponen nervioso, porque no alcanzo a entenderlos.

También en Palestina, en el Cairo y en Roma, hace más de dos mil años, el 22 de diciembre ocurría el solsticio de invierno. La noche más larga del año, y un día después comenzaba el proceso contrario: se iban acortando poco a poco las noches. El secreto de la trayectoria elíptica de nuestro planeta y de su respectiva inclinación fue comprensiblemente sacralizado. Para que un secreto se vuelva sagrado basta un pequeño cambio fonético. La observación de los cielos permitió a los pueblos del hemisferio norte creer en un orden cósmico, en una perfección universal, en una pléyade de dioses que vencían al caos, y generaban y regeneraban la vida. A partir del 23 o 24 de diciembre --no andaban muy finos en sus cálculos--, notaban el nuevo acercamiento al sol, lo que implicaba un nuevo año, la renovación de la vida. Algo sin duda digno de festejar. Yo también quisiera celebrar con un tequilita porque ya no aguanto el frío.

Lo que me limita, sin embargo, en mis ganas de fiesta es el bebé desvalido, frágil y pobre, que obligó a desviar la vista de los cielos para dirigirla hacia la debilidad y el sufrimiento humanos. Ese niño sigue naciendo, sigue siendo un exiliado, pide albergue, comida, ropa. Se le siguen cerrando las puertas y las fronteras. Se sigue desconfiando de quienes se embarazan sin explicación, incluso si eran vírgenes y fueron violadas.

Me maravilla que Jesús, el nazareno, haya desplazado a los soberbios dioses romanos, a los fríos dioses griegos y al despiadado, inhumano y vengativo dios del Antiguo Testamento. Para sus treinta y tres años, edad todavía insensata, hizo bastante. Estoy convencido de que fue una buena persona. Me da pesar que Santa Claus, ahora, lo haya desbancado. Hay un abismo entre ese barbón de rojo y Jesucristo, hecho todo de símbolos, de ideas que transformaron el mundo y, sobre todo, el discernimiento metafísico de colocar en el centro de la ética al frágil recién nacido.

El afecto no puede ser visitar el Palacio de Hierro y salir cargando una pila de regalos. Por eso Santa Claus me parece un ser vil. ¿En principio, por qué carajos no se pone a adelgazar? En cambio ese niño que aun no puede hablar, ni sostener la cabeza en su sitio, que tiembla de frío, que necesita ser alimentado y protegido y que es prácticamente pura necesidad, tiene que ser divino, no puede ser de otra forma. Me lo imagino diferente a las representaciones que de él hacen. Debió ser un chilpayate muy flaco, enfermizo y bien chillón. María también debió quedar casi muerta después del parto: agotada, sin fuerzas y ya con la pesada carga de la angustia por su hijo. Y al pobre José, también hay que mencionarlo, apenado por sus tristes condiciones, preocupado por el futuro inmediato y sin saber a ciencia cierta si el niño era suyo. En resumen, una familia muy jodida, y por eso mismo, sagrada. Lo más sagrado es lo más humano: la piedad.

En una navidad y un fin de año materialistas, solo los chicos materiales celebran. Sería posible un mundo más cristiano, más humano, si enfrentaran los gobernantes con seriedad el problema de la pobreza. Sin embargo, los gobernantes están muy preocupados viéndose al espejo, maquillándose y siendo acariciados por sus asesores de imagen. Por eso, yo no me preparo para un mundo mejor, sino para uno gobernado por idiotas superficiales. Pero si alguien quiere todavía en esta navidad ver el rostro de Dios, que vuelva la vista a los niños de la calle. Allí está la desolación y las penas profundas, la miseria y el hambre, la cruz y el cáliz más amargo, los torsos desnudos y las espaldas flageladas, las coronas de espinas de la burla, las que más hieren y, para colmo, la indiferencia, pero allí, sólo allí, está el rostro de Dios. 

30 nov. 2011

Contra la fotosíntesis


Una gran injusticia, una terrible calamidad, una infamia sistemática, todo ello, ocurre a diario en contra de nuestros hijos, aun cuando no tengamos hijos, y debemos actuar de inmediato para acabar con tal desgracia, pues a los inocentes niños no se les debe enseñar ese absurdo, esa cosa diabólica, que es la teoría de la fotosíntesis.

A mí me ofende de un modo dolorosísimo que los científicos, los profesores y muchas personas que gustan de enterarse de los asuntos de la naturaleza, pongan en duda y, peor aún, ignoren y nieguen la palabra de Dios. Por lo tanto, me parece que deberían ser castigados por tal atrevimiento. ¿Por qué me ofenden? ¿Y por qué ofenden a Dios? El Innombrable está detrás de esto sin duda.

Ya sabemos que durante muchos años, a la par que la sociedad se ha degenerado, en la escuela pervierten a los niñitos enseñándoles la teoría de la evolución. Pero poco se ha dicho acerca de esta otra maledicencia que es la fotosíntesis. Sabemos que quien crea en la locura darwinista debe ser poco más que un simio, pero hoy, por falta de información, incluso buenas personas, gente devota, lectora de la Biblia, toleran a esa bola de ateos que influyen para mal en nuestros hijos a través de esa tontería de la fotosíntesis.

¿Por qué digo que es una tontería? Porque contradice lo que Dios mismo quiso decirnos en las Santas Escrituras. ¿Acaso Dios miente? No, de ningún modo. Pensemos lógicamente, ¿Si Dios mintiera habría ordenado que no mintamos? Entonces, si Dios no miente, la fotosíntesis no existe. Y quiero insistir mucho en esto para que ninguna persona decente continúe tolerando a los emisarios del mal que se disfrazan de científicos. Digo que se disfrazan porque los verdaderos científicos creen en Dios. La prueba irrefutable es que Louis Pasteur creía en Dios. Así que si alguien que estudie física, química, biología o cualquier otra ciencia natural y no cree en Dios, entonces, no es un verdadero científico, sino un infatuado, pedante e ignaro, en suma, un falso científico, al que no debemos tolerar.

Toda persona bien nacida, ha leído la Biblia, por eso sé que cualquiera sabe que en el Génesis podemos leer que Dios creó la vegetación de la tierra el tercer día, y un día después el sol, por lo tanto, ninguna flor, ningún árbol, ni la más pequeña planta, necesitaron la luz del sol para existir. Con esto se demuestra que la fotosíntesis es una más de las tretas del Maligno. Y todos los científicos que tengan mucha ciencia y no poca, estarán de acuerdo conmigo.

Cabe añadir, que el sol no emite ninguna luz, porque Dios creó la luz que ilumina la tierra antes de crear el sol. Dios mismo es la luz, y el sol, realmente, es un adorno. Sólo quien sepa muy poco de ciencia negará esto. Si el cielo es azul es porque ese es el color natural del agua y el cielo está hecho de las aguas que antes estaban en la tierra y que Dios separó cuando mandó unas aguas para arriba y a las otras las dejó donde estaban porque Él es muy sabio e inescrutable. Además, aquel día tercero cada árbol dio fruto fuera o no temporada, aun sin haber sol ni luna, aunque ya había día y noche. Lo cual demuestra que las malvadas escuelas pervierten a nuestros hijos enseñándoles cosas absurdas como la evolución, el big bang y la fotosíntesis. Aún añadiré que el sol y la luna son las lumbreras mayores que hizo Dios. Esto significa que son demoniacos los astrónomos que nos han querido convencer de que nuestros sentidos nos engañan y que la luna no es más grande que las estrellas, sino que está más cerca de nuestro planeta. ¡Vaya tontería! ¡Es como si no hubieran leído la Biblia! La Biblia jamás podrá equivocarse porque fue Dios quien la inspiró. Y, por supuesto, la prueba de que Dios lo puede todo está en la Biblia. Para que se note su capacidad: Dios certifica a la Biblia y la Biblia certifica a Dios: círculo perfecto.

En fin, propongo que organicemos muchas protestas contra las clases de biología y física y demás locuras, que estudian nuestros hijos, para que no se les perturbe más en esta etapa de su vida, que es la etapa en la que más curiosidad sienten por el conocimiento. Asimismo, debemos prever la incapacidad de las autoridades educativas, por ende, comenzar nosotros mismos a quemar cualesquier libro que consideremos inadecuado. Debe quedar muy claro que ningún ateo tiene derecho a escribir esos libros insensatos que me ofenden, deshonran mis creencias y denigran mis valores. Por lo menos, los profesores les deberían explicar a los niños, cuando den clases de fotosíntesis, que también existe otra teoría casi igual de válida (en realidad muchísimo más válida, pues es la verdad revelada), y es que las plantas crecen porque Dios lo quiere así y no necesitan nada ni oxígeno, ni insectos polinizadores, ni luz solar ni nada, porque Dios es omnipotente. Todo niño tiene la obligación de saberlo y si en un examen le preguntan ¿qué es la fotosíntesis? Pueda responder sin miedo que es una tontería, ya que Dios creó las plantas sin luz solar; tal respuesta debe ser premiada, porque quien la diga, como dijo Pasteur, no sabrá poco de ciencia, sino mucho.

20 nov. 2011

Anti-reseña


Los niños bien es un producto de la locura, dice la contraportada de esa novela, que es  una de las más originales obras de la literatura mexicana. Pero no considero que sea una locura ni una serie de absurdos, sino un acercamiento apasionado a los vicios de la sociedad actual.

El más grande de nuestros vicios es la estupidez. Mover las piezas del ajedrez de nuestra vida sin considerar las consecuencias es el fruto de la estupidez. La levedad o el relajo nos han trastornado. Peor aún, hemos llegado a una situación carente de sentido, ya que si entregamos nuestros días a los placeres, en medio de esa nube de embriaguez, nos avergonzaríamos de regresar a la sobriedad, a ese mundo con careta de decencia, de buenos modales y, en el fondo, aún más absurdo que las alucinaciones que provoca la más adulterada de las bebidas alcohólicas.

¿Pero qué es Los niños bien, además de un espejo de la sociedad posmoderna? ¿Acaso ser un espejo no es suficiente? Dice Nachón que usó un doble absurdo como forma de estilo. Un doble absurdo es prácticamente una sensatez. ¿Y cómo es su estilo? Bueno, un montón de palabras, unas tras otras, dando vueltas a lo pendejo y, de repente, en varios derrepentes, aparece lo poético como un temblor que abriera zanjas bajo los pies de la novela. Y luego, pareciera, que un gran miedo al sentimentalismo lo cubriera todo de nuevo de cinismo, sexo, alcohol.

Algunas letras se escapan de las palabras; los gritos se transcriben; el lenguaje no verbal se aferra a un cachito de palabra escrita. En resumen, Nachón vivifica a personajes absurdamente literarios. Se burla de los lugares comunes de la literatura. Se nota que sabe a la perfección los trucos de los novelistas y los muestra: es como un ilusionista que traicionara al gremio de la magia mostrando la fullería de cada acto mágico.

El autor no estaba muerto, andaba de parranda. Esto es lo que nos dice Nachón. Si los críticos literarios enterraron al autor, Nachón lo hace un personaje, que es realmente dos personajes: un niño bien y el autor de la novela, por ende, la narración está en cuarta persona. ¿O sea, cómo? Pues así. Resulta que la tercera persona tiene dos personalidades. Y claramente uno más tres da cuatro.

La verdad es que yo no sé describir una antinovela de-generada como Los niños bien, sin embargo, me dije a mí mismo que es posible que esté haciendo una antirreseña. Así que mejor transcribo la parte climática la obra (si puede haber clímax en un círculo que no va a ningún lugar), que es el diálogo entre Zadig, aquel personaje voltaireano, y nuestro autor, ahí va:

-¿Qué? Dame un remedio para la cruda.
-Si te lo digo quizá no lo hagas.
-¿Cuál es?
-No volver a beber.
-Tienes razón, aunque ahora ya me dieron más ganas de seguir.
-Sí, pero ya te echaste a dos Niños Bien, estás quebrando a tus tíos, tu vieja anda con Kundera. En total, que la estás cagando requetebién gacho.
-Tienes razón, dejaré de chupar; pero mientras ¿qué me tomo para la cruda?

Por último, y sin duda, Los niños bien merecería un lugar destacado en la literatura nacional. Por alguna razón que no comprendo en las librerías la tienen como una novela erótica. Tampoco es erótica Cachetadas en las nalgas, novela que pronto también antirreseñaré con la esperanza de que Fernando Nachón, aún si está en el purgatorio, reciba un elogio.

7 nov. 2011

Nada que ver con la tristeza


Esta tristeza no tiene 
nada que ver con la tristeza.
Siento contentura en el frío
que se mueve en la calle.
Hay gotas de luz esparcidas
percusiones letárgicas.
Para no tocarlas          
quisiera ver de cerca tus manos.
Siento un día que no ha ocurrido
jazzeando de improviso
se hacen mayores y claras las horas
que fueron negras,
lleno de redes está el presente,
como un gran diamante.
Quisiera ver tus labios
en el momento en que se tocan
y tu palabra aún vibra
y se me hace lluvia en la mente,
nube y sol y noche y
palabra mía para extrañarte.
Para no bailar
extraño el ritmo oculto de tus piernas.
Nuestras vidas son dos cuerpos
que han tocado notas juntos.
Y nuestros cuerpos son dos vidas
que a un delta van a dar.

2 nov. 2011

¿Qué es una pregunta?


¿Qué es una pregunta?
Una raíz de zozobra,
un florecimiento de calma.
Una respuesta es una flor.
Vivir sin preguntas
es andar sin sembrar jardines
en una grisura práctica
de edificios y banquetas
sin los colores robustecidos de la vida,
sin los brillantes polígonos de la duda.
¿Cómo saber qué es la hierba?
¿Qué hacen las olas del aire?
¿Cuánto siente el agua las caricias?
¿Cuál carbón atiza bajo la piel el fuego?
¿No es cada pregunta a su vez una respuesta?
Y cada respuesta marchita es
nueva pregunta.
(Pero, ¿qué es una pregunta?)

9 oct. 2011

Algo

Algo me dice
que saben sin palabras las rosas
ser rosas
con pura sensación de agua
y tierra
Algo me dice que el silencio
que no se sabe silencio
sabe cosas
sentires de flujos
de vivos ríos
que van
Algo que es rosa y es río
y que es realmente silencio
sabe decirme
decirse
y me sabe a impotencia
tener que usar palabras.

25 sept. 2011

Intempestivas


Un bebé tiene edad suficiente para ser envidioso. Es un ser maligno y frágil. Lleno de odio y necesidad. Es la semilla encarnada del crimen, es divina animalidad quebradiza.
Nunca seremos seres angelicales. Es imposible si hemos comenzado cometiendo este contundente error de haber nacido.

El pecado original no es otra cosa que la herida que infringió la nada cuando nos defecó.

Si asumieran que nacer es un infortunio, que siempre habrá crímenes, perversidades y torturas; que no hay paraíso ni revolución ni retorno al hogar posible, qué cerca estarían de la felicidad.

Si perdiera toda esperanza. Si caminara totalmente seguro de que miles de niños mueren de hambre sin remedio, me imagino que sería feliz. Si al mirar horizontes estuviera convencido de que toda oveja es una fiera, y que las sociedades entre bestias sólo pueden ser inmorales, como son: falsamente democráticas, verdaderamente despóticas. Si al nadar libremente por los días comprendiera que mejor sería no haber nacido nunca, cuánto daño dejaría de hacer. Si renunciara a todos los paliativos como el alma, el espíritu, los dioses, la ciencia, la filosofía; si pudiera desnudarme de cultura y alcanzara un lenguaje sin tradición, apuesto a que vería con claridad. Pero ya perdí la esperanza de que eso suceda. He asumido mi caída, lo cual, apenas, me da un poco de gracia.

23 sept. 2011

El narrador del Génesis


ANTONIO: La verdad yo creo que nunca hubo un principio.

NARRADOR: Al principio Dios creó los cielos y la tierra.

ANTONIO: Eso no puede ser.

NARRADOR: ¿Por qué no?

ANTONIO: Porque no sé quién eres tú.

NARRADOR: Soy el narrador del Génesis.

ANTONIO: ¿Tú estabas al principio, antes de que Dios creara el cielo y la tierra, tú existías antes que todo y, por qué no decirlo, antes que Dios?

NARRADOR: No, después.

ANTONIO: Entonces tú no puedes saber si Dios creó o no creó. Estás narrado algo que no te consta.

NARRADOR: Pero fui inspirado por Dios.

ANTONIO: Oquey, entonces, qué te parece este modo: “Muchos años después, cuando su pueblo era esclavo en Asiria, Dios recordaría el momento en el que decidió confesarle a cierto escriba la historia del origen del mundo”.

NARRADOR: No me gusta.

ANTONIO: Pero es una manera más segura de contarlo. Piensa que así no hay riesgo de que te demanden por no verificar tus fuentes. Si pones entre comillas lo que Dios te dijo ya con eso te lavas las manos y te curas en salud. Además, si él te lo dictó lo hubieras puesto en primera persona, si nomás te hizo ver visiones, mejor ten cuidado, porque qué tal que seas esquizofrénico o que aquel día hayas cenado algún hongo alucinógeno o algo así. Todo puede ser.

NARRADOR: La tierra estaba informe y vacía…

ANTONIO: No, eso no puede ser. Estás narrando como si tú hubieras estado ahí, y no podías estar ahí porque la tierra estaba vacía, y en el vacío nadie puede estar.

NARRADOR: y las tinieblas cubrían la superficie del abismo: y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.

ANTONIO: No, carnalito, narrando de este modo dejas muchas dudas. Eso de las aguas y las tinieblas me suena más bien a que estás inventando todo a partir de cómo te imaginas el vientre de la madre: oscuridad y líquido amniótico.

NARRADOR: Dijo Dios: hágase la luz. Y la luz fue hecha. Y vio Dios que la luz era buena y dividió la luz de las tinieblas.

ANTONIO: Dijo que dijo. Yo no sé por qué le crees a pie juntillas. Todos mienten. ¿No te sorprende que la luz conociera su nombre? ¿Cómo algo pudo tener nombre antes de existir? Tampoco entiendo cómo pudo dividir la luz después de crearla. Quiero decir, ¿cómo pudo haber estado unida la luz a las tinieblas para necesitar luego ser dividida?

NARRADOR: A la luz la llamó día y a las tinieblas noche.

ANTONIO: Es una locura. ¿No mejor hubiera dicho: hágase el día? Se hubiera ahorrado tiempo y esfuerzo. ¿Por qué la llama luz si poquito después le cambiará el nombre y lo llamará día? Este es su primer error notable.

NARRADOR: y así de la tarde aquella y de la mañana siguiente, resultó el primer día.

ANTONIO: No sé si te has dado cuenta que aún no existe el sol.

SAN GREGORIO NISENO: Esta luz pudo ser el elemento del fuego o la materia de que al cuarto día se formaron los astros.

ANTONIO: Nah

NARRADOR: Asimismo dijo Dios: Haya un firmamento o una grande extensión de en medio de las aguas que separe unas aguas de otras. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento, de aquellas que estaban sobre el firmamento.

ANTONIO: No me hace sentido lo que narras. A ver, ¿qué fue exactamente lo que Dios te dijo que dijo? Porque o te dijo firmamento o te dijo extensión de las aguas, o quizá no te dijo nada y tú nomás inventas. ¿O pudo decir ambas? Qué indecisión ¿no? Además, ¿por qué ahora dices “e hizo…”?, hace rato con lo de la luz, nomás dijo: hágase y ya estuvo hecha. ¿O sea que la luz sí, solo con decirlo se hizo, pero en este caso del firmamento, además de decirlo tuvo que hacerlo? Yo digo que tu narración está muy mal.

NARRADOR: Dijo también Dios: reúnanse en un lugar las aguas que están debajo del cielo, y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo. Y al elemento árido dióle Dios el nombre de Tierra, y a las aguas reunidas las llamó Mares. Y vio Dios que lo hecho estaba bueno.

ANTONIO: Oquey, ¿tú estás narrando en hebreo, verdad? ¿O sea que Dios habla hebreo? Ahora, ¿te diste cuenta que aquí el procedimiento es distinto a la creación de la luz? Primero utiliza una perífrasis y luego ya que existen tierra y mares les da nombre. Pero aún así es muy raro: está hablando a solas. Se me hace que está bien loquito.

NARRADOR: Dijo asimismo: produzca la tierra yerba verde y que dé simiente, y plantas fructíferas que den fruto conforme a su especie, y contengan en sí mismas su simiente sobre la tierra. Y así se hizo.

ANTONIO: ¿Y qué época del año era? ¿Todo fructificó así en un ratito?

NARRADOR: Dijo después Dios: haya lumbreras en el firmamento del cielo que distingan el día y la noche, y señalen los tiempos, los días y los años, a fin de que brillen en el firmamento del cielo, y alumbren la tierra.

ANTONIO: Qué cosa tan más absurda: no había dado Dios ninguna explicación y al cuarto día se le ocurre explicar las cosas. Y realmente lo que hace es mostrar lo absurdo de las creaciones de sus tres días anteriores. Si ya había creado el día y la noche, ¿a qué venía crear ahora lumbreras? Si ya existía la luz, ¿para qué necesitaba brillar el sol? Si, además, las plantas y los árboles podían subsistir sin él. Todo esto es absurdo. Y cómo está eso de que las lumbreras servirían para señalar los días. Ya habían pasado tres días sin necesidad de movimientos estelares. Yo digo que te equivocaste bien gacho. Reescríbelo todo.

NARRADOR: Dijo también Dios: produzcan las aguas reptiles animados que vivan en el agua, y aves que vuelen sobre la tierra debajo del firmamento del cielo.

ANTONIO: Yo no sé por qué los fundamentalistas critican tanto la teoría de la evolución. La fotosíntesis es el descubrimiento científico que vuelve absurdo el Génesis. ¡Las plantas existían antes que el sol! ¡Y la luz existía también antes que el sol! ¡Pasaron cuatro días antes de que el tiempo comenzara a ser medible! ¿De dónde sacaste tantas ocurrencias?

NARRADOR: Y por fin dijo: hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. Creó pues Dios al hombre a imagen suya: los creó varón y hembra.

ANTONIO: ¿Por qué narras dos veces lo mismo? Es curioso y extraño. ¿Quién escribe el “por fin”, querido narrador, tú o Dios? ¿Dios te dijo por fin creé al hombre? ¿O tú lo estás agregando? ¿Ves por qué son importantes las comillas? Esas palabras son claves. Ahora, si el hombre es imagen de Dios, Dios tiene como los hombres boca y dientes y lengua. Pero hay otra cosa, ¿Dios es hembra o varón? Si creó a los hombres, hembra y varón, ¿qué tal que es al mismo tiempo hembra y varón? Aunque eso rompería la semejanza. Dios tiene que ser hembra o varón. ¿Por qué suponemos que es varón?

SEGUNDO NARRADOR: Tal fue el origen del cielo y de la tierra, cuando fueron creados, en aquel día en que Dios hizo el cielo y la tierra, y todas las plantas del campo, antes que nacieran en la tierra, y toda la yerba de la tierra, antes que de ella brotara: porque Dios no había aun hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que la cultivara. Salía empero de la tierra una fuente que iba regando toda la superficie de la tierra. Formó pues Dios al hombre del lodo…

ANTONIO: ¿Qué? ¿Y tú de dónde saliste?

SEGUNDO NARRADOR: Soy otro narrador del Génesis, el narrador de la historia de Adán y Eva.

ANTONIO: Tienes otro tono, otra perspectiva, y estás contando algo distinto a lo que contaba el anterior narrador, ¿te das cuenta?

SEGUNDO NARRADOR: Sí.

TRADICIÓN ORAL: ¿Qué esperabas, que todo saliera de un plumazo?, no señor, aquí pasaron siglos.

ANTONIO: Ya veo: hay dos mitos superpuestos. Qué lástima, era gracioso el primer narrador. Este segundo es mucho más rebuscado. Me hizo perder el interés.

23 ago. 2011

Ideas sobre la universidad de Héctor Boborreal


 Por Héctor Boborreal

Escribo espantadísimo porque México corre un peligro mortal: hay quienes critican al gobierno. Peor aún, le exigen que el gobierno que se encargue de mejorar las condiciones de vida de los mexicanos. ¡Vaya atrocidad! ¿El gobierno qué culpa tiene de que haya personas incapaces de encontrar trabajo, hacerse de una casa o de estudios universitarios? El gobierno existe para convertir los impuestos en más policías y más militares, no para esas perversidades que le exigen.

¿Pero quiénes son los infames que osan desprestigiar al gobierno? Son esos seres aberrantes que se hacen llamar de izquierda, los cuales despreciando mi lógica se atreven a defender los dizque derechos de los pobres, cuando, realmente, como todos sabemos, si son pobres es porque son incapaces intelectualmente. Porque de ser capaces, tendrían dinero. La prueba está en que las personas capaces reciben becas y ganan dinero por producir ideas, sean o no sean éstas productivas. En cambio, los pobres no progresan y eso demuestra su incapacidad intrínseca. ¿Por qué no se les cobran más impuestos a ellos, ya que son los que perjudican al país? En Finlandia los pobres pagan más impuestos que en México. Lo mismo en Suecia, así que hay que copiar esos modelos de inmediato. ¡Por Dios, qué atrasados estamos!

Para colmo, los pobres, abusando del cinismo, critican al gobierno, que tantas becas reparte. Propongo por lo tanto que se estipule que sólo la clase media y la alta tienen derecho a los derechos humanos.

Actualmente, el 70 % de los mexicanos viven en la pobreza, lo cual significa que no tienen para lujos, y un lujo es la educación universitaria, a la cual ellos por pobres no tienen ni deben jamás tener derecho, sin embargo, como ésta es gratuita, uno que otro llega a colarse. Y eso es inadmisible. Primero un pobre llega a un aula universitaria y poco después ya todo el país va a ser comunista. 

¿Más universidades públicas? ¡Vaya cínicos advenedizos! Eso es querer que los pobres se igualen con la clase media; es creer que tienen alma y son capaces de pensar, qué locura, ¡cuántas aberraciones se escuchan hoy en día! Los pobres no pueden ser buenos profesionistas: que se vayan a las fábricas, a las calles, al campo. Pero de ningún modo a la universidad, ésta no se hizo para el pueblo ni para la chusma. ¡Abajo las universidades públicas y gratuitas! El conocimiento debe estar en manos de unos cuantos y no compartirse.

26 jul. 2011

Seres de deseos


El filósofo más accesible para el público no especializado en filosofía, a mi juicio, es André Comte-Sponville. Accesible no significa que sea superficial ni que diga obviedades, significa que posee un don que pocas personas inteligentes saben administrar: la sencillez. La gente sencilla y a la vez profunda es capaz de hacer despuntar frases, se diría, con un doble brillo. Una de ésas que dijo Sponville, ahora mismo, me está jugueteando en la mente: “Somos seres de deseos y no seres de necesidades”.

Es una frase sumamente optimista y no se trata de un optimismo tonto sino razonado, consciente, que no niega la existencia de las necesidades. Pero ciertamente nuestras necesidades bien poco dicen de lo que somos. Para sobrevivir se requieren apenas unas cuantas cosas: oxígeno, calorías, una temperatura no extrema. Sólo que los humanos no queremos únicamente sobrevivir, ansiamos más: vivir bien, deseamos tener zurcidos los días a los placeres. Lo que nos define como seres humanos es este viento incesante del deseo.

¿Qué deseamos para vivir bien? Un infinito. ¿Podemos traer en la mano, como un cambiecillo, un infinito? Por supuesto que no y por eso nuestras veleidades, somos alegres y desdichados durante la rotación de un mismo día, qué digo un día, basta una hora o un instante para que se arremolinen las risas y después caigan todas dejando una mueca de amargura.

¿Y qué necesitamos para vivir bien? Quizá muy poco. Acaso cada uno tenga necesidades particulares. En mi caso, siento la necesidad de sostener una plática amigable e inteligente cada jornada y, también a diario, necesito un rato de aislamiento. Como dicen los gringos, remedando a los etólogos que estudian changos y otros mamíferos, necesito mi espacio.

Lo que ocurre con las necesidades, a diferencia de los deseos, es que puede uno preguntarse: ¿de verdad lo necesito? ¿No puedo pasarla bien platicando boberías? ¿En serio requiero rehuir de las reuniones que se prolongan indefinidamente? ¿No será que sólo lo deseo porque en otras ocasiones he conocido el placer de las conversaciones y de las soledades? Lo que llamo mis necesidades pueden ser mis costumbres, mis vicios, mis necedades.

Es curioso el parecido en español de “necedad” con “necesidad”. Algo nos quiere decir tal semejanza. La frontera entre necesidad y deseo es muy tenue. Pero parece que lo humano, está en el deseo. Lo humano radica en buscar adornos para que una necesidad pura como la de comer se vuelva sofisticada. La gente ya no necesita solamente calorías y proteínas, sino un plato, una servilleta, un tenedor, y más aún, una ceremonia, palabras mágicas: buen provecho, gracias a Dios, estuvo muy sabroso. Y cambia el sabor de la comida porque cambia el sabor de la necesidad. Somos seres que deseamos tocar al otro aunque con sea con las palabras.

Claro está, aun cuando las extendemos y las abrimos como manos dispuestas al roce y al estrechamiento, no siempre tocamos al otro o tocamos puntos indebidos. Solemos andar en diversas sintonías. A veces se parecen mucho al ruido las pláticas. Eso es un peligro porque hay gente muy sensible al ruido. Desean tanto una vida sin ruido que, al ver esa imposibilidad, comienzan a preferir el silencio. Ya sabemos que el deseo es espada de doble filo: si se aniquilan nuestros deseos, no quedan ganas de vivir.

Tengan la paciencia de leerme tres ejemplos. El de Ayax, es el primero. Con su espada de doble filo se suicidó porque no deseaba vivir sin honor y porque sus deseos de gloria estaban por los suelos salpicados con tripas y sangre de carnero. Nadie necesita la gloria ni el honor, pero Ayax deseaba tanto aquello que al aquilatar la vida sin gloria con la muerte, prefirió llamar al mensajero del infierno. Mi segundo ejemplo es don Quijote, quien, a diferencia de Ayax, no estaba loco, por tanto, cuando atacó un rebaño de ovejas confundiéndolo con enemigos malos, pudo decir al cabo de un rato de vergüenza, que tal era cosa común para los caballeros andantes cuando un mago poderoso protege ejércitos enteros mudándolos en rebaños. Como se ve, la enfermedad mental en el caso de Ayax consiste en no aceptar el descuartizamiento de sus deseos. En cambio, don Quijote sí asume su derrota y, valerosamente, se sobrepone a ella, sale al siguiente día a seguir combatiendo ejércitos disfrazados de ovejas. Después de un deseo marchito, hacer florecer uno nuevo, mientras se conserven energías, eso es la salud mental. Uno pierde mucho en la vida: apuntes, teléfonos, calcetines, y no es una tragedia, tampoco es una tragedia perder una ciudad que nunca se podrá conocer, o perder un fetiche heredado de un muerto querido, o perder el sonido de la risa de una amiga. No es tragedia porque uno puede reponerse. Desear de nuevo. Amar de nuevo. No importa si se acumulen los fracasos hay que salir otra vez a romperle la madre a los molinos de viento.

El tercer ejemplo se me perdió. Es que fui por un cigarro suelto y ya no me acuerdo qué iba a escribir. Sentí la necesidad de fumar y se me fue el hilo de esta madeja de palabras. Pero ahorita recordé cómo en muchas películas un condenado a muerte pide un cigarro antes de que lo manden al reino del no-ser. Ese último deseo tiene algo de divino. A mí se me ocurrió un cuento una vez acerca de un suicida que despierta una mañana totalmente decidido a matarse; hace una nota para cuando lo encuentren, destruye algunos papeles que no quiere que se conozcan, acomoda estratégicamente otros que sí desea que sus deudos hallen, pero antes de lanzarse al inframundo, siente deseos de fumar, para entonces ya tiene todas las cajetillas vacías, no le queda ni una bacha; sale a la calle y, como es día festivo, todas las tiendas cercanas están cerradas, de modo que comienza su peregrinar, hasta la noche, en busca de un cigarro. Su deseo, aun siendo ínfimo, lo mantuvo con vida. Quedarse sin deseos es coquetear a lo descarado con la muerte… ya recordé el tercer ejemplo: era una persona quisquillosa para comer al grado de no hacerlo si no hay servilletas o un mantel bonito o una cuchara desinfectada; tampoco come si la sopa no está suficientemente caliente o si la carne quedó dura o si le falta azúcar al café, en fin, todos esos deseos que, si bien impulsan a que se esmeren los que cocinan, también pueden conducir a que los quisquillosos se queden sin comer, lo cual es como el suicidio. Es darle más importancia a deseos bobos que a las necesidades. No creo estar moralizando porque yo con frecuencia cometo este error de actuar según caprichos desdeñando aquello que sí me es necesario.

También sé que no he dicho nada nuevo. Todo esto lo dijo Aristóteles hace más de veinte siglos, incluso lo del cigarrillo. Pero yo deseaba escribir, deseaba derramar gotas de agua en el mar. Así como otros desean con un hijo darle vida a la vida, yo deseo darle palabras al lenguaje. 

17 jul. 2011

la noche

Desde hace días la noche
Sólo como sonido oscuro
Se queda un poco
y se va de mis labios
como si algo frío y desnudo quisiera decirme
No dice más que sus sílabas aisladas
Nada es a solas salvo balbuceo
Salvo fonemas que aluden al suspenso
La noche como palabra insiste
En decirse y darse y salirme
Como la sensación de un olvido
Pataleando por no ahogarse
La noche…
Y se acaba la oración como si nada
Y suele ser de día
Hay una comida, algunas personas
O calles o corazones de grillos
Haciendo luz en mi oído
La noche real no tiene importancia
Sigue metálica y veloz, retumbante y sola
Pero me preocupa la emergencia
De la palabra noche
Cuando ante mí mismo parezco insano
Por decirla y darme a su sonido
Por verla en murmullo salirse de mí
Como si en medio de las pausas
del discurso cotidiano algo significara
La noche.

13 jul. 2011

Articulistas berrinchudos

Creo que una base del diálogo es el derecho a quedarse callado en algún momento. En otras palabras, que uno esté dispuesto a dialogar no significa que uno esté comprometido por la eternidad. Uno puede parar, marcharse, renunciar llegada la hora.

Hay formas muy diplomáticas de renunciar al diálogo, creo que no hace falta mencionarlas porque pienso que todos sabemos fingir, cuando la ocasión lo amerita, que ha ocurrido algo que nos obliga a suspender una reunión. Hay otras formas más violentas de cancelar un diálogo y también creo que todos hemos caído alguna vez en esas violencias.

El modo que yo detesto de terminar un intercambio verbal es la acusación de haber sido ofendido: la victimización. Hay personas que aceptan con gusto el rol de víctima. Siento que eso ocurre cuando tienen miedo de enfrentar sus verdades. El feo no debería sentirse ofendido si lo llaman feo ni la gorda insultada si le dicen gorda; el tonto, pues, tampoco debe sentirse injuriado si se ríen de sus tonterías. Después de todo, no tiene nada de malo ser feo, gordo o tonto, por una parte es mala suerte genética y por otra parte es una montaña de circunstancias tupida de matojos que nunca se descifran a plenitud.

Entonces, cuando revistas, periódicos y articulistas prefieren cancelar el diálogo con los lectores porque se sienten “ofendidos”, me parece que están exagerando sus sentimientos mal tratados. Yo jamás me sentiría herido si alguien me llamara tonto. Pero si quisiera negarme a discutir, sin duda, utilizaría el recurso de hacerme el ofendido. Es lo que han hecho varias revistas y algunos periódicos para cerrar sus espacios a la réplica por parte de los lectores.

Algunos de estos articulistas si no reciben comentarios de felicitación (¿y por qué diantres habría que felicitarlos?), consideran todo lo demás: los cuestionamientos, las correcciones, la petición de pruebas, la refutación, las ironías y demás, como insultos. Y luego, justifican la eliminación de las críticas “porque nomás insultan”. Qué frágiles. Qué frágil voluntad de diálogo. Qué revelador. En el fondo, parece que en tales revistas y diarios no tiene cabida el pensamiento disidente.

6 jul. 2011

Paseando por ahí

Sucede que me canso del feisbuq
Sucede que entro en los perfiles y en las granjitas
apurado, nervioso, como avatar de pulpo
Navegando en un agua de ofertas y anuncios.

Los sembradíos virtuales me hacen estresarme a llanto.
Sólo quiero un descanso de vínculos en blanco
Sólo quiero no ver invitaciones ni titulares
ni actualizaciones, ni enlaces, ni preguntas.

Sucede que me canso de mis clicks y mis yemas
y mi espalda y mis ojos.
Sucede que me canso del feisbuk.

Sin embargo sería un pulgar en alto
asustar a un publicista con la brisa de un lago
o dar muerte a un escritor con un zape en la nuca
Sería un me gusta
ir por los muros con un cuchillo verde
y cerrando fotografías hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo cursor en el limo,
fastidiado, narcisista, agobiado de insomnio,
hacia abajo, en las letras pequeñas del sistema,
fumando y lavando los trastes cada día.

No quiero para mí tantas noticias.
No quiero continuar de cursor y pantalla,
de pestaña congelada, de ligas rotas,
perdidas, muriéndome sin pudor.

Por eso el feisbuc arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de hueva,
y aúlla sus notificaciones como cartel llagado,
y da gorjeos maniacos de ave de rapiña.

Y me empuja a ciertos álbumes, a ciertas risas amargas,
a encabezados donde las cabezas salen por las columnas,
a ciertas librerías con olor a perro,
a revistas espantosas como grietas.

Hay activistas de color de rosa y horribles políticos
colgando de los pizarrones de los perfiles que odio,
hay amistades olvidadas en unas notitas,
hay ombligos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay faroles en todas partes, y ponzoña, y espejos.
Yo paseo sin calma, sin tacto, sin zapatos,
sin náusea, sin memoria,
paso, cruzo mensajes y videos de moda,
y muros donde hay palabras colgadas de un alambre:
citas, recados y maldiciones que lloran

23 jun. 2011

El minimizador

-Extraño a mi novio. Es el amor de mi vida y tengo meses sin verlo. Creo que me voy a morir de nostalgia.
-No te preocupes, así es esto.

-No tengo dinero, vivo de pedir prestado, no puedo dejar de burlarme de los demás y de querer dormir permanentemente.
-Échale ganas, así es esto.

-Estoy feliz, tengo un nuevo novio, nos iremos de vacaciones tres días y dos noches a un balneario cercano.
-Qué bien, así es esto.

-Tengo un trabajo estable pero estoy lejos de mis amigas y de mi familia. Si no me compro un perro, creo que me suicido.
-No te preocupes, así es esto.

-Mi hermano está en la cárcel porque asaltó y casi mató a una vieja en la calle para comprarse cocaína. Todo es mi culpa, creo que me suicidaré, ¿o mejor me emborracho?
-Échale ganas, así es esto.

-Ya me dieron la base en mi chamba, ahora sí nadie me podrá correr jamás porque ya también me sindicalicé. Voy a comenzar por tomarme unas vacaciones, me quedaré viendo cómo se secan las plantas de los vecinos.
-Qué bien, así es esto.

-¿Cómo que así es esto? Sin mi novio la vida es imposible de disfrutar. No puede ser que yo deba vivir sin él, mejor vendo todas mis cosas y me escapo de mi casa.
-Tú, échale ganas.

-No, yo ya me esforcé por años y sólo porque no tengo buenos contactos no me reconocen, no me admiran, no me aprecian en todo lo que valgo, no me queda más que dormirme el día entero.
-Haces bien.

-Mi nuevo novio es muy guapo, muy inteligente, muy simpático, muy buena persona. Me complementa a la perfección. Desde que lo conozco he pasado los tres días más felices de mi vida.
-No te preocupes, ya pasará.

-No conozco a nuevas personas, vivo del trabajo a mi casa, de una monotonía a otra y a quién engaño: no soporto a los perros. Iré a bar e insultaré a los soldados o a los narcos.
-Haces bien.

-Ya me estoy emborrachando, ya no me importa que mi hermano se un criminal y un drogadicto.
-Así es esto.

-¿Cómo que ya pasará? El amor que siento es real, muy intenso: no lo puedes comprender.
-Tú, no te preocupes.

Las ventanas virtuales siguieron parpadeando, las palabras prosiguieron su danza en busca de que lloviera una carga de sensaciones auténticas. Todos continuaron con sus nostalgias y sus gozos. Igual que otras veces,  fueron domesticando sus emociones. Nada fue trascendental. Al rato ya no sentían aquello que los zarandeaba o sentían lo contrario o algo muy distinto. Ninguno se suicidó, salvo el hombre que minimizaba cada una de las ventanas de diálogo, que no era un amigo, sino uno más de muchos contactos.

16 jun. 2011

Mantequilla


Imaginemos una persona que al aprender a hablar español descubre la palabra ‘mantequilla’ y gusta de ella tanto que la considera la más bonita palabra de nuestro idioma.

El día podría continuar semejante a cualquier otro. ¿Quién se preocupa por una extranjera que considera ‘mantequilla’ un vocablo sonoro, peregrino y sutil? ¿Pero por qué esa palabra y no otra? ¿Alguien que succionó un pezón mientras los adultos parlaban el idioma de Cervantes sería capaz de entusiasmarse por las sílabas de ‘mantequilla’? Y lo más importante de todo: ¿por qué yo me preocupo de esto y te arrastro conmigo, impaciente, neurótico y apresurado lector?

Ligamos palabras y cosas muy pronto. Por lo menos a mí me parece sorprendente que un niño de dos años entienda tan bien un idioma que desconoce. Quiero decir, yo desconozco muchos vericuetos del español. ¿Cómo el niño hace para comprender que es intransferible el pronombre ‘yo’? Esto debe interesar a los lingüistas y deben tener varias teorías. A mí me interesa más el problema estético. ¿Cuándo una palabra es bonita y por qué?

Siento que si a tal pregunta pudiera darle una respuesta precisa y convincente ya no tendrían que escribirse más libros de estética. Tampoco si todos tuviéramos los mismos gustos se habrían escrito tantísimos. Si en gustos se rompen géneros, madres y amistades, me parece aceptable cambiar la anterior pregunta por ésta: ¿por qué hay tantos gustos divergentes?

Las palabras son como relámpagos semánticos cuyo verdadero significado no podría nombrarse recurriendo a las mismas palabras. Y si nos quedamos sin palabras, ¿a qué carajos recurrimos? El diccionario quiere convencernos de que las palabras se pueden entender a través de otras palabras. El niño antes de hablar, escucha y entiende. ¿Y qué hacía antes de entender? Yo sospecho que ya asociaba sonidos y emociones. He ahí un componente mágico de las palabras: la emotividad en sonidos.

Una vez me atreví a decir en una clase de literatura que ningún sordo podrá jamás ser poeta. La idea de que un sordo fuera capaz de ser un gran literato me horroriza. Podrá un sordo hacer sinfonías, pero poemas, no lo creo.

Me parece un error pensar que la literatura se hace sólo con palabras, tal como es un error creer que una palabra se hace sólo con fonemas. Las palabras en su nivel fonético son un cascarón que en algún momento el ave de la realidad quiebra para liberarse. Cuando eso sucede con armonía, sucede la literatura.

Por supuesto, si me preguntaran dentro de un salón de clases qué es la literatura, yo no respondería que para mí la literatura es un ave rompiendo el cascarón fonético de las palabras. Respondería, quizás, que es la primera de las preguntas que en mi opinión debe contestar la teoría literaria. Acaso agregaría que al ser una pregunta teórica su respuesta no puede ser definitiva ni definitoria, más bien, dubitativa y vectorial: buscarle tres pies a una niña.

Cuando uno se cansa de la imposibilidad de crear con palabras una vitrina justa para el concepto de literatura, se simplifica un poco el problema preguntando por los géneros literarios, a saber: qué es poesía y qué es prosa, qué es novela y qué es cuento, qué es teatro y qué es todo aquello que tiene de todo. Preguntas ociosas que un buen librero resuelve en cosa de minutos.

Pero lo que yo medito es otro asunto, me pregunto por un árbol con otras raíces: cómo distinguir entre la buena, la mala y la grandiosa literatura. Quiero ser un poco más concreto, ya que basta un poco de cordura para aventar a Paulo Coelho a los malos autores, a Sergio Pitol con los buenos y a Tolstoi con los grandes. ¿Pero cómo he decidido y por qué estoy tan seguro? Podría decir que Coelho me parece predecible, inverosímil, superficial; ¿pero por qué a tanta gente le gustan sus libros? Para alguien que no esté acostumbrado a leer, un autor predecible será seguramente menos predecible que para un lector habitual. Esto explica la diferencia de gustos entre las masas y el público refinado, sin embargo, no aclara las diferencias entre dos diletantes o dos expertos del mismo nivel.

Por ejemplo, para algunos Dostoievsky es poco menos que Dios. Para otros es, apenas, poco más que un sentimentaloide vulgar y mañoso. Otro caso es Borges, hay quien se atreve a decir que es el más grande escritor del siglo XX y otros ni siquiera lo consideran el mejor de Argentina. Un caso más concreto, cierto novelista cuyo nombre no trascenderá a la historia, insistía en que Rulfo ha sido sobrevalorado y Arreola está a su mismo nivel. Me parece una insensatez, mas, ¿qué juicio positivo, qué valoración incontestable podría demostrarse en asuntos estéticos?

Que alguien sea incapaz de ver los dones literarios de Dostoievsky me parece semejante a quien opina que es justo que haya millones de personas explotadas por los capitalistas. También estoy seguro de que alguien acostumbrado a comer con la boca abierta será incapaz de leer con la lentitud necesaria un poema, y por ende, a degustar de él. Pero alguien que no pueda imaginar el hambre y los míseros cuartos, las grietas de las que está llena la pobreza y los nefandos olores que la asfixian, no creo que pueda tampoco apreciar el arte de describir tales ámbitos. El arte tiene muchas aristas deformes, terribles. Así como puede haber genios de lo exquisito, hay genios de la vulgaridad. En definitiva esto es lo que le reprocho a Nabokov que en su Curso de literatura rusa, arroja juicios lapidarios sobre la obra de Dostoievsky.

Nabokov era un pendenciero en esto de la crítica literaria, ¿envidioso acaso? No sé. Pero claramente, y por mucho, escribió mejor de lo que yo pudiera imaginarme llegar a escribir alguna suertuda vez. Me gusta cómo combinaba la gracia, la inteligencia y la malignidad. Sin embargo, al decir que Dostoievsky hizo libros bonitos, me siento herido. Su grandeza no estriba en el acomodo minucioso de las palabras ni en las descripciones pulimentadas; radica en otra parte que para mí sigue siendo literatura. Y creo que eso que tenía Dostoievsky es justo lo que le faltó al autor de Lolita para convertirse en un gran escritor. Pero en fin, yo qué voy a saber, sólo tuve ganas de decir que:
como tiene de leche y suavidad
ingredientes amasados
algo tiene de maternal 
la mantequilla.

25 may. 2011

Invariantes

En las serpientes del lenguaje
herida y alivio
son puntos inseparables
ni en el orgasmo se alejan
ni pierden
en la mayor de las depresiones
su invariante cercanía

10 may. 2011

Perspectiva

Si una convulsión en mi mano
escapa a mi control
Qué será de las paredes
de mi casa
de mi familia y de los temblores
que fracturan la tierra humana.

7 abr. 2011

La más humilde de mis opiniones


Indignado, como estoy, por el aumento del tráfico de estupefacientes en México, me he detenido a pensar en una solución para este mal que parece fuertemente enraizado en nuestras tierras. Es verdad que muchas personas mucho más talentosas que yo, con posgrados en universidades estadounidenses, no han conseguido bosquejar una salida y, peor aún, al establecer ciertas medidas de combate han agravado los daños. ¿Cómo yo, que no he invertido cientos de miles de pesos en mi educación, podría encontrar un procedimiento para disminuir tanto el narcotráfico como la violencia asociada a él? Ciertamente, me sería imposible, a no ser por un hecho fortuito, una revelación onírica, que cuando desperté me dejó la sensación de ser plenamente realizable, y más aún cuando leí investigaciones interdisciplinarias que apoyaban la que he llamado: la más humilde de mis opiniones.

Pues bien, para frenar y deshilvanar por completo al narcotráfico debemos militarizar a grado sumo todo el país. Me refiero con ello a crear un inmenso ejército que pueda patrullar a todas horas y por todas las calles con carta abierta para arrestar a quien se considere sospechoso de cualquier acto que infrinja la ley. Esto es un sueño ambicioso pero puede conseguirse si tan sólo somos conscientes de la fuerza laboral que se desperdicia diariamente en todas las regiones de la nación.

El bajo salario de los militares hace que poca gente se interese en convertirse en militar. Por lo mismo nuestro ejército es insuficiente para vigilar y castigar eficientemente a los delincuentes. Ya no hablemos de la policía, porque ha quedado claro en el sexenio último que los policías estorban en las operaciones militares. Así que mi primera propuesta es la de establecer obligatoriamente el servicio militar a todos los niños que actualmente asisten a una primaria pública. A los 6 años los niños son todavía bastante flexibles, no sólo en su sistema articulatorio, también en su personalidad, así que pueden formarse fácilmente en la educación rígida que necesita el ejército. Imaginemos millones de niños siendo educados por sargentos en lugar de por consentidoras profesoras que sabrán de pedagogía pero no de estrategias bélicas, ni técnicas de combate u obediencia y lealtad absoluta a los superiores, etc.

Si el Estado, actualmente, sustenta a todos los estudiantes de escuelas públicas, no le será gravoso, pues, sustituir a las citadas profesoras, para en su lugar colocar estrictos sargentos. Los beneficios de esta medida se darán por dos caminos: 1) disminuirá el número de desobedientes y, como todos sabemos, un rebelde en el aula es un drogadicto en potencia, por ende, un enemigo de la patria. 2) Nuestro ejército aumentaría en proporciones descomunales, al grado de hacernos respetar internacionalmente, apuesto a que más de un vecino tendría a México como una amenaza a su seguridad y eso es un gran orgullo para cualquier país.

Cuántos beneficios acarrearía contar con millones de mexicanos obligados desde la infancia a servir a la nación en lugar de perder el tiempo haciendo trabajitos escolares. Después de todo, sólo un porcentaje muy pequeño de graduados en primarias públicas alcanza a pisar la universidad. En cambio sí engrosan en alto porcentaje las fábricas y las maquiladoras, el comercio informal y las bandas delictivas. A pesar de que tienen toda la libertad que garantiza nuestra Carta Magna, y quizá por ello mismo, prefieren la mala vida que los salones de clases. De tal suerte, no me parece controversial reformar la ley para impedirle a las clases bajas otra educación que no sea la militar. Aunque bien sé que habrá, como siempre, personas muy quisquillosas, que injustificadamente piensen que se cometería una inmoralidad. Como en ocasiones la inmoralidad puede gozar un aura de irrefutabilidad, yo me cuido de no caer en esos terrenos y, sin duda, lo he conseguido con mi humilde idea.

A la pregunta indispensable que hoy debemos hacernos en México: ¿cómo controlar tantas dolorosas desgarraduras sociales? Yo respondo: con menos civiles y más militares. Que toda escuela pública sea un colegio militar. Uno de los más importantes beneficios que por añadidura traerá esta medida será el mejoramiento de nuestra economía. Con soldados a raudales, podrá pagárseles, por la ley de la oferta y la demanda, un menor sueldo. Por otra parte, los niños desde los 6 años son capaces de maquilar bajo una adecuada supervisión. Las escuelas podrían ser fábricas en las cuales se explote la fuerza laboral de los infantes que hasta ahora ha permanecido ociosa causando terribles daños. ¿No es la energía desmedida de los críos una de las razones por las cuales sus padres no los soportan y tienen que castigarlos con frecuencia? ¿No es su energía sobrante la que causa travesuras sinfín? Luego, dedicados durante 6 horas al día a producir en beneficio del país, prácticamente sin cobrar por su trabajo, el Estado mexicano lograría internacionalmente competir en manufacturas con la misma China, que hoy gracias a los bajos salarios de sus obreros tantos productos distribuye por el orbe todo. México explotando la energía de los niños en fábricas militares podría crecer, según me ha comentado un amigo economista, hasta en un 11 % anual. Y eso que en este cálculo no se ha contabilizado cuánto aumentaría la inversión extranjera, a causa de un clima de mayor tranquilidad y paz social.

Un último argumento que ofrezco en favor de la militarización de las nuevas generaciones es lo que ha mencionado Carlos Ramírez: el blindaje contra la corrupción que tienen los militares, es decir, son incorruptibles. Ni siquiera la Virgen de Guadalupe es tan inmaculada como lo es el Ejército Mexicano, ya que ella necesita de vez en cuando un retoque para que no se vaya ajando, mientras que el Ejército así como es esencialmente no requiere ni la más mínima auditoría.

En fin, mientras siga cada día aumentando el número de civiles asesinados en nuestro país, especialmente de jóvenes, las buenas conciencias no podremos estar tranquilas. Pero con mi idea la mayoría de los jóvenes serían militares y ya no podrían ser víctimas inocentes, sino mártires. Además de que los muchos cubrirían la espalda de los pocos, en mi humildísima opinión, tal es la clave para mantener las aguas del tejido social en tranquilidad. Con los muchos trabajando en beneficio de unos cuantos tendríamos por fin una democracia sin adjetivos, o acaso con uno solo: perfecta.

Que conste, por último, que yo no tengo hijos y no he lanzado mi propuesta con el objetivo de alcanzar la honra de tener un hijo militar ni tampoco hice mi propuesta impelido por la zozobra que me causaría saber que si tuviera un hijo, éste podría perecer en cualquier momento por una bala perdida, ya sea del ejército o de la delincuencia; me he basado, en suma, en puros datos objetivos.

Otra intervención del silencio


Por el grito y el llanto
fue inadvertido
cuando nací
el silencio.
Cuando mi cuerpo crecía
crecía también
todo el tiempo en mi mente
debajo de mis ruidos
detrás de mis voces
la circular senda del silencio.
No es mi segunda sangre
es la primera
es lo que me hermana con las piedras
mi raíz única
todo lo demás son ramas
frases florecientes que se marchitan
brazos que no abrazan que sacuden los inviernos
huesos como prejuicios y como troncos
que también se parten y se entierran en el aire
sólo el silencio es irrefutable
aun si no es mío
viene conmigo y aquí está...

18 mar. 2011

Contra Carlos Ramírez


Dice Carlos Ramírez que el verdadero daño colateral del narcotráfico no son los muertos, sino el hecho de que se consuman más drogas en México. Opinión que fingiéndose preocupada por unos datos, en realidad, es una opinión que minimiza la escalada de violencia que se ha desatado en México desde que Calderón inició la guerra contra el narcotráfico.

Es muy sabido que los políticos disfrazan la realidad con eufemismos, con palabras rimbombantes y con oraciones excesivamente confusas. Los ciudadanos lo sabemos y desconfiamos, por intuición se diría, de los discursos políticos. Del mismo modo hay que desconfiar de los columnistas. La frase “daño colateral” no ha sido jamás utilizada por los narcotraficantes: la usó Calderón para no mencionar a los ciudadanos que han muerto por balas disparadas por el ejército mexicano. Porque esa es la realidad actual de nuestro país: mueren a diario mexicanos por culpa de manos que a pesar de haber sido, supuestamente, entrenadas para servir a los mexicanos, disparan contra ellos.

Si Calderón al llamar a personas, a jóvenes universitarios, daños colaterales, fue insensible; Carlos Ramírez ha incurrido en una insensibilidad mayor. Para él, aquéllos ni siquiera son el verdadero daño. Y todavía peor, dice que la sociedad se equivoca al considerarlo un verdadero daño. ¿No es la vida, acaso, un valor? Si no considera que sea el supremo bien, ¿al menos no lo considerará un bien como para que la pérdida de tantas vidas sea un gran daño?

Carlos Ramírez es de esos periodistas que se conforma con los datos oficiales. No los cuestiona e incluso acepta la versión que promociona el gobierno federal, despilfarrando grandes sumas de dinero, de que se ha logrado contener el avance de los narcotraficantes en este sexenio. Más infame aún me parece su argumento contra la legalización de las drogas. Dice: “la legalización de las drogas ha querido venderse como fórmula mágica, sin atender el hecho de que el consumo de drogas tiene que ver directamente con la disponibilidad y oportunidad para el consumo. En ese verbo impersonal “ha querido venderse” esconde un miedo a debatir seriamente. Dudo que alguien haya querido “vender” esa idea y, menos aún, como fórmula mágica. Por otra parte en los países en los que la marihuana no está prohibida el número de adictos no es mayor que otros en los que sí lo está.

¿A dónde se dirige una argumentación que desestima a los muertos y sólo se enfoca en los consumidores? ¿A volver culpables a quienes no lo son? ¿A justificar la guerra contra el narcotráfico por más víctimas inocentes que cause?

Tenemos una prueba de que lo que pretende Ramírez es justificar al gobierno, cuando dice que los datos que gobierno ha recabado, lo presionan para emprender campañas contra el consumo. ¡Vaya consuelo! ¡Con una campaña todo solucionado! Él sí que nos quiere vender una fórmula mágica, como si los lectores nos chupáramos el dedo y como si no se discutiera la legalización de las drogas en Estados Unidos, como si en algunos estados de allá no hubiera una legalización de facto.

Las campañas engañosas del gobierno nos dicen que toda esta violencia, que los crímenes que comete el ejército son necesarios con tal de que los mexicanos no se droguen, como si éste fuera un gravísimo problema en México. Compárense las cifras de drogadictos mexicanos con la de los estadounidenses; ¿por qué no le llama la atención que en Quintana Roo, donde más drogas se consumen, es donde más estadounidenses radican?

Por otra parte, compárese también los problemas de salud que causan el alcohol y el tabaco con respecto a la marihuana. No debe olvidarse que el alcohol y el tabaco son drogas. En México tenemos un Presidente drogadicto. No se puede enarbolar la mojigatería de que las drogas ilegales son terribles y las drogas legales inofensivas. Y de cualquier modo, los problemas de salud se combaten con atención médica, con medicinas y tratamientos, no con balas.

Mientras se piense con decencia, se deberá considerar preferible un drogadicto a un muerto. El drogadicto puede tener remedio, el muerto no. Ni Felipe Calderón ni Carlos Ramírez piensan con esta decencia.