25 feb. 2009

Nadie duerma (Tercera, última parte)

III

--Yo no debí haber salido esta noche en tu nombre.
--Te lo agradezco.
--Cobarde, tú eras la que tenía que salir con el pedante.
--Cuando me hablaste desde el restaurante estabas normal.
--Es que en el taxi, es que… me besó.
--¿El pedante?
--No, ése se quedó quién sabe dónde, el taxista me besó.
--Qué asco.
--Delicioso.
--¿Y por qué?
--Por tus preguntas.
--¿Cuáles?
--Las respondió perfectamente.
--¿Y por qué se las hiciste a un taxista?
--Me dejó fumar, es divertido. No sé cómo se llama. Tal vez nunca lo vuelva a ver. Mejor me olvido de esto.

A los insomnes no les está permitido olvidar fácilmente. Ellas platicaron y recrearon muchos de los detalles del encuentro con el taxista, no así del otro hombre, el pedante, al que echaron en olvido. Pero cabe aclarar que la verdadera Belisa no asistió a la cena. Fue su amiga disfrazada de ella quien asistió. Tomó su lugar porque Belisa estaba acobardada. Si es una persona agradable, me presento de improviso y lo conquisto, había dicho. Yo te mando un mensaje diez minutos después de iniciada tu cena, tú le tomas una foto con tu celular mientras me respondes, al fin que con el tuyo no se aprecia cuando tomas fotos y yo hago una valoración entre tu juicio y la foto. Como la amiga no aceptó, le fue ofrecida una cantidad de dinero que la hizo cambiar de opinión.

--Bueno, mira a mí no me interesan los taxistas. Esto del anuncio fue un fiasco para mí. Si algo obtienes tú, mejor que mejor. De lo perdido lo que aparezca.
--¿Cuál era la tercera pregunta que tenías pensada?
--Ah, no tiene mucha importancia, se me ocurrió hoy, después de que te habías ido, mírala:
¿Quién al cambiar de zapatos muestra la interioridad de su alma?

Y les dieron la diez. Sonó un claxon. Ella lo invitó a pasar y le aseguró que podría explicarle todo, pero que antes continuara el juego, que respondiera si era capaz el tercer acertijo. Por primera vez lo vio nervioso. Pero no era la ignorancia, sino la certidumbre lo que lo hacía dudar. Sintió que su respuesta iba a transformar su vida. Son pocas las ocasiones que llegamos a sentir tal emoción, el de la adrenalina en tropel.
--Belisa. Ésa es la respuesta.
--¿Quién eres? ¿Cómo sabes ese nombre? ¿Quién te mandó? ¡Quién eres!
--Tú cambias de zapatos y al hacerlo muestras tu alma.
--Vete de aquí, sea quien seas.
--Me ibas a explicar tus preguntas.
--No, tú sabes demasiado.

Apareció entonces la verdadera Belisa, y quiso convencer a su amiga de que no despidiera al taxista. Eran preguntas difíciles, merece por lo menos el premio de la explicación. No, no, dijo ella, no sé quién es, pero ahora me da miedo.

--Di mi nombre y haré lo que tú mandes. Si me pides que me vaya o que me quede.
--No sé cómo te llamas.
--Antes del alba, averígualo.

Cuando salió. Ambas se quedaron asombradas. ¿Cómo pudo responder? ¿Cómo ha podido seguirnos el juego? ¿Quién puede ser? Podemos continuar, dijo Belisa, ir al sitio de taxis, preguntar por su nombre. Tal vez sea aquel que me respondió por al mail, ¿te acuerdas? ¿Tanta casualidad es posible? Ni en las comedias de enredos. Pero si nos está siguiendo el juego ya debes saber cuál es su nombre. No, cuál. Il suo nome è… ¿no recuerdas Turandot? Ah, pero yo quiero saber su verdadero nombre, y yo no estoy enamorada de él, apenas lo conozco. Sólo me causa una intensa curiosidad; inexplicable curiosidad, desasosiego, mortificación. No se ha ido, sal y dile su nombre. Y salió sin prisa ni displicencia.
--Sí sé tu nombre, pero no quiero decirlo.
--Dime el tuyo entonces.
--Ya lo sabes.
--Belisa es el nombre de tu alma y de tus zapatos. ¿Cuál es el otro nombre?
--¿Quieres burlarte de mí?, ¿tú leíste un anuncio en internet, verdad?
--Sí, me hizo imaginar mucho.
--Belisa es el nombre de mi amiga. Yo la convencí de hacer ese anuncio por cosas que no vienen a cuento.
--¿No es tu nombre también?
--Sí, yo también lo uso, cuando traigo estos zapatos.
--Con esos puedes correr por el mejor de los caminos.
--Sí, podría ir y venir varias veces, pero no, prefiero correr en la caminadora fija de mi departamento.
--¿De verdad lo prefieres?
--Preferiría saber tu nombre.
--Dijiste que ya lo sabías.
--Ya lo sé, sólo quiero oírlo, que será más real en tu boca que en la mía.
--Ma il mio mistero è chiuso in me, il nome mio nessun saprà.
--Canta sobre mi boca y dilo.
--Canta conmigo, sin impostar la voz.

No sé si cantaron o se besaron o si alguna vez se dijeron sus verdaderos nombres. Lo cierto es que tramontaron las estrellas, llegó el alba y ellos, para evitar confusiones, solían llamarse “amor”, uno al otro. Y tanto el uno como el otro fueron felices. Y yo sé que es inmoral contar historias felices, pero de vez en cuando se me debe disculpar.

Nadie duerma (Segunda Parte)

II

Como era de esperarse, en los siguientes días, muchas fueron las respuestas. Y B. no parecía complacida con la multitud de correos, entre los cuales había uno de un taxista que, aún sin interés en las relaciones, insistía en su derecho a ser tomado en cuenta puesto que afición por los poetas españoles no le faltaba.
Belisa, para mejor llamarla, se decidió por dos remitentes. No tanto por sus respuestas como por sus fotos. Y quizá no tanto por sus fotos sino porque no quería que el jueguito terminara tan pronto con la rotundidad del fiasco.
Les respondió asimismo con una foto de cuerpo entero y con una nueva pregunta. La anterior vez había hecho una concesión, ya que las respuestas recibidas no decían claramente lo que Belisa anhelaba leer acerca del desciframiento corporal. Se prometió ser aún más exigente. Preguntó: ¿Cuál es el mejor de los caminos para correr sin bridas? Y cuando estés allí, llámame para ir.
Uno le contestó que era impotente que sólo podrían mantener una relación de fantasías o de sexo oral, de modo que borró su nombre y no lo recordó más. El otro la llamó desde un bar y fueron dos aburridas horas las que con él platicó. Tuvo que llamar a su cómplice de juego para desquitar con alguien el malhumor de tan frustrante encuentro.
--No quiero que este pedante se ofrezca a llevarme a casa y sabes que a mí tampoco me agradan los taxistas, ven por mí, tú me metiste en este lío.
--Lo siento, mi coche está en el taller, toma un taxi y ven a mi casa. Tengo Bailey’s.

Y la vida tiene casualidades. Coincidencias y vuelcos que hacen verosímiles todas las narraciones ingenuas.
Belisa encendió un cigarro para no llamar a su expareja. El reciente fracaso del anuncio en internet que ya había dado por concluido esa noche, la hacían pensar en marcarle de nuevo, averiguar cómo estaba. Si al menos su amiga estuviera allí para animarla, dando los consejos obvios, que no por obvios dejan de ser valiosos. Pero como no la tenía, hizo un trato consigo misma, si no pasa un taxi antes de que me acabe el cigarro, hago esa llamada y le pregunto cómo ha estado y si está libre para mañana.
Fumaba Camel y no le gustaba ver la imagen del camello a punto de ser devorado por el fuego. En eso se orilló un taxi. Ella tampoco estaba preparada para tirar su cigarro antes de fumar lo suficiente para calmarse.
--Puede fumar no se preocupe. –Le dijo a tiempo, antes de que lo apagara.
--Gracias. Tome Viaducto, por favor.
--Sí. A otros les molesta pero a mí no.
--Ha de ser porque usted es fumador. –Ella no deseaba platicar con un taxista, ésa era una de las razones por la que los despreciaba, solían hacerse los hombres de mundo, en cuanto la veían sola procuraban abordarla.
--No, no fumo, pero disfruto el olor del tabaco.
--¿En otro tiempo sí fumaba, no? –Se preguntó a sí misma por qué había dado pie para una conversación si nunca lo hacía.
--Nunca he fumado, sólo en esporádicas ocasiones, Sólo que difícilmente encuentro un vicio que me parezca condenable.
--No sé si usted es un cínico, un hipócrita o un provocador.
--Me falta amenidad para ser cínico y carisma para provocador, y lo de hipócrita no lo entiendo.
--Hipócrita porque no se envicia y elogia los vicios.
--A mí me parece eso prueba de congruencia. Si me enviciara sería jactancioso en atreverme a elogiar los vicios, aparte de inconsciente, la única forma honrada de aplaudir los vicios es no conociéndolos.
--Hay unos que si no los conoce, con justicia se puede decir que no ha vivido.
--He de confesar que he vivido. Menos que Neruda, pero más que algunos otros poetas.
--¿Le gusta la poesía?
--Sí, ¿y a usted?
--Es mi opio.
--Quizá el de la poesía sea el único vicio que yo no elogie.
--Porque lo padece.
--Prefiero que me tengan por taxista que por adicto a la poesía.
--Es curioso… es… en Andrés Molina a la derecha. No debería ocultar su sensibilidad.
--No es que la oculte, es que hacen falta ojos sensibles para verla.
--Le parecerá extraño, pero puede responderme una pregunta.
--¿Qué pregunta?
--Son tres preguntas. Pensará que estoy loca, olvídelo, en la siguiente esquina a la izquierda.
--Dígame por favor, soy taxista pero algo puedo saber.
--¿Sabe cómo se descifra un cuerpo?
--Claro.
--¿Cómo?
--Es fácil, conociendo su alma. La respuesta es sencilla, la práctica es lo difícil.
--Allí adelante, detrás de la camioneta. ¿Le hago otra pregunta?
--Dígame.
--¿Cuál es el mejor de los caminos para correr sin bridas?
--Tengo que respondérsela después de abrirle la puerta. –Ella se desconcertó con esa frase y antes de recuperarse, vio que él ya le estaba abriendo la puerta. Y antes de sentir el calor de otro cuerpo próximo al suyo y la intensidad de los ojos penetrantes y de los labios y los brazos unidos, escuchó en susurro: la pasión.

Belisa primero se excitó y luego se espantó. No, no puedes entrar, le dijo. Y le miró los labios deseando de nuevo morderlos. Hay una tercera pregunta. Sólo que… Ven mañana. Si quieres. Por favor ahora… gracias, ¿cuánto te debo? No es nada, dijo él. Ella le estiró un billete, él se rehusó a tomarlo. Ya tienes una historia qué contar, dijo semejando enfado. Él tomó el billete y ambos sonrieron. ¿Cuál es la tercera pregunta? Mañana, a las diez.

Nadie duerma (primera de III partes)

La una era de sol
y la otra era de luna.
La una era la otra
y las dos eran ninguna
F. García Lorca


Esta historia comienza en el insomnio. En una habitación con un vaso, unos libros y ropa sobre la alfombra. El vaso contenía restos de licor de café, la ropa era de mujer y los libros de poesía. También había unos dedos casi acariciando el teléfono.
A veces una voz en la noche calma a los insomnes y los ayuda a dormir. Por buscar esa calma era que acariciaban los dedos el teléfono. Pero la dueña de los dedos tenía miedo de un nuevo rechazo, de un “te dije que ya no me molestes”, o de un “son las tres de la mañana, no me chingues”.
Los amigos suelen recibir ciertas llamadas, súplicas que no son precisamente para ellos, “te llamo para no llamarlo a él”. Y si los amigos lo son, somnolientos intentan dar un consejo y escuchar evadiendo bostezos. Pero en esta historia el amigo era más bien amiga, y no somnolienta sino desvelada.
--Hola, ¿te desperté?
--No, ¿qué pasó?, ¿estás bien?
--Más o menos, ya sabes.
--Yo estaba con la tesis, si quieres ven a mi casa.

Estudiaban literatura. O estudiaron. O estudian, la literatura es algo que nunca se termina de aprender. Pero ya no iban a la escuela, más que a dar clases. Se caían bien porque gustaban de la poesía. No eran aficionadas a las presentaciones de libros ni a las lecturas masivas de poesía. Acaso eran elitistas, pensaban que lo masivo es una antípoda de lo poético. Dos soledades pueden acercarse y compartirse un poco de poesía sin desvirtuarla, porque para ellas era un arte de intimidad, imposible para más de dos. Y ambas afirmaban, sin embargo, que en las ciudades debería haber, como antiguamente de opio, fumaderos de poesía.
Por supuesto, cuando una pena era fuerte no se atrevían a acudir a los poemas. ¿Qué caso tiene anegarse en llanto? Preferían en las ocasiones tristes dedicarse a los placeres banales. Aquella vez pasearon por el enjambre de internet.
--Perdóname por molestarte.
--Ya deja de decir eso. Oye, tú deberías poner un anuncio.
--¿De qué?
--Para conocer a una persona interesante.

¿Quién es una persona interesante? A menudo utilizamos esa palabra sin calibrarla bien. Los egocéntricos creen que una persona interesante es aquella que comparte sus gustos, o aquella que se atreve a realizar lo que ellos no.
Ellas, desde luego, dieron por sentado que interesante implicaba culto, lector de poesía y humanista de preferencia. También concibieron que para ser interesante habría que rebasar los treintaicinco años, conservar el cuerpo en buen estado y, como cereza de pastel, ser capaz de resolver tres acertijos poéticos.
--Está bien, vamos a poner el anuncio, pero creo que esto es muy patético.
--Yo conocí en internet a mi pareja más importante hasta ahora.
--Oquey, pero ya no quiero encontrarme de nuevo con otro insensible. Necesito asegurarme de conocer a alguien que no sea un barbaján, que se conmueva con Lorca.
--Vamos a escribir un verso erótico al comienzo, prometiendo sexo, sin garantizarlo, luego a plantear un acertijo; a quienes contesten correctamente les presentamos un segundo acertijo más difícil, si también lo resuelven los conoces en persona. Y cuando lo hagas, le arrojas de frente el tercero y casi imposible acertijo. ¿Qué te parece?
--Tal vez así no conozca a nadie, lo cual no está mal porque realmente no sé si quiero otra cosa que entretenerme.

"Entre mis muslos cerrados, nadarás"
Si sabes de quién es este verso, creo que podrías ser alguien interesante. Maestra de literatura española, atractiva, de esbelta y longa, silueta y cabellera, busca su alma gemela, por siempre dividida, para compartir fantasías, con fines serios y divertidos. Abstenerse sádicos, incultos y taxistas.

Además de lo anterior el anuncio procuró enfatizar la discreción y el respeto y una B. que valía como nombre.
--Con que copien y peguen, sabrán de quién es el verso.
--¿Quieres que sea más difícil?
--Sí, que sea una verdadera pregunta, escribe esto del mismo poeta: Quiero tu mórbido cuerpo estremecido. Pero que antes respondan ¿cómo se descifra un cuerpo?
--Me gusta, escribiré eso… ¿y cuál es la respuesta que esperas?
--La correcta.

22 feb. 2009

Cuando ella me hace el día (A hard day's night)

No hago la noche en la noche
en la mañana y en la tarde
a las doce del día
completamente a oscuras
hago esfuerzos en las sombras
por conservar la vista
por oír los pasos
de las humanas cosas
y el revoloteo de las masas
como sueños en choque
ladrillos sin orden
de un muro confuso
que me cerca
y hace mi jornada toda nocturna
hasta la lumbre reposada
de la noche
cuando ella
me hace el día.

5 feb. 2009

Vals para Yocasta

Ojos de juventud
donaron a tu rostro
los dioses de las islas.
Eran consentidos jardines
para el juego de los soles.
Tus ojos de juventud
con la armonía por herencia
y de linaje letrado
fueron asediados aún
cuando la infancia tu faz cubría.
Sin nostalgia insular partiste
sin festivo himeneo
y con el vientre
como blanca mar durmiendo.
Siguiendo al celoso Layo
que conducía caballos
de Corinto a Tebas
con la oculta hamartia a cuestas.

Ah, nuestros malos oídos que no escuchan
cuando las flechas erradas de los padres
llegan al futuro pecho de los hijos,
y nuestra mirada tropieza
en el ciego túnel del tiempo.

Ojos de juventud
atacados por rencorosas
adoradoras del Vino.
Inocente Yocasta, ay
tuviste que llorar por tu vientre
un hijo desterrado
en el monte de la musas.
Y tuviste que ver
casi un espejo y no viste
por las cegueras que el tiempo inflige
cuando mis ojos frente a ti
se presentaron, sobre ti, dentro de ti.
Estos ojos que besan
y que asesinan
y que heredarán de nuevo
otros ojos de juventud
para que prosiga la tragedia
con tanto y tan hermoso dolor.

1 feb. 2009

Confieso que soy deshonesto

Hay una historia muy interesante y sanguinaria en la antigua literatura hebrea, que para mi gusto dice mucho acerca de la honradez y de la honestidad, la hazaña de Judith, comentada por innumerables teólogos y pintada por grandes maestros como Botticelli, Tintoretto, Klimt y otros tantos.

Judith era una viuda, con fama de mujer pía, que cuando su pueblo fue asediado por un ejército asirio, salió sin ropas luto, perfumada y con seductor peinado a pedir audiencia con el general enemigo y, como ella le prometió ayudarle a derrotar a sus conciudadanos, él la recibió durante cuatro días con sus cuatro noches o diecinueve noches, no sé cuántas en realidad. Y en la última consiguió embriagarlo a tal grado que cayó rendido y no oyó cuando Judith tomó una espada, lo tomó de los cabellos y lo degolló. Fue Dios mismo quien lo ha matado, dijo Judith, utilizando mi mano. Así lo creyeron todos en su pueblo y la glorificaron.

No es que su crimen o sus mentiras fueran perdonadas, sino que jamás se le juzgó. Porque ni el crimen ni la mentira entre los antiguos hebreos, y probablemente tampoco para los modernos, significaban un pecado, al menos no cuando se hacía contra los enemigos.

Y si bien los occidentales somos hijos de Atenas y Roma, también somos aún, hijos de Jerusalén y Betulia. Con lo cual quiero decir que nuestra honestidad es un discurso incongruente.

O en otras palabras, la honestidad sólo podría existir si amáramos al prójimo como a nosotros mismos. Judith sólo podía ser honesta si hubiese amado a Holofernes. Si no le hubiera mentido y si no lo hubiera matado. Pero los antiguos hebreos no veían conflicto en asesinar y hacer guerras contra otros pueblos, con todo lo que eso conlleva, es decir, destrucción de inocentes, violación de mujeres, esclavitud, etc. Por eso es que la honestidad no es una virtud antigua sino moderna, y valdría aún decir, tampoco posmoderna.

En ese cuadro de Klimt, la sonrisa y la desnudez de los pechos de Judith muestran también desnudo su inconsciente. Y el inconsciente es el gran descubrimiento freudiano de la deshonestidad a la que todos estamos sujetos.

La belleza del discurso de la honestidad no es más que el comienzo de lo terrible y sanguinario que es nuestro deshonesto inconsciente. Esa bella sonrisa de Judith demuestra el gozo del criminal, la satisfacción del poder de la espada, es la misma sonrisa que vemos en los soldados cuando vuelven a casa después de haber asesinado niños indefensos.

Se dice que Diógenes afirmaba que no había conocido ninguna persona honesta aunque la estuvo buscando con una vela a plena luz de día. Yo podría afirmar lo mismo. El más honesto de los personajes literarios me parece que fue Iván Karamázov cuando, sin haber matado a su padre, comprendió que él había sido el culpable y que era un criminal. La única migaja de honestidad que somos capaces de mostrar es cuando nos declaramos deshonestos.

Hoy, como siempre, es facilísimo distinguir a los deshonestos, basta oír a los que predican honestidad. Ésta es, además, una virtud que se desea más en el prójimo que en uno mismo. Y generalmente son los propietarios quienes con más ahínco la desean, se entiende, no en ellos sino en quienes los rodean.

La honestidad es la virtud que más veneran los avariciosos. Ya sean avarientos de dinero, afecto o fama. Si viviéramos en la utópica Edad de Oro, sin mío ni tuyo, la honestidad sería un concepto sin sentido.

Pero vivimos en tiempos muy posmodernos. Y sólo porque no conocen su inconsciente, los deshonestos se creen honestos. Si Kempis ojeara nuestros días diría acaso: quien conoce su inconsciente se tiene por vil.

Hace tiempo, la madrugada que cumplía veintiún años me parece, vagaba y fui asaltado. Con honestidad el muchacho de la navaja me dijo que no quería dañarme, que sólo quería todo mi dinero; yo deshonestamente le di sólo la mitad, la que llevaba en la cartera y me quedé con la otra parte en la bolsa trasera del pantalón. Cuando se fue, quedé arrepentido imaginado su lecho de alcantarilla. Ese dinero, finalmente sólo era mío por la injusticia de la propiedad privada. Si yo fuera buena persona, le hubiera dado todo y más, mi chamarra, mi reloj y no lo hice, simplemente, por deshonesto.