23 dic. 2007

Querido, Fiódor:

¿Cómo le hacías? Perdona que haya iniciado con esta pregunta. Quizá demasiado impulsiva. Acaso lo primero que debí escribir era un saludo o una disculpa. Pero trato de imaginarme que en vez de una carta, esto es un encuentro personal. Un choque fortuito como los que ocurren en las calles de cualquier gran ciudad. Tú puedes imaginar San Petesburgo, yo sólo puedo imaginarme la ciudad de México.
Debo mencionarte que el alma rusa, desde que la empecé a escudriñar en las novelas de tu lengua, me ha parecido muy semejante a la mexicana. Tal vez se deba al carácter occidentalizado, y no plenamente occidental, de nuestros pueblos. ¿O estaré diciendo incoherencias?
Siento que escribo como un vulgar borracho. Aunque no lo sea, me figuro que te encuentro cerca de una vinatería en una calle muy negra, ya sea por los faroles descompuestos o porque todos los negocios ya han cerrado y las casas emiten una luz demasiado débil. Yo no tengo dinero y quisiera un poco para beber, para olvidar los estremecimientos de una conciencia avergonzada, lo típico. Tú conoces muy bien esto. Y apuesto a que lo intuirías en cuantos me vieras. Así que no haría faltan explicaciones excesivas. ¡Cómo me gusta pensar que caminaríamos juntos! La noche tampoco requiere palabras para contarnos sus asuntos. Y la escuchamos.
Supongo que tú quisieras andar distraídamente, como apostando a extraviarte en los laberintos de un barrio pobre hasta hallar un puente. ¿Por qué te gustan los puentes? ¿Porque son cruces de caminos?, ¿porque el destino gusta de colocarnos en encrucijadas, de engañarnos con la ilusión de que hay puentes que dividen un modo de vida de otro?
Yo no conozco esos puentes que tú debiste frecuentar. Conozco otros. Te contaré. En esta ciudad hay un gran río muerto que antiguamente se conocía como el Río de la Piedad. Pero lo mataron y ahora es un río por donde va el sucio y ruidoso fluir de automóviles. Qué bueno que tú no conociste estos artefactos. Son peores que las carretas y un poco más lentos, al menos, cuando avanzan por este río que te cuento.
Mientras tú te detienes en tu puente decimonónico, yo me detendré en una cresta del Viaducto y miraré los centenares de luces que van por ahí.
Fiódor, aun sin conocerte quisiera tratarte con familiaridad. ¿No quisieras ser mi hermano? Yo quisiera tratarte así de hermano. No tienes idea de cómo en el fondo de mi cínico corazón, me entusiasma creer que es posible la fraternidad espontánea, entre personas que apenas se conocen. Tú hiciste algunos personajes así. Hoy somos demasiado desconfiados. Pero contigo es distinto. No me siento amenazado. Me parecen tus demonios muy bien educados. Y posiblemente el arte de ser bueno consiste en aprender a adiestrar nuestros demonios. Yo no lo he hecho porque aún no termino de conocérmelos ni de clasificarlos.
No más rodeos. Te escribo porque quiero ser bueno. Vivo en una época tan extraña, tan vacilante. ¿Puedes tú concebir que haya filósofos que se pregunten si es posible ser bueno y también si es bueno ser bueno, o bien, que afirmen que es malo ser bueno o que no hay ni bien ni mal? Claro que puedes. Tú época no era tan diferente a la mía.
¡Resulta tan difícil ser bueno! Cuando digo esto, ya presiento reproches: querer ser bueno es una maldad porque en ese deseo está implícita la condena moral a quienes no son buenos. Además se podría creer que sólo pretendo hacerme el bueno, una variedad de mosca muerta. O que peco de soberbia por pretender vivir por encima del común sentido ético del vulgo. Y así como con esto, con toda acción, estoy marcado por la constante duda. Una especie de conciencia cínica dentro de mí dice que no hay bondad sino instintos de supervivencia, una búsqueda natural de adaptación al medio, un afán protagónico, una voluntad de poder, mero egoísmo y demás.
Podría ser verdad. Las miradas de esta era son maliciosas. Por eso me gusta tu mirada. Tu modo de mirar a los otros es generoso, compasivo, sensible. Mas no te puedo tachar de ingenuo y me podría en contra de quien te llamara de tal forma.
Tú narraste escenas sumamente cruentas, y me trasmites una indignación, hirviente y aguda, con respecto a ciertos actos inhumanos.
¿Si podemos ver tan claramente que existe el mal, por qué no podemos ver de igual modo que existe el bien? ¿Será porque uno no puede llamarse a sí mismo bueno? ¿Será por lo que escribió Kempis acerca de la vileza que dentro sí descubre aquel que llega a conocerse a sí mismo? ¿O será que la bondad sólo puede ser cuando es para los otros y, por esto, uno sólo podría observar la bondad en los otros, nunca en uno mismo, pues este uno mismo existe sólo en la medida en que los otros confirman tal existir?
Si peco de preguntón, Fiódor, puedes decírmelo. Es muy posible que te canse con mis balbuceos filosóficos. Los utilizo porque me duelen los hechos puros. Y si me atrevo a plantearte mis dudas es porque me pareces un maestro de los problemas éticos.
¿Sabes? También siento que Vasili Ostrof es una calle de la colonia Obrera. ¿No te topaste tú con los mismos teporochos que me hablan a mí por estos rumbos? Esos que embarazaron pronto a su novia y dejaron la escuela y ganan un sueldo miserable. ¿Tú cómo andas de kopeks ahorita? Yo no tengo mucho, cada mes me preocupo por alcanzar la renta que debo por esta habitación pequeña en la que mi mente, también pequeña, intenta escribir, romper las paredes de la realidad opresiva.
Y en esta habitación me siento capaz de idear un crimen o de charlar con el Gran Inquisidor, delirar. Pero yo quisiera escribir. Continuar contando la vida de personas comunes, mediocres, fracasadas, de humillados y ofendidos, de ebrios y jugadores, de estudiantes pobres y vagabundos.
Fiódor, como víctima del tiempo debo concluir esta carta, alejarme, partir. Continuarás con noticias mías pronto. Espero. Un abrazo.

Monstruario

En Saña el estilo de Margo Glantz es pulcro, no se encarniza en la retórica ni se regodea con los detalles, prefiere los golpes veloces y directos. “Hitler y Stalin prohibieron difundir la imagen de Mickey Mouse…” Así de sencillo nos presenta detalles de saña.
En su libro recorremos un museo de ignominias, un catálogo de perversidades, un real monstruario --el término es suyo--, cuyo espíritu algo tiene de medieval en cuanto a la visión asombrada de lo cotidiano y a la vez familiarizada con lo extraordinario.
Sin embargo, no podemos decir que Glantz esté inaugurando un género, el amarillismo televisivo se le adelantó.

27 nov. 2007

De las mejores novelas mexicanas

Para comprender verdaderamente el alcance de los actuales problemas políticos del país, yo recomendaría la lectura de la revista Proceso hace diez años. Porque cuando yo hice eso, tuve que reírme mucho ante el cúmulo de despropósitos y previsiones apocalípticas de sus columnistas. Me parece que uno no debe olvidar las muchas tonalidades del amarillismo ni que, antes que informar, los medios de comunicación buscan llamar la atención. Maximizar lo que ocurre en el presente es el mejor medio para ello, o al menos eso consideran. Si no es porque ellos hiperbolizan los hechos presentes difícilmente alguien creería que el mundo de verdad sigue girando. Pero si uno se niega a continuar con ese juego y se decide leer las noticias de hace un lustro o una década, resulta que las cosas en general permanecen igual, o acaso un poco más desgastadas, sólo un poco, ni siquiera lo suficiente para que uno haga con honestidad una apología del pasado, a menos que se abuse de ese tópico tan manoseado y se escriban atropellos retóricos.
Si me dieran a escoger entre estar al tanto de todo lo que ocurre en el mundo o en no enterarme de nada, preferiría no enterarme. Pero sucede que aun procurando esquivarlas, me llegan noticias. Y debo decir que unas despiertan al cocodrilo de la curiosidad que usualmente reposa en los pantanos de mi mente. Por ejemplo, hoy me interesé en el resultado de la encuesta que hubo hace seis meses en Nexos, aplicada a sesenta escritores, para saber cuál era la mejor novela mexicana de los últimos treinta años. Y no me importa comentarla tan trasnochadamente.
También prefiero ser un trasnochado a un madrugador que compre tres periódicos diarios y vea las noticias de las tarde y la noche. ¿Para que correr tras el viento de una nota superficial e intrascendente? La esencia del presente es su fragilidad, su aparecer efímero. La gente enterada para mí no es más que gente espantada con lo que no cambia, es decir, con el deterioro persistente de las cosas. Sé que las mujeres preocupadas por su cutis podrían tacharme de superficial, ya que serían capaces de asociar mi énfasis en el deterioro como desprecio por la piel que envejece. Pero yo no tengo ese desprecio, lo que digo es que no encuentro sentido a preocuparse por averiguar cómo estuvo el deterioro del día. Acepto que debamos detenernos ante el espejo todas las mañanas, ¿pero medir el avance de las arrugas a diario? ¡Por Dios! Por eso yo no veo noticiarios.
Me he desviado demasiado. Siempre me pasa. ¿Será que le tengo tan poco respeto a mis extraviados lectores? ¿Será que tomo de pretexto cualquier tema para volver a mis obsesiones? ¿Será que en realidad no sé qué decir? En fin. Basta de preguntas y de justificaciones innecesarias.
La estratagema de la encuesta de Nexos fue adecuada. Como en este país no le podemos preguntar a los lectores, pues estos están en peligro de extinción, los escritores fueron los votantes. ¿Cuántos habrán votado por sí mismos? Yo lo hubiera hecho. Cada uno debía escoger tres novelas. Las diez preferidas fueron trece, mal augurio:

1. Noticias del Imperio - Fernando del Paso
2. Las batallas en el desierto - José Emilio Pacheco
3. Crónica de la intervención - Juan García Ponce
4. Elsinore - Salvador Elizondo
4. El desfile del amor - Sergio Pitol
6. Porque parece mentira la verdad nunca se sabe - Daniel Sada
6. La guerra de Galio - Héctor Aguilar Camín
8. En busca de Klingsor - Jorge Volpi
9. Dos crímenes – Jorge Ibargüengoitia
9. Morir en el Golfo - Héctor Aguilar Camín
9. Lodo - Guillermo Fadanelli
9. El testigo - Juan Villoro
9. El seductor de la patria - Enrique Serna

Fernando del Paso, en mi opinión, tiene bien merecido el primer sitio, así como también bien merece el Premio Juan Rulfo que ha recibido en Guadalajara. Recuerdo que en cierta entrevista Rulfo declaró que acaso su único descendiente estilístico en México era justamente Fernando del Paso. A mí no me resultan estilos próximos. Además en México hubo más de un epígono rulfiano, Tomás Mojarro, por ejemplo. Pero la declaración de Rulfo, por eso mismo, fue una especie de certificación a Del Paso, señalando su valía. Yo, como buen rulfiófilo, considero que ése es uno de los mejores elogios que pudiera recibir el autor de Noticias del Imperio.
En segundo lugar veo al escritor más sobrevalorado de México: nuestro humildísimo JEP. No me parece que Las batallas en el desierto sea una gran novela. Peca de laconismo y el protagonista se me antoja forzadamente ingenuo. La infancia de un tartufito. Digna de una rola de Café Tacuba, pero no más. Sin embargo, hace años, cuando la leí, no recuerdo si aún era virgen, pero era como si lo fuera, y la disfruté mucho a lo lector romántico.
Sobre García Ponce, Elizondo y Pitol, mi opinión es un tanto indiferente. Son autores que no me entusiasman ni me desagradan. Son buenos, sin duda, quizá más cerebrales de lo que mi pobre cerebro sabe apreciar.
No he leído nunca a Sada. Supongo que merece su lugar por la influencia que ha ejercido sobre la actual ola norteña.
Y creo que se debe aceptar que la inclusión de dos novelas de Aguilar Camín en una encuesta de Nexos, aun cuando uno no sea malicioso, resulta sospechosa. Parece que de haber habido un consenso certero acerca de cuál es su mejor obra, habría llegado a las primeras posiciones. ¿En una encuesta no organizada por los Galios sería Aguilar Camín igualmente apreciado?
Si Ibargüengoitia está por debajo de Volpi y de los otros, según yo, es porque las respuestas fueron refinadas o fingidamente serias. Un escritor tan irónico como Ibargüengoitia nunca tendrá tanto prestigio como los amos del enredo faulkneriano o joyceano. Pero su influjo en la literatura mexicana es de los más notables. Volpi mismo algo debe al guanajuatense.
De Serna y Villoro son de quienes yo sospecho autovotos. ¿Quién más votaría por ellos? Yo, sin dudar, los botaría de la lista.
Y sobre Fadanalli reconozco que sentí gusto. Es un escritor que no fue reconocido en los noventas, Chafanelli le llegaron a decir, mas luego de Lodo la opinión generalizada de la crítica se modificó. Y aunque debo decir que yo estimo Lodo mucho más que esas otras cuatro novelas con las que está empatada en noveno lugar e, incluso, con esa que critiqué en segundo sitio, para mí la mejor novela de Guillermo Fadanelli es Clarisa ya tiene un muerto. Novela extraordinaria, plena de imágenes alternativamente poéticas y con una carga de humanismo asombroso, si se considera el marco, el telón de fondo, el ámbito sórdido en el que se desenvuelve. Sin embargo, ahí, entre putas de cabaret, ex-militares travestidos, burócratas miserables, se comprende la necesidad del humanismo. ¿Qué otro novelista mira tan de cerca a nuestros humillados y ofendidos?
Así como alguna vez se dijo que Arlt tradujo a Dostoievsky al lunfardo, pienso que Fadanelli trasladó al gran novelista ruso, no al español, como ya había hecho Pérez Galdós, sino al siglo XXI.
Antes de poner punto final, digo que me dio gusto que Carlos Fuentes no apareciera, es de los peores novelistas de México. Pero eché en falta la presencia de alguna escritora. ¿Obras de Glantz, Antaki o Sefchovich no están al mismo nivel que algunas de las enlistadas? También me pareció extraño que no estuvieran José Agustín ni Gustavo Sáinz, ¿en verdad envejecieron tan pronto? Tampoco estuvieron Gonzalo Celorio, Paco Ignacio Taibo II, Vicente Leñero, Luis Zapata, Rafael Bernal, Mario Bellatin.
De hecho ante tal cantidad de nombres ausentes, yo no puedo sino confirmar que en México hay más escritores que lectores.

26 nov. 2007

Unos aforismos

¿Cómo es posible que la música de Vivaldi no sea como los árboles, los ríos o las montañas, una creación más de la naturaleza?

Platón jamás escuchó música sinfónica. Ésta me parece suficiente razón para desacreditar toda su filosofía.

Dios es sólo una conclusión demasiado imaginativa ante la certeza de que existe el alma.

No he visto a gente más convencida de poseer la verdad que a los relativistas.

Dar prioridad a lo simbólico por encima de lo real es enajenación. He ahí la grandeza de la poesía, con palabras simbólicas da prioridad a lo real, a lo verdaderamente real.

No me molestan las personas que se muestras orgullosas de sus virtudes, excepto cuando se enorgullecen de su humildad.

Vi a un optimista que se alegraba de cumplir 50 años, decía sentirse mejor que a los treinta. ¿Cómo no? Estaba más cerca de la tumba. Suficiente motivo para un festejo.

El enamoramiento, despojado de literatura, sólo es una anécdota tonta.

Dios no existe, pero es el único que me comprende.

Después de una mudanza, sin fuerza para acomodar mis libros, aventé pilas de ellos desordenamente a un librero, luego, viendo a Marx junto a Kempis y libros de vampiros a un lado de Cármenes de Catulo, comprendí que hace mucho tiempo mi mente es un librero desordenando en el que mis incongruencias tienen mucha razón de ser.

22 nov. 2007

Un rostro (primera de dos partes)

Nació en marzo a mediados de los años treinta. Lo hizo en una casa amplia. Aunque para los ojos de los niños casi todas las casas son amplias. Estoy seguro de que si Adán pensó que el jardín del edén era paradisíaco fue porque él era sólo un niño. Los niños son capaces de vivir en vecindades a punto de derrumbarse, mal comiendo, sin zapatos y, pese a ello, sonreír mucho, platicar con insectos y cantar decorosamente. Si los revolucionarios solamente convivieran con niños pobres jamás se les ocurriría que hace falta una revolución. El deseo de justicia social no puede provenir de otro motivo que no sea el de sacarle las tripas a un prepotente rico, nuevo o viejo, lleno de soberbia. Bastaría que todos los ricos fueran humildes para que el verdadero fin de la historia comenzara.
Cuánto divago. Decía que en marzo solía recibir regalos. Aunque quizá los recibía en junio. Porque en el México viejo se celebraban más los santos que los cumpleaños. ¿En la ciudad de México actual quién se acuerda de que se tiene un santo?
Él pudo haber celebrado en varios días porque hay varios san Antonio, pero a él le gustaba el de junio. No sé por qué. Me lo imagino muy emocionado con una pelota de beisbol, corriendo a la calle a encontrarse con su pandilla, como él decía. Un montón de chamacos salidos de una novela de Agustín Yañez que disfrutaban de placeres extrañísimos a los ojos de nuestros cibermaniacos-niños-posmo: como los encantados, policías y ladrones, doña Blanca. También canicas, balero, trompo. Y por supuesto, beisbol y futbol, en ese orden, porque el deporte principal allá en Aguascalientes era la pelota caliente.
Ellos ni siquiera sabían de las batallas en el desierto. Mas, él debió imaginarse unas aventuras asombrosas, cuando un locutor mencionaba al escuadrón 201, aquellos mexicanos que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Me lo imagino con ojos muy abiertos sentado frente al radio. ¿Por qué se sentaba alrededor del radio la gente de antes? Ahora prendemos la televisión como si fuera nuestra obligación diaria y nos ponemos a hacer otras cosas mientras oímos, como música de fondo, la estúpida palabrería de algún programa, y si acaso prestamos atención será durante los comerciales.
También me imagino a su madre, una joven que aún no cumplía los veinte años, delgada y con una fina mirada de ojos negros. Y a su padre, hombre serio, con bigote y lentes obscuros. También a una hermana mayor con la que apenas jugaba. Pero sí discutían y peleaban como buenos hermanos. Ella era seguidora de los Tigres y él de los Diablos, ella apoyaba al Club España y él al Club América.
Pasó sus primeros años, como todos, entre la escuela, los amigos, las anécdotas familiares. Los fines de semana solían ir a las haciendas cercanas, a veces iban a Celaya o a Guadalajara a visitar familiares. En las noches oía relatos de fantasmas y de brujas que lo impresionaban. Era un niño fantasioso, ya que fue educado más por su abuela que por sus padres. Y las abuelas tienden a llenar la cabeza de sus nietos con más quimeras que como lo hacen los padres. Estos ya han tenido tiempo de decepcionarse de ciertas ensoñaciones e, incluso, tiempo de echarle en cara a sus propios padres el hecho de que aquellas imaginaciones, sembradas en la infancia no les ha permitido cosechar sino decepciones. En cambio, las abuelas como vuelven de esas decepciones, se dan cuenta de que es mejor vivir ciertas fantasías, mientras duren, que atolondrarse de realismo, que en el fondo también es un engaño.
La abuela, además, era religiosa. Y lo acostumbró a desmañanar, a levantarse para ir a la misa de cinco. ¿Cómo es posible una misa a tales deshoras? Así cualquiera cree en cualquier cosa. Estoy seguro de que si yo dejara de despertarme después de las diez de la mañana, también dejaría de ser escéptico. Sin modorra resulta muy sencillo desconfiar de cuanto se nos presenta.
Cuando murió su padre. Cuando cambió su vida, él estaba estudiando comercio. También servía de mesero en el restaurante de la familia que devino en deuda gigantesca. Su padre se había sentido capaz de volverse un empresario. Creyó que un restaurante al lado de la estación de trenes sería un gran éxito. En aquella década, los trenes de pasajeros, aún iban por las vías como aguinaldos de jugueterías. ¡Qué verso aquel de López Velarde tan puntual! Perdón por el extravío. ¿Pero por qué yo no podría extraviarme y hacer un ensayo joyceano? ¿Acaso sólo los novelistas y poetas tienen derecho a experimentar?
Efectivamente, el restaurante se llenó de gente. Un montón de platos y ruido. Y vales, porque los maquinistas pedían fiado y nunca pagaban. Así que pronto aparecieron los números rojos. Quebró el lugar y el frustrado empresario sin fuerza para empezar de cero otra vez, tomó una botella, se la acabó y le encargó a su hijo otra más y luego otra. La última botella llegó inesperadamente. A la edad de Cristo. Otra vez recuerdo a López Velarde. Esa edad que se acongoja tanto. Muerto aquel hombre, mi abuelo, su par de hijos y su viuda emprendieron otra vida, tuvieron que dejar la antigua casa y, no mucho tiempo después, la ciudad.

Si no fuera

Si no fuera
por la ilusión de estar en la calle
viendo el todavía
en los tantos caminos
en la calle cualquiera
con los perros que buscan
nuestro pan de cada día
y los sucios locos que anhelan
el alcohol, esa divina sangre
yo moriría de miedo
encerrado en mi pequeña mente
dando vueltas de ogro
sobre mi propio eje hostilizado
si no fuera porque hay árboles
raíces del instinto que me sacan
de mi sótano silente
si no fuera
por el aire soleado
yo golpearía las paredes
cada vez más opresivas
de mi corazón

si no fuera por el gusto
de pasear mis ojos
por las aún vivas
rosaledas del viento
como el vago que soy
me quedaría aquí
quieto y callado
acostumbrándome a la tumba.

¿Será tan difícil?

¿Será tan difícil un lugar habitable?
algo como un cueva
mas con una sutil ventana
para defenestrar oscuras ideas
y con esas otras ventanas
que pintaron los impresionistas
y con una puerta tan como la A
de un niño en un columpio
abierta
quiero servirle a Dios y al diablo
a ver si nos reconciliamos
en una mesa redonda
luego de un buche de café
ínferos y paraíso se contagian
y si blanco y negro conviven
sería posible convivir
con el diario del mes pasado
para creer leyendo que va lenta
la disolución del mundo
el fraude de los trabajosos días
también se disfruta
porque las radios cantan
y hay tiempo para el rock
y tiempo para el jazz
y tiempo para el blues
la música siempre
corre tras el viento
hermosamente
yo no quiero ya correr sino estar
en un espacio donde despacio
las conversaciones vayan
sedimentando las amargas
marcas de que uno está vivo
¿cuánta renta pagaría
por una ciudadela personal
por un par de vicios en la noche?
creo que yo sí daría mi vida
por vivir en un lugar habitable.

7 nov. 2007

¿Otro canto a la vida?

el albedrío de negar la vida es casi divino.
Ramón López Velarde


¿Cómo es que fornicas con la muerte?
esta daga inquiriste, y yo no sé
ella me invita a veces
tiene una tierra de íntimo retiro
mas reclama si no la busco
si no ve mi esfuerzo, se me oculta
ella es también mujer celosa
se ha encelado de ti y tú lo ignoras
ella entre mis sueños me pregunta
y me brinda también una cama
del sigilo asegurando la puerta
y oscuramente mi piel queda
esperándola
sólo las velas murmuran mantras
si su breve ropa negra se desliza
en mí la siento con tenue timidez
me habla sin juventud, cual madre
con lenta ansiedad
me forja un báculo de rígido fuego
un dolor de pequeña eternidad

Trato de no pensar en ti si la beso
de no extrañar tu carne si toco
sus telas de olores densos
trato de no mirarte cuando la miro
de no soñar tu sabor, intento
cuando estira sus uñas
y me pide el rostro
para que mire de frente tu ausencia
yo voy ciego con mi báculo
acariciando la cara de la tierra
Ay, la boca de la tierra me sonríe
y me mira también con ojos ciegos

Es tan dulce su piel desgarradora
su ansiedad pausada envolvente
su desnudez oculta
una belleza que me duele
cuando me llama
¿de qué rincón brota su voz?
dice vente conmigo
yo lo intento y no puedo, yo fracaso
ella comprende, ella sabe que te veo
siempre, vida
y que me quedo contenido
pensándote, sin terminar, estéril.

Ella viene y se me va
sin que pueda seguirla
Aun de cerca me es ajena
aun si ciñe mis pensamientos
me es lejana su voz
su inmensa luz sofocada
su bramido susurrante
ese eco triste de aurora antigua
eco nebuloso y extranjero
sin palabras
espejo saturado de silencio
donde mis cuencas me miran
y miran la mentira del cuerpo que habito
de esta carne que tú tocas cada día
y que cada día realzas y flagelas

estoy condenado a ti por ahora
mujer hermosa, vida mía
Mas yo he de terminar con ella
con quien sí me será fiel
perennemente, no sé cuándo
ya no tendré ojos para ti
nada tendré para ti
y mi semen, mi vida
será para ella
para mi buena muerte.

La agenda del FAP

Yo no tengo idea de si la Iglesia Católica tiene una agenda. Pero acabo de leer un artículo así titulado del coordinador de la Comisión para la Defensa del Estado Laico del Frente Amplio Progresista (FAP), un tal Héctor Vasconcelos. La comisión de tan rimbobante nombre le da a ese personajillo un título cuasi nobiliario, seguramente, también le da de comer y le ofrece una vida holgada, gracias a nuestros impuestos, recibidos, por supuesto, a través de los diputados bajo el yugo voluntario del FAP, ¿si no de qué otro lugar se mantiene ese gobierno pirata encabezado por AMLO?
Para la existencia de tal comisión debe suponerse la existencia de una amenaza grave contra el Estado laico. ¿Y eso existe fuera de la mente paranoica de estos convenencieros cuentachiles del gobierno pirata?
Para mí quienes tienen una mayor mentalidad religiosa son los anticlericales. Este señor es un ejemplo, no le voy a decir Vasconcelos, por respeto a José. Hay ciertos apellidos que uno tiene que merecerse. Don Hectorcito, pues, sostiene unas ideas excesivamente polarizadoras, falsas e intolerantes con respecto a la Iglesia Católica. Sobre el clero en el siglo XIX apunta lo siguiente: "Actuaron como lo que son: súbditos de un poder extranjero y supranacional. Estuvieron siempre al lado del anti-México, mientras el otro bando, el de nuestra tradición liberal, forjó lo que hoy llamamos México. Ésa es la historia que monseñor o desconoce o conoce demasiado bien, pero pretende negar."
Desde ese verbo en plural puesto cobardemente sin sujeto, ¿quiénes actuaron, los clérigos, los católicos, los obispos, ? Pero mucho peor resulta eso de que sólo un bando forjó México. ¿O sea que en un país con el 90 por ciento de católicos sólo los liberales hicieron México? Qué locura. La identidad del mexicano es inconcebible sin el catolicismo, ¡y lo digo yo, que soy ateo!
La visión descaradamente maníquea de la historia mexicana, me parece no sólo absurda sino violenta. Pretende eliminar al otro, negarlo hasta su desaparición. ¿Esto es una defensa del Estado laico o un ataque contra la Iglesia?
Por otra parte, qué hay de todas las críticas contra el neoliberalismo por parte del FAP y su reivindicación del liberalismo. ¿No es una llamativa contradicción? Sobre todo si tenemos en cuenta que la diferencia entre el neoliberalismo y el liberalismo del XIX, es que el actual cuenta con una mayor preocupación social, un mayor proteccionismo de las clases bajas, eso que se podría conocer vulgarmente como "más de izquierda". El PAN es un partido liberal en términos generales. Un partido que ni es católico ni democristiano. Aunque les pese, inclusive a unos cuantos panistas.
Otra perla de intolerancia, más que de ignorancia, del buen Hectorcito es la siguiente: "La Iglesia enfrenta una batalla irresoluble contra la modernidad, es decir, contra los valores que surgen con la Ilustración o, si se quiere, desde la revolución de Copérnico y Galileo: la concepción de la vida basada en la razón, la información, la ciencia, el humanismo, la tolerancia y la libertad".
Por principio no sé si debamos todavía continuar hablando de modernidad en este mundo posmoderno. Sobre los valores de la Ilustración se podría debatir tendidamente, pero ya desde el romanticismo fueron descubiertas sus resquebrajaduras. Pero sí me interesa señalar que eso que llama la revolución de Copérnico y Galileo, no es tal como en ese texto pudiera inferirse. La concepción de la vida basada en la razón no algo propio de la Ilustración ni de la modernidad. La racionalidad moderna es un tipo de racionalidad, pero no es la única racionalidad. Las concepciones de la antigüedad clásica y de la Edad Media también estuvieron basadas en sus propias racionalidades. La creencia en Dios no es irracional. Aunque les pese, inclusive, a unos cuantos religiosos.
La ciencia no es atea ni, mucho menos, antirreligiosa. De hecho, es posible dedicarse a Dios y a la ciencia, pienso, por ejemplo en Joseph Priestley, en Lázzaro Spallanzani. Si ellos u otros científicos tuvieron confrontaciones no fue con la Iglesia, sino con algunos miembros del clero. Es necesaria la distinción para no caer en explicaciones simplonas de la realidad.
Y si el catolicismo no está confrontado con la ciencia, mucho menos con el humanismo. Por el contrario, hay que aceptar que el cristianismo es un humanismo. Esas personas que aprenden lenguas muertas y vivas para mejor comulgar, comunicarse, con Dios y con los otros, son indudablemente humanistas.
Los análisis políticos en blanco y negro se tambalean por sí mismos, pero también suelen arrastrar muchedumbres violentas. A eso le temo. Me nausean quienes gustan de polarizar a las masas como estrategia para ganar puestos de poder público. Por eso he escrito, para decir que no, que se equivoca el FAP. En México no está amenazado el Estado laico, y si lo está es por aquellos ateos fundamentalistas, ya que el jacobinismo es también una religión.

Fundamentalismo ateo

Michel Onfray es un fundamentalista del ateísmo. Odia los monoteísmos, los ataca sin piedad y sin objetividad. Por lo cual, me parece muy difícil considerarlo como un filósofo. La filosofía debe combatir las opiniones viscerales y lo que hizo Onfray en su Tratado de ateología fue elaborar un libro lleno de opiniones viscerales haciéndolo pasar por ensayo filosófico.
De tanto que atacó las contradicciones del cristianismo, del judaísmo y del Islam, no se detuvo a realizar una autocrítica de sus propias contradicciones ni de sus juicios mal fundamentados. Entre sus múltiples fallas, me parece que está el considerar tajantemente que la religión en general es dañina. Así como agrupar con un solo nombre diferentes religiones, porque no son una sola el protestantismo, el catolicismo, el calvinismo, el luteranismo. Tampoco el Islam ni la religión judía son una sola. Tienen sus variantes; englobarlas implica necesariamente la realización de un análisis superficial y demagógico.
También me llama la atención que este francés, muy pagado de sí mismo, en sus críticas hacia el monoteísmo las enfatice principalmente contra los musulmanes y los cristianos. Evita criticar a los judíos, sin duda, porque hubiera sido políticamente incorrecto. Por eso considero su supuesta actitud subversiva más bien como la de un francés con ínfulas de superioridad racial e intelectual, jacobino y retrógrada, que busca un apoyo racionalista para justificar el ataque a una cultura diferente a la suya.
Y es que considero un sumo error no considerar que el racionalismo radical es religioso y que las supuestas luces de la ilustración francesa degeneraron en un imperialismo cruel y asesino, que justificaba la esclavitud de los no franceses. ¿Y sobre esa religión que dice Onfray? Nada.
Por otra parte no se limita a desear el fin de la religión, sino a desear el fin de todos los valores cristianos. No concede ni un solo matiz de bondad a la ética judeocristiana. ¿No es eso una prueba irrefutable de su fundamentalismo y de su insensatez?
Y yo digo esto que soy ateo, que no creo en ningún Dios pero sí en los valores judeocristianos y musulmanes. Y, sobre todo, creo que propugnar por la desaparición de estos, implica un ataque grave contra la libertad de culto y la libertad de conciencia.
Onfray comete un craso error, al considerar que si la gente tiene religión es exclusivamente por ignorancia y que si no fueran ignorantes serían ateos y serían libres. Lo cual es mentira. Isaiah Berlin ha mostrado que esta concepción de libertad genera totalitarismos y resulta de hecho una agresión en contra de las libertades. La gente tiene religión porque así lo ha elegido. Y eso no debe combatirse a menos que se tenga un nulo respeto por las libertades civiles. El Estado debe ser laico, pero no ateo.
Pese a mis críticas, el libro no es totalmente malo. Contiene alguna información interesante. Además, como pudo observarse, se trata de un libro provocador, que ha tenido mucho éxito en librerías, y ya también hay otro par de libros que lo refutan, pero creo que son deficientes refutaciones, hechas desde la perspectiva religiosa. Desde el laicismo o desde el ateísmo creo que se pueden encontrar mejores propuestas como la filosofía de Comte-Sponville que se declara ateo fiel, o en Fernando Savater que casi idénticamente plantea la posibilidad de una fe sin Dios.

29 oct. 2007

Al efímero cigarro

El olor a tabaco
y esta penumbra
bocanadas de noche
caminando
y estas palabras
con un cierto resabio
sin ningún motivo
en lentas horas sin luz
con voces de tierra interna
comparte la brisa conmigo
cigarrillos y pensamientos
allá dentro
en el oscuro lago
de mi mente
estoy remando
ni naufrago
ni voy a ninguna parte
brego con los latidos
del vacío y del esfuerzo
conquistando la nada
para nada y porque sí
le doy el golpe
al efímero cigarro
de la vida.

24 oct. 2007

Platicar sin límite de tiempo...

El miércoles 24, no sé si será mañana o fue ayer, o es ahora mismo, Juan Villoro aparecerá en TV UNAM entrevistando a Enrique Vila-Matas, quien es para mí el mejor prosista en lengua española actualmente. Como yo no tengo televisión de paga, no voy a ver la entrevista ni a comentar nada más acerca de eso.
Lo que comentaré será el artículo de Villoro que apareció el pasado viernes 19 en el Reforma, titulado: Café y escritura[1], que disfruté sobremanera. En éste, Villoro enumera algunos cafés frecuentados por escritores y hace referencia a un libro que me gustaría tener entre manos: Poética del café de Antoni Martí Monterde. "Un libro tan adictivo como su tema… recuerda la importancia cultural de los espacios diseñados para conversar sin límite de tiempo."[2]
Al leer tales palabras, primero quedé complacido, luego sentí que eran engañosas y terminé por acordarme de una sentencia de Fadanelli, que cito de memoria: Los amigos tienen fecha de caducidad, aproximadamente de cinco a diez años.
Yo, después de que en el último año frecuenté ciertos cafés y perdí algunas amigas, he sentido que hay amistades que duran menos que una taza de café, así, ¿cómo va a ser posible una conversación sin límite de tiempo?
Si contamos el tiempo es porque la esencia del tiempo es imponernos un límite. Hablar de tiempos ilimitados siempre será una falacia. Cada vez que decimos aún hay tiempo o el tiempo dirá, la muerte, cerca de nosotros, sonríe discretamente.
Como yo no soy un hombre de mundo, no puedo hablar de cafés famosos, si un día conozco el San Marco de Trieste o el Martinho da Arcadas en Lisboa, quizás mi tono sea menos pesimista.
Yo de los que puedo hablar son los de la colonia Roma, del Diverso, por ejemplo, donde hace unos años platiqué con una señorita en cuya mano había una tarántula. Ella tenía un instinto cafetero. No recuerdo nada de nuestra plática, pero sus ojos eran oscuros, brillantemente. Me parece que escribí algún poema, algún teatralismo. Fue una tarde que se consumió placenteramente. No entiendo por qué nunca más la volví a ver.
Allí mismo, hace unos meses conversé con otra chica. Cerca del metro Chilpancigo, me dijo: voy a donde tú me digas. No había leído aún que por ahí se encuentra uno de los sitios favoritos de Fernanda. Así que sólo pensé en el Diverso. De cualquier modo, yo prefiero platicar que coger. ¡Hasta dónde llega mi vejez!
No me había dado cuenta de esta verdad hasta hace unos cuantos días. Otra mujer, otra amiga que he perdido, me había planteado esta pregunta meses atrás: ¿Qué prefieres platicar o coger? A pesar de que estábamos en su casa a solas, en todo momento supuse que su duda era motivada meramente por la curiosidad. Sin embargo, me tomó de sorpresa. Y la sinceridad es una cualidad difícil de ejercitar. Me parece que la sinceridad es lo contrario de la espontaneidad, digan lo que digan los teóricos del inconsciente.
En aquella ocasión respondí que depende de con quién se platique o se tenga sexo. Una respuesta vaga para salir del paso, pero que evadía la cuestión. Razonaba de este modo: hay mujeres con las que resulta aburrido conversar pero con quienes se podría pasar gozosos lapsos eróticos. En términos científicos se diría que ciertas mujeres cuentan con un sexo paradisíaco inversamente proporcional a su plática exasperante.
Ahora comprendo que mentí sin querer. Simplemente veo que prefiero la conversación. Lamento estar en desacuerdo con Unamuno, en aquello de que el único modo de conocer a una mujer es acostándose con ella. Aunque eso suceda, uno jamás las conoce. Y siento que resulta menos decepcionante ver sus cambios de personalidad frente a una taza de café que debajo de las sábanas. En la cama te puedes quedar sin nada, pero en el café, al menos, te quedas con ese delicioso sabor amargo en la boca.


[1] Literatura\Fet a Mèxic Trailer de Café con Shandy.htm
[2] J. Villoro, “Café y escritura”, Reforma, 19 de octubre del 2007, pág. 21. Para suscriptores: www.reforma.com/editoriales/nacional/410/819729/default.shtm

23 oct. 2007

El ágora de los exiliados

Me gustaría escribir muy desordenadamente, sin pudor, casi a lo ingenuo. Acabo de leer unas páginas de Guillermo Prieto. Él aseveró que escribía para pasar el tiempo y por gusto. Me pareció una afirmación falsa, marcada con ese candor de los autores decimonónicos que es a un mismo tiempo lindo y risible.
¿Pasar el tiempo? ¿No sería más bien para buscar el tiempo perdido? Peligroso esto. ¿No será una pérdida de tiempo vivir a través de la escritura buscando lo que no vuelve? ¿Pero esta última pregunta me suena cargada de presuposiciones erradas? ¿Qué es lo que no vuelve? Nada vuelve, dice Huidobro. Y si nada vuelve, y si al contar el pasado lo inventamos, si la creación literaria es en verdad creación y no recreación de una realidad, no es el tiempo perdido ni las vivencias pasadas lo que se busca, sino la sensación de vida, la ilusión de estar vivo, el sueño de la vitalidad.
¿Qué es estar vivo? ¿Nos conformaremos con una definición científica que poco explica? Yo no. Estar vivo es más que estar respirando, es más que una sístole persistente. Al final del día si miramos lo que hemos hecho no podemos recordar la mayor parte de nuestros actos. Pero si padecimos o gozamos, si trabajamos una idea o jugueteamos con una emoción durante un lapso, o si llegamos a un extremo de furia o de ternura, lo recordamos y, parece, que esas intensidades son las que nos señalan lo que significa estar vivo.
¿Demasiado romántico? Sí, por supuesto, pese a ello, soy consciente de que no es posible la intensidad sin periodos de calma. Y la vida es más tranquila que intensa, aun para personas agitadas. Sin embargo, son esas horas, esas jornadas que se van como cajas vacías, las que nos ofrecen probaditas de la muerte. a toda hora penso na diária morte que atravesso, dice un poeta portugués, Raúl de Carvalho. Mas no. Confrontarse con la muerte es afincarse en la vida. Cioran afirmaba que escribir acerca del suicidio era un modo de no suicidarse. Yo pienso que para estar vivo me es preciso comprender que moriré. Pienso que los magnos oleajes de la vitalidad se relacionan con la conciencia de la muerte.
Si fuéramos inmortales no podríamos perder el tiempo. Si lo perdemos es porque morimos. Y luego viene la escritura. Un acto desesperado para demostrar que estamos vivos. Estou vivo e escrevo sol, dice otro poeta lusitano, António Ramos Rosa, y yo no dejo de admirar este verso. Darse cuenta de que uno está vivo es un enorme descubrimiento. Algo asombroso. ¿Cuántas personas que creen que están vivas jamás se darán cuenta de que están vivas?
Y es que tiene su dolor estar vivo. Porque se está vivo sólo un instante. Y todo el empuje de la vida se acaba. Duelen las intensidades, aun si son dichosas, por fugaces; si coléricas, por irreparables; y si dolorosas, por fatales.
Duele, insisto, respirar intensamente el aire de cualquier amanecer. Intensamente significa gozando. Qué importa si es paradójico lo que escribo. Digo que también duele disfrutar la vida. Hallo que los poetas insisten mucho en eso.
Imagino ahora a la dolor y al goce como amantes que se fusionan. La dolor es una mujer muy apasionada y el goce un hombre tierno, casi tímido. ¿No es su hija la nostalgia? Esa delicia tímida de asumir añoranzas.
La nostalgia es la intensidad más serena. Acaso el sentimiento más explorado en la poesía. Mientras que el amor y el odio son personas activas, que buscan grandes cambios y hazañas, la nostalgia es la emoción que sonríe afligidamente y se sienta a escribir. La nostalgia une palabras convincentes: hace que lo perdido para siempre obtenga una oportunidad de ser transmitido. Esto es, la nostalgia busca un lector, un confidente, un hermano, que quizás necesite los recuerdos que ella inventa. Porque a la nostalgia no le gusta escribir para sí misma, para quedarse a solas. Si se escribe a solas es para buscar la compañía de los solitarios, para afiliarse al ágora de los exiliados.

21 oct. 2007

Las palabras sí hacen el amor

Me imagino que quienes creen que la realidad no existe son fanáticos de la masturbación.
Suponer que la realidad depende de las percepciones de cada quien, a mi juicio, implica ir en contra de la salud mental. Porque si los insanos están afianzados en la realidad tanto como cualquier otro, significa que la realidad es algo incompartible, personalísimo. Uno no tendría ninguna posibilidad de acceder a la realidad del otro. Se estaría plenamente solo. Y, también, plenamente ajeno al bien y al mal, puesto que sin el otro que nos vea y goce o sufra por nuestras acciones, nada podemos hacer bien ni mal. En resumen, me parece que es la postura más autocomplaciente que pueda existir.
Bajo la máscara del relativismo, esa idea de que ninguna realidad es válida para todos, se oculta un rostro intolerante: nadie tiene razón en corregirme porque nadie percibe lo que yo; yo, y no el resto de la humanidad, soy la medida de todas las cosas. La realidad soy yo.
Hay, además, algo que siento incuestionable: todas las personas quieren conocimientos provechosos. Si nadie ve los documentales sobre las ardillas de Nueva Zelanda es porque eso no alivia ninguna enfermedad ni ayuda a conquistar mujeres ni a brillar en sociedad. Hay conocimientos inútiles. Pero tales conocimientos para algunos en ciertos contextos son de utilidad y por eso se investigan. Hay una motivación para aprender cosas. Esa motivación es previa al aprendizaje. Así cuando un filósofo o un psicólogo o quien sea, se pregunta por la realidad, tiene una motivación. Y esa jamás será puramente individualista. Porque el ser humano no es un ser aislado. Sobresalir sobre otros, ser admirado o servirle a alguien, todas ellas y cualquier otra, son motivaciones de orden ético. Por eso la ética es la filosofía primera y siempre más ontológica que la ontología.
Heidegger afirma que la metafísica es la filosofía primera, pero se plantea esa pregunta preocupado por el destino de Alemania y deseando que ésta se yerga y sobresalga sobre las otras naciones. ¿Queda clara la paradoja? Preocuparse por el ser o por la realidad sin atender a los otros, es la gran hipocresía de los metafísicos, ya que ellos tienen sus motivaciones éticas, sus instintos animales, su vida cotidiana, su voluntad de poder y su principio de realidad. Les guste o no.
Si decimos que la realidad depende de cada quien. No significa como pudiera pensarse de una afirmación tolerante, sino de su contrario. No conduce a respetar la realidad de los otros sino excluir a esos otros de toda noción correcta de la realidad. Ya que en ese caso, la realidad sería un asunto exclusivamente mío, no afectado por los otros. ¿Cuánto egoísmo se requiere para llegar a una conclusión como esa?
¿Qué es entonces la realidad para mí? Por principio, no es un para mí. La realidad no depende en exclusiva de mí, sino básicamente de mi relación con los otros. La realidad es un fenómeno intersubjetivo. Yo no puedo saber qué es la realidad total. Y más aún, la totalidad es un imposible. Lo que existe es el infinito, que no es una totalidad, porque nunca está completo, siempre hay más posibilidades. Yo sólo puedo tener un acceso parcial, diminuto, a la realidad. Pero lo tengo y los demás también. Lo real es aquello en lo que concordamos.
Cuando me conmueve el llanto de otro, estoy aceptando que el otro comparte conmigo la misma realidad y que, por tanto, soy responsable de su tristeza, que lo puedo ayudar, que habitamos el mismo lugar. En cambio, si asumimos que la realidad soy yo, que la realidad del otro es problema del otro, ¿cómo vamos a intentar auxiliarlo, si sabemos que sus percepciones son incompartibles? Afirmar que la realidad depende de cada quien es un modo de volvernos tontamente solitarios e irresponsables.
La realidad no es una interpretación personal, sino un acuerdo social. La realidad no es una ficción que inventamos a medida que vivimos, si así fuera todos tendríamos una vida ideal. Si nuestra vida nos ofrece infinitas sorpresas es porque depende de los otros. Porque nosotros no hacemos la realidad por nosotros mismos, nuestras palabras no pueden hacer la realidad por sí solas, necesitamos las palabras del otro. Mis palabras a solas sólo pueden masturbarse. Para que las palabras logren hacer el amor necesitan convivir con otras palabras, responderles a otras, mezclarse con ellas, inquirirlas.
Hacer el amor no es una actividad solitaria. Es una realidad compartida, gracias a que la realidad existe más allá de mis propias percepciones. Antes que la erótica, en el acto sexual está la ética. Porque no se trata del gozo individualista, sino del gozo compartido. La erótica nos puede ayudar a gozar a solas. Pero la ética nos conduce a gozar en compañía.
Y aunque la masturbación pueda ser muy grata, yo prefiero hacer el amor. Prefiero compartir mis palabras y fundir mis oraciones con otras que sin ser mías, se vengan conmigo para dejar correr nuevas oraciones que terminen dichosamente en diálogos y debates y no en soliloquios.

19 oct. 2007

Precisiones para el enfermo

El enfermo precisa
abundantes líquidos
que beba el rocío
en la hoja tremente del día
que beba la azul luz
que es la risa del mar
un litro de Bach
un refresco de jazz
un vaso del buen vino
que nace en viñedos de fraternidad
precisa además el lago
estremecido de un beso
el lago quieto de la caricia
le vendría bien la fuente
de un comprendedor oído
la fontana de un aedo
que de la épica cotidiana le contara
y unas chispas de lluvia para animarlo
porque se requiere un cuerpo
para gozar este río saludable
que habrá de conducirnos
al añejo desierto ambarino

Escribir a solas

Yo quería hacer un ensayo acerca del lector, pero no pude, y se me ocurre que cuando uno no es capaz de escribir lo que desea, debe conformarse con escribir lo que alcance. No sé para qué me alcance con mis ideas vagas. Vagas en el sentido de que son vagabundas. Si los textos fueran ciudades, mis ideas irían por ellas como turistas distraídas, dando vueltas innecesarias, aventurándose en zonas peligrosas y descansando también porque, continuamente, se cansan de sus travesías. Para colmo, si contemplaran su estado, mis ideas se sentirían extranjeras.
También yo quería escribir acerca de aquello que llamo: el ágora de los exiliados. Un sitio, no sé si adjetivarlo como inmaterial o imaginario, donde acontece un intercambio de pensamientos entre las personas dedicadas a las humanidades. En ese lugar hipotético existen múltiples debates acerca de casi todos los problemas humanos. Pero no sería extraño que los ahí oradores despreciaran a sus verdaderos vecinos.
Hace años, mis hermanos regresaban cada domingo a la casa de la que se habían escapado por las ansias de una vida marital. Mis hermanas traían consigo la boruca de sus hijos y mi madre parecía fascinada de volver a escuchar escándalo en su hogar. Mi padre, en cambio, prefería conversar con sus yernos y sus nueras, aunque gustaba de originar gestos berrinchudos en alguno de sus nietos. Después de un rato de chismes familiares, comenzaban las controversias políticas. Yo, que nunca he sido aficionado al bullicio, solía desterrarme en mi cuarto y, allí, leer.
Con la lectura, mis ideas comenzaron a pasearse por aquella ágora, donde literatos, filósofos e historiadores hablaban con una agudeza que me conmovía. Entonces, sin ser mayor de edad y con mis escasas lecturas, yo me atreví a participar en las reuniones familiares. Mis opiniones allí vertidas eran balbuceos intelectuales pretensiosos que causaban extrañamiento.
En aquel tiempo, México cambiaba. Cuauhtémoc Cárdenas estaba a punto de vencer, por fin, en unas elecciones democráticas. Yo desconfiaba de él, pero no veía tampoco en otro candidato posibilidades de un buen gobierno. Yo no iba a votar, pero quería decidir el voto de los demás.
Un par de años después, en medio de la huelga estudiantil del 99, con un poco más de malicia política, pensé que mi destino no sería vencer en ningún debate familiar, sino en participar mediante la escritura, encerrado en mi habitación, en el ágora de los desterrados.
Me interesé mucho más en vencer a los socialistas utópicos que en demostrar las falacias de mis cuñados. Pero nadie me leía. Y apenas si me daba cuenta de eso.
La escritura no sólo me ha permitido conocerme, sino también construirme. Lo cual no me basta. Aspiro a ser leído. Más aún, aspiro a ser comprendido. Aunque cabe aclarar que yo sé bien que la plena comprensión es imposible y admito que tales aspiraciones me avergüenzan.
Yo solía hablar a solas. Quién sabe si porque tuve una infancia muy solitaria, o porque mi imaginación no dio para agenciarme a un amigo imaginario, sólo para inventarme muchas cosas a mí mismo en voz alta. Supongo que mi padre tuvo miedo de que me consideraran loco y más de una vez citó una frase de no sé quién que decía: quien habla a solas aspira un día a hablar con Dios.
Yo me dije hace un par de semanas que escribir a solas era como esperar que Dios fuera mi lector. Y Dios, para mí, a finales de los noventa, se puso muy enfermo. Fue adelgazando y un día ya no amaneció. Ni siquiera lo enterré. Dejé que se lo comieran Sade, Marx, Nietzsche y otras aves carroñeras.
También hace unos días garabateé este aforismo: Tengo mala suerte, Dios, que es el único que me comprende, no existe. Tal frase da la impresión errada de que me preocupa Dios y, sinceramente, a mí Él no me preocupa para nada. El lector sí. ¿Para quién escribo?
En el libro de Fadanelli que en más alta estimación tengo, En busca de un lugar habitable, él dice que el escritor sueña con un lector sensible que en la lectura encuentre una ventana para conocerse a sí mismo y que consiga, también, la estimulación necesaria para iniciar un nuevo diálogo. Yo lo entiendo de este modo: el lector debe transformarse de un ser para sí, que está encerrado en su habitación, a un ser para el otro, que alza la voz y procura mover los ánimos en el foro de los hombres de letras.
Llevo más de dos cuartillas y aún no he dicho por qué me interesaba el problema del lector. Que a mi juicio es una preocupación de índole ética y no meramente en el orden de la teoría literaria.
Estaba en el hospital junto a la cama de mi hermano, veía su brazo moreteado, conectado a dos tubos uno de antibiótico y otro de suero. Veía sus párpados al fin cerrados, sus extendidas ojeras, no había dormido en dos noches por miedo a ya no poder despertar. En cuanto salió una enfermera de la sala, fui al pie de la cama y, en las hojas donde registran cada dos horas durante la noche la temperatura de cada enfermo y las medicinas que se les suministran, leí que el paciente debía ingerir abundantes líquidos. Acaso por mi mal gusto, sentí que aquella frase era una verdad poética. E intenté hacer un poema allí mismo. A oscuras como se hacen los poemas.
Jamás, en ningún momento, se me ocurrió que debía mostrárselo a mi hermano. ¿A quién se lo escribí entonces? ¿Mientras mi hermano convalece, yo le escribo a un lector que no conozco? Tal vez a él no le sirviera de nada leerlo, es cierto, lo que escribí era triste, como los verdaderos poemas, y la tristeza debilita las defensas. ¿Si la poesía no cura a los enfermos de cáncer para qué sirve entonces?
Por eso me preocupa el lector. Se escribe para otros, sin duda. Pero no necesariamente para los amigos ni para la familia. Se escribe para ser un rostro más en el ágora de los humanistas. Lamentablemente allí ya tampoco hay humanismo. Los libros son citas, referencias, bibliografía. ¿Dónde quedaron la carne y los huesos verdaderos?
Me preocupa mucho el lector porque yo no puedo dejar de escribirle.
Y también mis amistades, mis conocidos, me preocupan. Quisiera que me leyeran, aunque escriba a veces sin pensarlos o en su contra , o con suma indiscreción.
¿Qué puedo hacer? Ya a mis ideas les duelen los pies. Son malas viajeras. He terminado este ensayo y apenas he podido esbozar lo que quería…

10 oct. 2007

Café

CORAZÓN: Trato de expresarme, de verdad, y no puedo. No rompo el silencio. Estoy embozado. Así no tengo ganas de vivir.

CUERPO: Es deliciosa la cama. Duele la vejiga. Hay que orinar. Arden los ojos. Se antoja un pan dulce.

MENTE: Habrá que inventar un dispositivo para que en la mañana se tengan a mano las requerimientos básicos. Qué tonto soy. Ya se inventó, se llama esclavismo.

CORAZÓN: Me falta fuerza para levantarme. Nada me motiva a hacerlo. Será mejor aquí quedarnos, acostumbrarnos a la tumba.

CUERPO: ¡Orinar, orinar! Ya, vamos.

MENTE: Yo también quiero pararme. No aguanto el encierro en este lugar. Qué bueno que ya es el último día del novenario. Estoy harto de tanta estupidez. ¿Por qué el mundo es tan tonto?

CUERPO: Qué belleza es orinar, vaya alivio. Ahora a comer.

CORAZÓN: Yo también siento hambre, pero no de absurda comida. ¿Qué alimento he de tener?

MENTE: (Riendo) Qué certero ese adjetivo. La comida es absurda porque éste (señalando al cuerpo) la va a expulsar al rato. Es un Sísifo inconsciente. En cambio, yo sí tengo un buen alimento: ¡un sudoku!

CUERPO: ¡Una manzana! (Hablando con la boca llena) ¡Está buena!

CORAZÓN: Siento que eso es perder el tiempo. Siento… que los placeres solitarios no me satisfacen, mas no conozco otro modo de existir más que siendo solo.

MENTE: Mira, allí hay un periódico, vamos a leerlo. (Mientras lee) Me molesta que los periodistas le den mucha importancia a las declaraciones de los políticos y no a la verdadera información.

CORAZÓN: Nuestro padre murió hace diez días ¿y tú te preocupas por periodistas?

MENTE: Somos animales sociales.

CORAZÓN: Somos animales solitarios.

CUERPO: Yo no soy animal. ¡Miren, galletas con chispas de chocolate!

MENTE: Bueno, basta de noticias, busquemos un empleo porque me preocupas tú. Pareces protagonista de una novela romántica, lleno de sentimentalismos y sin preocupaciones económicas. Esos muchachos del XIX con un trabajo resolvían sus dramas y hubieran hecho descender la tasa de suicidios.

CORAZÓN: Comprendo que mi padre haya deseado su muerte. La vida no tiene sentido. Creo que sólo porque no me siento demasiado viejo, no me atrevo a suicidarme.

CUERPO: Hay que salir, pasear y ver viejas, ¿no?

MENTE: Bueno, hay asuntos pendientes. Debemos pagar el teléfono, devolver las cuartillas que he corregido, preguntar precios en una maderería. Sí, creo que es conveniente salir. (Salen los tres a la calle)

CORAZÓN: ¿Salir? Si todo es encierro para mí, todo es atadura. Nunca salgo de verdad. Me entristece estar condenado a la soledad, sin embargo, a las compañías superficiales ya no las tolero.

CUERPO: Miren a la de allá, aunque la vida no tenga sentido, esas caderas sí que lo tienen.

MENTE: Esa podría ser una buena frase. Cuando volvamos la escribiré.

CORAZÓN: Tal vez ella se entienda con ustedes pero no conmigo.

MENTE: No parece especialmente brillante, pero hay que hablarle. Al menos contará con esa inteligencia femenina de extrañísima racionalidad que a veces me llama la atención.

CUERPO: Dile que si quiere ir a un hotel.

MENTE: No le puedo decir eso. Mejor, tú no hables. Además, acostarse con alguien que no sabes si es buena conversadora puede ser peligroso, luego no hay nada de qué hablar.

CORAZÓN: Y aunque se tenga de qué hablar, a mí nunca me escuchan.

CUERPO: Hola, precio… (Mente le tapa la boca para que no continúe)

MENTE: (Impostando la voz) Hola.

MUJER: Hola.

MENTE: Vi que estabas aquí paseando con tu perrita, yo tengo uno parecido, así que tal vez no te moleste si te acompaño.

CUERPO: Dile que me gustaría verla desnuda.

MUJER: Pues, bueno, si quieres, ¿cómo te llamas?

CORAZÓN: Dile que estoy muy solo, pregúntale si le gustaría ayudarme a soportar la crueldad del mundo.

MENTE: Cállense los dos. No hablen, yo me encargo, ustedes no participen. (A ella) Me llamo Antonio.

CUERPO: Dile que me gustan sus nalgas.

CORAZÓN: Dile que estoy a punto de llorar, que necesito un abrazo, pero uno al corazón, o sea, sentir que sí me es posible comunicarme.

MENTE: Ay, no, no voy a decir ni lo uno ni lo otro. Son pendejadas. (A ella) ¿Te gusta el café?

CUERPO: Mejor pregúntale si le gustan las mordiditas en la cerviz.

MENTE: Cállate, no voy a hacerte caso.

MUJER: Sí me gusta. ¿Estás bien?

CORAZÓN: No, estoy cansado de respirar días inútiles. Cansado de resistir absurdamente a que el tiempo me derribe. Cansado y sin que nadie me escuche.

MENTE: Yo estoy bien, no les hagas caso. (Se aproximan a un café)

MUJER: ¿A quiénes?

MENTE: A… a… a los periodistas, sin duda, no son confiables. (aparte) ¿Ya ven? Contrólense, que me confunden.

CUERPO: No le digas nada, pues, pero bésala; tiene unos labios muy antojables.

MUJER: Eres un poco raro.

CORAZÓN: No raro, sino amargo, umbrío. Sé que no puedes oírme, pero tal vez sí puedas leerme.

MENTE: Espérate, hay que ir paso por paso, primero vamos a ver si le gusta la literatura, después si tiene buen gusto; sé racional, carajo.

CUERPO: Primero la cama, después las letras.

MENTE: ¡No, con una chingada, cierren el hocico!

MUJER: (Espantada) ¿A quién le gritas?

MENTE: ¡A estos pendejos!

MUJER: (Más espantada) ¿Quiénes?

MENTE: (Comprendiendo su error) Mi cuerpo y mi corazón.

MUJER: Ah, oye, ya me tengo que ir. Adiós.

MENTE: Sí, no te preocupes, luego nos vemos.

CUERPO: Lo echaste a perder. Hubieras sido más directo.

CORAZÓN: Así sucede siempre, tarde o temprano, nadie me atiende. Ya no más intentos, por favor.

MENTE: ¡Descarados! Ustedes son los que arruinan todo. Les he dicho mil veces que me dejen a solas. Yo sí sé qué decir. Ustedes son unos pinches exigentes. No se conforman con una buena plática. Quieren una mujer muy sensual y muy sensible. Yo sólo quiero platicar con alguien. Estoy harto de sus quejas y necesidades. ¿Por qué no se van por su lado? No funcionamos los tres juntos. Mírense, otra vez aquí bebiendo café a solas.

CUERPO: Está rico.

CORAZÓN: Sabe a vida, una delicia cargada de amargura.

MENTE: Bueno, estamos de acuerdo en algo.

8 oct. 2007

Este instante

Este instante es un cielo
con imaginarias nubes
que permanece por meses
en el viaje de la lluvia

Este instante se desmaya
y su rostro se vacía
yo procuro reinventarlo
y se me pierde entre miles
una máscara le dejo
donde tallo mis recuerdos
casi creo que sus ojos
no son postizos sino ciertos

Con los años este instante
se descampa de ornamentos
gota resulta en los mares
grano en las dunas viajeras

mas esto que me has dado
esta breve mañana para siempre
aun en la calle y en la tierra
aun sobre el fango y entre el lodo
este instante aún
es un cielo
así como el viejo cielo aún
es un instante.

7 oct. 2007

Un poema

Un poema
un verdadero poema
es un verdadero infinito...

La caricia no sabe lo que busca

La caricia no sabe lo que busca
la caricia no es mía
es ella misma
es ave terrenal
es sábana de luz
es ego difuminado
es dulce humo
de calidez andante
y no va en tu piel
va en ti
sin nombre
desnuda
pródiga
no la discurras
no la desplumes
no le preguntes por el día
no tiene creencias
ni más raíz que el instante
no le pidas rosas
que devoren palabras
que ella aún sin encontrar
vive la búsqueda en goce.

En mi retiro de oscuridad

En mi retiro de oscuridad
en el lentísimo desliz
del nudo frío de la noche
he puesto en mi boca tu recuerdo
sin poderte pensar
lancé luces grises y amargas
y anduve en las cansadas calles
consumiendo el breve fuego
el efecto nocivo de estar vivo
y extrañándote, creo.
Mis zapatos decían que no estabas lejos
y de la memoria la ceniza decía
que no estabas
quise encender otra idea
mas el humo nada dijo
es tiempo de sequía en mi cerebro
no puedo pensarte, analizar ni deconstruirte
y mi boca señala la cajetilla
el paliativo, insiste
¿qué será la vida
sino el placebo de la muerte?
pregunta mi corazón
al sordo oído nocturno
y mis ojos tiran
una última colilla.

6 oct. 2007

Filosofar como hombre

Hay que filosofar como hombres y no como filósofos. Los hombres necesitamos de la filosofía, del pensamiento crítico, para vivir mejor, pero también a los filósofos les hace falta volverse más hombres, más terrenales, requieren bajar de sus olimpos metafísicos y ontológicos.
He estado pensando en esto después de leer a Emmanuel Levinas. Él, de alguna manera, al criticar la metafísica tradicional de Occidente, empezó a filosofar más como un hombre que como un filósofo, aunque ciertamente para mí sigue siendo un filósofo tanto por su rigor lógico como por su estilo. Sin embargo, algunos consideran que no hacía verdadera filosofía, o bien, creen que falló al otorgarle a la ética el sitio preponderante de su pensamiento.
Para mí leerlo ha sido un aliciente porque a mí me importa un bledo saber si el ser es en el tiempo o es la suma de los entes o si depende de la nada o de la conciencia. A mí lo único que me interesa es estar a gusto. Y para estar a gusto tengo que pagar la renta a tiempo, tolerar el hedor de las multitudes en el transporte público, desearles buenas tardes a los vecinos y aceptar su mala música a todo volumen. Sartre jamás habla de sus vecinos en el Ser y la nada y Heidegger en Ser y tiempo no menciona qué hacer cuando el camión se retrasa. Levinas tampoco. Pero al menos él me hace sentir que sí tenía huesos y carne.
Yo divido a los filósofos en dos: los que son hábiles inventadores de palabrejas y los que sí tienen algo importante que decir. Levinas, como todos los que pertenecen al segundo grupo, se basa en la gran literatura. En su caso, en la obra cumbre de Dostoievsky, Los hermanos Karamazov. La cual él leyó en ruso, ya que era su lengua, si no materna, sí territorial, de la Lituania donde nació. Mas como era judío, esto es, un ser desarraigado a la tierra en que nace e incluso desarraigado al idioma con el que se comunica con su prójimo, no creo que lo debamos considerar un lituano, ni mucho menos un ruso. Se dice que los judíos de la Europa del Este se asimilan mucho menos a la sociedad en la cual viven que los judíos de la Europa mediterránea.
A los nueve años, Emmanuel, como su padre era librero, vivía entre libros gustosamente. Mas cayó sobre su infancia la primera gran guerra. El ejército alemán invadió Lituania. Su familia tuvo que huir. La estrategia del repliegue ruso que aprendemos en la escuela, aunque parezca sorprendente, implica el sufrimiento de muchas familias. Sin embargo, él fue más afortunado que otros, ya que obtuvo uno de los pocos lugares que en las escuelas del régimen zarista les asignaban a los judíos.
Posteriormente estudió en Francia, donde moró muchos años. Pero, vamos, yo no quería hacer un recuento biográfico, yo quiero orillar un poco la bruma que observo en esto del filosofar como hombres. Para realizar eso se requiere humildad. No sólo en el sentido usual del término, sino también en el etimológico. Ser humilde es residir en la tierra. Estar sobre el humus, sobre el estiércol habitual, conocer el lodo, el moho de las aventuras y las cimas de la podredumbre. Estar sobre el humus es desconfiar de paraísos. Es rechazar los castillos aéreos de San Agustín, Platón y Lenin o de quien sea.
Ser hombre es estar atrapado en la epidermis, es tener unos padres dadores de vida y traumas, es compartir el espacio con vecinos y extraños y ser un extraño en uno mismo. Ser hombre es tener un estómago que tiende al hambre y unas manos capaces de crímenes contra indefensas palomas. Cuando se es hombre se sufre primero y se reflexiona después. Primero uno se llena las manos de sangre y luego el pensamiento intenta lavativas.
Sin embargo, parece que algunos filósofos no son hombres. Nacieron de la cabeza de otros filósofos. Parece que no tiene madre. Parece que no se les echa a perder la comida, que nunca se les tapa el retrete, que nunca se despertaron de madrugada a matar un ratón. ¿Cómo podemos confiar en ellos?
Para mí los filósofos se dedican a la transformación hermenéutica del mundo, y a mí lo que me inquieta es la interpretación de los hechos cotidianos.
Por eso yo gusto de conocer la historia íntima de las personas. Por eso gusto de las novelas. Y hallo que filosofar como hombre es hacer literatura.

Mi romance

Estaba pensando, parafraseando como suelo hacer, y me dije que tengo como Martí dos patrias: México y la lengua romance.
La patria mexicana es inabarcable. Su presencia en mí más notoria que mis ojos o mi rostro. Pero por lo mismo difícil de describir. No hay un solo México. Y en sus diversas profundidades me conformo con llamarme mexicano y no dar más explicaciones.
Acerca de la lengua romance quiero, en cambio, decir unas cuantas cosas. Por principio definirla claramente, para que se me entienda, voy a decirlo en romance.
Si bien, a la lengua española también se le puede nombrar romance, yo estoy procurando alcanzar otras posibilidades semánticas con esta palabra. Gusto de imaginarme que existe una lengua romance. Un idioma inteligible no sólo para los latinoamericanos, sino también para todos los de la Península Ibérica, incluidos vascuences, y los otros latinos, francófonos, ítalos y rumanos.
No me importa que tal lengua no exista. Debería. Y en cierto sentido sí existe. Porque podemos sentir la familiaridad fonética con aquellas lenguas también nacidas del viejo latín. Sentir. No sólo distinguir voces, apreciar sonidos y captar los posibles significados, sino sentir verdaderamente que aquellos vocablos no nos son ajenos ni extraños, que los oídos del espíritu, por decirlo de un modo, no precisan de ningún traductor porque oirán directamente palabras de su mismo linaje.
Así me pasa al menos a mí y tal vez exagero y tal vez, como yo me siento en casa con las lenguas romances, otros se sentirán con lenguas eslavas, germanas o sajonas. El indoeuropeo no deja de ser una familia. Pero incluso habrá hispanohablantes apasionados de leguas asiáticas o africanas o indoamericanas. Así como hay lingüistas anhelosos de hallar los vínculos necesarios para hermanar a todas las familias lingüísticas.
Si es así, me pregunto cómo es que algunos latinos han logrado sentir sin sentir en romance. No dudo que se pueda pensar en alemán y en griego, tampoco que se pueda adquirir una ejemplar competencia lingüística en cualquier otra lengua, ¿pero cómo es posible sentir sin raíces latinas siendo de nacimiento latino? Yo lo he intentado. Casi consigo sentir la palabra “fuck”. Pero no más. Me es imposible decir ‘I love u’ con la misma carga emocional con la que digo ‘te amo’, aun cuando lo haga relajadamente en contextos simples. Mas si pronuncio la misma oración en portugués, catalán, italiano sí siento lo mismo. El corazón tiene su sensibilidad fonética.
Mi corazón sin romance no funciona. Por eso pienso que con las no latinas se podrá tener muy buen sexo pero nunca un buen romance. Si un día me enamoro de una tailandesa podría bien cambiar de opinión.

17 sept. 2007

Pero cola de pescado...

Me pregunto qué habrá sentido Rafael Lemus cuando escribió: "La literatura mexicana no tiene futuro". Recuerdo criticaba duramente a Élmer Mendoza, pero aclaraba bien que podía en su lugar colocar cualquier otro nombre. Supongo por eso que si hubiera reseñado Los minutos negros de Martín Solares sus criticas serían, incluso, más fuertes.
Se trata de una novela que anhela volverse best-seller gringo. Su base es el suspenso facilón y una prosa sencilla, populachera y descuidada, aun cuando no deja de ser sumamente artificiosa, que busca conseguir el entretenimiento del lector.
Se puede decir que Solares es uno más de los norteños, fascinado con el narcomundo. Aunque en su novela el héroe sea un policía honesto. Clasificarlo de esta manera, sin duda, significa que no hay necesidad de leerlo. Es prescindible porque es como otros. Los minutos negros que promete no son más interesantes que cualesquier película de Mario Almada.
A pesar de que él sostenga que no quiere hacer novela de denuncia, en su novela denuncia las viejas mañas operativas de la dictadura priísta. Describe a un chambeador alcalde de izquierda. E introduce nombres verdaderos con otros deformados: Rigo Tovar, el Negro Durazo, Quiroz Cuarón, B. Traven, Echevarreta (No Echeverría), y otros. ¿Y por qué lo hace? Decorado retro, ha dicho Hugo Hiriart. Excesos inconoclastas, diría yo. La perversa influencia de la televisión va convirtiendo a la narrativa mexicana en un conglomerado de imágenes icónicas. Narrativa pop, o peor aún, narrativa tropi-pop borderline.
La esperanza, yo sé que siempre es malo tener esperanzas, es que Martín Solares es joven, tiene 37 años, aún podría escribir, si cuidadosamente lo hace, una buena obra. Yo pienso darle otra oportunidad dentro de veinte años si no muero antes o él muere, nunca se sabe.
Hoy lo conoceré y tal vez cambie mi opinión. Tal vez me agradezca en su próximo libro. ¡Le agradece a más de 100 personas! ¡Yo ni siquiera conozco a 100 personas!

16 sept. 2007

Job ateo

ANTONIO: Yo sé que la muerte no es una desgracia, pero me gustaría mucho que dejara de morirse la gente cercana a mí.

Pasan los minutos como una brisa muda. La luz del día camina sin gestos, nada dice. Ni un rostro a mi alrededor. Yo debo acudir al hospital.

HEMATOLOGÍA: ¿A qué paciente buscas?

ANTONIO: A mi hermano.

HEMATOLOGÍA: No es aún hora de visitas. Vuelve más tarde.

ANTONIO: ¿Y qué puedo hacer aquí mientras tanto?

EL SEÑOR CÁNCER: Yo te puedo contar una historia. Creo que te conviene.

ANTONIO: Escucho.

EL SEÑOR CÁNCER: En una ciudad muy lejana, había varón, propietario de negocios y casas, gentil y firmemente ateo. Tenía una hija y un hijo y una buena esposa, de aquellas que conservan e incluso acrecientan su belleza al pasar los cuarenta. Los fines de semana practicaban deportes o visitaban museos, asistían al teatro o a conciertos y al cine. Porque él, Job se llamaba, decía que sus hijos requerían disfrutar la vida, ampliar todos sus horizontes, conocerse conociendo el mundo. Pero cierto día…

ANTONIO: ¿Un vuelco de fortuna?

EL SEÑOR CÁNCER: Hey… en una fiesta de los ínferos apareció Dios.

SATANÁS: ¿Tú qué haces aquí?

YAHVÉ: Bajé un rato a la tierra y se me ocurrió pasar a saludarte.

SATANÁS: (Sonriendo) ¿Viste a Job? Es bien alivianado, sin broncas existenciales, jamás se deprime, no tiene represiones sexuales, goza lo humano, lo fugaz, para nada cree que tú existas. ¿A poco no te ardió verlo?

YAHVÉ: Porque tú lo sobreproteges. Te las pasas cuidándolo y ayudándolo en cada cosa que hace. Procuras que le vaya bien en sus negocios, si alguien le llega a deber dinero, tú lo presionas, procuras que nada le falte, defiendes a su familia; de esa manera, cualquiera se olvidaría de mí.

SATANÁS: Mira, yo no voy a dejar que lo lastimes, pero si tú quieres quítale todo cuanto tiene y verás que a pesar de ello, seguirá siendo fiel al ateísmo.

ANTONIO: Como que esa historia me suena… ¿Oye, no tienes un cigarro?

EL SEÑOR CÁNCER: Claro, siempre cargo, te lo enciendo ahora mismo.

ANTONIO: No fumo, pero quiero volverme fumador. No importa, mejor continúa.

EL SEÑOR CÁNCER: Un lunes por la mañana, un crack en la bolsa, quebraron sus negocios, además, se inundó la ciudad y sus casas quedaron destrozadas; los bancos cerraron y no le permitieron retirar sus ahorros. Se quedó en la calle.

ANTONIO: ¿Era argentino o mexicano?

EL SEÑOR CÁNCER: No, no era de ningún país, era judío.

ANTONIO: Con razón era ateo.

EL SEÑOR CÁNCER: Aún hay más: sus hijos vacacionaban en Cancún cuando un huracán destruyó aquellas playas y murieron. Job lloró largamente a solas. Luego estuvo leyendo muchos poemas. Y con ojos hinchados de insomnio y llanto, pudo hablar.

JOB: Ya conocía las advertencias sobre la fugacidad de los placeres. Yo sabía de lo frágil y de lo inestable de la fortuna. Tal vez por eso esta tempestad no ha demolido mis haciendas espirituales. Nací desnudo y nunca la vida prometió eternidad para mis cosas. Al contrario, ella decía: cada momento se deja de ser; el sol se sacrifica a diario; segundo tras segundo algo y alguien mueren. Mas vivir sigue siendo bueno.

EL SEÑOR CÁNCER: En ningún momento, Job pensó que existiera Dios.

SATANÁS: ¿Lo has visto? No te necesita. ¿Ahora ya querrás debatir conmigo acerca de la tiranía del paternalismo?

YAHVÉ: No. El hombre prefiere la muerte de otros a la suya. Como tiene salud, dice que goza la vida. Pero cuán pronto mudaría su mente si enfermara de gravedad.

SATANÁS: En tus manos está arrancarle la salud, espero, sin embargo, que no lo mates.

EL SEÑOR CÁNCER: Y Dios me contrató. Comenzó a vomitar sangre, a no poder comer, a desmayarse. Fue hospitalizado, le diagnosticaron leucemia, padeció grandes hemorragias. Por la noche no podía dormir ni estar en paz en la cama por múltiples dolores: en la cabeza, en la boca, en las costillas.

ANTONIO: Igual que mi hermano…

EL SEÑOR CÁNCER: Un médico le dijo: si no crees en Dios, es momento de que comiences a creer y su esposa le reclamó: ¿Todavía sigues con tu estupidez de ateísmo, rechazando a Dios y a la Biblia y a la estampita de San Judas?

JOB: Si yo nunca he creído en ninguna religión, no lo voy a hacer ahora. Piensa que si hay un ser divino, antropomórfico o no, capaz de crear el universo, sin duda, ha obrado con inconsciencia o con crueldad, porque hay niños que mueren de hambre y nada lo justifica. Un dios poderoso me es totalmente abominable. Y los dioses territoriales y débiles y sacrificados y muertos no me preocupan. Prefiero a mis hermanos, estos que sufren aquí en el hospital, que atraviesan conmigo la noche de la enfermedad. Porque ellos, y no los dioses y no ningún dios, necesitan mi amor.

EL SEÑOR CÁNCER: Job no dijo cosa alguna que se apartara del ateísmo.

ANTONIO: ¿Y qué pasó después, se murió?

EL SEÑOR CÁNCER: Le aplicaron quimioterapias, se le cayó todo el cabello, no quedaba rastro de su antigua robustez; los antibióticos no le surtían efecto, lo asediaban otras enfermedades; vivía con sus uñas adoloridas rasguñando el precipicio de la muerte.

JOB: “Tanto penar para morirse uno”, ¿para qué soporto la vida? ¿para qué esta adicción doliente de respirar? No soy un viejo pero no podré tener más hijos. No puedo soportar más el dolor de un hijo desaparecido. No me entusiasma correr tras los bienes materiales, que se esfuman y que, finalmente, no valen un comino. ¿Qué motivos puedo para vivir? Ya mi mujer me abandonó y ya no confío en ninguna otra. No sé crear arte ni literatura, no sabré inventar medicinas ni construir edificios inquebrantables. Tampoco podré detener la hoguera que ha de quemar el mundo ni curaré el hambre de millones de hambrientos. Y sufro. ¿Y para qué sufro si podría descansar en la celada del morir?

FILÓSOFO: Eres responsable de los otros. No debes considerarte un ser para la muerte sino un ser para más allá de la muerte, un ser para los otros, asume tu culpabilidad.

JOB: Ya no puedo entregarme como antes. ¿Qué ayuda he de ofrecer? Mi presencia en sí es un grito de auxilio. En mi rostro ya no está inscrito el “no matarás” sino que llevo tatuado el “dadme una buena muerte”.

MÉDICO: Debería tener una actitud positiva aunque la enfermedad se encuentre en etapa terminal. Por favor revise los documentos de donación de órganos. Disculpe, ¿quién se hará a cargo de los gastos de hospitalización? Con permiso.

JOB: ¿Cómo una buena actitud con mi cuerpo en desgracia permanente? ¿Cómo si estoy en la miseria plena? ¿Debo acaso enmudecer mis dolores? ¿Qué órganos tengo buenos? Mis ojos sólo ven sombras, mis pulmones están agotados, mi corazón renquea. Con toda mi sangre envenenada, con mis huesos lastimados, sin familia, sin saber de nuevo cómo es el sol sobre pasto y rocío, ¿qué hago, qué haré sin futuro y con mi pasado todo perdido?

POETA: A veces yo también he deseado ser de la legión de los no nacidos, he llegado a envidiar a los que reposan dentro de un pequeño frasco y son usados para investigaciones médicas. He visto entre sueños el silencioso, pacífico y dulce vientre de la tierra. Y he anhelado el momento en que mi corazón borrascoso se vuelva ceniza sin penas.

JOB: ¿He pensado yo así? ¿He sido tan falso y egoísta y cursi? ¿Eres mi espejo, poeta? ¡Yo no deseo lo que tú! A mí me gusta cómo caminan las hormigas, me gusta Beethoven, me gustan los chongos zamoranos. No es que quiera renunciar a ello, es que ya no puedo tenerlo. Sin embargo, digo que me gustó vivir, confieso que vale la pena.

EL SEÑOR CÁNCER: Sin embargo, no se murió. Hubo un milagro y un happy end.

ANTONIO: ¿Cómo? No es posible. Nadie es inmortal.

EL SEÑOR CÁNCER: Bueno, murió después de muchos años, a los 120.

ANTONIO: Ay, claro que no, no es verdad.

EL SEÑOR CÁNCER: Bueno, sí se murió en esos días, pero sin dolores, muy bonito.

ANTONIO: No es cierto, dime la verdad.

EL SEÑOR CÁNCER: Murió entre torturantes ramalazos de dolor, ¿ya? ¿Estás contento?

ANTONIO: No, pero me gusta el realismo. ¿Y Satanás y Yahvé?

EL SEÑOR CÁNCER: Por ahí andan, ahorita voy a verlos, ¿quieres que les diga algo?

ANTONIO: No… ¿me regalas otro cigarrito?

EL SEÑOR CÁNCER: Por supuesto, quédate con la cajetilla, también te dejo mi encendedor. (Sonriendo) Nos vemos.

ANTONIO: Órale, gracias.

CAMA 15: Familiar de este paciente preséntese.

ANTONIO: Ahi voy.

4 sept. 2007

Casa adentro

En un rumor que no pasa
más allá de las ventanas
y de los muros llenos de mar
casa adentro
la brillante altivez de tu vida
se ha vuelto manzana flaca
tus pasos andan con huesos rotos
y amarillea de débil
la voz tuya
te rodean cuervos y demonios
señor de los fusilamientos
y los sirvientes de la muerte
con sedantes te acarician
fuera las casas caen
los gritos de las olas
prenden piedras y los pobres
por las ruinas de tu reino
señor del trono
son candela y angustia
son marítima protesta
profunda vibración del miedo
que se envuelve en mil falsos colores
mas tú, señor
de convalecencias y comandancias
un desnudo silencio
vives
donde mueres
casa adentro.

Cristaloideo

¿Será el amor cristal
portentoso y pequeño
capaz de herir faringes?
¿Requerirá acaso un clima
de muy preciso equilibrio
para irse cimentando
o precipitados golpes
como tañidos fortuitos
de religiosas esquilas
cual llamas nos llamarán?

¿Será de algún dios orfebre
la instintiva artesanía
de tallar copos de nieve
y hacer cosmos en un grano
y en el corazón humano
bruñir excitable polvo
al modo de enamorado?

Tengo dudas sin respuestas
también pasmos sin preguntas
cristales acelerados
se me crean, se me rompen
del laboratorio torpe
que mi pecho no controla
cada latido me cambia
grados de temperatura
me incineran o me enfrían
mas yo quiero que mi boca
diga hielo y diga fuego
así se arrepienta que hable
que sea un cristal mi alma
que se precipite a diario
ignorante de medidas
cual niña desmesurada
un cristal breve y frágil
símil a mi amor más nimio
que se ha quebrando tanto
y que no cree en fantasías
de momentos apropiados
solamente cree en la entrega
a la muerte y al rechazo.

Nunca seré yo cristal perenne
cristal suicida seré,
seré precipitado
seré lo que no fue
seré olvidado.

9 ago. 2007

Un lugar habitable

No se vive con raíz en la tierra. Un verso mexica es un buen modo de empezar. Los padres son un poco nuestras raíces, un poco los troncos. El concepto de árbol genealógico no me parece metáfora, sino una noción sensata de lo que es la herencia familiar.
Los árboles son seres viejos. Fueron los primeros dioses. Ellos sí tienen raíz en la tierra. Tienen una presencia subterránea muy firme. Nosotros, en cambio, somos breves. Apenas contamos con tiempo para superar el trauma del nacimiento y ya estamos a un paso de la tumba. Por eso siento que el ser humano ha buscado ser más que uno, ha buscado ser un colectivo, ha buscado ser parte de una familia.
Estar solo implica estar frágil. Una hoja no puede nada ante la tempestad. Un árbol sí resiste. Pero digamos lo obvio: para pertenecer al mismo ramaje todas las hojas deben parecerse entre sí. Y resulta que nosotros los humanos poseemos una personalidad infinita, que complica la fraternidad.
Trataré de explicar esto de la personalidad infinita. Aunque compartamos tantos genes, aunque seamos tan parecidos biológicamente, el prójimo, el otro, la alteridad o lo que sea, tiene un rostro diferente al nuestro. Por rostro, quiero decir, espíritu. Y pienso en Emmanuel Levinas. Él creía, como yo, aunque lo creyó cincuenta años antes que yo, que la filosofía debía enfocarse más en la ética y menos en la metafísica. Sobre todo en la metafísica de la totalidad. Porque ésta cree que el hombre es un ente que forma parte del ser, que es el todo. Es decir, que las diferencias son superficiales, en la medida en que en lo profundo estamos conectados y somos parte del mismo ser, o más precisamente, parte del Ser único. Ser y Dios es lo mismo para ciertos filósofos, especialmente para esos que se creen metafísicos y no han dejado de ser teólogos.
Pero el mundo visto desde la ética necesita pensar que existen otros. Las reflexiones éticas nos ayudan a no ser tan egoístas, a no creer que todo es yo. El otro existe y tiene sus propias inquietudes, su visión de las cosas, etc. Conocer la totalidad del otro es una labor improbable e incluso teóricamente imposible. Mientras estamos vivos contamos con infinitas posibilidades de comportamiento. La muerte es el límite. La muerte es la desaparición. Sólo podemos pensarnos y pensar al otro vivo. Cuando el otro muere, ya no lo podemos pensar, ya sólo es recuerdo, ya no es. Todo cuando tengamos en mente acerca del otro, una vez muerto, nos pertenece, es decir, serán nuestras imágenes, nuestros recuerdos, nuestras sensaciones, nuestras ideas, etc., pero ya no estará el otro. Y ya no será infinito, tampoco totalidad, será simplemente ausencia, o un no-ser.
¿Qué haremos para sentirnos en familia si todos los humanos somos hojas diferentes? Compartimos, quién lo duda, una historia, una cultura, una lengua, una cantidad de herencia genética, y aún así, no somos el mismo ser y hay sensaciones intransferibles. Aunque existan las palabras adecuadas para nombrar cierta realidad, las palabras no hacen la realidad. “No / las palabras no hacen el amor / hacen la ausencia”, escribió certeramente Pizarnik. La realidad de un sentimiento no se nombra con palabras. Ni con caricias ni con silencio, tampoco con abrazos, tampoco con los ojos. Si los hombres nos comunicamos tanto es porque no podemos comunicarnos de verdad.
¿Cómo vivir más o menos satisfechos sin raíz en la tierra? ¿Cómo profesar simpatía, cordialidad, fraternidad por aquellos que no nos entienden, especialmente por los que no quieren hacerlo y no hacen ni un esfuerzo? Mientras la pregunta sea cómo, habrá muchas respuestas, muchos modos de conseguir la satisfacción éticamente. Mientras no nos preguntemos el porqué, me parece, todo es solucionable.
No somos el mismo ser, no tenemos la misma finalidad, no podemos comunicar nuestra infinidad de sensaciones e ideas, pero todos compartimos el mundo, y debemos por ello convertirlo en un lugar habitable para todos.

5 ago. 2007

Cumpleaños

Cumplir años es un buen pretexto para volverte un ser miserable. Esperamos que la gente nos felicite sólo por el hecho de que hemos sobrevivido a una vuelta más de la Tierra en torno al sol. Aceptamos regalos como si los mereciéramos y hasta los podemos exigir. Hacemos advertencias: la próxima semana es mi cumpleaños, ya sólo faltan tres días, etc. Incluso organizamos fiestas en nuestro honor. ¿Es que somos tan importantes?

¿Por qué deseamos que la gente esté contenta de que nos hagamos más viejos y seamos más próximos a la tumba?

Cuando era niño asistí a suficientes cumpleaños de otros escuintles para notar cómo éstos pensaban que por ser el aniversario de su natalicio tenían derecho a cometer toda clase de patanerías. Lo tomaban como un carnaval personalísimo durante el cual podían orinarse y escupir sobre las reglas que respetaban el resto del año. Siento que esos chamacos siempre seguirán razonando igual: es mi cumpleaños, por lo tanto, hoy puedo darme el lujo de ser un protervo imbécil y mañana seré nuevamente un hombre respetable. Creen que sin el regaño de la madre, las iniquidades son aceptables.

Yo, por lo menos, veo una contradicción en esto de los cumpleaños. Celebramos nuestra vida el día que más conscientes podemos ser de nuestro envejecimiento y, por tanto, de nuestro deterioro y de nuestra brevedad. A mí me gustaría que la gente celebrara mi existencia cualquier día excepto cuando cumplo años. Pero contra las costumbres nada podemos hacer, ni siquiera pensar por nosotros mismos.

Para colmo, este año a las amigas que me llaman por teléfono para preguntarme cómo voy a festejar, les digo la verdad: voy a ir al panteón a poner una cruz sobre la tierra que mi padre estercola desde hace unos días. Supongo que no les parece muy divertido.

Si estuviera en mis manos, cambiaría las usanzas occidentales por aquéllas que imaginó Tolkien entre los hobbits, es decir, que quien dé regalos sea el cumpleañero. De otro modo, un cumpleaños será una oportunidad para que gente expulsada de nuestras vidas vuelva con el pretexto de felicitarnos. Creo que esto nunca me ha pasado a mí, sin embargo, yo sí lo he aprovechado para acercarme por segunda vez a quien no me desea ver.

A la única persona que me gustaría hacerle una fiesta sería a mi tocayo Ramírez, el puto, ya que era hijo de testigos de Jehová, que quién sabe porqué superchería estúpida no celebran los cumpleaños. Y si llamo "puto" a mi amigo es porque a él la palabra "gay" le parecía muy gay. Me decía: "yo me identifico más con la palabra 'puto' que con cualquier otra". No entiendo porqué los sacerdotes de lo políticamente correcto no admiten que se les diga putos a los putos, ni a los discapacitados, discapacitados, ni a los negros, negros.

Lamentablemente mi amigo murió hace un par de meses de pulmonía. Y yo no seré de los que celebran a los muertos ni a la muerte. Qué consuelo más idiota ése de ser amable con alguien que ya no existe. ¿Quiénes habrán dictado el cúmulo de idiosincrasias insensatas que guardamos con respecto a los muertos?

Indudablemente en todo lo que llevo escrito, he exagerado; pero es mi cumpleaños, carajo, quiero expresar un poco de rabia sin remordimientos. Mañana volveré a escribir como un humanista decente.

4 ago. 2007

Cálculo y calidez

Soplabas a la luna en mis brazos
Eras una felina valerosa
mirabas con grandes miradas
y desde el primer día conmigo
dormiste.
Eras una coconita con frío
eras casi calva.
¿Qué voy a hacer con el olvido
y sin tus ojos plenamente negros?

Hace unas madrugadas
no sé cuánto tiempo
intentando recordar tu apellido
recordé tus pestañas enormes
cuando a punto del sueño aleteaban
recordé tus dedos
bebedora de leche
la suavidad que mi piel
jamás sentirá otra vez.

Quisiera anunciarte algo valioso
cómo si yo supiera algo
o como si tú supieras ya leer
o como si fuera posible entenderse
yo entendía tus cantos
carentes de palabras
y yo entendía tus palabras
carentes de sintaxis
eras una gaviota sin coordinación
eras un demonio, preciosa

Me quitabas la calma y la paz
y me arrebatabas mis libros
y juntos veíamos el agua
borboteando en la tele
y tú aprendías a levantar la voz
la alegre voz de los charcos al brincarlos
yo no aprendí a dejar de ser amargo
pero mi mano aprendió distraídamente
a visitar tu cabello
a mojarlo en las mañanas
y en las noches a alisarlo
mi mano, sin darse cuenta, te decía
te quiero, y tú dormías.

Yo no sabía qué hacer con tu llanto
que se alzaba repentino e indomable
y corría por la casa hasta arrinconarse
hasta tristemente endurecerse
tú, en cambio, sí sabías hacer consuelos
Anti, decías, todo está bien
o decías no llores, Antoine,
pequeña francesa, pequeñita,
tengo un corazón inútil
yo debí quererte, y ahora no sé
ni siquiera tu apellido.

Siento tu imagen como un rayo
que me parte el tórax
cuando comienzan a lloverme
los recuerdos.
Y siento cómo me has de estar olvidando
en un columpio, en una risa
quizá en el cine
y siento toda mi insignificancia
y me duele la palabra “niña”
y me duele la palabra “vida”.

Eras toda calidez
yo era un cálculo maldito.

Impotencia

Se lee poesía porque uno no puede con la rabia
quiero decir, yo no puedo
ni con mi rabia ni con mi ternura
no puedo con el impulso
de tocar la cabeza de un niño
de acariciarme la mano rozando la inocencia
la ilusa inocencia que no existe
más que en sueños platónicos
y en sueños revolucionarios y en sueños
tontos de mis insomnios.

Quiero decir, leo poesía porque no puedo escribirla
porque me enloquezco de impotencia
me enloquezco de silencio
del silencio jadeante, deslucido,
de ojos en la oscuridad abiertos
henchido silencio de eufonías
que motiva un grito a medianoche
me motiva a mí y a nadie más
en el mar de las deshoras
soy una isla en espera
de una frase calmante.

Leo como un náufrago que desea ser rescatado
como un suicida que se hunde tranquilamente

no soy más que un lector
un ciego, un desvelado
por más que cierro los ojos
sigo mal mirando recuerdos
y por más que los abro
sigo sin ver nada claro

lleno de rabia contra un cuerpo de sombra
contra la carne y los huesos del inasible
tiempo que hacia la nada se evapora
lleno de rabia contra mi ternura reprimida

solo, algo triste, detenido en la vigilia,
muy solo, por de más está decirlo
leo poesía porque no puedo
confesarme lo que siento, lo tanto que siento
a veces lo bien, lo increíblemente bien que me siento

reclino la cabeza en un poema
porque no puedo descansar
cierro los ojos de nuevo
y acomodo el cuerpo al cansancio
trato de cobijarme con versos,
trato de estar dormido, leo
…la madrugada de brazos fríos
el delgado aliento del alba…

Quiero estallar mi ternura
zarandear de cariño al silencio
que amuralló mis palabras
que tantos años me ha embozado
y me impide ser franco y fácil
sin contraseñas ni resguardos

quiero dar puñetazos de cursilería
destrozarme en el pecho muros
dar abrazos como miradas
abrazar este instante,
esta fugacidad, este
día ordinario
que se me abran los brazos
de la vida y de los mundos
de los que duermen apacibles

Quiero dejar de leer y escribir, escribirme
contarme que aún mis latidos laten
y que son capaces de acelerarse
por unos labios
porque las sombras se encarnen
cálidamente junto a mi cuerpo
a pedirme: ya no leas, ya no escribas
si el aire tuviera voz femenil
y la escritura placenteras humedades
y la lectura ojos sonrientes
que me apresaran entero…

Pero cierro los oídos y los libros
no quiero oír ya nada
no quiero huir ya nada
apago la oscuridad de mis pensamientos
empiezo a sentir la tímida ola de la calma
la callada cadencia del silencio
tal vez muero
o sueño, duermo
o germino.

25 jul. 2007

Moriré del todo

Quisiera sentirme como yo era hace diez años. Por mera curiosidad. Sin embargo, pienso que por más que intente reconstruir mi forma de vivir, he perdido para siempre las sensaciones que me motivaban en aquel tiempo. Trataré de inventar mis recuerdos de la manera más verídica posible.
Deseaba ser cineasta, escribir, trascender. ¿Por qué uno no querrá morirse del todo?

Seré polvo indiferente
o ni siquiera polvo
en la región del olvido
el vacío será mi residencia
sin caminos de vuelta
moriré del todo.

Me he preocupado desde hace unos días pensando que el tiempo es infinito y que el anterior poema está equivocado. ¿Por qué yo quiero desaparecer aparentemente para siempre, pero en el fondo no?
Siento que hay una escisión en mí. Qué cansancio me da, qué tedio trágico, cuando me imagino inmortal. Qué infernal sería el paraíso para mí. A mí me gustan las innovaciones, los cambios, los finales. Estoy casi seguro de que por ello dejé de ser católico. Decirle “no” a la vida eterna significó un gran alivio para mi mente. Pero me asombra que haya personas interesadas en no morirse. Y quisiera comprenderlas, quisiera conmoverme, mas sólo logro juzgarlas como insensatas. A los suicidas, en cambio, creo entenderlos bien. Yo soy un suicida.
Estoy firmemente convencido de que el sufrimiento carece de sentido, al igual que la vida. Uno se divierte, por supuesto, inventándose metas, conquistando pequeños trofeos: un diez en la escuela, un empleo bien remunerado, una mujer linda en la cama, tu postre preferido el día de tu cumpleaños. Pendejadas, finalmente.
Podría creerse que digo estas frases con amargura, que tengo una navaja en las manos y estoy en la bañera, despidiéndome de todo y de nada en especial. Y no precisamente. Estoy mirando un amanecer agradable, escuchando además canciones llenas de energía, que me recuerdan momentos intensos. Y creo, también, que la alegría sí tiene sentido. Pero para que lo tenga debe existir la muerte, la desaparición total. ¿Cómo emocionarse de ver la caminata de una nube que has de ver infinitamente? ¿Cómo gozar de la espontánea brisa, si ésta no hace sino un movimiento repetitivo y eterno?
Yo he disfrutado tanto unos pequeños momentos en que me he detenido a darme cuenta de que lo que embellece esencialmente a las cosas es su propia destrucción. Valen porque desaparecen, porque se pierden, porque son irrecuperables. Eso pensé ayer en la noche mirando unas rosas, que estaban en plenitud, listas para pudrirse.
He de repetir, lamentablemente, lo de mi escisión. Me duele que la gente más querida por mí, y mis familiares cercanos, no hayan podido compartir conmigo esta visión de las cosas. Y por este dolor, por no sentirlo, cambiaría mi alma. Sé que es imposible cambiarla, incluso si existiera.
Así que he sido cruel e inhumano. Sentí satisfacción cuando la muerte de mi abuela. Mi padre no me perdonó que yo gozara al enterarme de tal noticia. Si supiera que en su propio velorio también me sentí contento. Ambos estaban muy viejos. Habían perdido la lucidez. Ya no sabían reconocerse ellos mismos frente al espejo. Sus cuerpos eran pellejos desvalidos y tenían frágiles mondadientes por huesos. Lo peor, sin duda, eran sus mentes errando entre la locura y la nada.
Me gustaría, desde otra parte de mi ser, haber creído en un Dios débil. En uno compasivo, en uno capaz de entristecerse y de perdonarlo todo, porque en el fondo, Él sería el único culpable del sufrimiento.
Un Dios así, sin embargo, me resulta patético. Jesucristo nunca me ha caído bien. Demasiado susceptible para mi gusto. Parece que necesita más ayuda de la que es capaz de ofrecer. E individuos como él, dioses como él, me conmueven sólo en un primer momento, luego, muy pronto, me distancio de ellos; no soporto que mi comportamiento les influya tanto ni que mis gestos de hastío les duelan ni que mis banales dichas los emocionen.
Siempre he preferido al inconmovible Dios aristotélico o a los de los sacrificios. Los que dominan el trueno. Aunque no puedo creer en su existencia. Me parece ridículo imaginármelos. Son tan falsos. Mas, fuera de eso, perfectos. Con su muerte comienza el dolor de la fugacidad, nuestra condena perenne a la imperfección.
Anoche también estuve mirando el techo. Allí, entre la oscuridad y el silencio, un dios tendría que pararse, existir, escucharme como nadie lo puede hacer, como nadie ha podido. Yo tendría que sentirme como un niño y decirle esto:
Padre mío, sin oídos, atiéndeme. Compadécete de esta mano que toca la almohada y que no encuentra ninguna aliada, ya que la esposa está muerta y cuando estuvo viva era sólo un sedante, sólo un ruido que me ayudaba a no escuchar mi voz, sólo una sombra de una piel que amé hace tanto tiempo en un brevísimo momento, y sólo porque dijo que no deseaba morir, porque tenía los ojos extraviados, porque estaba mareada, porque estábamos discutiendo, porque le entraban ataques de ansiedad, porque yo quería que se fuera de mi vida, porque ella deseaba quedarse, aferrarse a la imposible eternidad de ese amor que le tuve y que me tuvo. Y ella me pidió que le hiciera el amor, porque ya no sentía su cuerpo, porque necesitaba sentir su carne entregada para pensar que sobrevivía, porque requirió desnudarse frente a la luna del armario y repitió su nombre completo varias veces, porque creyó que ya no existía. Y yo le hice el amor, le pedí que no se fuera, que se aferrara a ese amor que ya no sentíamos, que me ayudara a empuñar el para-siempre como si fuera posible, como si tú existieras, Creador inexistente.
Orfandad, contéstame.
¿Seré el huérfano o seré el padre que abandonó a su hija? A cierta edad, no sé si se pueda ser huérfano. Esto me pasó a mí hace diez años. A los veintisiete. Escogí vivir con una mujer enfermiza y embarazada, cuya angustia principal era la muerte. La traté con ternura al inicio de nuestra vida marital, como si algo me dijera que ella era una mujer buena, la protagonista de una novela romántica, cuyo destino iba a ser la enfermedad, la convalecencia y la recaída mortal.
Ella, por supuesto, era una mujer del siglo XXI, cínica, neurótica, bipolar. Se creaba nudos apretadísimos en la garganta, padecía pesadillas muchas noches, temblaban sus manos al despertar, me abrazaba pidiéndome que le fuera intachablemente fiel. A veces me arrojaba objetos, rasgaba mi ropa, impedía mi sueño. Alguna vez se marchó temprano hacia una oficina y no regresó hasta después de acostarse con algún compañero de trabajo y se negaba a hacerlo conmigo hasta juntar valor suficiente para confesarme que prefería al otro.
No sé cuántas veces nos separamos. Quizá cuando le extirparon un riñón dejamos de discutir y esa costumbre de partir y volver. Para entonces nuestra hija había crecido. Le poníamos mayor atención. Posiblemente para no odiarnos otra vez. La pequeña nos distraía y tratábamos de quererla sin conseguirlo. Ella era el receptáculo de nuestras frustraciones, pero también de nuestra ternura desesperada que necesitaba un cauce para manifestarse.
Poco después de que cumplió cinco años, su madre murió. Por primera vez experimenté lo que era sufrir por la muerte de una persona. Y los días que siguieron a aquel deceso fueron tan tranquilos y agradables, que hubiera deseado que todo el mundo se muriera.
La niña en ocasiones me parecía linda, pero frecuentemente me parecía una extraña, una molestia. Pese a ello, me desagradaba bastante la idea de cederle la custodia a mi suegra. Notaba en la pequeña algunas resonancias de su madre que me conmovían, aunque otras de ésas me enfadaban, como cierta gesticulación de desdén. Me pregunté en aquellos meses si mis sentimientos habrían sido otros de haber sido el padre biológico de la niña. ¿Cuánto podría cambiar en el corazón de un hombre por el hecho de haber arrojado, entre muchos otros, un espermatozoide hábil para fecundar?
También dudé de que si mis metas en la vida hubieran sido menos artísticas, acaso me habría sido posible volverme un buen padre, o al menos un padre.
Yo me esforzaba por destacar. Por crear una obra perdurable. Por escapar de la mediocridad de la dirección de comerciales televisivos. Yo me sabía con talento no apreciado por el mundo consumista e imbécil.
Mientras más puertas se me cerraban, con el correr de los días, con mi escisión entre la vida privada y la vida profesional. Con mi falta de creatividad, con mi mala concentración, con mis mediocres chambas, con una hija cada vez más distinta a mí, cada vez más extraña y maleducada, con todo eso, decidí terminar. Me suicidé por primera vez.
Hice el ridículo. Sobreviví a la caída. Me había arrojado de un segundo piso y sólo me rompí una pierna. Cedí la custodia de la niña un poco después. Pensé que sin molestias alcanzaría la gloria finalmente.
Y ahora, en este momento en el que me estoy viendo frente al espejo, me doy cuenta de que nunca tuve talento. No el suficiente para ser un grande. No el suficiente para trascender. Y sé que filmo inútilmente esto, igual que todo lo que filmé en la vida.
La mañana es bella en verdad. Tú lo sabes, cámara, eres la única que lo sabe, aunque no sepas ver exactamente lo que yo veo. Graba, no sé para qué, lo que yo no podré ver: mi cuerpo muerto. La pistola en la sien no falla, por fortuna. Así que déjame solamente repetir este poema cuyo autor quedó anónimo:

Seré polvo indiferente
o ni siquiera polvo
en la región del olvido
el vacío será mi residencia
sin caminos de vuelta
he de morir del todo.

Después de la detonación, la cámara siguió filmando.