5 dic. 2011

El rostro de Dios



He sentido mucho frío los últimos días. ¿Por qué hace más frío? Esto que llamamos invierno, este alejamiento del sol, y la inclinación de la tierra en el hemisferio norte, son asuntos que me ponen nervioso, porque no alcanzo a entenderlos.

También en Palestina, en el Cairo y en Roma, hace más de dos mil años, el 22 de diciembre ocurría el solsticio de invierno. La noche más larga del año, y un día después comenzaba el proceso contrario: se iban acortando poco a poco las noches. El secreto de la trayectoria elíptica de nuestro planeta y de su respectiva inclinación fue comprensiblemente sacralizado. Para que un secreto se vuelva sagrado basta un pequeño cambio fonético. La observación de los cielos permitió a los pueblos del hemisferio norte creer en un orden cósmico, en una perfección universal, en una pléyade de dioses que vencían al caos, y generaban y regeneraban la vida. A partir del 23 o 24 de diciembre --no andaban muy finos en sus cálculos--, notaban el nuevo acercamiento al sol, lo que implicaba un nuevo año, la renovación de la vida. Algo sin duda digno de festejar. Yo también quisiera celebrar con un tequilita porque ya no aguanto el frío.

Lo que me limita, sin embargo, en mis ganas de fiesta es el bebé desvalido, frágil y pobre, que obligó a desviar la vista de los cielos para dirigirla hacia la debilidad y el sufrimiento humanos. Ese niño sigue naciendo, sigue siendo un exiliado, pide albergue, comida, ropa. Se le siguen cerrando las puertas y las fronteras. Se sigue desconfiando de quienes se embarazan sin explicación, incluso si eran vírgenes y fueron violadas.

Me maravilla que Jesús, el nazareno, haya desplazado a los soberbios dioses romanos, a los fríos dioses griegos y al despiadado, inhumano y vengativo dios del Antiguo Testamento. Para sus treinta y tres años, edad todavía insensata, hizo bastante. Estoy convencido de que fue una buena persona. Me da pesar que Santa Claus, ahora, lo haya desbancado. Hay un abismo entre ese barbón de rojo y Jesucristo, hecho todo de símbolos, de ideas que transformaron el mundo y, sobre todo, el discernimiento metafísico de colocar en el centro de la ética al frágil recién nacido.

El afecto no puede ser visitar el Palacio de Hierro y salir cargando una pila de regalos. Por eso Santa Claus me parece un ser vil. ¿En principio, por qué carajos no se pone a adelgazar? En cambio ese niño que aun no puede hablar, ni sostener la cabeza en su sitio, que tiembla de frío, que necesita ser alimentado y protegido y que es prácticamente pura necesidad, tiene que ser divino, no puede ser de otra forma. Me lo imagino diferente a las representaciones que de él hacen. Debió ser un chilpayate muy flaco, enfermizo y bien chillón. María también debió quedar casi muerta después del parto: agotada, sin fuerzas y ya con la pesada carga de la angustia por su hijo. Y al pobre José, también hay que mencionarlo, apenado por sus tristes condiciones, preocupado por el futuro inmediato y sin saber a ciencia cierta si el niño era suyo. En resumen, una familia muy jodida, y por eso mismo, sagrada. Lo más sagrado es lo más humano: la piedad.

En una navidad y un fin de año materialistas, solo los chicos materiales celebran. Sería posible un mundo más cristiano, más humano, si enfrentaran los gobernantes con seriedad el problema de la pobreza. Sin embargo, los gobernantes están muy preocupados viéndose al espejo, maquillándose y siendo acariciados por sus asesores de imagen. Por eso, yo no me preparo para un mundo mejor, sino para uno gobernado por idiotas superficiales. Pero si alguien quiere todavía en esta navidad ver el rostro de Dios, que vuelva la vista a los niños de la calle. Allí está la desolación y las penas profundas, la miseria y el hambre, la cruz y el cáliz más amargo, los torsos desnudos y las espaldas flageladas, las coronas de espinas de la burla, las que más hieren y, para colmo, la indiferencia, pero allí, sólo allí, está el rostro de Dios. 

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