6 abr. 2015

Reciclaje

Además de escribir contra el voto, escribo contra mí mismo porque yo he votado en las anteriores elecciones y creo mis votos han servido para legitimar el corrupto circo de los partidos políticos y sus infames gastos de campañas y precampañas.

Después de apenas dos décadas de semidemocracia en México, la situación política es peor que en 1997. Hay menor libertad de expresión, puertas más estrechas para la participación ciudadana y un cinismo brutal en lo que respecta a la violación de las leyes electorales por parte de los partidos, los medios masivos de difusión y el mismo Instituto Nacional Electoral (INE).

En 1997, no voté por Cuauhtémoc Cárdenas, debido a que yo tenía solamente 17 años. Pero en ese momento me parecía que México estaba cambiando y para bien; que valía la pena salir algún domingo a tachar una boleta, luego de hacer una pequeña fila, que tal acción sería un grano de arena en la recién descubierta playa democrática; pero me ha parecido como dijera en otro tiempo José Vasconcelos, que a esto ya se lo cargó la chingada.

Si en el 2000 hubo unas elecciones equitativas y masivas por primera vez en toda la historia mexicana, las del 2006 fueron más parecidas a las elecciones en un país vacilante entre el autoritarismo y la democracia, es decir, fueron un golpe contra la democracia en pañales que había en México, debido a la intervención del presidente en las elecciones, a una gran campaña de odio y a una gran cargada de medios masivos en contra de la izquierda.

Sin embargo, todavía en 2009 yo creía que la mejor manera de incidir en las políticas públicas era a través del voto. Pensaba tales cosas porque veía, igual que ahora, que los dueños del país son los empresarios y que esta clase social busca explotar a sus trabajadores tanto como pueda. Además creía que los partidos políticos eran necesarios como un contrapeso de los adinerados. Por supuesto hay ejemplos de sobra para notar que más bien los partidos políticos son empleados de las grandes empresas nacionales y trasnacionales. No legislan para beneficio de la mayoría sino para beneficio de sus patrones. En otras palabras, me recrimino por pensar ingenuamente que los partidos políticos podrían resistirse al control de la clase empresarial, hoy veo que el descaro de Televisa y su Partido Verde no tiene límites.

Pero la mayor decepción es la que he visto en el PRD y en Morena, así como en el resto de los partidos de izquierda. Porque no han sido capaces de distinguirse de las típicas prácticas corruptas del PRI y porque han sido muy ineficaces frente al desmantelamiento del país.

Por otra parte el PAN y los nuevos partidos de derecha además de su enormes desaciertos, pasaron de la decencia opositora a la indecencia como gobernantes, y diría más: a la peor de las indecencias en un régimen democrático, pues en lugar de procurar la destrucción del sistema autoritario, durante los dos sexenios panistas fortalecieron tal sistema y destruyeron los vientos de cambio. Traicionaron a la democracia, y ahora estamos como en los setentas: simulando elecciones inútiles.

Esta es mi conclusión lamentable. Yo voté en las cinco elecciones anteriores porque confiaba en que a diferencia de mis padres, a mí me habían tocado tiempos democráticos, pero con la restauración de la dictadura perfecta en 2012, he comprendido que no, que no hay democracia en México y, por lo tanto, votar es un acto de ingenuidad. Destruiré mi voto, así como los partidos colaboraron con la destrucción de la democracia. Y aunque no se me da el mesianismo, éste será mi lema: "rompe tu voto y recíclalo"