21 sept. 2010

La pasión de una mujer

*Nota* Publico este texto, que mandé a Siriusfem hace más de un año porque acabo, apenas, de ver Ágora de A. Amenábar que trata sobre Hipatia y quiero que este ensayo también se encuentre aquí.


Cuando pienso en la pasión quisiera tener muy libre mi mente. Pero no, termino recordando la Pasión de Jesucristo. Luego pienso en las películas pornográficas. ¿Cómo llegó esa palabra a significar cosas tan distantes? No sé.

Lamentablemente el diccionario ofrece, si no es para pisapapeles, muy poca ayuda. ¿Por qué se le dice pasión a la de Jesucristo? Lo más probable es que “pasión” designara un tormento que conduce a la muerte. El de Jesucristo es ejemplar. Un Dios que se vuelve hombre para ser susceptible de todas las pasiones. Ya que lo propio del humano es vivir apasionadamente, esto es, sufriendo. La pasión implica sufrimiento porque sólo nos puede apasionar aquello por lo que uno debe esforzarse, luchar y padecer.

Quizá actualmente usemos la palabra “pasión” para pasioncillas. Decimos que alguien se apasiona cuando en realidad sólo se entusiasma o sólo acumula un pequeño odio o un pequeño amor. Yo diría: si no te mata, no es pasión. Pero no pienso decirle a nadie que lo mata y que no. Hay muchos tipos de muerte, por ende, muchos tipos de pasión.

A mí me gustan las pequeñas muertes dichosas que ocurren en la cama (en otros lugares también). En esa pasión deben observarse las gesticulaciones sufrientes. Como si el placer doliera. El gemido, el grito, el labio mordido, todo pareciera señal de dolor y no. O sí, pero incomparablemente menor al goce. Los tormentos de la pasión sexual, por llamar de algún modo a esos impulsos de violencia erótica, no necesariamente sádicos, buscan la muerte, el instante de paz y disfrute supremos para que venga, después del orgasmo, la resurrección.

Pero creo yo que hay pasiones más importantes e imponentes que las sexuales. A las que les dedicamos más tiempo. Quién sabe si algún freudiano me diría que les dedicamos más tiempo porque lamentablemente no podemos dedicarle más tiempo al sexo. Piénsese que si Leonardo da Vinci fue pintor, arquitecto, científico y etc., también fue célibe.

Como sea, los placeres del conocimiento son múltiples y más perdurables. E incluso diría que la curiosidad científica, la sensibilidad artística y el gusto de aprender son cualidades de un buen amante. Podría decir más…

Imagino a una mujer culta, que ha estudiado bien a Platón, curiosa, que atiende y entiende por las noches los movimientos de las estrellas, hábil para las matemáticas y la lógica, además, bella, con una cara dulce de griega. La pasión de una mujer así debe ser impresionante, maravillosa. Para un hombre no sería fácil conquistarla. Esa palabra, “conquista”, conlleva algo de dominación. Y una mujer así sería apasionada de la libertad.

Cuando pienso en una mujer que fue así me siento triste. Porque conozco su pasión, es decir, su muerte. Pero antes de su muerte, lo poco que sé de su vida:

Debió nacer a finales del siglo IV d. c. en Alejandría, que era una gran ciudad para los estudiosos, una urbe universal. Habitaban allí: judíos, galos, eslavos, egipcios; literatos, científicos, mercaderes. Era la ciudad de las musas. Una ciudad de tolerancia y la de la mayor biblioteca, el mayor universo del mundo antiguo. Las sabidurías y las memorias de muchos pueblos allí se traducían y cohabitaban pacíficamente. Un faro intelectual en un tiempo de oscura barbarie. Hasta que la barbarie también destruyó Alejandría.

Hipatia era su nombre. A pesar de que no había igualdad entre sexos, su inteligencia la hizo destacar y logró dar clases en una academia. Escribió sobre matemáticas, filosofía y astronomía. Todos sus libros fueron destruidos. Fue la primera filósofa y científica de Occidente; murió por su pasión. O quizá murió por la locura, por el salvajismo, por la bestialidad de esos fanáticos feligreses de San Cirilo que un día la interceptaron, le quitaron las ropas y con afiladas conchas de mar, la desollaron, la quemaron después y prosiguieron luego a destruir la gran biblioteca y a imponer una sola religión, un solo modo de ver el mundo, el pensamiento único. ¿Cómo podían llamarse cristianos esos asesinos? Las palabras son traicioneras. Pueden significar cualquier cosa de un día para otro.

Hipatia no resucitó. Pero acaso en las mujeres que se apasionan por algún arte, en alguna profesión o ciencia, seguramente hoy no hay una, sino muchas Hipatias.

14 sept. 2010

No somos hijos de la chingada


Es difícil tener fe en la historia, especialmente cuando los siglos han echado brumas sobre senderos poco transitados por los historiadores, sin embargo, yo creo que los primeros españoles que pisaron el territorio mexicano fueron capturados, esclavizados y quizá hasta convertidos en carne de ofrenda.

Aquellos españoles habían sido pateados por un huracán del Caribe hacia las costas de Yucatán: no todos resistieron el asedio de los tiburones ni las canciones de desesperación que canta la sed entre las olas. Un puñado maltrecho de hombres, ocho apenas, alcanzaron tierra firme cargando el hambre de varios días, cierta vergüenza y todavía un poco de orgullo.

Los cocomes, unos mayas aguerridos, encontraron y se enfrentaron contra estos españoles, según relató uno de los cuatro sobrevivientes. Lo cual resulta bastante extraño. ¿Cómo conservaron espadas los náufragos y cómo consiguieron escapar a las flechas y a las veloces piernas indígenas? Para responder esto el historiador debe convertirse en poeta, en creador.

Me imagino que se internaron en una noche tórrida, exuberante de ruidos. Tenían la idea de que existía un mar hacia el oriente, pero yo creo que caminaron sólo guiados por el ciego miedo. Llegaron a Maní, ciudad de los virtuosos Tutul Xiúes. Allí fueron esclavizados. Allí por los trabajos o por las nostalgias o por la dureza misma de la vida, dos más fallecieron.

Sólo sobrevivió un sacerdote y un soldado. La cruz y la espada, lo primero que México recibió de España. ¿México? ¿Ya existía México?

Para responder a la pregunta de si ya existía México, se necesita previamente saber qué es México y yo no sé qué es México. Pero, las múltiples tribus, las variadas etnias que habitaban, y aún hoy habitan, el territorio mexicano, tenían ciertos vasos comunicantes. Kukulcán y Quetzacóatl son el mismo dios, como Júpiter y Zeus. Los que hablaban maya y los que hablaban náhuatl se conocían, comerciaban, se influían culturalmente. Que hayan quedado bajo el mismo virreinato todos los pueblos que basaban su alimentación en el maíz no fue un hecho arbitrario.

El sacerdote, hombre manso, casi un Don Perfecto, según él mismo refiere, prosiguió en la esclavitud varios años. Habría que imaginarse a un hombre letrado, por lo mismo, poco atlético, por lo mismo, su esclavitud debió ser más fácil de llevar que muchos empleos de nuestra época capitalista y globalizada.

El soldado, en cambio, participó en guerras floridas. Seguramente fue notorio su talento. Como era un desperdicio conservarlo como cargador de leña y agua, fue ascendido, por decirlo de algún modo, a guerrero y aún más a jefe militar, incluso se casó con la princesa Zazil Há, con quien tuvo unos hijos muy bonicos.

Unos años después, un grupo más numeroso de españoles desembarcó en Yucatán y también fue mal recibido por flechazos indígenas. El capitán de los europeos se quedó pensando después del primer fracaso en una palabra que escuchó en boca de los mayas: “castelan, castelan”.

Supuso, razonablemente, que si decían tal palabra era porque debía haber entre ellos algún español. Averiguó que estaba en lo correcto y pagó el rescate por los dos castellanos. Así que una tarde llegaron tres indígenas a la nave española. ¿Dónde está el español? Preguntó un soldado. ¿Dónde está el español? Preguntó el capitán. Entonces, uno de los indígenas rezó un padrenuestro y un avemaría y se soltó hablando en romance: era el sacerdote, Jerónimo de Aguilar, quien traduciría el maya de doña Marina, la Malinche, a nuestra lengua.

Aguilar había querido convencer al soldado, Gonzalo Guerrero, de que se uniera a Cortés, pero éste lo había rechazado. ¿Cómo iba a abandonar sus aretes y sus plumas de quetzal, las tortillas y el pozol, a sus tres hijos y a su nueva patria? Había encontrado un lugar habitable y estaba dispuesto a defenderlo. En esa defensa, termina trágicamente esta historia.

A pesar de los varios libros, sobre todo de literatura, que se han escrito sobre Gonzalo Guerrero, es un personaje poco conocido. Se dice que nació en Palos, un pueblo muy cerca de Portugal. Aquello del “castelan, castelan” me hizo pensar que pudo ser gallego, pero era hombre de mar, es decir, nació con una patria errante; lo importante, en verdad, es que se volvió mexicano.

Quiero decir, lo importante es que notemos que la Conquista no se trató solamente de españoles conquistando indígenas, también hubo españoles conquistados por las culturas mexicanas, en otras palabras, ese otro modo de habitar el mundo, de tener humanidad, que existía en México, fue colmando el espíritu de los hispanos hasta transformarlos en mexicanos. Somos los mexicanos actuales hijos de culturas riquísimas, somos hijos de algo, de un mestizaje valioso, no somos hijos de la chingada.

9 sept. 2010

Un poquito de filia al amor

Carver sorprendió en los 80’s con un librito de cuentos titulado ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Obviamente, esa pregunta puede provocar variadísimas respuestas. Pensar en el amor, en cierto sentido, es absurdo: por más que se analice, se clasifique y se defina, el amor es experiencia personal; irreductible al mero dato.

Si alguien esbozara una brevísima bibliografía del amor, sin dificultades, recabaría unos ochocientos libros de un momento a otro. Para mí, el hecho de que la humanidad haya hablado y escrito tanto acerca del amor es la prueba lo difícil del arte de amar. Pero esto también revela, y me parece más importante, que nunca ha habido un acuerdo absoluto de lo que significa el amor. De otro modo, ¿qué sentido tendría seguir hilando discursos en torno a este tema? Yo pienso que si recurrimos con tanta frecuencia a este asunto es porque necesitamos el consuelo que escurren las palabras cuando dan vueltas alrededor de un problema irresoluble.

Yo no quisiera arrojar un granito de arena más en la playa inmensa de las definiciones sobre el amor. Prefiero creer que todos saben lo que significa esta palabra de origen latino y expresarme de un modo más personal a favor de una palabra de origen griego: filia.

Para mí, las filias son los amores civilizados. La filia, a diferencia del amor, no nace de la necesidad ni de las carencias, aunque pueda ser un gusto que crezca al grado de volverse indispensable. En este punto, por supuesto, recuerdo el mito que cuenta Diotima en el Banquete de Platón, según el cual, Eros nació de Penia, es decir, el amor es hijo de la carencia. Doctores en psicología, por más posgrados que acumulan, no consiguen una mejor definición de este embrujo erótico que, como también es hijo de la abundancia, resulta una divinidad-demoniaca de excesos, de extremos y de contrastes. Apuesto a que todos los hombres han sido torturados y bendecidos alguna vez por este demonio; pero la filia tiene otra naturaleza.

Yo necesito comer y no amo comer, en cambio, no necesito libros y amo los libros. Se podría decir que necesito conocimiento, pero no lo necesito, sólo lo busco, así como un niño busca cosas en el mundo sin necesitarlas previamente. Y el entusiasmo que experimenta un niño al descubrir las viejas cosas que habitan bajo el sol, bien podría llamarse amor. Pero tanto el entusiasmo de un niño por las novedades, como el entusiasmo que yo experimento con la riqueza de ciertos libros, no siempre se conoce como amor. Si digo que amo los libros se cree que exagero o que me refiero a un sentimiento muy diferente del que me cimbraría si dijera amo a fulanita de tal.

Por ejemplo, si yo celara a la tal fulanita y le hiciera constantes reproches, le exigiera muestras de cariño a cada rato y le ocultara sistemáticamente pasajes de mi vida por temor a su desprecio; si la besara a veces con furia y otras veces le rogara patéticamente por una limosna de afecto; si la insultara y la elogiara desmedidamente. ¿No se diría que amo a fulanita? Por otra parte, si en vez de atesorar con celo, presto y regalo libros, si los disfruto a pesar de que estén rayados o rotos o arrugados; si no busco aumentar el cúmulo de los que poseo ni les asigno en mis libreros, obsesivamente, un sitio. ¿Se diría que amo los libros?

Aunque algunas personas no creyeran que amo a fulanita y sí a los libros, pienso que la mayoría no sería de tal opinión. De esto parte mi resistencia a entrar en el jueguito de definir el amor. ¿Para qué si de todos modos la gente usará esta palabra como se le dé la gana? La gente lleva las de ganar. La concepción de la mayoría es la que termina imponiéndose en los diccionarios. Y por eso me decanto por el vocablo filia, que como he mencionado, refiere un amor civilizado, sin pasiones ciegas, sin desbordamientos y sin contrastes explosivos. Un amor que es un gusto, un buen gusto, un placer en tierra firme: el otro amor habita el aire.

Yo me he enamorado, ya no sé ni cuántas veces, impulsado por la miseria. He sido generoso entregándome a quien no me solicitaba. Ahora recuerdo a Lacan: “Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere.” En efecto, el enamorado, como no es dueño de sí, al darse, ofrenda sus carencias.

¿De qué les sirvió mi amor a quienes nunca me lo pidieron? ¿O de qué les sirvió mi amor a quienes me exigieron más del que yo les ofrecía? De nada o de muy poco. De muchos enamoramientos, en ocasiones, lo único rescatable es alguna metáfora. Sé que hoy les tengo un mayor cariño a ciertas mujeres, a las que me resistí a querer del modo incivilizado, idealista y estentóreo; en otras palabras, en vez de acosarlas para que o me demandaran o se acostaran conmigo, las hice mis amigas y, con ello, las he llegado a valorar más y mejor en su especificidad. Sé que Freud diría: Ah, un típico caso de complejo de Edipo. Sin embargo, yo creo que la amistad no es una desviación del impulso erótico ni una sordina para la trompeta ebria del amor, sino un amor más amor, un amor con menos animalidad: sentimiento consecuente de un humano que se ha vuelto más humano. Y para mí quien se ha vuelto más humano es aquel que ha conseguido la humildad: quien tiene los pies sobre la tierra y encuentra placer en la realidad.

La filia es, pues, para mí, un amor humilde y, por humilde, más real y, por ende, más deseable. La filia no es arrebatada, ni ciega ni celosa. La filia es griega: inteligente y sobria. Esto no quiere decir que no haya intensidad, sólo significa que sus intensidades están ligadas a placeres reales y compromisos realistas. Quede claro, por último, que cuando hablo de amor, hablo de filia. Porque amo la filia y le tengo un poquito de filia al amor.

5 sept. 2010

Apunte sobre el ejército de desempleados amorosos

Así como, en las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista, existe un ejército laboral de reserva, una constelación de desempleados que abaratan los salarios por estar dispuestos a trabajar más horas o a laborar por una paga menor; también, creo yo, existe un ejército de desempleados amorosos, que abaratan los compromisos.

Es muy sencillo imaginarse al capitalista convocando a cien personas cuando necesita cubrir dos vacantes. Los seleccionados no serán necesariamente los mejores. Acaso el objetivo sea que los escogidos sean muy conscientes de los noventaiocho que se quedaron al acecho del puesto y que más de alguno de ellos estaría dispuesto a pedir menos dinero por el mismo trabajo.

Tampoco debe ser difícil imaginarse a una persona acumulando contactos, citas e invitaciones cuando tiene una vacante en el puesto de pareja sentimental. Probablemente algunas personas realicen la inmersión en el mercado amoroso sin mucha conciencia. Pero no me cabe duda de que tal gente a nivel inconsciente se queda pendiente de las leyes de la oferta y la demanda amorosas.

Desde un punto de vista seudo-económico, todos ofrecemos en el ámbito sentimental una mercancía: la capacidad de dar placer; sea éste del tipo que sea. Desde esta perspectiva, quien se relaciona con nosotros nos compra. Lo cual viene a decir, en otras palabras, que nos vendemos al ofrecer nuestra compañía.

Hay palabras y expresiones en el habla mexicana que revelan parte de esta concepción economicista de la vida social. Por ejemplo, se dice “fulanita es cotizada”, lo que quiere decir que es muy exigente para compartir su tiempo con otros. También se dice con frecuencia: “quien no te conozca, que te compre”, con lo cual se identifica el confiar en alguien como un trato de compra-venta. El inconsciente colectivo, que se asoma en estas frases, revela sus preocupaciones económicas.

Pero la compañía que ofrecemos, el placer que generamos en la intercomunicación con los otros, con algunas salvedades, no tiene precio. ¿Cómo así afirmar que nos vendemos? Además el ser humano no puede quedar reducido a ser mera mercancía. Verlas como productos significa cosificar a las personas.

Quien se asuma como producto tendrá por personalidad, muy pronto, una máscara o, por mejor decir, una serie de etiquetas; quedará, por eso mismo, con una fuerte ligazón a la superficialidad: perderá la hondura espiritual que caracteriza al ser humano y lucirá la pose estática de la máscara. Y, para que estas personas se ofrezcan como un producto acabado, han tenido que cercenar previamente su profundidad.

Un humano empeñado en ser más humano no puede venderse a sí mismo. El darse al otro es parte de las necesidades humanas. Desde una perspectiva humanista, el que se entrega a otro, sea en la forma que fuere, no espera un pago, por lo tanto, no se vende: se regala. Y no está de más señalar que quien se entrega también recibe. Sólo que esta retribución, este intercambio, es incalculable, inconmensurable. La economía resulta insuficiente para estudiar las mercancías espirituales que intercambiamos las personas.

Quede claro, pues, que no todos nos vendemos: yo me regalo, y si lo hago es porque soy dueño de mí mismo; éste es el primer requisito para poseer dimensión ética. Sólo quien no es dueño de sí puede venderse. Y alguien deja de ser dueño de sí por preferir la superficialidad de una pose, que la hondura de la inteligencia que concibió tal pose.

Mi percepción es que en nuestra sociedad las personas cada vez tienen más cosas y entre esas tantas cosas que tienen, se tienen a sí mismos como una engañosa posesión más, una imagen rígida, que cotiza en una peculiar bolsa de valores: el mercado de la popularidad. Para aumentar su valor allí, buscan atesorar un cúmulo de contactos, citas e invitaciones. No para darse a los demás, sino para aumentar su avalúo como cosa social.

Esto me parece más claro al enfocar las relaciones amorosas. Quien esté infectado con la mentalidad capitalista en sus relaciones personales, ya sea consciente o inconscientemente, buscará ventajas, al modo del vendedor, en ellas. De entre las muchas tácticas para obtener ventajas, el ejército de desempleados amorosos de reserva es una práctica, según yo, muy frecuente. Consiste en mantener contacto, coqueteos y vínculos con una persona a la que por el momento, y quizá nunca, no se le quiere tener como pareja.

Tal vez todos tenemos nuestro ejército amoroso de reserva, quizá sea parte de la naturaleza polígama del hombre. Por ello, yo me resisto al rol del censor. Esto sucede así y punto. Pero lo interesante es que estas prácticas, las tácticas y las estrategias del arte de hacerse amar provocan una separación entre los despreciados y los despreciadores, entre quienes acumulan capital humano (el ejército de reserva) y quienes viven desempleados en lo amoroso. Lo peor es que estas clases divergentes están en pugna y siempre lo estarán.

Siento que he dicho obviedades y que una obviedad más es la de señalar la injusticia insuperable en las relaciones amorosas. Sin embargo, creo que pocas personas asumen cotidianamente las conclusiones que se desprenden de esto. Si hay una lucha perenne, entonces, nadie puede ser feliz. Y si esta lucha no es cultural, sino natural, entonces, se trata de una lucha irremediable.

En mi opinión, el ser humano actuó injustamente al inventar el concepto de justicia: puso la mira demasiado alta, imposible de alcanzar. La justicia nos trajo la sensación de culpabilidad porque no podemos hacer un mundo justo.

Mi conclusión, por tanto, es que debemos tirar la basura con una sonrisa en la cara.