23 mar. 2010

Vida interior

“Debes escribir mucho” me dijo, y me parece que asentí. Esa maña de responder con gestos y guardarme las palabras, que bien podría llamarse egoísmo, quiero llamarla, por ahora, vida interior.

La extroversión y la introversión no deben ser otra cosa que la diferencia entre el derroche de palabras y el dispendio de silencios.

Desde niño me recuerdo silencioso. Averiguar el porqué se me figura tan imposible como descubrir el origen del lenguaje o los misterios de la civilización maya. Sin embargo, voy a intentar un rodeo, quizás consiga algo más que dar vueltas alrededor de lo inexplicable y si no, al menos, pasará el tiempo (si acaso pasa).

Hace muy poco, estaba sobre avenida Revolución, era ruidosa y oscura, y mientras caminaba mis audífonos arrojaban música muy variada, jazz, punk, pop, metal, ópera, trip-hop, y tal vez por eso, o por no sé qué conexiones, empecé a sentir demasiado. No algunas cosas o algo o mucho, sino demasiado. Ganas de girar sobre un poste de luz, de llorar, de saltar, de quedarme quieto, de abrazar, ¿por qué uno puede sentir tanto? No me refiero sólo a sentir una gran diversidad de impulsos, más bien, a sentir una gran cantidad de todo, una ebriedad emotiva sin causa aparente.

Si de ese desborde emocional que padecí hubiera rescatado unas dos o tres palabras certeras para hacer un poema, ahorita estaría tranquilo, pero no rescaté nada. No distinguía ni una palabra en medio de aquel tropel de sensaciones. A diferencia de los pensamientos, que todos están hechos de vocablos, los sentimientos son pura desnudez.

No es justo emplear la función referencial del lenguaje para nombrar lo que uno siente. Los oleajes que trastornan las neuronas del alma pertenecen todas a la función poética. Y si las entendemos no es por habilidad verbal. Se trata de habilidad comunicativa. Las entrelíneas que conmueven de la poesía le deben más a la música que a la gramática. Más a las intervenciones, pausadas e intuitivas, del silencio, que a la fonética.

La poesía será entonces comunicación no verbal.

Acabo de decir una locura del tamaño de Homero. ¿Cómo? El arte que es esencialmente palabras, a mi juicio, es no verbal, ¡pero qué ridiculez! En efecto, me parece una tontería y, sin embargo, la sostengo.

Además, qué apartado estoy del tema inicial, ¿esto qué tiene que ver con la vida interior y con eso que a nadie le importa, mis taciturnidades? ¿Me permites, lector? Me está circulando la sangre…

Salí a dar unos pasos por mi terraza, que es un pequeño patio mal bosquejado; me fumé un cigarro dando vueltas y luego, raspando mis encías con presteza, lavé mis dientes. Ahora puedo continuar. Por supuesto, a ningún interlocutor me atrevería a importunarlo con detalles como estos. ¿Por qué sí maltrato al lector con estas naderías? Pienso en dos respuestas: porque tengo miedo al rechazo y porque vivo vertido hacia mi interior, es decir, por timidez y egoísmo.

El miedo al rechazo, en este caso, debe ser excusable. Baste imaginar que en una fiesta donde suenen las caguamas, los pasos de baile y las risotadas, respondiera honestamente cuando me preguntan en qué pienso; qué tal si en ese momento estoy considerando que Agota Kristoff escribe con la parquedad más conmovedora que conozco, o si estoy concluyendo que la dignidad es la diferencia cardinal entre la tragedia y la comedia. Creo que entonces me recomendarían un psiquiatra. Y como no respondo o respondo cualquier pendejada, me he acostumbrado a ciertos adjetivos: serio, retraído, callado, etc. He recibido otros adjetivos de aquellas amigas a quienes llego a responderles con más sinceridad: loco, soberbio, engreído, etc. No es por hacerme el sufrido, pero supongo que tienen razón.

Insisto, no es una queja sino una explicación del porqué alguien puede decidir en cierto momento la vida interior que la exterior. Y una posible explicación es que cuando uno siente mucho, las palabras se vuelven muy inútiles, muy mentidas, muy lejanas. Por no sé qué razones infantiles, me acostumbré a sentir, con ello, a callar. Hasta que aprendí a escribir, me di cuenta de que era posible hablar. Hasta que conocí las tardes que desvanecen tazas de café, aprendí a platicar. Hasta que descubrí la amistad, se me reveló mi voz.

La amistad es la superación de la timidez y del egoísmo. La amistad es un puente que une la vida interior con la exterior. La vida profunda con la superficial. Si uno se dirige al lector para contarle tantas fruslerías y tantas reflexiones complejas es porque se espera de él más que atención, se espera amistad. Y si los poetas no dicen: “amigo, lector”, sólo es porque economizan palabras. Pero son ellos quienes más complicidad anhelan, quienes más requieren un aliado, que pronuncie los silencios precisos.

La que me dijo que yo seguramente escribía mucho porque callaba mucho, a su vez era parlera y locuaz, y me gustaba cuando hablaba, y de seguro, no me volverá a hablar.

18 mar. 2010

El Narquismo

No cabe duda de que el narcotráfico es uno de los principales problemas mexicanos y, en cuanto a la seguridad pública, el más grave. No sería respetable mi racionalidad si afirmara que este problema no me importa, pero tampoco sería respetable si me conformara con los lugares comunes y me negara a pensar en este asunto radicalmente. El pensamiento radical está muy mal visto en nuestros tiempos, se prefiere a los que dicen: “probablemente”, “quizás”, “en mi humildísima opinión”, etc. Sin embargo, yo considero que las respuestas radicales son las honestas, se debe pensar en la raíz de los problemas --eso es ser radical--, de otro modo, no puede haber un análisis profundo, asimismo, si uno se conforta con soluciones superficiales, los problemas continúan agravándose.

La génesis del narcotráfico es la arbitrariedad de los Estados para declarar unas drogas legales y otras ilegales. Gracias a esa arbitrariedad, gracias a la prohibición de ciertas sustancias, el narcotráfico tuvo su nacimiento y su rápido y exitoso desarrollo. En retribución, gracias al narcotráfico, los países con narcotraficantes han sido beneficiados económicamente con un flujo asombroso de dólares, además de que estas organizaciones delictivas benefician a las comunidades donde operan: abren caminos, escuelas, reparan casas, reconstruyen iglesias, plazas, etc. Particularmente en México, zonas que históricamente el gobierno ha desprotegido, que ha abandonado a su suerte y que ha golpeado con su irresponsabilidad, se han convertido en zonas amparadas por el narcotráfico, bendecidas por las divisas y han surgido nuevas formas de gobierno y de convivencia, ha surgido el orden y el progreso: el narquismo, la dictadura de los narcos.

Pese a los mutuos beneficios que se otorgan el gobierno y el narcotráfico, existe un discurso hipócrita que trata de inyectarse en la opinión pública, el cual inventa una valentía sin par de parte del gobierno, específicamente de Calderón, para combatir a los cárteles de la droga. Pero este discurso también beneficia a los narcos, gracias a esta soflama, sus ganancias han ido en aumento, gracias a esa supuesta lucha, creció la plusvalía de las drogas, es decir, más ganancias para todos. Por supuesto, el todos significa apenas un puñado de gente.

¿Por qué admitimos que continúe una supuesta lucha que sólo beneficia a los narcotraficantes y a la élite en el poder?

Hago una pausa para pensar en el terror que debe ser vivir en una ciudad gobernada por el narcotráfico y donde, para colmo, el ejército pulule en las calles pisoteando la Constitución. Me imagino el terror de los periodistas en esas ciudades en las que se desayuna con chaleco antibalas e ignoran si han de llegar a la cena. Me imagino el hambre bajo los solazos del desierto, los platos con sólo una embarrada de frijoles y los jacales en medio de una tierra arisca, que si no produce marihuana, no produce nada; también me imagino que sigue apareciendo en televisión el presidente con sus secretarios a decir que vamos muy bien; y me imagino cómo se ha de sentir valiente mirándose al espejo con uniforme militar. Y tantas cruces me imagino en Ciudad Juárez, tantas mujeres bajo tierra, sin nombre y sin justicia; tantos jóvenes, tantas tumbas y tantos pinches discursos, que mi pausa se vuelve puntos suspensivos…
¿Hasta cuándo los ciudadanos tendremos derecho a opinar? ¿Hasta cuándo se acabará con la arbitrariedad de las drogas ilegales?

16 mar. 2010

Cada instante lo inmóvil se renueva

Cada instante lo inmóvil se renueva.
Eso pensé unos segundos,
la tarde estaba echada sobre la calle,
la tarde y la calle eran pieles,
que para aquietarse se movían,
las sombras que se desgajaban,
de los árboles parecían caricias,
la calle y la tarde eran amorosos
avatares del tiempo y del espacio,
yo veía esa unión y sentí que no era verdad,
sentí que existe lo inmóvil
pero después
por el latir sin freno de mis ojos
mis ojos que tantas cosas agitan
vi que todo fue un momento absurdo
unas cuantas palabras sin sentido:
“cada instante lo inmóvil se renueva”.

9 mar. 2010

Las bodas gay y los debates vulgares

Me han puesto delante de un grupo de adultos para que les enseñe cómo escribir un texto argumentativo, al cual, para más fácil, le llaman ensayo. No es un asunto sencillo ni creo que exista una técnica absolutamente eficaz. Para colmo, los ensayos que deben redactar son respuestas a preguntas polémicas, por ejemplo, ¿cree que el matrimonio entre homosexuales afecta a la familia o representa una apertura de la sociedad mexicana?

Dado que yo no sé cómo enseñar a escribir, nomás les pido que garabateen palabras, después leo una sorprendente retahíla de ideas que yo pensaba anacrónicas. Ahora bien, quise concentrarme en la ortografía, en la sintaxis y en los nexos argumentativos, pero me preguntaron un día cuál era mi opinión acerca de las bodas gay. Y hasta ese momento me di cuenta de que no tenía ninguna opinión al respecto. ¿Qué ha pasado con mi vocación de metiche? ¿Qué ha ocurrido con mi necedad de sentirme opinión pública? Y para que no me recriminen por aferrarme al pudor del silencio, decidí escribir, y tal vez pensar, sobre eso.

Recomendaba Cicerón iniciar un discurso mencionando o bien la importancia del tema o la de quien hablaba. Yo, en este caso, no tengo nada de qué enorgullecerme, soy un hombre de a pie con una opinión tan vulgar como la de cualquier otro. El tema tampoco me parece trascendental. Es cierto que respetar a las minorías es una condición de las sociedades democráticas, así como la democracia es condición para una vida civilizada, la cual significa que se puede pasear por la calle sin que prevalezca el temor a ser asesinado. Claro está que en México desde hace varios años ya no sabemos qué es eso de vida civilizada.

Ya que consuelan los intentos que uno hace por mejorar lo que no tiene remedio. Estoy seguro de que bregando por una sociedad menos violenta, nos sentiremos menos culpables aun cuando no consigamos nada. En otras palabras, reconociendo las injusticias que abundan, seremos menos injustos. Y este asunto sí muy relevante para la sociedad.

La polémica que despierta el matrimonio entre homosexuales radica en varias preguntas que quisiera responder: 1) ¿Es la homosexualidad natural o es otra cosa, ya sea moda, perversión, enfermedad, gusto de llamar la atención, etc.? 2) ¿Qué consecuencias tendría para la sociedad el que su base, la familia, se transforme hasta el grado de no distinguirse? 3) ¿Cómo serían los niños adoptados por familias homosexuales?

Ha insistido mucho la psicología, y al parecer todavía no suficientemente, que la homosexualidad no es una enfermedad ni una perversión. La etología y la zoología también han señalado otras especies animales que practican la homosexualidad. Por si fuera poco, existen testimonios de homosexualidad infantil, lo cual evidencia que no se trata de moda ni de ir contra la naturaleza. Pero todo esto no convence a quien cree que la racionalidad comanda el universo. Y ultimadamente a mí tampoco me interesa convencer de lo evidente, pero sí me interesa lo que es aún más evidente: el ser humano no es un ser natural. Nuestras leyes no existen para defender la naturaleza sino para lo contrario, para reprimirla. Ir en contra de la naturaleza es justamente lo que significa ser civilizado. ¿A qué sacan si es natural o no? ¿Qué importancia tiene eso para decidir un asunto legal? Ninguna. Las verdaderas leyes naturales son inviolables y, por tanto, no se las legisla. Imagínense que un código civil penara hasta con diez salarios mínimos a quien violare la ley de la gravedad. Si fuera antinatural ser homosexual nadie lo podría ser. Y si la ley humana tuviera que hacerle caso a la naturaleza no serían condenables las violaciones ni los asesinatos.

Sobre la segunda y tercera pregunta también hay que insistir en que la sociedad es injusta, y que si la base de ésta es la familia, algo podrido habrá en la familia tradicional. Por otra parte, el miedo a que los niños adoptados por homosexuales crezcan con traumas y demás es el mismo miedo que debería causar el que tengan padres heterosexuales. Seguramente entre los homosexuales hay enfermos mentales y criminales tal como existen entre los heterosexuales. La diferencia es que estos últimos ya dañan la vida de incontables niños bajo su tutela. Además, si uno quisiera la felicidad absoluta no se encontraría ningún camino para ello. No es la felicidad, sino el sufrimiento el componente esencial de la vida humana. Los insensibles no se dan cuenta y se la pasan sufriendo. Los sensibles lo saben y se consuelan unos a otros. Por ellos vale la pena vivir. Obsérvese bien esta frase: vale la pena. Porque es imposible de desterrar la pena de vivir, pero la vale. Y quienes esto saben, creo que pueden ser buenos padres, independientemente de sus preferencias sexuales.

No quisiera acabar este texto sin decir otro par de cosas. Es muy hipócrita e injusto exigirles a los homosexuales que voten, que paguen impuestos, que respeten las señales de tránsito, si no tienen los mismos derechos que los heterosexuales. Los políticos que no ven esto no están siguiendo ni los valores democráticos ni los valores católicos, están siguiendo los más perversos impulsos autoritarios.

Tampoco esta ley podría significar que la sociedad ha cambiado su mentalidad o que los homosexuales en la ciudad de México han conseguido convencer a la mayoría de que son personas dignas. Estoy seguro de que esta ley va en contra de lo que la mayor parte de la gente piensa. Y por eso mismo he escrito. Porque no quiero ser como esos intelectuales idealistas, ajenos al sentir del pueblo, que escriben desde sus torres de cristal, desde sus becas, desde sus embajadas, desde sus revistas de tres lectores, en fin, desde su ignorancia. Yo no necesito ser maricón para ser una persona sensible, tampoco voy por el mundo con etiqueta de progresista, yo hago chistes homofóbicos y machistas, pero los chistes son chistes, carajo, no hay que andarse con mariconadas.