30 oct. 2008

De los dulces a los cigarros

Me parece increíble que haya pasado más de un año desde que te moriste.

Tan increíble que, como ves, ya no creo que exista la muerte. ¿Cómo va existir si te estoy escribiendo? Le encuentro más sentido escribirle a los muertos que a los vivos. Los vivos andan en sus problemas, preocupados por la cotización del dólar, atrapados en el tráfico, buscando trabajo o presentando exámenes, ¿cómo van a tener tiempo para leerme? En cambio los muertos sí que saben aprovechar la vida. Se quedan quietos, carecen de expectativas, no corren tras un futuro dudoso.

Ojalá pudiera conservar este tono. Hacerme el que sonrío, hacerme el que estoy bien. Pero no. Algo tiembla en mí cuando te escribo, siento que estoy rozando la nada, que me acerco al verdadero vacío. Una especie de precipicio sin sentido.

El otro día andaba en la noche, con mucho frío, con tu saco azul, que no sé si es tuyo o ya es mío. Lo he usado desde el día de tu muerte como ochocientas veces. Tu nieta y mi sobrina se quedó con un suéter que tú le prestaste una tarde helada porque dijo que olía a ti. Supongo que yo comencé a usar tu saco por el mismo motivo… para creer que no has muerto del todo.

Creo que nunca leíste a Lucrecio. Él escribió que hay falsedad en los discursos de quienes temen a la muerte. El polvo no siente ni se enamora. No se puede sufrir cuando ya no existes.

Tu cuerpo estaba tan frío aquella mañana. Cuando toqué tu pecho fue como tocar una losa. ¿Qué habrá sido de tu corazón? ¿Nada? ¿Te acabaste y punto? ¿Es verdad, eso es todo?

Sólo a solas pude llorar ese día, arrugando la cobija, lloré con pura tristeza. Ya tenía que vivir sin ti, sin hablarte, sin escribirte. Por supuesto, que ya desde antes había recordado tu muerte. Intenté hacer un poema sobre ella años antes de que murieras. Tal vez no lo sepas, pero al padre hay que matarlo. Son cosas arraigadas del inconsciente, nada personal, créeme.

¿Y cómo no iba a pensar en tu muerte cuando abandonabas la comida durante quince días para nutrirte en exclusiva de alcohol y cigarros? Varias veces te pusieron tubos con suero para que pudieras recuperarte y prometernos una vez más que ya dejarías la bebida.

Eras divertido cuando te emborrachabas, trocabas tu seriedad usual y decías incontables tonterías. Exhibías los defectos de toda la familia. Despilfarrabas sin reparos lo que metódicamente ahorrabas durante meses. Doctor Jekyll, míster Hyde, cómo te extraño.

Te acompañé a la tienda una noche. Deseabas otra anforita de Bacardí y el pan para que yo merendara. Después de pedir tu botella, me preguntaste qué quería. ¿Yo qué iba a querer? Ándale, dijiste, anímate. Cedí escogiendo cualquier dulce. Pero al tomar los productos, yo cargué la botella y los cigarros. Tú los dulces y el pan. Antes de cruzar la calle creíste que aquello no era correcto. Cambiamos de mercancías, y antes de que cambiara la luz del semáforo tuviste tiempo de moralizar: así debe ser, yo con los vicios, tú con los dulces.

Hace más de un año empecé a fumar. ¿Sabes? Me gusta la amargura, no sólo la del tabaco. Cuando mis alumnos o mis amigas me dicen que no sea tan amargado, me siento bien, como si me elogiaran. La amargura me suena a prueba de madurez. Mientras uno prefiera los dulces, creo, significa que uno anhela continuar siendo niño, es decir, que uno no quiere asumir la realidad problemática del mundo.

Lo dulce es un engaño. Lo amargo en cambio es una enseñanza. A los niños los llenamos de dulces para que sean felices. Incluso con las medicinas. Se procura disfrazar el amargo sabor de lo curativo. No es casual que sean amargos los remedios. Aceptar que el mundo es un problema, que la destrucción no cesa, que no hay felicidad duradera y que es imposible escaparse de las derrotas y de los fracasos, aceptar esas amarguras, pienso, es saludable. Y signo de madurez.

Pero la muerte no es amarga. No tiene sabor. Ausencia plena. Eso es. Y eso es lo que más duele y lo que más miedo causa. Ojalá fuera amarga y rasposa como diez cigarros durante el insomnio. Ojalá fuera pesada y desgarrante como tres tequilas seguidos. Pero no, sabe a nada. Precipicio sin fondo ni sentido.

Debí concluir en el anterior párrafo. Continúo porque no puedo irme sin otras palabras. Éste es el trabajo del hombre, echar palabras y palabras y esperar a que los muertos respondan. Vamos al billar, padre, aunque sé que tú prefieres la carambola y se te hace de vulgares el pool. Ven una tarde a jugar canasta o vamos un domingo al estadio Azteca o veamos una película de Tin Tan, ésa que sólo hemos visto diez mil veces y que ya casi no me acuerdo en qué termina. Ándale. Tengo vodka y Delicados con filtro. Anímate.

24 oct. 2008

Autoelogio

No sé en qué mala hora decidí estudiar literatura. Yo debí ser abogado.

Lo que realmente anhelo es conversar sobre pleitos, hablar con voz fuerte, usar relojes caros y conocer cuáles son los más recientes automóviles en el mercado.

O debí ser economista, leer todos los días El Financiero, comprar dólares un día antes de la crisis, tener una oficina en un quinto piso y preguntarme en las mañanas qué corbata combina mejor con mi traje nuevo.

En verdad quisiera la vida honrosa de los médicos, prolongarle la vida a mi prójimo en vez de creer que la muerte no es desgracia para el muerto. Quisiera repartir consejos y medicamentos todos los días de mi vida y las noches, y no desperdiciarlas en el bote del insomnio.

Mejor debí ser cura, predicarle a mis conciudadanos cuál es el camino del bien y denostar los vicios, en lugar de alabarlos como acostumbro. Debí sostener firmemente una tabla de valores, no que me la paso cuestionándolos y buscando defectos en las virtudes.

¿Por qué no fui biólogo o químico o farmaceuta de perdida? Si no hallo nada más fascinante que enterarme del proceso mediante el cual se pudre la comida y aparece toda una diversidad de insectos a besar, luego de románticos rondines, los lácteos descompuestos.

Hablando en serio, yo hice un test vocacional y salí que tenía esperanza de ser arquitecto. Ojalá hubiera aprendido a construir maquetitas, a distinguir el Art decó del estilo Bauhaus. Pero soy un ignorante para quien todo se trata de paredes y techos que finalmente se derrumbarán.

No sólo ignorante, sino cúmulo de inepcias. Jamás pude dibujar ni soñar con decoro en ser diseñador. Con oído nefasto para la música y las lenguas, tenho o português ruim, very bad english, je suis nul en français, ¡pessimo con il italiano!

Si al menos no fuera torpe para remediar descomposturas eléctricas, clavos mal puestos en un librero, llaves inagotables de agua que se desfondan e inexplicables hornos de microondas que a contentillo se estropean. Si al menos para mis libros que andan en el suelo lograra fijar una pinche repisa.

Si a pesar de no saber nada, disfruto opinando acerca de todo, ¿mi vocación no era meterme de antropólogo? O acaso de peluquero, si no tuviera retraso manual. O si consiguiera pastillas contra la náusea, volverme politólogo.

Pero lo que de verdad quise desde siempre, desde el vientre materno, fue ser futbolista. ¿Por qué habré nacido con dos piernas izquierda, y siendo diestro? Soy miope como Pelé, mas sin su talento; fanfarrón como Maradona, sin su habilidad; egotista como Hugo Sánchez sin su suerte y bravucón como Cuauhtémoc Blanco, sin su genio.

Carezco de trofeos en mi departamento, tampoco hay ningún diploma, sólo un par de litografías con teporochos pulqueros. Cómo envidio a la gente que cuelga en muchas paredes sus reconocimientos. Yo sólo podría enganchar a mis muros la abejita trabajadora que me concedió mi maestra del kínder en un lejano año.

Si mis tantas incapacidades laborales fueran compensadas con la suerte en el amor, no sería un amargado. No hay mujer que al volver la vista hacia cualquier punto no encuentre un hombre más guapo, más divertido, más culto, más sencillo, más atrevido, más fuerte, más serio, más simpático, más decente, más servicial o más sensato que yo. O con mejor trabajo, o mejor cuerpo o mejor cutis o mejor futuro que yo. ¿Cómo demonios se puede tener futuro? ¿En qué lugar se guarda algo que no existe?

En fin.

Como decía, no tengo remedio, soy hedonista, es decir, sonrío. ¡Ah, las palabras! A propósito de la falta de mujer, López Velarde decía:

En mi pecho feliz no hubo cosa
de cristal, terracota o madera,
que abrazada por mí, no tuviera
movimientos humanos de esposa.

Tampoco sé ser hermeneuta, sin embargo, considero que la palabra clave es feliz. Y por parafrasear, a propósito de mi falta de aptitud laboral, diría yo:

Para mi frente feliz no hubo empleo
de oficina, ciencia o estudio
en que no viera aun sudando cual reo
un cierto cariz literario.

Ni modo. Así soy, y quéyquéyquéyqué…

21 oct. 2008

Celebrar los funerales

Se me hace muy difícil reflexionar acerca del profundo significado de la palabra final. Todos saben que la vida tiene etapas y, por eso mismo, finales. Algunos son fáciles de observar, la salida de la escuela, el rompimiento de una relación, una mudanza, etc. Pero hay unos finales imperceptibles e importantes que aparecen en silencio y sólo después de un tiempo se hacen visibles. Por el contrario, los finales evidentes, en realidad, se van volviendo marcas de comienzos.

En la literatura, que es lo que viene a mi mente cuando intento hacer cualquier reflexión, me parece que los mejores finales son los que provocan deseos de conocer más, los que dejan incertidumbre. Para hablar con ejemplos, el último verso de la Ilíada que dice: así celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos. De ese modo termina, en una breve interrupción de la guerra, pero todos sabemos que la guerra continuaría. ¿Por qué finaliza esa obra antes de que la guerra concluya?

Acaso porque el símbolo de la destrucción ya había quedado claro. No hacía falta regodearse con el fuego y las ruinas. Pero sabemos que comienza la odisea, no sólo de Odiseo, sino la de todos los héroes aqueos que sobreviven y la de los troyanos que logran escapar. Cuando Ulises decide detener la guerra que había armado al volver a su patria, con la concordia sellada, por fin acaba esa epopeya.

Pero hay algo de falsedad en las historias que concluyen felizmente. Ya todo será paz, dicen esos finales. Nada cambiará. Y sabemos que no. Que las cosas no dejan de cambiar, de destruirse, que no hay paz.

Fukuyama y otros politólogos y filósofos, que creyeron que después de la caída del Muro de Berlín viviríamos el Fin de la Historia, pecaron de la misma ingenuidad que el infante que duerme tranquilo después de un “y vivieron felices para siempre”.

Si hubiera un inmortal deseoso de relatar la vida humana jamás concluiría por falta de temas; si finalizara su escritura sería sólo por fastidio. Aunque quién sabe si eso que llamamos fastidio no sea sino la conciencia, incluso a nivel inconsciente, de estar muriendo. Mucha confianza deben tener en la capacidad de prolongar la vida mediante medicamentos aquellas personas que terminan de leer libros aburridos.

Yo siento que me acabo. Que envejezco. Y sé que ver y oír a un viejo enfada cuando se desea continuar siendo joven. He aquí una razón para no llevarme bien con mi generación. Soy más viejo que mis contemporáneos.

Siento que el mundo es una guerra. Una invasión, un continuo luchar. Busco un refugio entre las ruinas. Salgo diario a combate, a combatir el espejo, la calle, el mismo sol, con el aliento amargo del café y del cigarro. Los recibos de la luz y el teléfono, la renta y el agua, el gas y la tarjeta de crédito, son ejércitos que derriban las murallas forjadas por mi corazón para defenderme cada mes de los bárbaros embates de las cuentas. Las cuentas infinitas en las que no cabe el tiempo.

Y para mí, que quiero ser escritor, Aquiles es una hoja en blanco. Y yo que soy un hombre común, Aquiles no tiene rostro, es la pura nada, pero es la muerte de pies ligeros. Yo voy a morir de pura intrascendencia. Porque no puedo huir. ¿En qué ciudad el tiempo no se fuga? ¿Adónde ir sin que me sigan mis propias quejas?

Si he de morir al menos pido un compromiso. Que mi muerte traiga días de tregua. Ya que la vida es un continuo luchar, que sea mi muerte un breve descanso. Celebren mis funerales.

Ése sería un buen final… lleno de incertidumbre.

11 oct. 2008

La política y el caño

Todos los sábados estoy tentado a comprar El País. Sólo por Babelia. Pero gracias a internet siento que me ahorro diez pesos. Fuera de eso, por mí que todas las novedades del mundo se vayan por el caño.

Me pondré un poco pedante y filólogo, si no es lo mismo. Caño y canon provienen del latin canon. Y en inglés también hay una relación entre main[1] y mainstream. No sé por qué la gente no traduce mainstream por caño o canon. Pero eso no es relevante.

Lo relevante es que yo me ahorro diez pesos cada sábado, y quizá otros más, gracias a mi empeño en desinteresarme de las noticias. Mi televisión lleva varias semanas desconectada. La última vez que vi un noticiero de TV Azteca tuve el deseo de arrastrar ese demoniaco aparato un par de cuadras y arrojarlo al Viaducto para solazarme con todos sus cables y botones destripados. Sin embargo, pensé que aun así alguna persona se interesaría en informarme cómo van los vientos de la cosa pública.

Fadanelli, a quien terminaré odiando si no termino mi tesis en este mes, declaró a un periodista de Babelia que los políticos son como criados: “A ellos se les encargó el bien público, son empleados de nosotros pero nadie los ve como empleados, pero yo sí. Para mí son mis criados, ahora, ni modos, he encontrado criados estúpidos.”

Esos criados estúpidos no tienen el poder que la gente les atribuye. Hay demasiado primitivismo en eso de decir este puente lo hizo Fulano de Tal, la nueva línea del Metro es obra de Zutano y Perengano privatizó tal cosa. Mas el canon del periodismo marca que los políticos son importantes y que se debe hablar de sus frivolidades.

A mí me resulta difícil distinguir a un periodista de una vecina chismosa. Y si procuro aquilatar con sensatez las cosas, en realidad preferiría saber cuál de mis vecinas le es infiel a su esposo que averiguar quién será el próximo presidente de los Estados Unidos.

El mainstream es un caño de banalidades aceptado por las buenas conciencias. Yo prefiero mi mala conciencia ilustrada, es decir, mi cinismo. Ya ni siquiera suspiro por alcanzar ideales. Me parece absurdo reflexionar en una nueva política de seguridad pública. Me conformo con que se remedie el farol descompuesto de la esquina.

Y quienes habrán de reparar el alumbrado público van a ser trabajadores que no hacen ostentación de ninguna ideología. Ojalá los políticos y los “líderes de opinión” tuvieran la misma decencia. Pero no, sienten fascinación por los discursos de facunda nobleza. Ansían agrandar el caño de las buenas intenciones, ocultar mediante imágenes y palabras la mierda irremediable del mundo. Como si alguna vez pudiera advenir una sociedad perfecta. Como si los recursos limitados de la naturaleza alcanzaran para la felicidad de todos.

Debemos amar, se nos dice, amar la vida y amar la patria, amar la familia y amar a los insoportables niños, amar los valores todos del sacrosanto canon. ¿Y la mierda? La mierda que corre oculta por ese amoroso caño, ¿qué hacer con ella, hacer que no existe, amarla, negarla?

En mi opinión se ama el canon, porque se ama lo que éste oculta, se ama su poder, la capacidad que tiene el caño de esconder la podredumbre. Ama el canon quien no quiere ver la mierda.

Interesarse por los políticos, esos criados estúpidos, es un efecto de vivir fascinado con el poder. Esa fascinación, disfrazada de amor, reparte latigazos. El hombre-masa que rinde culto a los políticos tiene mucho de masoquista y acaso anhela él mismo convertirse en verdugo.

Por eso a mí los chismes políticos, los grandes hombres, las ocho columnas, sólo podrán importarme cuando se me acabe el papel higiénico. Por ahora, me interesan más los ayudantes de electricista que cambian lámparas en las calles.

[1] large pipe or line for the distribution of water

8 oct. 2008

Recodo de este día de siempre

Oh, puta amiga, amante, amada
recodo de este día de siempre
Jaime Sabines
Yo sé que mereces más que un poema
mereces el más nuevo celular
o que la vida golpeadora te trate
con un poco de respeto
o un poco de música en tu oído
para esquivar las tantas horas
ruidosas de la calle.
Quizá si todavía las flores existieran
merecerías aquellos sedosos colores
que resguardaban del mal olor de los marchantes.
Pero como la calle cada vez
se llenará de más y más bullicios
y locos y más pobres y peores olores
y sin música y sin flores en tu oído
¿qué oirás en las cansadas horas
cuando gritan las preocupaciones?
Esas que yo sé que no mereces
porque tú en la acera
en medio de los contaminados
y acelerados humos de la ciudad
y a pesar del frío del escote y del fastidio
de los tacones
te mantienes en verdad floreciendo
Ojalá nunca hubieras de marchitarte
ojalá pudieras en otro mundo
florecer a gusto…