7 abr. 2011

La más humilde de mis opiniones


Indignado, como estoy, por el aumento del tráfico de estupefacientes en México, me he detenido a pensar en una solución para este mal que parece fuertemente enraizado en nuestras tierras. Es verdad que muchas personas mucho más talentosas que yo, con posgrados en universidades estadounidenses, no han conseguido bosquejar una salida y, peor aún, al establecer ciertas medidas de combate han agravado los daños. ¿Cómo yo, que no he invertido cientos de miles de pesos en mi educación, podría encontrar un procedimiento para disminuir tanto el narcotráfico como la violencia asociada a él? Ciertamente, me sería imposible, a no ser por un hecho fortuito, una revelación onírica, que cuando desperté me dejó la sensación de ser plenamente realizable, y más aún cuando leí investigaciones interdisciplinarias que apoyaban la que he llamado: la más humilde de mis opiniones.

Pues bien, para frenar y deshilvanar por completo al narcotráfico debemos militarizar a grado sumo todo el país. Me refiero con ello a crear un inmenso ejército que pueda patrullar a todas horas y por todas las calles con carta abierta para arrestar a quien se considere sospechoso de cualquier acto que infrinja la ley. Esto es un sueño ambicioso pero puede conseguirse si tan sólo somos conscientes de la fuerza laboral que se desperdicia diariamente en todas las regiones de la nación.

El bajo salario de los militares hace que poca gente se interese en convertirse en militar. Por lo mismo nuestro ejército es insuficiente para vigilar y castigar eficientemente a los delincuentes. Ya no hablemos de la policía, porque ha quedado claro en el sexenio último que los policías estorban en las operaciones militares. Así que mi primera propuesta es la de establecer obligatoriamente el servicio militar a todos los niños que actualmente asisten a una primaria pública. A los 6 años los niños son todavía bastante flexibles, no sólo en su sistema articulatorio, también en su personalidad, así que pueden formarse fácilmente en la educación rígida que necesita el ejército. Imaginemos millones de niños siendo educados por sargentos en lugar de por consentidoras profesoras que sabrán de pedagogía pero no de estrategias bélicas, ni técnicas de combate u obediencia y lealtad absoluta a los superiores, etc.

Si el Estado, actualmente, sustenta a todos los estudiantes de escuelas públicas, no le será gravoso, pues, sustituir a las citadas profesoras, para en su lugar colocar estrictos sargentos. Los beneficios de esta medida se darán por dos caminos: 1) disminuirá el número de desobedientes y, como todos sabemos, un rebelde en el aula es un drogadicto en potencia, por ende, un enemigo de la patria. 2) Nuestro ejército aumentaría en proporciones descomunales, al grado de hacernos respetar internacionalmente, apuesto a que más de un vecino tendría a México como una amenaza a su seguridad y eso es un gran orgullo para cualquier país.

Cuántos beneficios acarrearía contar con millones de mexicanos obligados desde la infancia a servir a la nación en lugar de perder el tiempo haciendo trabajitos escolares. Después de todo, sólo un porcentaje muy pequeño de graduados en primarias públicas alcanza a pisar la universidad. En cambio sí engrosan en alto porcentaje las fábricas y las maquiladoras, el comercio informal y las bandas delictivas. A pesar de que tienen toda la libertad que garantiza nuestra Carta Magna, y quizá por ello mismo, prefieren la mala vida que los salones de clases. De tal suerte, no me parece controversial reformar la ley para impedirle a las clases bajas otra educación que no sea la militar. Aunque bien sé que habrá, como siempre, personas muy quisquillosas, que injustificadamente piensen que se cometería una inmoralidad. Como en ocasiones la inmoralidad puede gozar un aura de irrefutabilidad, yo me cuido de no caer en esos terrenos y, sin duda, lo he conseguido con mi humilde idea.

A la pregunta indispensable que hoy debemos hacernos en México: ¿cómo controlar tantas dolorosas desgarraduras sociales? Yo respondo: con menos civiles y más militares. Que toda escuela pública sea un colegio militar. Uno de los más importantes beneficios que por añadidura traerá esta medida será el mejoramiento de nuestra economía. Con soldados a raudales, podrá pagárseles, por la ley de la oferta y la demanda, un menor sueldo. Por otra parte, los niños desde los 6 años son capaces de maquilar bajo una adecuada supervisión. Las escuelas podrían ser fábricas en las cuales se explote la fuerza laboral de los infantes que hasta ahora ha permanecido ociosa causando terribles daños. ¿No es la energía desmedida de los críos una de las razones por las cuales sus padres no los soportan y tienen que castigarlos con frecuencia? ¿No es su energía sobrante la que causa travesuras sinfín? Luego, dedicados durante 6 horas al día a producir en beneficio del país, prácticamente sin cobrar por su trabajo, el Estado mexicano lograría internacionalmente competir en manufacturas con la misma China, que hoy gracias a los bajos salarios de sus obreros tantos productos distribuye por el orbe todo. México explotando la energía de los niños en fábricas militares podría crecer, según me ha comentado un amigo economista, hasta en un 11 % anual. Y eso que en este cálculo no se ha contabilizado cuánto aumentaría la inversión extranjera, a causa de un clima de mayor tranquilidad y paz social.

Un último argumento que ofrezco en favor de la militarización de las nuevas generaciones es lo que ha mencionado Carlos Ramírez: el blindaje contra la corrupción que tienen los militares, es decir, son incorruptibles. Ni siquiera la Virgen de Guadalupe es tan inmaculada como lo es el Ejército Mexicano, ya que ella necesita de vez en cuando un retoque para que no se vaya ajando, mientras que el Ejército así como es esencialmente no requiere ni la más mínima auditoría.

En fin, mientras siga cada día aumentando el número de civiles asesinados en nuestro país, especialmente de jóvenes, las buenas conciencias no podremos estar tranquilas. Pero con mi idea la mayoría de los jóvenes serían militares y ya no podrían ser víctimas inocentes, sino mártires. Además de que los muchos cubrirían la espalda de los pocos, en mi humildísima opinión, tal es la clave para mantener las aguas del tejido social en tranquilidad. Con los muchos trabajando en beneficio de unos cuantos tendríamos por fin una democracia sin adjetivos, o acaso con uno solo: perfecta.

Que conste, por último, que yo no tengo hijos y no he lanzado mi propuesta con el objetivo de alcanzar la honra de tener un hijo militar ni tampoco hice mi propuesta impelido por la zozobra que me causaría saber que si tuviera un hijo, éste podría perecer en cualquier momento por una bala perdida, ya sea del ejército o de la delincuencia; me he basado, en suma, en puros datos objetivos.

Otra intervención del silencio


Por el grito y el llanto
fue inadvertido
cuando nací
el silencio.
Cuando mi cuerpo crecía
crecía también
todo el tiempo en mi mente
debajo de mis ruidos
detrás de mis voces
la circular senda del silencio.
No es mi segunda sangre
es la primera
es lo que me hermana con las piedras
mi raíz única
todo lo demás son ramas
frases florecientes que se marchitan
brazos que no abrazan que sacuden los inviernos
huesos como prejuicios y como troncos
que también se parten y se entierran en el aire
sólo el silencio es irrefutable
aun si no es mío
viene conmigo y aquí está...