29 oct. 2007

Al efímero cigarro

El olor a tabaco
y esta penumbra
bocanadas de noche
caminando
y estas palabras
con un cierto resabio
sin ningún motivo
en lentas horas sin luz
con voces de tierra interna
comparte la brisa conmigo
cigarrillos y pensamientos
allá dentro
en el oscuro lago
de mi mente
estoy remando
ni naufrago
ni voy a ninguna parte
brego con los latidos
del vacío y del esfuerzo
conquistando la nada
para nada y porque sí
le doy el golpe
al efímero cigarro
de la vida.

24 oct. 2007

Platicar sin límite de tiempo...

El miércoles 24, no sé si será mañana o fue ayer, o es ahora mismo, Juan Villoro aparecerá en TV UNAM entrevistando a Enrique Vila-Matas, quien es para mí el mejor prosista en lengua española actualmente. Como yo no tengo televisión de paga, no voy a ver la entrevista ni a comentar nada más acerca de eso.
Lo que comentaré será el artículo de Villoro que apareció el pasado viernes 19 en el Reforma, titulado: Café y escritura[1], que disfruté sobremanera. En éste, Villoro enumera algunos cafés frecuentados por escritores y hace referencia a un libro que me gustaría tener entre manos: Poética del café de Antoni Martí Monterde. "Un libro tan adictivo como su tema… recuerda la importancia cultural de los espacios diseñados para conversar sin límite de tiempo."[2]
Al leer tales palabras, primero quedé complacido, luego sentí que eran engañosas y terminé por acordarme de una sentencia de Fadanelli, que cito de memoria: Los amigos tienen fecha de caducidad, aproximadamente de cinco a diez años.
Yo, después de que en el último año frecuenté ciertos cafés y perdí algunas amigas, he sentido que hay amistades que duran menos que una taza de café, así, ¿cómo va a ser posible una conversación sin límite de tiempo?
Si contamos el tiempo es porque la esencia del tiempo es imponernos un límite. Hablar de tiempos ilimitados siempre será una falacia. Cada vez que decimos aún hay tiempo o el tiempo dirá, la muerte, cerca de nosotros, sonríe discretamente.
Como yo no soy un hombre de mundo, no puedo hablar de cafés famosos, si un día conozco el San Marco de Trieste o el Martinho da Arcadas en Lisboa, quizás mi tono sea menos pesimista.
Yo de los que puedo hablar son los de la colonia Roma, del Diverso, por ejemplo, donde hace unos años platiqué con una señorita en cuya mano había una tarántula. Ella tenía un instinto cafetero. No recuerdo nada de nuestra plática, pero sus ojos eran oscuros, brillantemente. Me parece que escribí algún poema, algún teatralismo. Fue una tarde que se consumió placenteramente. No entiendo por qué nunca más la volví a ver.
Allí mismo, hace unos meses conversé con otra chica. Cerca del metro Chilpancigo, me dijo: voy a donde tú me digas. No había leído aún que por ahí se encuentra uno de los sitios favoritos de Fernanda. Así que sólo pensé en el Diverso. De cualquier modo, yo prefiero platicar que coger. ¡Hasta dónde llega mi vejez!
No me había dado cuenta de esta verdad hasta hace unos cuantos días. Otra mujer, otra amiga que he perdido, me había planteado esta pregunta meses atrás: ¿Qué prefieres platicar o coger? A pesar de que estábamos en su casa a solas, en todo momento supuse que su duda era motivada meramente por la curiosidad. Sin embargo, me tomó de sorpresa. Y la sinceridad es una cualidad difícil de ejercitar. Me parece que la sinceridad es lo contrario de la espontaneidad, digan lo que digan los teóricos del inconsciente.
En aquella ocasión respondí que depende de con quién se platique o se tenga sexo. Una respuesta vaga para salir del paso, pero que evadía la cuestión. Razonaba de este modo: hay mujeres con las que resulta aburrido conversar pero con quienes se podría pasar gozosos lapsos eróticos. En términos científicos se diría que ciertas mujeres cuentan con un sexo paradisíaco inversamente proporcional a su plática exasperante.
Ahora comprendo que mentí sin querer. Simplemente veo que prefiero la conversación. Lamento estar en desacuerdo con Unamuno, en aquello de que el único modo de conocer a una mujer es acostándose con ella. Aunque eso suceda, uno jamás las conoce. Y siento que resulta menos decepcionante ver sus cambios de personalidad frente a una taza de café que debajo de las sábanas. En la cama te puedes quedar sin nada, pero en el café, al menos, te quedas con ese delicioso sabor amargo en la boca.


[1] Literatura\Fet a Mèxic Trailer de Café con Shandy.htm
[2] J. Villoro, “Café y escritura”, Reforma, 19 de octubre del 2007, pág. 21. Para suscriptores: www.reforma.com/editoriales/nacional/410/819729/default.shtm

23 oct. 2007

El ágora de los exiliados

Me gustaría escribir muy desordenadamente, sin pudor, casi a lo ingenuo. Acabo de leer unas páginas de Guillermo Prieto. Él aseveró que escribía para pasar el tiempo y por gusto. Me pareció una afirmación falsa, marcada con ese candor de los autores decimonónicos que es a un mismo tiempo lindo y risible.
¿Pasar el tiempo? ¿No sería más bien para buscar el tiempo perdido? Peligroso esto. ¿No será una pérdida de tiempo vivir a través de la escritura buscando lo que no vuelve? ¿Pero esta última pregunta me suena cargada de presuposiciones erradas? ¿Qué es lo que no vuelve? Nada vuelve, dice Huidobro. Y si nada vuelve, y si al contar el pasado lo inventamos, si la creación literaria es en verdad creación y no recreación de una realidad, no es el tiempo perdido ni las vivencias pasadas lo que se busca, sino la sensación de vida, la ilusión de estar vivo, el sueño de la vitalidad.
¿Qué es estar vivo? ¿Nos conformaremos con una definición científica que poco explica? Yo no. Estar vivo es más que estar respirando, es más que una sístole persistente. Al final del día si miramos lo que hemos hecho no podemos recordar la mayor parte de nuestros actos. Pero si padecimos o gozamos, si trabajamos una idea o jugueteamos con una emoción durante un lapso, o si llegamos a un extremo de furia o de ternura, lo recordamos y, parece, que esas intensidades son las que nos señalan lo que significa estar vivo.
¿Demasiado romántico? Sí, por supuesto, pese a ello, soy consciente de que no es posible la intensidad sin periodos de calma. Y la vida es más tranquila que intensa, aun para personas agitadas. Sin embargo, son esas horas, esas jornadas que se van como cajas vacías, las que nos ofrecen probaditas de la muerte. a toda hora penso na diária morte que atravesso, dice un poeta portugués, Raúl de Carvalho. Mas no. Confrontarse con la muerte es afincarse en la vida. Cioran afirmaba que escribir acerca del suicidio era un modo de no suicidarse. Yo pienso que para estar vivo me es preciso comprender que moriré. Pienso que los magnos oleajes de la vitalidad se relacionan con la conciencia de la muerte.
Si fuéramos inmortales no podríamos perder el tiempo. Si lo perdemos es porque morimos. Y luego viene la escritura. Un acto desesperado para demostrar que estamos vivos. Estou vivo e escrevo sol, dice otro poeta lusitano, António Ramos Rosa, y yo no dejo de admirar este verso. Darse cuenta de que uno está vivo es un enorme descubrimiento. Algo asombroso. ¿Cuántas personas que creen que están vivas jamás se darán cuenta de que están vivas?
Y es que tiene su dolor estar vivo. Porque se está vivo sólo un instante. Y todo el empuje de la vida se acaba. Duelen las intensidades, aun si son dichosas, por fugaces; si coléricas, por irreparables; y si dolorosas, por fatales.
Duele, insisto, respirar intensamente el aire de cualquier amanecer. Intensamente significa gozando. Qué importa si es paradójico lo que escribo. Digo que también duele disfrutar la vida. Hallo que los poetas insisten mucho en eso.
Imagino ahora a la dolor y al goce como amantes que se fusionan. La dolor es una mujer muy apasionada y el goce un hombre tierno, casi tímido. ¿No es su hija la nostalgia? Esa delicia tímida de asumir añoranzas.
La nostalgia es la intensidad más serena. Acaso el sentimiento más explorado en la poesía. Mientras que el amor y el odio son personas activas, que buscan grandes cambios y hazañas, la nostalgia es la emoción que sonríe afligidamente y se sienta a escribir. La nostalgia une palabras convincentes: hace que lo perdido para siempre obtenga una oportunidad de ser transmitido. Esto es, la nostalgia busca un lector, un confidente, un hermano, que quizás necesite los recuerdos que ella inventa. Porque a la nostalgia no le gusta escribir para sí misma, para quedarse a solas. Si se escribe a solas es para buscar la compañía de los solitarios, para afiliarse al ágora de los exiliados.

21 oct. 2007

Las palabras sí hacen el amor

Me imagino que quienes creen que la realidad no existe son fanáticos de la masturbación.
Suponer que la realidad depende de las percepciones de cada quien, a mi juicio, implica ir en contra de la salud mental. Porque si los insanos están afianzados en la realidad tanto como cualquier otro, significa que la realidad es algo incompartible, personalísimo. Uno no tendría ninguna posibilidad de acceder a la realidad del otro. Se estaría plenamente solo. Y, también, plenamente ajeno al bien y al mal, puesto que sin el otro que nos vea y goce o sufra por nuestras acciones, nada podemos hacer bien ni mal. En resumen, me parece que es la postura más autocomplaciente que pueda existir.
Bajo la máscara del relativismo, esa idea de que ninguna realidad es válida para todos, se oculta un rostro intolerante: nadie tiene razón en corregirme porque nadie percibe lo que yo; yo, y no el resto de la humanidad, soy la medida de todas las cosas. La realidad soy yo.
Hay, además, algo que siento incuestionable: todas las personas quieren conocimientos provechosos. Si nadie ve los documentales sobre las ardillas de Nueva Zelanda es porque eso no alivia ninguna enfermedad ni ayuda a conquistar mujeres ni a brillar en sociedad. Hay conocimientos inútiles. Pero tales conocimientos para algunos en ciertos contextos son de utilidad y por eso se investigan. Hay una motivación para aprender cosas. Esa motivación es previa al aprendizaje. Así cuando un filósofo o un psicólogo o quien sea, se pregunta por la realidad, tiene una motivación. Y esa jamás será puramente individualista. Porque el ser humano no es un ser aislado. Sobresalir sobre otros, ser admirado o servirle a alguien, todas ellas y cualquier otra, son motivaciones de orden ético. Por eso la ética es la filosofía primera y siempre más ontológica que la ontología.
Heidegger afirma que la metafísica es la filosofía primera, pero se plantea esa pregunta preocupado por el destino de Alemania y deseando que ésta se yerga y sobresalga sobre las otras naciones. ¿Queda clara la paradoja? Preocuparse por el ser o por la realidad sin atender a los otros, es la gran hipocresía de los metafísicos, ya que ellos tienen sus motivaciones éticas, sus instintos animales, su vida cotidiana, su voluntad de poder y su principio de realidad. Les guste o no.
Si decimos que la realidad depende de cada quien. No significa como pudiera pensarse de una afirmación tolerante, sino de su contrario. No conduce a respetar la realidad de los otros sino excluir a esos otros de toda noción correcta de la realidad. Ya que en ese caso, la realidad sería un asunto exclusivamente mío, no afectado por los otros. ¿Cuánto egoísmo se requiere para llegar a una conclusión como esa?
¿Qué es entonces la realidad para mí? Por principio, no es un para mí. La realidad no depende en exclusiva de mí, sino básicamente de mi relación con los otros. La realidad es un fenómeno intersubjetivo. Yo no puedo saber qué es la realidad total. Y más aún, la totalidad es un imposible. Lo que existe es el infinito, que no es una totalidad, porque nunca está completo, siempre hay más posibilidades. Yo sólo puedo tener un acceso parcial, diminuto, a la realidad. Pero lo tengo y los demás también. Lo real es aquello en lo que concordamos.
Cuando me conmueve el llanto de otro, estoy aceptando que el otro comparte conmigo la misma realidad y que, por tanto, soy responsable de su tristeza, que lo puedo ayudar, que habitamos el mismo lugar. En cambio, si asumimos que la realidad soy yo, que la realidad del otro es problema del otro, ¿cómo vamos a intentar auxiliarlo, si sabemos que sus percepciones son incompartibles? Afirmar que la realidad depende de cada quien es un modo de volvernos tontamente solitarios e irresponsables.
La realidad no es una interpretación personal, sino un acuerdo social. La realidad no es una ficción que inventamos a medida que vivimos, si así fuera todos tendríamos una vida ideal. Si nuestra vida nos ofrece infinitas sorpresas es porque depende de los otros. Porque nosotros no hacemos la realidad por nosotros mismos, nuestras palabras no pueden hacer la realidad por sí solas, necesitamos las palabras del otro. Mis palabras a solas sólo pueden masturbarse. Para que las palabras logren hacer el amor necesitan convivir con otras palabras, responderles a otras, mezclarse con ellas, inquirirlas.
Hacer el amor no es una actividad solitaria. Es una realidad compartida, gracias a que la realidad existe más allá de mis propias percepciones. Antes que la erótica, en el acto sexual está la ética. Porque no se trata del gozo individualista, sino del gozo compartido. La erótica nos puede ayudar a gozar a solas. Pero la ética nos conduce a gozar en compañía.
Y aunque la masturbación pueda ser muy grata, yo prefiero hacer el amor. Prefiero compartir mis palabras y fundir mis oraciones con otras que sin ser mías, se vengan conmigo para dejar correr nuevas oraciones que terminen dichosamente en diálogos y debates y no en soliloquios.

19 oct. 2007

Precisiones para el enfermo

El enfermo precisa
abundantes líquidos
que beba el rocío
en la hoja tremente del día
que beba la azul luz
que es la risa del mar
un litro de Bach
un refresco de jazz
un vaso del buen vino
que nace en viñedos de fraternidad
precisa además el lago
estremecido de un beso
el lago quieto de la caricia
le vendría bien la fuente
de un comprendedor oído
la fontana de un aedo
que de la épica cotidiana le contara
y unas chispas de lluvia para animarlo
porque se requiere un cuerpo
para gozar este río saludable
que habrá de conducirnos
al añejo desierto ambarino

Escribir a solas

Yo quería hacer un ensayo acerca del lector, pero no pude, y se me ocurre que cuando uno no es capaz de escribir lo que desea, debe conformarse con escribir lo que alcance. No sé para qué me alcance con mis ideas vagas. Vagas en el sentido de que son vagabundas. Si los textos fueran ciudades, mis ideas irían por ellas como turistas distraídas, dando vueltas innecesarias, aventurándose en zonas peligrosas y descansando también porque, continuamente, se cansan de sus travesías. Para colmo, si contemplaran su estado, mis ideas se sentirían extranjeras.
También yo quería escribir acerca de aquello que llamo: el ágora de los exiliados. Un sitio, no sé si adjetivarlo como inmaterial o imaginario, donde acontece un intercambio de pensamientos entre las personas dedicadas a las humanidades. En ese lugar hipotético existen múltiples debates acerca de casi todos los problemas humanos. Pero no sería extraño que los ahí oradores despreciaran a sus verdaderos vecinos.
Hace años, mis hermanos regresaban cada domingo a la casa de la que se habían escapado por las ansias de una vida marital. Mis hermanas traían consigo la boruca de sus hijos y mi madre parecía fascinada de volver a escuchar escándalo en su hogar. Mi padre, en cambio, prefería conversar con sus yernos y sus nueras, aunque gustaba de originar gestos berrinchudos en alguno de sus nietos. Después de un rato de chismes familiares, comenzaban las controversias políticas. Yo, que nunca he sido aficionado al bullicio, solía desterrarme en mi cuarto y, allí, leer.
Con la lectura, mis ideas comenzaron a pasearse por aquella ágora, donde literatos, filósofos e historiadores hablaban con una agudeza que me conmovía. Entonces, sin ser mayor de edad y con mis escasas lecturas, yo me atreví a participar en las reuniones familiares. Mis opiniones allí vertidas eran balbuceos intelectuales pretensiosos que causaban extrañamiento.
En aquel tiempo, México cambiaba. Cuauhtémoc Cárdenas estaba a punto de vencer, por fin, en unas elecciones democráticas. Yo desconfiaba de él, pero no veía tampoco en otro candidato posibilidades de un buen gobierno. Yo no iba a votar, pero quería decidir el voto de los demás.
Un par de años después, en medio de la huelga estudiantil del 99, con un poco más de malicia política, pensé que mi destino no sería vencer en ningún debate familiar, sino en participar mediante la escritura, encerrado en mi habitación, en el ágora de los desterrados.
Me interesé mucho más en vencer a los socialistas utópicos que en demostrar las falacias de mis cuñados. Pero nadie me leía. Y apenas si me daba cuenta de eso.
La escritura no sólo me ha permitido conocerme, sino también construirme. Lo cual no me basta. Aspiro a ser leído. Más aún, aspiro a ser comprendido. Aunque cabe aclarar que yo sé bien que la plena comprensión es imposible y admito que tales aspiraciones me avergüenzan.
Yo solía hablar a solas. Quién sabe si porque tuve una infancia muy solitaria, o porque mi imaginación no dio para agenciarme a un amigo imaginario, sólo para inventarme muchas cosas a mí mismo en voz alta. Supongo que mi padre tuvo miedo de que me consideraran loco y más de una vez citó una frase de no sé quién que decía: quien habla a solas aspira un día a hablar con Dios.
Yo me dije hace un par de semanas que escribir a solas era como esperar que Dios fuera mi lector. Y Dios, para mí, a finales de los noventa, se puso muy enfermo. Fue adelgazando y un día ya no amaneció. Ni siquiera lo enterré. Dejé que se lo comieran Sade, Marx, Nietzsche y otras aves carroñeras.
También hace unos días garabateé este aforismo: Tengo mala suerte, Dios, que es el único que me comprende, no existe. Tal frase da la impresión errada de que me preocupa Dios y, sinceramente, a mí Él no me preocupa para nada. El lector sí. ¿Para quién escribo?
En el libro de Fadanelli que en más alta estimación tengo, En busca de un lugar habitable, él dice que el escritor sueña con un lector sensible que en la lectura encuentre una ventana para conocerse a sí mismo y que consiga, también, la estimulación necesaria para iniciar un nuevo diálogo. Yo lo entiendo de este modo: el lector debe transformarse de un ser para sí, que está encerrado en su habitación, a un ser para el otro, que alza la voz y procura mover los ánimos en el foro de los hombres de letras.
Llevo más de dos cuartillas y aún no he dicho por qué me interesaba el problema del lector. Que a mi juicio es una preocupación de índole ética y no meramente en el orden de la teoría literaria.
Estaba en el hospital junto a la cama de mi hermano, veía su brazo moreteado, conectado a dos tubos uno de antibiótico y otro de suero. Veía sus párpados al fin cerrados, sus extendidas ojeras, no había dormido en dos noches por miedo a ya no poder despertar. En cuanto salió una enfermera de la sala, fui al pie de la cama y, en las hojas donde registran cada dos horas durante la noche la temperatura de cada enfermo y las medicinas que se les suministran, leí que el paciente debía ingerir abundantes líquidos. Acaso por mi mal gusto, sentí que aquella frase era una verdad poética. E intenté hacer un poema allí mismo. A oscuras como se hacen los poemas.
Jamás, en ningún momento, se me ocurrió que debía mostrárselo a mi hermano. ¿A quién se lo escribí entonces? ¿Mientras mi hermano convalece, yo le escribo a un lector que no conozco? Tal vez a él no le sirviera de nada leerlo, es cierto, lo que escribí era triste, como los verdaderos poemas, y la tristeza debilita las defensas. ¿Si la poesía no cura a los enfermos de cáncer para qué sirve entonces?
Por eso me preocupa el lector. Se escribe para otros, sin duda. Pero no necesariamente para los amigos ni para la familia. Se escribe para ser un rostro más en el ágora de los humanistas. Lamentablemente allí ya tampoco hay humanismo. Los libros son citas, referencias, bibliografía. ¿Dónde quedaron la carne y los huesos verdaderos?
Me preocupa mucho el lector porque yo no puedo dejar de escribirle.
Y también mis amistades, mis conocidos, me preocupan. Quisiera que me leyeran, aunque escriba a veces sin pensarlos o en su contra , o con suma indiscreción.
¿Qué puedo hacer? Ya a mis ideas les duelen los pies. Son malas viajeras. He terminado este ensayo y apenas he podido esbozar lo que quería…

10 oct. 2007

Café

CORAZÓN: Trato de expresarme, de verdad, y no puedo. No rompo el silencio. Estoy embozado. Así no tengo ganas de vivir.

CUERPO: Es deliciosa la cama. Duele la vejiga. Hay que orinar. Arden los ojos. Se antoja un pan dulce.

MENTE: Habrá que inventar un dispositivo para que en la mañana se tengan a mano las requerimientos básicos. Qué tonto soy. Ya se inventó, se llama esclavismo.

CORAZÓN: Me falta fuerza para levantarme. Nada me motiva a hacerlo. Será mejor aquí quedarnos, acostumbrarnos a la tumba.

CUERPO: ¡Orinar, orinar! Ya, vamos.

MENTE: Yo también quiero pararme. No aguanto el encierro en este lugar. Qué bueno que ya es el último día del novenario. Estoy harto de tanta estupidez. ¿Por qué el mundo es tan tonto?

CUERPO: Qué belleza es orinar, vaya alivio. Ahora a comer.

CORAZÓN: Yo también siento hambre, pero no de absurda comida. ¿Qué alimento he de tener?

MENTE: (Riendo) Qué certero ese adjetivo. La comida es absurda porque éste (señalando al cuerpo) la va a expulsar al rato. Es un Sísifo inconsciente. En cambio, yo sí tengo un buen alimento: ¡un sudoku!

CUERPO: ¡Una manzana! (Hablando con la boca llena) ¡Está buena!

CORAZÓN: Siento que eso es perder el tiempo. Siento… que los placeres solitarios no me satisfacen, mas no conozco otro modo de existir más que siendo solo.

MENTE: Mira, allí hay un periódico, vamos a leerlo. (Mientras lee) Me molesta que los periodistas le den mucha importancia a las declaraciones de los políticos y no a la verdadera información.

CORAZÓN: Nuestro padre murió hace diez días ¿y tú te preocupas por periodistas?

MENTE: Somos animales sociales.

CORAZÓN: Somos animales solitarios.

CUERPO: Yo no soy animal. ¡Miren, galletas con chispas de chocolate!

MENTE: Bueno, basta de noticias, busquemos un empleo porque me preocupas tú. Pareces protagonista de una novela romántica, lleno de sentimentalismos y sin preocupaciones económicas. Esos muchachos del XIX con un trabajo resolvían sus dramas y hubieran hecho descender la tasa de suicidios.

CORAZÓN: Comprendo que mi padre haya deseado su muerte. La vida no tiene sentido. Creo que sólo porque no me siento demasiado viejo, no me atrevo a suicidarme.

CUERPO: Hay que salir, pasear y ver viejas, ¿no?

MENTE: Bueno, hay asuntos pendientes. Debemos pagar el teléfono, devolver las cuartillas que he corregido, preguntar precios en una maderería. Sí, creo que es conveniente salir. (Salen los tres a la calle)

CORAZÓN: ¿Salir? Si todo es encierro para mí, todo es atadura. Nunca salgo de verdad. Me entristece estar condenado a la soledad, sin embargo, a las compañías superficiales ya no las tolero.

CUERPO: Miren a la de allá, aunque la vida no tenga sentido, esas caderas sí que lo tienen.

MENTE: Esa podría ser una buena frase. Cuando volvamos la escribiré.

CORAZÓN: Tal vez ella se entienda con ustedes pero no conmigo.

MENTE: No parece especialmente brillante, pero hay que hablarle. Al menos contará con esa inteligencia femenina de extrañísima racionalidad que a veces me llama la atención.

CUERPO: Dile que si quiere ir a un hotel.

MENTE: No le puedo decir eso. Mejor, tú no hables. Además, acostarse con alguien que no sabes si es buena conversadora puede ser peligroso, luego no hay nada de qué hablar.

CORAZÓN: Y aunque se tenga de qué hablar, a mí nunca me escuchan.

CUERPO: Hola, precio… (Mente le tapa la boca para que no continúe)

MENTE: (Impostando la voz) Hola.

MUJER: Hola.

MENTE: Vi que estabas aquí paseando con tu perrita, yo tengo uno parecido, así que tal vez no te moleste si te acompaño.

CUERPO: Dile que me gustaría verla desnuda.

MUJER: Pues, bueno, si quieres, ¿cómo te llamas?

CORAZÓN: Dile que estoy muy solo, pregúntale si le gustaría ayudarme a soportar la crueldad del mundo.

MENTE: Cállense los dos. No hablen, yo me encargo, ustedes no participen. (A ella) Me llamo Antonio.

CUERPO: Dile que me gustan sus nalgas.

CORAZÓN: Dile que estoy a punto de llorar, que necesito un abrazo, pero uno al corazón, o sea, sentir que sí me es posible comunicarme.

MENTE: Ay, no, no voy a decir ni lo uno ni lo otro. Son pendejadas. (A ella) ¿Te gusta el café?

CUERPO: Mejor pregúntale si le gustan las mordiditas en la cerviz.

MENTE: Cállate, no voy a hacerte caso.

MUJER: Sí me gusta. ¿Estás bien?

CORAZÓN: No, estoy cansado de respirar días inútiles. Cansado de resistir absurdamente a que el tiempo me derribe. Cansado y sin que nadie me escuche.

MENTE: Yo estoy bien, no les hagas caso. (Se aproximan a un café)

MUJER: ¿A quiénes?

MENTE: A… a… a los periodistas, sin duda, no son confiables. (aparte) ¿Ya ven? Contrólense, que me confunden.

CUERPO: No le digas nada, pues, pero bésala; tiene unos labios muy antojables.

MUJER: Eres un poco raro.

CORAZÓN: No raro, sino amargo, umbrío. Sé que no puedes oírme, pero tal vez sí puedas leerme.

MENTE: Espérate, hay que ir paso por paso, primero vamos a ver si le gusta la literatura, después si tiene buen gusto; sé racional, carajo.

CUERPO: Primero la cama, después las letras.

MENTE: ¡No, con una chingada, cierren el hocico!

MUJER: (Espantada) ¿A quién le gritas?

MENTE: ¡A estos pendejos!

MUJER: (Más espantada) ¿Quiénes?

MENTE: (Comprendiendo su error) Mi cuerpo y mi corazón.

MUJER: Ah, oye, ya me tengo que ir. Adiós.

MENTE: Sí, no te preocupes, luego nos vemos.

CUERPO: Lo echaste a perder. Hubieras sido más directo.

CORAZÓN: Así sucede siempre, tarde o temprano, nadie me atiende. Ya no más intentos, por favor.

MENTE: ¡Descarados! Ustedes son los que arruinan todo. Les he dicho mil veces que me dejen a solas. Yo sí sé qué decir. Ustedes son unos pinches exigentes. No se conforman con una buena plática. Quieren una mujer muy sensual y muy sensible. Yo sólo quiero platicar con alguien. Estoy harto de sus quejas y necesidades. ¿Por qué no se van por su lado? No funcionamos los tres juntos. Mírense, otra vez aquí bebiendo café a solas.

CUERPO: Está rico.

CORAZÓN: Sabe a vida, una delicia cargada de amargura.

MENTE: Bueno, estamos de acuerdo en algo.

8 oct. 2007

Este instante

Este instante es un cielo
con imaginarias nubes
que permanece por meses
en el viaje de la lluvia

Este instante se desmaya
y su rostro se vacía
yo procuro reinventarlo
y se me pierde entre miles
una máscara le dejo
donde tallo mis recuerdos
casi creo que sus ojos
no son postizos sino ciertos

Con los años este instante
se descampa de ornamentos
gota resulta en los mares
grano en las dunas viajeras

mas esto que me has dado
esta breve mañana para siempre
aun en la calle y en la tierra
aun sobre el fango y entre el lodo
este instante aún
es un cielo
así como el viejo cielo aún
es un instante.

7 oct. 2007

Un poema

Un poema
un verdadero poema
es un verdadero infinito...

La caricia no sabe lo que busca

La caricia no sabe lo que busca
la caricia no es mía
es ella misma
es ave terrenal
es sábana de luz
es ego difuminado
es dulce humo
de calidez andante
y no va en tu piel
va en ti
sin nombre
desnuda
pródiga
no la discurras
no la desplumes
no le preguntes por el día
no tiene creencias
ni más raíz que el instante
no le pidas rosas
que devoren palabras
que ella aún sin encontrar
vive la búsqueda en goce.

En mi retiro de oscuridad

En mi retiro de oscuridad
en el lentísimo desliz
del nudo frío de la noche
he puesto en mi boca tu recuerdo
sin poderte pensar
lancé luces grises y amargas
y anduve en las cansadas calles
consumiendo el breve fuego
el efecto nocivo de estar vivo
y extrañándote, creo.
Mis zapatos decían que no estabas lejos
y de la memoria la ceniza decía
que no estabas
quise encender otra idea
mas el humo nada dijo
es tiempo de sequía en mi cerebro
no puedo pensarte, analizar ni deconstruirte
y mi boca señala la cajetilla
el paliativo, insiste
¿qué será la vida
sino el placebo de la muerte?
pregunta mi corazón
al sordo oído nocturno
y mis ojos tiran
una última colilla.

6 oct. 2007

Filosofar como hombre

Hay que filosofar como hombres y no como filósofos. Los hombres necesitamos de la filosofía, del pensamiento crítico, para vivir mejor, pero también a los filósofos les hace falta volverse más hombres, más terrenales, requieren bajar de sus olimpos metafísicos y ontológicos.
He estado pensando en esto después de leer a Emmanuel Levinas. Él, de alguna manera, al criticar la metafísica tradicional de Occidente, empezó a filosofar más como un hombre que como un filósofo, aunque ciertamente para mí sigue siendo un filósofo tanto por su rigor lógico como por su estilo. Sin embargo, algunos consideran que no hacía verdadera filosofía, o bien, creen que falló al otorgarle a la ética el sitio preponderante de su pensamiento.
Para mí leerlo ha sido un aliciente porque a mí me importa un bledo saber si el ser es en el tiempo o es la suma de los entes o si depende de la nada o de la conciencia. A mí lo único que me interesa es estar a gusto. Y para estar a gusto tengo que pagar la renta a tiempo, tolerar el hedor de las multitudes en el transporte público, desearles buenas tardes a los vecinos y aceptar su mala música a todo volumen. Sartre jamás habla de sus vecinos en el Ser y la nada y Heidegger en Ser y tiempo no menciona qué hacer cuando el camión se retrasa. Levinas tampoco. Pero al menos él me hace sentir que sí tenía huesos y carne.
Yo divido a los filósofos en dos: los que son hábiles inventadores de palabrejas y los que sí tienen algo importante que decir. Levinas, como todos los que pertenecen al segundo grupo, se basa en la gran literatura. En su caso, en la obra cumbre de Dostoievsky, Los hermanos Karamazov. La cual él leyó en ruso, ya que era su lengua, si no materna, sí territorial, de la Lituania donde nació. Mas como era judío, esto es, un ser desarraigado a la tierra en que nace e incluso desarraigado al idioma con el que se comunica con su prójimo, no creo que lo debamos considerar un lituano, ni mucho menos un ruso. Se dice que los judíos de la Europa del Este se asimilan mucho menos a la sociedad en la cual viven que los judíos de la Europa mediterránea.
A los nueve años, Emmanuel, como su padre era librero, vivía entre libros gustosamente. Mas cayó sobre su infancia la primera gran guerra. El ejército alemán invadió Lituania. Su familia tuvo que huir. La estrategia del repliegue ruso que aprendemos en la escuela, aunque parezca sorprendente, implica el sufrimiento de muchas familias. Sin embargo, él fue más afortunado que otros, ya que obtuvo uno de los pocos lugares que en las escuelas del régimen zarista les asignaban a los judíos.
Posteriormente estudió en Francia, donde moró muchos años. Pero, vamos, yo no quería hacer un recuento biográfico, yo quiero orillar un poco la bruma que observo en esto del filosofar como hombres. Para realizar eso se requiere humildad. No sólo en el sentido usual del término, sino también en el etimológico. Ser humilde es residir en la tierra. Estar sobre el humus, sobre el estiércol habitual, conocer el lodo, el moho de las aventuras y las cimas de la podredumbre. Estar sobre el humus es desconfiar de paraísos. Es rechazar los castillos aéreos de San Agustín, Platón y Lenin o de quien sea.
Ser hombre es estar atrapado en la epidermis, es tener unos padres dadores de vida y traumas, es compartir el espacio con vecinos y extraños y ser un extraño en uno mismo. Ser hombre es tener un estómago que tiende al hambre y unas manos capaces de crímenes contra indefensas palomas. Cuando se es hombre se sufre primero y se reflexiona después. Primero uno se llena las manos de sangre y luego el pensamiento intenta lavativas.
Sin embargo, parece que algunos filósofos no son hombres. Nacieron de la cabeza de otros filósofos. Parece que no tiene madre. Parece que no se les echa a perder la comida, que nunca se les tapa el retrete, que nunca se despertaron de madrugada a matar un ratón. ¿Cómo podemos confiar en ellos?
Para mí los filósofos se dedican a la transformación hermenéutica del mundo, y a mí lo que me inquieta es la interpretación de los hechos cotidianos.
Por eso yo gusto de conocer la historia íntima de las personas. Por eso gusto de las novelas. Y hallo que filosofar como hombre es hacer literatura.

Mi romance

Estaba pensando, parafraseando como suelo hacer, y me dije que tengo como Martí dos patrias: México y la lengua romance.
La patria mexicana es inabarcable. Su presencia en mí más notoria que mis ojos o mi rostro. Pero por lo mismo difícil de describir. No hay un solo México. Y en sus diversas profundidades me conformo con llamarme mexicano y no dar más explicaciones.
Acerca de la lengua romance quiero, en cambio, decir unas cuantas cosas. Por principio definirla claramente, para que se me entienda, voy a decirlo en romance.
Si bien, a la lengua española también se le puede nombrar romance, yo estoy procurando alcanzar otras posibilidades semánticas con esta palabra. Gusto de imaginarme que existe una lengua romance. Un idioma inteligible no sólo para los latinoamericanos, sino también para todos los de la Península Ibérica, incluidos vascuences, y los otros latinos, francófonos, ítalos y rumanos.
No me importa que tal lengua no exista. Debería. Y en cierto sentido sí existe. Porque podemos sentir la familiaridad fonética con aquellas lenguas también nacidas del viejo latín. Sentir. No sólo distinguir voces, apreciar sonidos y captar los posibles significados, sino sentir verdaderamente que aquellos vocablos no nos son ajenos ni extraños, que los oídos del espíritu, por decirlo de un modo, no precisan de ningún traductor porque oirán directamente palabras de su mismo linaje.
Así me pasa al menos a mí y tal vez exagero y tal vez, como yo me siento en casa con las lenguas romances, otros se sentirán con lenguas eslavas, germanas o sajonas. El indoeuropeo no deja de ser una familia. Pero incluso habrá hispanohablantes apasionados de leguas asiáticas o africanas o indoamericanas. Así como hay lingüistas anhelosos de hallar los vínculos necesarios para hermanar a todas las familias lingüísticas.
Si es así, me pregunto cómo es que algunos latinos han logrado sentir sin sentir en romance. No dudo que se pueda pensar en alemán y en griego, tampoco que se pueda adquirir una ejemplar competencia lingüística en cualquier otra lengua, ¿pero cómo es posible sentir sin raíces latinas siendo de nacimiento latino? Yo lo he intentado. Casi consigo sentir la palabra “fuck”. Pero no más. Me es imposible decir ‘I love u’ con la misma carga emocional con la que digo ‘te amo’, aun cuando lo haga relajadamente en contextos simples. Mas si pronuncio la misma oración en portugués, catalán, italiano sí siento lo mismo. El corazón tiene su sensibilidad fonética.
Mi corazón sin romance no funciona. Por eso pienso que con las no latinas se podrá tener muy buen sexo pero nunca un buen romance. Si un día me enamoro de una tailandesa podría bien cambiar de opinión.