30 ago. 2010

You're very young

No todos los días tiene uno la oportunidad de toparse con un monje budista, esto me pasó a mí hace unos días y disfruté la experiencia aunque casi no conversamos.

En inglés yo no puedo formular ni una sola oración inteligente, por eso prácticamente no le hablé y él, seguramente por su mente meditativa, tampoco dijo más de lo necesario, aunque tampoco parecía versado en la lingua franca de nuestros días: nos hicimos preguntas casi como en una clase de inglés básico.

MONJE: Do you live in this city?

ANTONIO: Sí... eh, yes.

MONJE: This city is big.

ANTONIO: Yes, is very big.

MONJE: Very big.

ANTONIO: What are you from?

MONJE: Nepal. (subiendo la mano mientras enumeraba) Is India, Nepal, China. Chinos, japoneses. Jajaja

MENTE DE ANTONIO: ¿O sea, cómo?

ANTONIO: Do you like mexican food?

MONJE: Yes, tortilla, I like much: mexican food is similar to nepalese food.

MENTE DE ANTONIO: ¿Cómo harán los chiles rellenos allá?

MONJE: Are you studying?

ANTONIO: No, I’m… eh, teacher… de literature and spanish.

MONJE: Oh, you are very young.

ANTONIO: No, not much.

MONJE: Yes, you are, how many years old are you?

ANTONIO: Thirty

MONJE: Yes, you are very young. I have forty-one.

MENTE DE ANTONIO: Debería decirle thank you.

ANTONIO: Are you painter?

MONJE: Yes, I’m painter. ¿Pintor?

ANTONIO: Sí.

MONJE: I am pintor. I’m gonna paint in Valle the temple, church?, chapel?

ANTONIO: The Stüpa

MONJE: Oh, yes, yes, stüpa, you know, stüpa.

ANTONIO: Do you like this paintings?

MONJE: Yes. Is abstract? Yes, I like it. Look my paintings.

ANTONIO: It’s beautiful, very peaceful.

MENTE DE ANTONIO: ¿O se dirá peaceable?

MONJE: Have you brothers?

ANTONIO: I have one brother and three sisters.

MONJE: And your parents?

ANTONIO: My father died… two years ago.

MONJE: Oh, my father pass away one year ago, uno.

MENTE DE ANTONIO: Claro, en inglés no se dónde meter los eufemismos.

MONJE: You want some tea? ¿Té? ¿Tea is té, right?

ANTONIO: Yes, thanks. Yes, tea is té.

MONJE: What is this? Plate? ¿Plato?

ANTONIO: Yes, plato.

MONJE: (muy amablemente) Ok, have your tea.

ANTONIO: ¿O sea, cómo?

28 ago. 2010

Sencillez

Quiero amor y no morir

quiero eternidad y mar

las palabras más sencillas

vivir, tan sólo vivir.

24 ago. 2010

El niño de los ocho mil gestos (primera parte)

El niño de los ocho mil gestos parpadeó dos veces ligeramente al mismo tiempo que extendía un centímetro la comisura derecha y medio centímetro la comisura izquierda de sus labios; tal gesto significaba que Eulalio había conseguido pensar las palabras precisas para describir una nueva configuración de su rostro: una gesticulación más para escribirla en su archivo “De las expresiones faciales”, el cual estaba muy próximo a los nueve mil gestos registrados; para ser precisos, el recién descubierto era el número 8237.

Eulalio, mientras no llegara a los nueve mil, debía considerarse un niño de ocho mil gestos. Con ellos era capaz de nombrar una grandísima cantidad de cosas: ropas, comidas, personas; molestias, preferencias y valoraciones. Por ejemplo, si movía los ojos como si observara su oreja izquierda mientras mordía con su colmillo su labio inferior significaba que tenía antojo de un buen plato de arroz blanco con plátano. Diversas variantes de ese gesto se vinculaban con variaciones en la preparación del arroz.

A pesar de la suma dedicación y cuidadosa precisión de Eulalio para describir las modalidades de las posturas de su cara, algunas personas no lo comprendían ni siquiera consultando el diccionario, puesto que “De las expresiones faciales” era un especie de diccionario, al que Eulalio, tirando entre cinco y seis centímetros la cabeza hacia atrás y exhalando durante medio segundo con fuerza por los orificios nasales, remitía a todo aquel que quisiera entenderlo de verdad.

No toda la gente parecía interesada seriamente en comprender la riqueza gestual de Eulalio, él había visto en sus once años de vida muchas bocas que le decían “no te entiendo” o “nada más di con la cabeza sí o no”. Sobra decir que Eulalio inflaba la zona del bigote ante esas palabras, lo cual era su expresión facial de enojo.

No todos los enojos son iguales, la intensidad de los sentimientos posee una enorme cantidad de graduaciones; Eulalio, por ello, había clasificado, según intensidades, motivos y duraciones, 339 clases distintas de enojo. Cabe señalar que también en su taxonomía gesticulatoria existían sentimientos aledaños al enojo: la molestia, la ira, el berrinche; la cólera, el fastidio y la furia.

También es de trascendental importancia enfatizar que Eulalio era capaz de reconocer en él mismo y en otros, movimientos faciales con su respectiva significación que aún no podía describir adecuadamente con palabras y, por tanto, aún no incluía en su compendio “De las expresiones faciales”. Digo que es trascendental porque el recabar gestos le parecía la más noble tarea y, por lo mismo, iba a todas partes con una libreta en la que apuntaba, aunque fuera a modo de borrador, ya sea gestos o palabras descriptivas. No era nada sencillo el proceso que debía cumplir la descripción de un gesto para ingresar al tesauro de Eulalio.

Una mañana, en un parque, él se topó con un reto gigantesco: vio un sonreír de saludo y alegría de parte de una niña, la cual le dijo algo que no alcanzó a ver bien, ya que Eulalio se había desconcertado un poco por los ojos de la niña.

Las miradas eran capítulo aparte en el libro de “De las expresiones…” porque toda mirada conlleva un enigma, pero la de aquella niña le resultó aún más enigmática. Eulalio caminó hacia ella. “¿No lo has viso?” Vio que le preguntó y Eulalio alzó como en parpadeo dos veces las cejas, evidentemente para pedirle que repitiera y aclarara su pregunta, pero ella dijo: “Me llamo Yanina, era un recuerdo de mi abuela que también se llamaba…” Eulalio en vez de fijarse en la última palabra, prefirió de nuevo fijarse en sus ojos.

El niño de los ocho mil gestos II

Después de que ella realizara un breve movimiento de cejas, que Eulalio tenía registrado como petición, la vio quedarse muda de gestos; sin embargo parecían emitir rayos negros sus ojos: espirales azabaches de luz. ¿Cómo podría registrar tal luminosidad en su libro? ¿Cómo moldearse las palabras para describir aquella destellante sensación? Ella volvió a hablar y él tuvo que hacer un esfuerzo para atender sus palabras.

“Era un corazón, debió caérseme por aquí” Entonces, Eulalio sintió el impulso de elogiarla, pero también sintió una inmóvil incapacidad de expresarse. ¿A través de qué gesto hubiera podido decir: tus ojos son raras espirales, azabaches de luz?

“Creo que no lo has visto”, se dio media vuelta y se empezó a alejar. ¿Por qué dijo eso después de realizar un gesto perfectamente encasillable en la sección de “peticiones de ayuda”? Eulalio no entendió tampoco qué cosa buscaba: el corazón no se puede caer.

Pasó el resto de la tarde viéndola de lejos. Ella al parecer estuvo preguntando y pidiendo ayuda a varias personas. No consiguió encontrar aquello que había estado buscando. Cuando se fue del parque, Eulalio sintió que todo se inmovilizaba, que ya no podía nombrarse nada ni comunicarse nada.

Durante los siguientes días no registró ningún gesto. Eso lo hacía sentir un miedo grande, pero lo peor era que no podía realizar ninguno de sus gestos para expresar miedo. Cuando se colocaba frente al espejo sólo podía mover los ojos, era como si hubiera perdido toda su potencialidad gestual. ¿A dónde se habían escapado tantos gestos?

Quiso Eulalio volver al lugar donde perdió sus gestos para averiguar si los podía recuperar. Miró detenidamente los árboles, las flores, los pájaros. Todo se movía con parsimonia, con un gesto constante de sosiego, aún las aves que con leves movimientos de cabeza demostraban su miedo. De pronto, Eulalio se fijó en las piedras. Tomó una en su mano y vio en ella el gesto de la “amabilidad”. No la palabra ni las letras, el gesto. ¿Cómo una piedra podía tener un gesto? Pero allí no paró lo sorprendente: todas las piedras del parque llevaban en sí un gesto.

Después de recorrer entusiasmadamente los rostros de las piedras, Eulalio descubrió también una mayor animosidad en las cosas del mundo, como si todo quisiera expresarse y hablar, y en verdad todo lanzaba expresiones. Todo se comunicaba: cientos, miles, millones, trillones, cuatrillones de cosas a cada instante. Era imposible aprender tanto, seguir tantos mensajes, quizá por eso mismo el movimiento incesante de los gestos del mundo durante algunos días le había parecido un signo de mudez. Parece mudo lo indescifrable, pero lo indescifrable no es silencioso, al contrario, lanza innumerables señales.

De esa selva de gestos extraños, Eulalio extrajo una piedra, la primera que descubrió llena de expresividad y la guardó. Tal vez sean las piedras mensajes que avienta la tierra.

Pasaron más días, Eulalio a diario iba al parque, ya sin su libreta de gestos, ya no apuntaba obsesivamente cada nuevo gesto, pero disfrutaba mucho su estancia en el parque por la gran cantidad de mensajes que veía. Un rayo de sol deslizándose por los ramajes de los álamos era para él una conversación interesantísima.

Yanina apareció un día y él fue de inmediato hacia ella, al quedar de frente le extendió una mano y sobre la mano la piedra que había guardado durante varios días. Ella dijo algo con la cabeza inclinada y después mirando a Eulalio dijo: “es muy bonita, tiene forma de corazón”. Luego, al mirarse a los ojos se dijeron muchas más cosas, que por ahora es bueno callar.