26 nov. 2014

Tengo una pesadilla

Por la fiereza de estos días, he tomado tranquilizantes para dormir. Salí de la golpeada plaza pública hacia el cuarto sin ventanas de los sueños. Allí donde las arbitrariedades del inconsciente reflejan las injusticias que prevalecen en nuestro país como arenas que permanentemente se tragan a valiosas vidas, buenas personas y muchos propósitos de establecer por fin la justicia.

Sé que será para la nación fatal barrer este momento de crisis. En este otoño lluvioso en el que las balas del gobierno han sido disparadas contra los más jóvenes hijos de nuestra tierra, los vigorosos maestros rurales. Esto ha oscurecido el otoño y si simplemente lo dejamos pasar, vendrá un invierno más oscuro. Las luces navideñas serán incapaces de alumbrar las calles de los crímenes y las fosas clandestinas, los campos envenenados de drogas y armas, las celdas de los inocentes y el lugar donde se deciden las tácticas de guerra del Estado.

Pero yo quiero contar lo que he visto con el cuerpo inmóvil, con los párpados abajo y la mente rendida.

Vi que caminaba solo.

Caminaba en espiral, a ratos retrocediendo y el resto de las personas también como perros tras su cola.

Todos daban vueltas.

¿Cuántas vueltas le daremos a esto? Nunca podremos estar satisfechos en un país en el que se asesina a quienes enseñan a leer y a escribir. No podemos estar satisfechos jamás si son tratados como criminales quienes siembran la tierra. Nunca podremos estar seguros si continúan los policías, el ejército y los políticos hermanados a la delincuencia. No vivimos ni viviremos en paz simplemente porque nuestro cadáver pueda desaparecer bajo una fosa ilegal. No es justo, no es fácil y no tendremos dignidad hasta que en la voz de un campesino se reconozca mayor dignidad que en quienes administran indignamente la soberanía mexicana.

No olvido que está escrito que el sufrimiento no merecido es redentor, pero tampoco olvido que en el infierno todavía se conserva la esperanza, que quienes desertan han atisbado la gran ilusión de los que marchan. No puedo olvidar el espíritu de los espejismos.

Estoy sumido en el valle de México, el valle de la desesperación, arraigado a la pesadilla mexicana.
Tengo una pesadilla, que un día no muy lejano, un solo partido político gobernará todos los estados y todos los municipios.

En mi pesadilla, el cerro de Chapultepec será ocupado exclusivamente por el séquito de la pareja presidencial, sin que tengan que tolerar la presencia de los pobres que hoy suelen pasear cerca del Castillo que aún es público.

Yo tuve una pesadilla en la que el estado de Guerrero, sofocado por el caliente aire de la injusticia, será totalitariamente oprimido por un ejército de armas, por un retorno a la esclavitud, por la muerte y sus fosas.

Yo tuve una pesadilla en la que me alegraba de no tener hijos, pues tendría que educarlos en el conformismo, en la miseria del egoísmo y la enajenación para no verlos sufrir humillaciones por ser pobres.

Yo tuve esa pesadilla al despertar esta mañana.

Yo tengo la pesadilla de que las montañas del valle de México se caerán de vergüenza. Y toda la Sierra Madre del Sur y la Sierra de Chiapas van a ser aplanadas por la ignominia de los priistas. La Sierra Madre Oriental y la Sierra Madre Occidental habrán de derrumbarse para que los señores del gobierno y de las drogas tengan caminos más sencillos para desangrar al país.

Tengo fe en la esclavitud futura, trabajaremos doce horas al día y perderemos tres horas más en el tráfico bombardeados por anuncios y productos estafas. Jamás tendremos libertad:

Tú hueles a tragedia, tierra mía…
Si conozco el dolor es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas…
Porque escribes tu nombre con la X
que algo tiene de cruz y de calvario
México, creo en ti
como creo en los clavos que te sangran
en las espinas que hay en tu corona.

Tengo esa pesadilla y esa fe. Llegará el día en que México sea cementerio, cuernos de chivo y parejas presidenciales haciendo fiestas y viajes.

¡La televisión gobernará! ¡El PRI no tendrá opositores!

¡La esclavitud será una constante por todo el Golfo de México! ¡Resonarán los látigos por los caminos del Sur! ¡Crujirán las celdas por toda la costa del Pacífico!

Y cuando esto suceda, cuando prevalezca la esclavitud en cada municipio y en cada pueblo, podremos acelerar el sueño de los acaparadores de dinero y de los manipuladores de la comunicación, la paz de las fosas clandestinas, la estabilidad, eso dice mi pesadilla:


¡Tendremos un país estable!

11 nov. 2014

Duelo

Ayotzinapa, en el mejor de los méxicos posibles, se volverá una palabra que habrá de evocar tranquilidad y esperanza. Tales dones es preciso trabajarlos admitiendo la realidad.

Porque podemos negarnos y asegurar que el presidente y el procurador mienten, los peritos y las fosas mienten, las cenizas y los huesos mienten. Y están vivos los estudiantes. Pero no. Es triste ver a los padres mendigando por una esperanza de recobrar a sus hijos. Pero ya nunca más los verán. Nadie secuestra a 43 personas. Fueron asesinados y no importan para propósitos de duelo ni para darle un giro político a esta tragedia los detalles morbosos de este crimen.

Tengamos compasión, no pidamos imposibles.

Vivos se los llevaron y ya no podrán regresar ni siquiera como cadáveres.

De nada sirve que haya otro gobernador, de nada sirve que Peña Nieto renuncie, de nada sirve quemar la puerta de Palacio Nacional, o bien, sirve todo eso para otros fines: para redirigir el agua a otros molinos, para que sean encarcelados otros inocentes, para que otros corruptos tengan oportunidad de medrar de nuestro presupuesto. Los estudiantes de Ayotzinapa no volverán a las aulas, no levantarán las manos ni la voz para decirnos su nombre ni para sembrar su tierra con semillas sin ira y estudio. Ninguno de los secuestrados y asesinados. No se negocia con la muerte.

Hemos perdido, como miembros de esta nación, además de cuarenta y tres valiosas vidas, varias ilusiones. La ilusión de que todos los muertos que celebraba cotidianamente Calderón eran narcos, la ilusión de que con las reformas que acordaron los dirigentes de los tres más poderosos partidos políticos México ya era país de progreso y estabilidad, la ilusión de que los medios de comunicación no son simples voceros, timoratos, hipócritas, sensacionalistas, despreciables chorreadores de tinta, fariseos de las tragedias públicas, incapaces de servir a la sociedad. La ilusión de que los organismos defensores de los derechos humanos sean otra cosa que testigos pazguatos, la ilusión de que hay artistas capaces de interesarse en algo más que su espejo, la ilusión de que los anarquistas además de estupideces podrían realizar alguna acción política alguna vez. Pero queda en pie la ilusión más grande: la ilusión de que la sociedad en su mayoría está interesada en lo que ha ocurrido. Mentira, están interesados en sus quehaceres, su chamba, el transporte, el chisme vecinal y familiar. A la mayor parte de los mexicanos no les interesa que policías municipales por órdenes de un alcalde hayan secuestrado y asesinado a decenas de muchachos que protestaban por las condiciones de pobreza e inseguridad. Y algo peor, la mayoría no se preocupa porque ni siquiera se ha enterado.

¿Pero los demás cuándo se enterarán que Abarca no es el único responsable ni tampoco sus policías o los desalmados narcotraficantes, tampoco Peña Nieto o el infame Calderón o el ególatra de López Obrador? Claro que ellos son culpables, pero también el resto, especialmente en este país de la simulación, todos somos culpables y todos somos víctimas. Por eso mismo debemos ser más compasivos. Debemos comprender más y odiar menos. Aceptar la realidad.

La realidad es que han asesinado a cuarenta y tres jóvenes cuyo único delito era querer mejorar la vida de nuestro país, delito que parece insensatez, pues podría lucir más conveniente huir y no volver la vista a México jamás, pero estoy seguro de que los mexicanos no hallaremos un mejor país que éste que nosotros hicimos. Ahora nos toca seguirlo construyendo.