27 ago. 2014

Sabrosear la comida

Mantener la salud no es el objetivo de mi existencia, por el contrario, planeo morir algún día. Esto es lo que respondería a quien me recriminara por no cuidarme, sin embargo, después de un rato, quizá me arrepintiera y acaso pueda comprender que cuidar de mi salud no es necesariamente un defecto.

Hay personas muy exageradas que tosen y se cubren la nariz cuando pasan cerca del humo de un cigarrillo, pero la mayoría de las enfermedades no están en el aire, sino en lo que comemos. No hace falta que alguien vestido con una bata blanca nos lo diga, sabemos que comer bien es fundamental para estirar el frágil hilo de la salud; es evidente que la comida nos condiciona el ánimo y después de todo el buen ánimo es un sinónimo de salud. Si la OMS no lo entiende así, yo humildemente se lo sugiero; es de sobra conocido que la falta de apetito y la tristeza tienen sus queveres, mientras que el buen diente y la enfermedad nunca se mezclan.

Mas si me paro a contemplar las mesas y los platos sobre ellas, hallo que la gente no come para vivir saludablemente sino para energizarse, o bien, para hartarse con bocados de alegría, en otras palabras, con tal de seguir sobrellevando la vida, se contentan con la ingesta de basura o entreteniéndose el paladar con sabores gourmet, mientras llega la hora de probar a qué sabe el revés de la tierra.
Por regla general, las personas prefieren lo sabroso a lo saludable y no las culpo: apostar por la salud a largo plazo no reditúa. La enfermedad, la achichincle de la muerte, dirá la última palabra.

Ignoro si esta es la causa de que no haya conocido todavía a ningún médico que lleve una vida saludable y sospecho que todos los que no conozco tampoco la llevan, pues cómo podrían si apenas pueden dar picotazos a su comida entre paciente y paciente. Para mí los malos hábitos de un médico me crean más reticencias a presentarme en un consultorio que recordar los trapos sucios que han enjuagado en conjunto las farmacéuticas y las asociaciones médicas. Con esto sólo quiero insistir en que abogar por la salud debe ser un síntoma de ya estar enfermo, por lo menos, mentalmente.

Por otra parte, jamás leeré la obra completa de Lenin, así que desconoceré por siempre si el gran camarada dedicó alguna de las ochenta mil páginas que escribió a ofrecer su opinión científica sobre el capitalismo y la glotonería. Pero me parece muy claro que sabrosear la comida como si de una portentosa mujer se tratara es un acto enajenante y burgués.

‘Sabrosear’ es un verbo mestizo que proviene de ‘babear’ y ‘saborear’, y expresa el proceso de fetichización, o sea, la cesura entre el deseo y la realidad, que el enajenado sabroseador padece durante demasiados instantes. Entonces así como se suele censurar al albañil que babea al divisar una morenaza de curvas campaneantes, es decir, por sabrosearla, esto es deleitarse en la contemplación en lugar de realizar lo que es propio de los seres que copulan, a saber, perseguir y fornicar con el sexo opuesto. Del mismo modo, pienso yo, podríamos considerar el sabroseo de la comida: un acto idealista, que se desentiende de lo saludable y que se enfoca en un placer más imaginado que real.

Sí, cuando decimos “qué rica comida, estuvo bien buena, muy sabrosa”, estamos siendo eco de una ideología, una falsa conciencia. En serio, preferir lo sabroso a lo nutritivo es una tendencia mental: el gusto antes que el deber, el principio del placer dominando al principio de realidad, la sensualidad por arriba de la conciencia, la hipérbole y la metáfora pisoteando al axioma transparente.

Para mí el corolario es clarísimo, mientras la gente siga poniéndole harta salsa y crema a sus tacos no vamos a alcanzar una época ilustrada. Dicho platónicamente: mientras las ciudades no sean gobernadas por nutriólogos no podremos vivir un estado de justicia.

El problema es verdadero, no únicamente por las enfermedades compinches de la obesidad, sino también porque los tragones y los pseudotragones –aquellos que comen con los ojos--, encarecen los precios de los alimentos y así vivimos en una sociedad de gordos y desnutridos, millones de personas con pobreza alimentaria y otros millones que tiran las sobras que su estómago ya no pudo ingerir pero sus insaciables ojos sí quisieron servirse, dado que así funciona el fetichismo culinario.

Ahora bien, ¿de dónde viene el sabroseo de la comida? No del hambre por cierto ni de la necesidad de alimentarse. Es evidente que quien desea comida, desea algo que no es comestible. Acaso conservar un recuerdo, socializar, sustituir a un ser ausente, cierto consuelo, no sé, pero no una ingesta balanceada de nutrientes y calorías. No, la comida se ha vuelto un acto simbólico, o bien, un entretenimiento más, así como los ojos ven programas de televisión, los oídos oyen canciones, las pupilas gustativas prueban grasas y harinas.

Quizá sea una digresión insensata, sin embargo, me insiste el recuerdo de los suculentos platos que llegaban a la mesa de Moctezuma, si le podemos llamar mesa a esas tablas labradas con deidades que le ponían sus criados casi al ras del suelo para que se despachara sus tacos de entre más de treinta opciones ya fuera de faisán, codorniz, cerdo pelón o la carne correosa de algún muchacho. Opulencia, despilfarro y egoísmo vil había en Moctezuma. Unas chicas hasta lo cubrían con una puerta de oro para que nadie lo viera masticar, pero a sus cuatro consejeros ni un a pinche sillita les ponían. ¿No era tal glotonería señal de que ese sanguinario imperio debía sucumbir?

Por eso mismo, comprendo bien que haga falta un mito purificatorio antes de comer, algo que sirva para bloquear la mínima rendija por donde pudiera infiltrarse el soplo de la conciencia: exigir que sea kosher o agradecerle a Dios o lavarse las manos antes de tomar el tenedor, incluso contar la calorías o simplemente decir bon apetit, provechito, o cualquier superstición me parece oportuna, funcional y necesaria. Porque comer sin purificar simbólicamente la comida es cosificarla como si tuviera una sola dimensión: el placer. Cabe recordar que la comida no es una cosa sin antecedentes, tuvo vida y desde el otro lado de la existencia lo que tuvo vida nos nutre, así como esta cosa que es nuestro cuerpo habrá de nutrir a otros seres.

Somos comida en potencia. No somos seres para la comida, sino seres para ser comidos. Es nuestra responsabilidad ser saludables para que si los gusanos a besos nos devoran, les haga buen provecho.


Ahora bien, entiendo que un buen chef o una buena cocinera en verdad sean tan codiciables como parejas amorosas, ya que la comida es más que comida para casi todo el mundo y finalmente  creo que la forma en la que nos relacionamos con la comida es lo que los antiguos llamaban alma.

5 ago. 2014

Otra mudanza

Se me fue la edad del poeta
que se fue como una mirada
que se fue tras un guante negro.

Se me fue la edad del palestino
que se fue como un diluvio
que se fue tras veinte siglos.

Se me fue la edad de mi madre
cuando tuvo a su último hijo
que se va tras las edades
que se le van.

2 ago. 2014

Insulto racista

Son escudos
no padecen un largo
e intenso latido en su cuerpo
cuando los aviones acercan
ruido de fuego y plomo sobre ellos.

Los escudos no sienten miedo
son como indiferentes esponjas
sin inteligencia y sin nervios.

Los escudos son cosas como edificios
a los que no les duele volverse ruinas
sin sufrimiento se derrumban.

Aquella casa derribada o aquel animal ciego
o ese ente que llamo escudo
propaga terror
por su simple existencia
ajena a la humanidad.

Los escudos nos son ajenos:
mientras nosotros queremos la vida
los escudos esperarán la muerte.
Nosotros nunca seremos ellos
porque escaparemos de la muerte
y ganaremos la guerra.