23 mar. 2008

Definitivamente

No
no es inmóvil el placer
es un movimiento que se consume
No
no se detiene mi breve cuerpo
es la vida mi enfermedad
No
no son ciertas las efigies del humo
son figuras de mi mente

me duele ver la lumbre
la pequeña lumbre de la vida
cercada de ceniza

gozo cada fumarada
el deleite de la amargura diaria

que me lastima y lastima
a quien se allega a mi calma
No
no puedo abandonar los golpes
ni el desaliento de mi aliento
No
no sé estar quieto
sin estarme apagando

soy un cigarro en las últimas
un hombre efímero y simple

quiero un gozo inalterable
un hogar para inmortalizar el fuego
No
entiendo que no
entiendo todo pero no

quizá no entiendo nada
y sólo fumo y veo
y siento la nada
No
no encenderé otra vida
ni otro cigarro ni otras palabras
No
definitivamente no.

16 mar. 2008

Otros motivos de Caín

CAÍN: ¿Puedo pasar?

ANTONIO: Por supuesto. ¿Escribes?

CAÍN: No. Pero tengo una buena historia. ¿Te la cuento?

ANTONIO: ¿Por qué no?

CAÍN: La historia que voy a contar es la de un niño que estaba enamorado de su madre y de otro niño enamorado de su padre.

FREUD: Suena bien.

CAÍN: Estos niños eran buenos hermanos, ya sabes, en ocasiones se desgreñaban o se insultaban, pero diario se abrazaban, diario se miraban a los ojos, se lanzaban a un lago a bañarse juntos. Uno le contaba al otro lo que observaba en las flores y a su vez le oía noticias acerca de golondrinas.

ANTONIO: Órale.

CAÍN: Su padre, llamado Adán, teñido de morriña, miraba el horizonte. Les preguntaba si a ellos les gustaría acompañarlo en una larga caminata que durara la vida entera. Un viaje lleno de frutos y paisajes diferentes, sin más trabajo que el de cansarse los pies y a veces malcomer. Uno de los niños se entusiasmaba, se dejaba arrastrar por el sueño que aquellas palabras construían. El otro, en cambio, sólo decía: a mamá no le va a gustar.

VIENTO: Me quedaré quieto para escuchar atentamente.

CAÍN: La madre, llamada Eva, les pedía que conocieran el comportamiento de todos los seres, de los animales pacíficos y de los indómitos; les pedía no temerle a las reacciones del cielo ni al cambio de las estaciones. Aseguraba que en la quietud, mirando el mismo pedazo de tierra, era posible ver las modificaciones del mundo y era posible entenderse con ella, con la tierra, decía, nuestra madre.

ANTONIO: ¿Y tú le hacías caso, Caín?

CAÍN: No. Al principio lo intenté. Las ovejas, sin embargo, me desesperaban. Odio la docilidad. Detesto inspirar miedo. No me gusta aprovecharme de las bestias indefensas. Tampoco tengo corazón para matarlas. Sus ojos me desarman. Las quisiera libres, quisiera que pudieran correr cada una por su lado, que no se dejaran convencer tan fácilmente por lo que les ordena un pastor abusivo.

ANTONIO: ¿Abel era abusivo?

CAÍN: No. Era bueno, sólo que tenía un cerebro de oveja. Era miedoso, no le demostraba cariño a nuestro padre y, contrariamente, con mi madre mostraba excesivo apego.

ANTONIO: ¿Y ella con él?

CAÍN: También. Con Abel se entendía. Pienso que el afecto que le negaba a mi padre, lo expresaba con su hijo.

ANTONIO: Qué gacho.

CAÍN: Por eso lo maté. Pensé que todo podría recomponerse. Mi madre se reconciliaría afectivamente con mi padre, quizás partiríamos los tres por un camino repleto de parajes diversos y nuevas frutas.

ANTONIO: Ay, Caín…

CAÍN: Pero Dios, la sangre, el destierro. Y ahora estoy solo. Soy un errante, un criminal, no tengo perdón. ¿Contar esto sirve de algo? (Con ingenuidad y esperanza) ¿La literatura lava pecados?

ANTONIO: A la chingada los pecados, Caín. La literatura no sé si sirva para eso o para algo. El tiempo es irreparable. Pero ya te casarás con alguna. Ya tendrás hijos y los verás matarse entre sí, ya sufrirás. No hay felicidad, Caín. Siempre habrá ovejas dispuestas a la esclavitud. No hay libertad, Caín. Tu padre es el castrado que procreó gracias a Dios, ese otro gran castrado, que nunca más creará otro mundo. Se equivocó creando éste y vio que era bueno. Perdónalo por no ver.

CAÍN: Por no existir.

ANTONIO: Exactamente, perdónalo.

13 mar. 2008

Las FARC en la UNAM

¡Aquí / se ve / la fuerza del SMÉ!
No sé por qué he comenzado con esta frase ni sé por qué he recordado mis días de asistir a manifestaciones. Quizás estallé la huelga de los electricistas. No me importa quedarme sin luz unas horas. Pienso que realmente vivimos en una caverna platónica. También considero que mi edad ya no es apta para ser prorrevolucionario. En mi cuerpo han envejecido los ideales, las utopías, etc. Voy a morir.
Me sobrevienen dos momentos clave: la invasión a Irak y las elecciones del 2006.
Por supuesto que estaba contra la guerra. Esa infamia dizque preventiva que pisoteaba el derecho internacional, que afianzaba el imperialismo gringo y dejaba ver la debilidad de las otras potencias occidentales frente los yanquis. O miento.
No sé hasta que punto se trata de razones meramente personales. Me hubiera gustado protestar por Vietnam, fumar mota en Woodstock o en Ávandaro por lo menos, pasearme por la primavera de Praga y por el mayo francés, por el 68 mexicano. ¿Por qué? Por idiotez. A veces la vida es aburrida. Entiendo que es un rasgo infantil fantasear con heroísmos.
¿Qué podía hacer yo para que Bush no atacara Irak? Nada. Lo que hice. Un poco de literatura, ir al cine con una amiga a ver Ladrón de orquídeas, besarla después aprovechando la luna llena y decirle que esa pinche luna era el anuncio del comienzo de la guerra.
Quizás no fue así. ¿Quién recuerda el pasado con exactitud? Recuerdo que en la UNAM unos días después cerraron casi todas las Facultades. Fue un miércoles. No tomé mi clase de latín. ¿Hay que leer a Fedro cuando es bombardeada la cuna de Las 1001 noches? Numcuam est fidelis cum potente societas. No, nunca se debe confiar en la nación militarmente más poderosa. ¿Pero había que cerrar la Facultad de Filosofía y Letras? Los diversos grupos políticos estudiantiles decidieron que sí. Yo decidí que debía olvidarme de mi apatía cioranesca por un rato y me uní a uno de esos grupos.
Marxismo-leninismo clásico. Estudiar El Capital, debatir tonterías de la política mexicana, pegar carteles, repartir propaganda, organizar conferencias, asistir a marchas. Ésa era mi triste praxis.
Conocí la vida de los cubículos estudiantiles. La diversidad de militancias: anarcos, zapatistas, proguerrilleros, estalinistas, perredistas, bolivarianos. Carajo, Dios, conocí a un tipo que se llamaba Stalin y era trotskista.
¿Por qué estaba ahí un tipo como yo tan típicamente inclinado a la ideología burguesa y para colmo aficionado a garabatear gazapos poéticos? No sé. Sí sé. Los admiraba. Acaso los admiro aún. Los integrantes de esas catervas son jóvenes inteligentes, que se han esforzado mucho para alcanzar un sitio en la universidad. Provienen en su mayoría de familias de clase baja o media baja. Pasan horas en las bibliotecas, están al tanto de las noticias internacionales, debaten con agudeza y a veces hasta entran a las clases que les corresponden. Pensé que era mejor estar con ellos que con los otros, los que gozan de tranquilidad metafísica mientras el academicismo los castra. Los que creen que saben de poesía chilena sin saber quién fue Pinochet. Los que estudian durante años el Angst en Heidegger. Las que estudian pedagogía sin dolerse por la condición miserable de millones de latinoamericanos. Supongo que en algún rincón de mi mente, reservo unas migajas de conciencia. O reservaba.
Un día conocí a un tipo cuya propaganda versaba sobre las FARC. Es chido, aunque está un poco loquito, me dijo un amigo. Quería viajar a Colombia.
Sí, un loquito. Sostenía que Hugo Chávez era un burgués. Es al único tipo que le he oído afirmar que Chávez es demasiado moderado y que se ha tardado en impulsar los cambios revolucionarios. Era el 2004. También era octubre.
El día dos de ese año y mes, el que no se olvida, fui a mi última marcha. Existía la consigna de no insultar a López Obrador como había ocurrido un año antes. Ya estaba decidido que sería el candidato de la izquierda y se empezaban a formar grupos de apoyo a su candidatura. Como no se había conseguido frenar la reforma liberal a ley de jubilación, se decidió que todos los grupos radicales con tendencias socialistas apoyaran al PRD en las elecciones del 2006. Digo “se decidió” porque no sé quién diablos lo decidió. Y no creo que haga mal nombrando a todo ese enjambre ideológico como “grupos radicales”.
Yo me sentía más a gusto en el 2003 gritando: ¡López Obrador / también es represor! Y tenía sentido porque el dos de octubre de ese año durmieron en la cárcel varios estudiantes.
En fin. Una semana después conocí a Claudia. Con ella comencé a comer en McDonald’s y en Burger King. Tal vez me enamoré. Quién sabe. Sólo sé que al final me sentía como Althusser y como él con su mujer, yo también me sentía dispuesto a asesinarla.
Por cierto, el PT organizó un grupo de estudio por esas fechas para leer El Capital y regalaron un librito de Althusser. Nos dieron dos ejemplares. Fue de las pocas cosas que Claudia no se llevó cuando se fue.
Yo abandoné la universidad por un tiempo. Necesitaba ganar dinero. Di clases para adultos en una escuelita. Allí, al frente, impartiendo lecciones de historia, me decepcioné tanto de la transmisión educativa, como del marxismo y del matrimonio. Por supuesto, también de mí mismo.
¿Cómo ser un buen revolucionario cuando uno se sabe un asesino en potencia? ¿Cómo creer en las utopías cuando odias a quien amas? Odi et amo, escribía Catulo en esas clases de latín a las que falté. ¿Cómo citar a Engels cuando ruegas para que te den cualquier empleo mal pagado? En el 2006 decidí no votar. Supongo que soy muy ordinario.
Cuando volví a la Facultad para mis últimas materias, veía con indiferencia los carteles de apoyo a las FARC o a Fidel o a Hugo Chávez. Pendejadas sin importancia, pensaba. Hoy que han muerto cuatro o diez o quién sabe cuántos compañeros de la UNAM en un santuario de las FARC en Ecuador, pienso que no debí ser tan indiferente. ¿Pero qué podía hacer? Nada. Lo que hice. Comprar café colombiano (mejor que el chiapaneco de los zapatistas), recluirme en las absurdas clases de filología. Sufrir.
Una amiga me preguntó qué opinaba de esto. Nada. Es triste. ¿Qué tal si yo le di la mano a uno de esos muertos? ¿Qué debe hacer el Rector, qué debe el presidente Calderón? Yo qué sé. Yo no sé nada. No me gusta la guerra. Ni creo que mediante la violencia se hayan o se vayan a salvar alguna vez los condenados de la tierra. No me agradan las FARC, sí el café colombiano. Eso y este cigarro que me ayuda a quedarme sin pensamientos.

7 mar. 2008

El fin de la vida adánica...

II

EVA: Soy la acusada, la juzgada, la víctima. ¿Puedo pasar?

ANTONIO: Sí, ¿qué escribes?

EVA: No escribo, no sé hacerlo, pero quiero aprender, quiero saber. Sería tan bueno saberlo todo. Sin embargo, tengo el tiempo limitado. Me debo a mis hijos, tengo que cuidar de mi casa, a mi esposo. Me siento tan cansada, quizá hago mal estando aquí.

ANTONIO: No creo, ¿por qué lo dices?

EVA: Mis ocupaciones son tantas y si me siento aquí a perder el tiempo. Perdón, no quise ofenderte. No quise decir que tú sólo pierdas el tiempo y no hagas nada útil. Sólo que yo sí soy una persona ocupada, muy ocupada. En fin, (desinteresada) cuéntame, ¿qué es la literatura?

ANTONIO: Bueno, es… pues, expresar algo con una intención artística mediante palabras… ¿por qué quieres saber?

EVA: Yo tengo múltiples intereses intelectuales. No puedo quedarme nada más en una cosa como Adán. Él va a trabajar, dice que regresa cansado, no me platica asuntos interesantes y ya, en eso se le va la vida. Yo necesito explorar, soy una mujer inteligente, tengo muchas inquietudes. La literatura no me llama la atención lo suficiente, porque a mí me gusta lo que es más emocionante y más relevante para el mundo como la ciencia.

RAZÓN DE ANTONIO: Pinche vieja, si no fuera tan bonita dejaría de sonreírle.

EVA: Yo una vez probé del árbol del conocimiento. Fue una manzana muy jugosa. Tuve que convencer a Adán de que también la probara, porque el muy miedoso no quería, hasta que casi lo obligué; lo malo es que después fue de maricón con Dios a delatarme. Pero ya me voy, otro día vengo, al fin que ya aprendí lo que es la literatura.

ANTONIO: Hubo un árbol del conocimiento, pero nunca un árbol de la sabiduría.

5 mar. 2008

Se prohíbe prohibir fumar

Para Héctor, mi otro hermano


Diré lo evidente. Fumar es un vicio y un vicio es un deleite. Aquel que condena los vicios no sabe gozar la vida.
El día que murió mi padre yo vi con tristeza su cajetilla de cigarros. Mi padre no se interesó en acumular riquezas. Hubo un tiempo insensato en mi vida que yo lamenté eso. ¿Por qué no se hizo abogado si sabía tanto de leyes y de teoría del derecho? ¿Por qué tuvimos que vivir en míseras vecindades si él hubiera podido ganar más dinero como leguleyo? ¿Por qué se emborrachaba en las cantinas mientras su único hijo a los ocho años se angustiaba al notar que pasaban las horas y él no volvía del trabajo? ¿Y por qué allí en las cantinas mostraba una cartera gorda e invitaba tragos a los extraños?
No sé exactamente. Pero estoy seguro de que un buen borracho-fumador tiene que ser un buen humanista.
Procuraré no desviarme mucho. Comencé a fumar después de su muerte. Ésta es una mala época para empezar con el tabaco porque, como sabemos, los pinches sanos dominan el mundo. Pero sentía que no debía postergarlo. ¿Cómo iba a quedarme con la orfandad y encima sin vicios?
¿Alguien se puede imaginar a un tipo de 27 años empezando a fumar, sin saber bien cómo, tosiendo al principio, sin dar el golpe, con mentolados o buscando los cigarrillos más ligeros?
Todavía no fumo mucho, pero cada día me gusta más. En verdad disfruto marearme con la nicotina. O quién sabe qué cosa sea la que provoca ese leve mareo. También me gusta ver a las mujeres fumar. Cuando besé por vez primera a una mujer que fumaba, pensé que nunca más quería besar a una que no lo hiciera. ¡Qué gran mentira es ésa de que resulta desagradable el beso de una fumadora! ¡Todo lo contrario! Hoy, cada vez que fumo pienso en ella y ella además me enseñó su poética del tabaco…
¿Me he extraviado?
La ley ésta antitabaco a mi juicio demuestra una concepción errada de lo que significa la libertad, además de que el Estado pretende una vez más inmiscuirse en un ámbito que no le corresponde.
La libertad, hay que decirlo, no tiene por qué conducirnos a la perfección. Cómo si la perfección existiera. Ni es creíble que genere una sociedad armónica y risueña. No, la libertad es un desmadre, sin embargo, un bien en sí misma. Gracias al sentimiento de ser libre el ser humano potencia su desenvolvimiento espiritual, que se traduce en mejorías sociales. Por eso es importante que existan libertades políticas y civiles en una sociedad. La libertad ontológica por otra parte, a mí por lo menos, me vale madres.
Pero existe una concepción, desde mi punto de vista, muy retorcida de lo que es la libertad. Que asume que los hombres sólo son libres cuando realizan el bien. ¿Y qué coño es el Bien? No dicen, pero les gusta obligar a cumplir con ese bien absoluto que imaginan. Para ellos, los que conciben la libertad como un instrumento represor de la maldad, los fumadores son personas que han perdido su libertad por ser adictas. Es decir, no creen que fumen por elección o gusto, sino por error, por ignorancia y/o por inconciencia. Como si todos para ser libres tuviéramos que preocuparnos por los pinches sanos.
Esto último lo dije en broma. Está claro que no se le debe echar humo en la cara a un recién nacido ni se va a fumar una caja de puros delante de un asmático. ¡Pero carajo prohibir fumar en los bares!
Esta ley me parece antiliberal y yo últimamente ando coqueteando con el liberalismo. También se fuma por ideología. Lo he dicho antes, en el fondo de mi corazón habita un anarquista. Y él también fuma.
Ahora, no sé si esto es un ensayo; o una carta, Héctor; o un embate de grafomanía. Como sea, me aventaré un desliz poético…

Este fuego amargo
trabaja de metáfora
porque la vida es breve
y es áspera paladeable
y se consume y deja
un vahído intransferible
y sí
lastima este gozo vital
respirar ya es hacer daño
pero la salud no existe
en los seres que son para la muerte…

El otro día en la ventana, fumando, me acordé de la misantropía. Se me ocurrió que parte del placer de fumar radicaba en que cada cigarro es un diminuto grano de arena que contribuye a la destrucción del mundo. Acaso uno desea que el mundo se acabe para que el sufrimiento también lo haga. ¿Dónde está la misantropía, entonces? Yo qué sé. Pero ya se me antojó otro cigarro.
Por cierto, yo estoy seguro de que Dios fuma.
Sí, también marihuana…

4 mar. 2008

En esta habitación en esta ausencia

sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
Alejandra Pizarnik


Si tomo un pan taciturno
en la noche de este cuarto
donde callan
muebles y paredes
Si bebo la sobriedad
en el agua de este vaso
que muestra mi muda
transparencia
no bebo ni me alimento
quedo merodeando un balbuceo
para que mis labios hablen
preciso tu boca
yo conmigo a solas
solo soy ausencia
mis espejos contienen agua
cristalinos dorsos vacíos
del inaudible lago de la nada
donde ni beber ni comer puedo
porque mi carne y mis huesos
hechos están de palabras
Y si no saben hacer mis ojos
el amor a solas cuando gritan
indecibles murmullos
no será la culpa de ellas
las que se desvanecieron
para que te hicieras tú
presencia.

2 mar. 2008

Tiempo libre

Vamos a ver el tiempo libre juntos,
a buscar el reverso de las voces,
a permitir los disfrazados roces
y a cebar la sangre con barruntos.

Y en este dudoso plural: “nosotros”,
vamos a cegarnos, sí, para vernos
en el espejo normal y atraernos
a este juego de ser como los otros.

Debatiremos lo azul, lo amarillo,
a solas, a gritos y entre gentíos,
rivales, amigos, binomios vivos

que releyendo los labios se escriben
porque a veces tiene besos la vida,
juntos, Yumi, vamos a ver el tiempo.