18 mar. 2011

Contra Carlos Ramírez


Dice Carlos Ramírez que el verdadero daño colateral del narcotráfico no son los muertos, sino el hecho de que se consuman más drogas en México. Opinión que fingiéndose preocupada por unos datos, en realidad, es una opinión que minimiza la escalada de violencia que se ha desatado en México desde que Calderón inició la guerra contra el narcotráfico.

Es muy sabido que los políticos disfrazan la realidad con eufemismos, con palabras rimbombantes y con oraciones excesivamente confusas. Los ciudadanos lo sabemos y desconfiamos, por intuición se diría, de los discursos políticos. Del mismo modo hay que desconfiar de los columnistas. La frase “daño colateral” no ha sido jamás utilizada por los narcotraficantes: la usó Calderón para no mencionar a los ciudadanos que han muerto por balas disparadas por el ejército mexicano. Porque esa es la realidad actual de nuestro país: mueren a diario mexicanos por culpa de manos que a pesar de haber sido, supuestamente, entrenadas para servir a los mexicanos, disparan contra ellos.

Si Calderón al llamar a personas, a jóvenes universitarios, daños colaterales, fue insensible; Carlos Ramírez ha incurrido en una insensibilidad mayor. Para él, aquéllos ni siquiera son el verdadero daño. Y todavía peor, dice que la sociedad se equivoca al considerarlo un verdadero daño. ¿No es la vida, acaso, un valor? Si no considera que sea el supremo bien, ¿al menos no lo considerará un bien como para que la pérdida de tantas vidas sea un gran daño?

Carlos Ramírez es de esos periodistas que se conforma con los datos oficiales. No los cuestiona e incluso acepta la versión que promociona el gobierno federal, despilfarrando grandes sumas de dinero, de que se ha logrado contener el avance de los narcotraficantes en este sexenio. Más infame aún me parece su argumento contra la legalización de las drogas. Dice: “la legalización de las drogas ha querido venderse como fórmula mágica, sin atender el hecho de que el consumo de drogas tiene que ver directamente con la disponibilidad y oportunidad para el consumo. En ese verbo impersonal “ha querido venderse” esconde un miedo a debatir seriamente. Dudo que alguien haya querido “vender” esa idea y, menos aún, como fórmula mágica. Por otra parte en los países en los que la marihuana no está prohibida el número de adictos no es mayor que otros en los que sí lo está.

¿A dónde se dirige una argumentación que desestima a los muertos y sólo se enfoca en los consumidores? ¿A volver culpables a quienes no lo son? ¿A justificar la guerra contra el narcotráfico por más víctimas inocentes que cause?

Tenemos una prueba de que lo que pretende Ramírez es justificar al gobierno, cuando dice que los datos que gobierno ha recabado, lo presionan para emprender campañas contra el consumo. ¡Vaya consuelo! ¡Con una campaña todo solucionado! Él sí que nos quiere vender una fórmula mágica, como si los lectores nos chupáramos el dedo y como si no se discutiera la legalización de las drogas en Estados Unidos, como si en algunos estados de allá no hubiera una legalización de facto.

Las campañas engañosas del gobierno nos dicen que toda esta violencia, que los crímenes que comete el ejército son necesarios con tal de que los mexicanos no se droguen, como si éste fuera un gravísimo problema en México. Compárense las cifras de drogadictos mexicanos con la de los estadounidenses; ¿por qué no le llama la atención que en Quintana Roo, donde más drogas se consumen, es donde más estadounidenses radican?

Por otra parte, compárese también los problemas de salud que causan el alcohol y el tabaco con respecto a la marihuana. No debe olvidarse que el alcohol y el tabaco son drogas. En México tenemos un Presidente drogadicto. No se puede enarbolar la mojigatería de que las drogas ilegales son terribles y las drogas legales inofensivas. Y de cualquier modo, los problemas de salud se combaten con atención médica, con medicinas y tratamientos, no con balas.

Mientras se piense con decencia, se deberá considerar preferible un drogadicto a un muerto. El drogadicto puede tener remedio, el muerto no. Ni Felipe Calderón ni Carlos Ramírez piensan con esta decencia.

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