25 jul. 2007

Moriré del todo

Quisiera sentirme como yo era hace diez años. Por mera curiosidad. Sin embargo, pienso que por más que intente reconstruir mi forma de vivir, he perdido para siempre las sensaciones que me motivaban en aquel tiempo. Trataré de inventar mis recuerdos de la manera más verídica posible.
Deseaba ser cineasta, escribir, trascender. ¿Por qué uno no querrá morirse del todo?

Seré polvo indiferente
o ni siquiera polvo
en la región del olvido
el vacío será mi residencia
sin caminos de vuelta
moriré del todo.

Me he preocupado desde hace unos días pensando que el tiempo es infinito y que el anterior poema está equivocado. ¿Por qué yo quiero desaparecer aparentemente para siempre, pero en el fondo no?
Siento que hay una escisión en mí. Qué cansancio me da, qué tedio trágico, cuando me imagino inmortal. Qué infernal sería el paraíso para mí. A mí me gustan las innovaciones, los cambios, los finales. Estoy casi seguro de que por ello dejé de ser católico. Decirle “no” a la vida eterna significó un gran alivio para mi mente. Pero me asombra que haya personas interesadas en no morirse. Y quisiera comprenderlas, quisiera conmoverme, mas sólo logro juzgarlas como insensatas. A los suicidas, en cambio, creo entenderlos bien. Yo soy un suicida.
Estoy firmemente convencido de que el sufrimiento carece de sentido, al igual que la vida. Uno se divierte, por supuesto, inventándose metas, conquistando pequeños trofeos: un diez en la escuela, un empleo bien remunerado, una mujer linda en la cama, tu postre preferido el día de tu cumpleaños. Pendejadas, finalmente.
Podría creerse que digo estas frases con amargura, que tengo una navaja en las manos y estoy en la bañera, despidiéndome de todo y de nada en especial. Y no precisamente. Estoy mirando un amanecer agradable, escuchando además canciones llenas de energía, que me recuerdan momentos intensos. Y creo, también, que la alegría sí tiene sentido. Pero para que lo tenga debe existir la muerte, la desaparición total. ¿Cómo emocionarse de ver la caminata de una nube que has de ver infinitamente? ¿Cómo gozar de la espontánea brisa, si ésta no hace sino un movimiento repetitivo y eterno?
Yo he disfrutado tanto unos pequeños momentos en que me he detenido a darme cuenta de que lo que embellece esencialmente a las cosas es su propia destrucción. Valen porque desaparecen, porque se pierden, porque son irrecuperables. Eso pensé ayer en la noche mirando unas rosas, que estaban en plenitud, listas para pudrirse.
He de repetir, lamentablemente, lo de mi escisión. Me duele que la gente más querida por mí, y mis familiares cercanos, no hayan podido compartir conmigo esta visión de las cosas. Y por este dolor, por no sentirlo, cambiaría mi alma. Sé que es imposible cambiarla, incluso si existiera.
Así que he sido cruel e inhumano. Sentí satisfacción cuando la muerte de mi abuela. Mi padre no me perdonó que yo gozara al enterarme de tal noticia. Si supiera que en su propio velorio también me sentí contento. Ambos estaban muy viejos. Habían perdido la lucidez. Ya no sabían reconocerse ellos mismos frente al espejo. Sus cuerpos eran pellejos desvalidos y tenían frágiles mondadientes por huesos. Lo peor, sin duda, eran sus mentes errando entre la locura y la nada.
Me gustaría, desde otra parte de mi ser, haber creído en un Dios débil. En uno compasivo, en uno capaz de entristecerse y de perdonarlo todo, porque en el fondo, Él sería el único culpable del sufrimiento.
Un Dios así, sin embargo, me resulta patético. Jesucristo nunca me ha caído bien. Demasiado susceptible para mi gusto. Parece que necesita más ayuda de la que es capaz de ofrecer. E individuos como él, dioses como él, me conmueven sólo en un primer momento, luego, muy pronto, me distancio de ellos; no soporto que mi comportamiento les influya tanto ni que mis gestos de hastío les duelan ni que mis banales dichas los emocionen.
Siempre he preferido al inconmovible Dios aristotélico o a los de los sacrificios. Los que dominan el trueno. Aunque no puedo creer en su existencia. Me parece ridículo imaginármelos. Son tan falsos. Mas, fuera de eso, perfectos. Con su muerte comienza el dolor de la fugacidad, nuestra condena perenne a la imperfección.
Anoche también estuve mirando el techo. Allí, entre la oscuridad y el silencio, un dios tendría que pararse, existir, escucharme como nadie lo puede hacer, como nadie ha podido. Yo tendría que sentirme como un niño y decirle esto:
Padre mío, sin oídos, atiéndeme. Compadécete de esta mano que toca la almohada y que no encuentra ninguna aliada, ya que la esposa está muerta y cuando estuvo viva era sólo un sedante, sólo un ruido que me ayudaba a no escuchar mi voz, sólo una sombra de una piel que amé hace tanto tiempo en un brevísimo momento, y sólo porque dijo que no deseaba morir, porque tenía los ojos extraviados, porque estaba mareada, porque estábamos discutiendo, porque le entraban ataques de ansiedad, porque yo quería que se fuera de mi vida, porque ella deseaba quedarse, aferrarse a la imposible eternidad de ese amor que le tuve y que me tuvo. Y ella me pidió que le hiciera el amor, porque ya no sentía su cuerpo, porque necesitaba sentir su carne entregada para pensar que sobrevivía, porque requirió desnudarse frente a la luna del armario y repitió su nombre completo varias veces, porque creyó que ya no existía. Y yo le hice el amor, le pedí que no se fuera, que se aferrara a ese amor que ya no sentíamos, que me ayudara a empuñar el para-siempre como si fuera posible, como si tú existieras, Creador inexistente.
Orfandad, contéstame.
¿Seré el huérfano o seré el padre que abandonó a su hija? A cierta edad, no sé si se pueda ser huérfano. Esto me pasó a mí hace diez años. A los veintisiete. Escogí vivir con una mujer enfermiza y embarazada, cuya angustia principal era la muerte. La traté con ternura al inicio de nuestra vida marital, como si algo me dijera que ella era una mujer buena, la protagonista de una novela romántica, cuyo destino iba a ser la enfermedad, la convalecencia y la recaída mortal.
Ella, por supuesto, era una mujer del siglo XXI, cínica, neurótica, bipolar. Se creaba nudos apretadísimos en la garganta, padecía pesadillas muchas noches, temblaban sus manos al despertar, me abrazaba pidiéndome que le fuera intachablemente fiel. A veces me arrojaba objetos, rasgaba mi ropa, impedía mi sueño. Alguna vez se marchó temprano hacia una oficina y no regresó hasta después de acostarse con algún compañero de trabajo y se negaba a hacerlo conmigo hasta juntar valor suficiente para confesarme que prefería al otro.
No sé cuántas veces nos separamos. Quizá cuando le extirparon un riñón dejamos de discutir y esa costumbre de partir y volver. Para entonces nuestra hija había crecido. Le poníamos mayor atención. Posiblemente para no odiarnos otra vez. La pequeña nos distraía y tratábamos de quererla sin conseguirlo. Ella era el receptáculo de nuestras frustraciones, pero también de nuestra ternura desesperada que necesitaba un cauce para manifestarse.
Poco después de que cumplió cinco años, su madre murió. Por primera vez experimenté lo que era sufrir por la muerte de una persona. Y los días que siguieron a aquel deceso fueron tan tranquilos y agradables, que hubiera deseado que todo el mundo se muriera.
La niña en ocasiones me parecía linda, pero frecuentemente me parecía una extraña, una molestia. Pese a ello, me desagradaba bastante la idea de cederle la custodia a mi suegra. Notaba en la pequeña algunas resonancias de su madre que me conmovían, aunque otras de ésas me enfadaban, como cierta gesticulación de desdén. Me pregunté en aquellos meses si mis sentimientos habrían sido otros de haber sido el padre biológico de la niña. ¿Cuánto podría cambiar en el corazón de un hombre por el hecho de haber arrojado, entre muchos otros, un espermatozoide hábil para fecundar?
También dudé de que si mis metas en la vida hubieran sido menos artísticas, acaso me habría sido posible volverme un buen padre, o al menos un padre.
Yo me esforzaba por destacar. Por crear una obra perdurable. Por escapar de la mediocridad de la dirección de comerciales televisivos. Yo me sabía con talento no apreciado por el mundo consumista e imbécil.
Mientras más puertas se me cerraban, con el correr de los días, con mi escisión entre la vida privada y la vida profesional. Con mi falta de creatividad, con mi mala concentración, con mis mediocres chambas, con una hija cada vez más distinta a mí, cada vez más extraña y maleducada, con todo eso, decidí terminar. Me suicidé por primera vez.
Hice el ridículo. Sobreviví a la caída. Me había arrojado de un segundo piso y sólo me rompí una pierna. Cedí la custodia de la niña un poco después. Pensé que sin molestias alcanzaría la gloria finalmente.
Y ahora, en este momento en el que me estoy viendo frente al espejo, me doy cuenta de que nunca tuve talento. No el suficiente para ser un grande. No el suficiente para trascender. Y sé que filmo inútilmente esto, igual que todo lo que filmé en la vida.
La mañana es bella en verdad. Tú lo sabes, cámara, eres la única que lo sabe, aunque no sepas ver exactamente lo que yo veo. Graba, no sé para qué, lo que yo no podré ver: mi cuerpo muerto. La pistola en la sien no falla, por fortuna. Así que déjame solamente repetir este poema cuyo autor quedó anónimo:

Seré polvo indiferente
o ni siquiera polvo
en la región del olvido
el vacío será mi residencia
sin caminos de vuelta
he de morir del todo.

Después de la detonación, la cámara siguió filmando.

24 jul. 2007

La ciudadanía desempleada

¿Por qué en México tenemos un presidente del empleo? Me lo pregunté mientras leía a una mujer preocupada por el desempleo en México, que es un poco mayor del tres por cierto. Según ella es muy alto. Ese porcentaje a mí me suena a un millón y medio de desempleados. Muchos, ciertamente, pero al cotejar estos números con los del resto del mundo resulta que estamos en uno de los países con menor índice de desempleo. Es decir, ¿por qué consideramos que éste es uno de los más graves problemas mexicanos cuando más de cien países tienen un mayor porcentaje de desempleados?
Asimismo, los escasos países que tienen una tasa de desempleo menor a la de México son más pobres y menos desarrollados. Ruanda cuenta con apenas el 0.6 % de desempleados y no por eso deja de ser un país paupérrimo. Alemania, en cambio, con una tasa de desempleo tres veces mayor a la de nuestro país es innegablemente una economía solidísima.
Ahora bien, no dejan de intrigarme las cifras mexicanas. Si tenemos una tasa tan baja de desempleo –porque sí es baja--, y además, dentro de esa tasa no se considera a los que se dedican al comercio informal o a los que cuentan con empleos por los que no se reciben prestaciones, tendríamos que en México no hay ningún desempleado. O sólo un puñado con vocación de vago que no mermaría los porcentajes macroeconómicos.
Aunque yo no tengo fe en estos datos, debo decir que, en efecto, yo no percibo que el desempleo sea un problema mexicano. Siento que cualquier individuo con mínima preparación podría conseguir un trabajo, al menos en la ciudad de México, el mismo día de comenzar a buscarlo. Por supuesto, la apabullante mayoría de los que encontrara serían mal pagados.
Los bajos salarios son un problema diferente al del desempleo. ¿Pero por qué tenemos un presidente que prometió empleos y no mejores salarios? Acaso la pregunta tendría que ser: ¿por qué tenemos presidentes que nos prometen maravillas si ni siquiera tendrán el poder de cumplirlas? La realidad es que nuestro, como chistosamente se dice, primer mandatario no tiene tantas atribuciones como creemos. No es suya la responsabilidad de los empleos ni la de la mejora de los salarios.
Sólo desde la demagogia se promueve el mito del líder salvador que redimirá a los pobres. Pero eso visto con un poco de racionalidad es imposible. La pobreza de nuestro país no es producto de la voluntad de unos malvados oligarcas como parecen creer y aseveran los enfermos de izquierdismo. No se puede aumentar el salario mínimo por decreto al doble o al triple. Y si se hiciera no sería necesariamente benéfico, puesto que seguramente causaría una impresionante inflación, cuyos efectos perjudicarían en mayor medida a la clase baja.
A los siete años me enfrasqué en un debate político con un primo mío un año menor. Discutíamos para ver quién de los dos convenía más para presidente de México. Ese día se había incrementado el precio de las tortillas y yo dije que si fuera presidente reduciría su precio a la mitad, mi primo adujo que él las pondría a la mitad de la mitad. Continuamos prometiendo cada vez más tonterías hasta llegar a absurdos como el de regalarlo todo. Y yo, que como todos los niños normales era ateo, no me di cuenta de que ni el omnipotente dios judeocristiano sería capaz de tanta dadivosidad.
Me río de la anécdota pero me preocupo al mismo tiempo viendo que hay gente adulta dispuesta a creer que el presidente sí tiene la capacidad de volverse benefactor de los pobres, bastaría con que fuera bueno y no el malévolo explotador que, según esto, suele ser. Y peor aún, hay políticos y columnistas dispuestos a propagar el mito de que, efectivamente, sí es suficiente la voluntad de un caudillo para que los pobres dejen de serlo.
Lamentablemente, la bondad de un mesías metido a candidato a un puesto público no alcanza para reducir la pobreza del país. En las elecciones jamás hay una disputa entre el bien y el mal, por más que los bandos en cuestión traten de hacerlo creer. Y en un gobierno republicano, federal y democrático es imposible la omnipotencia. Parece que estoy diciendo enormes tonterías por la obviedad que implican, pero basta revisar las promesas de campaña y basta ver el comportamiento de los fieles votantes para asustarse de esas masas entusiasmadas con su gallo, con el bueno, con el que los sacara de pobres. Mas, en ningún primero de diciembre ha de llegar Godot a México.
Escribo esto, contrario a lo que podría pensarse, impelido por el optimismo. Se ha ido lentamente construyendo en el nuestro un país democrático. Y si bien hay peligros, el mayor no está en nuestros políticos, sino en las masas antidemocráticas. Esto es redundante. El hombre-masa es esencialmente antidemocrático porque ni siquiera asume su individualidad, renuncia intelectualmente a su calidad de ciudadano al integrarse a una masa especializada en gritar consignas estúpidas.
No son empleos lo que más requiere México en estos años, sino que se llenen las millones de plazas vacías: se solicitan ciudadanos demócratas. No debemos dejar la política en manos de políticos exclusivamente. La ciudadanía no debe quedar desempleada. Debemos usar con provecho las libertades políticas que en México existen. Más ciudadanos, menos políticos, tal es la llave de la democracia.
¿Por qué un presidente del empleo si los ciudadanos no requerimos más empleos mal pagados? ¿Por qué un presidente del empleo si la ciudadanía al no asumir su rol se desemplea a sí misma? En la pregunta está la respuesta, me parece.

Consolación

Cuando comenzó el viernes, apenas hace tres días, aunque los pienso lejanos, estaba viendo una película en la casa de una amiga, a una cuadra de mi casa. Volví con la calle fría y negra. Las luces del Barba Azul, una tienda abierta, un teporocho pidiendo para una cañita.
Mi padre se quejaba. Aún.
Yo no podía dormir. Pensaba. Quería oír música, quería escribir. Estuve un rato en la intemperie recordando, planeando. Encendí la computadora y empecé a lanzar las primeras palabras. Una carta. Corrieron los minutos a ritmo de segundos. Leí viejos textos. Las luces donde dormían mis padres se prendieron, se apagaron.
Sorpresivamente, porque también el amanecer es una sorpresa, amaneció. Creí que sería bueno dormir un rato. Un poco después mi madre me despertó, llorando, quiso abrazarme y me pidió llamar un médico.
MADRE: Márcale, dile que venga, que tu papá está muy grave. Voy a la farmacia.
Ella mentía. Yo ya no pude ver a mi padre ese viernes. Vi un cuerpo sin vida. Decir esto parece fácil, pero nunca había visto algo semejante. No había ser humano en ese cuerpo que yo vi, no había espíritu ya. En vano acerqué el oído a su corazón buscando el respirar de su alma. En vano aproximé el espejo a su rostro pretendiendo ver el reflejo de su espíritu. No había nada.
No sabía qué hacer con esa piel fría y ajada, con esos huesos ya para siempre inmóviles. Tendí mi cama. Me lavé tres veces los dientes. Di varias vueltas. Mi madre volvió, contenía su llanto y derramó una cucharada de suero en esa boca inerte. Ya está muerto, le dije. Eso temo, dijo ella. Abrázalo y despídete, dijo, pero yo lo busqué en el aire y no lo vi, lo busqué también en el techo y tampoco lo hallé. Ya no estaba. Ya no podía abrazarlo.
Fue el comienzo de un día largo.
Hubo funeraria, hubo llamadas, hubo carroza y lágrimas, y pésames e incredulidades. No hubo desayuno, no hubo baño, no hubo buenos días, tampoco música, tampoco risas ni minutos tranquilos.
En la capilla donde fue el cuerpo velado, aparecieron personas que yo desconocía. Me fue molesto. Sus intentos de consolarme y de manifestar condolencias, me confirmaban que estaba, incluso, más solo que antes. Tampoco entendía porqué debía guardar un ritual en el que de ningún modo creo. Y me parecía muy significativo que mi padre estuvo muriendo mientras yo escribía. Se me ocurrió un título para un ensayo: “La evasión de la literatura”, en él explicaría cómo la aparente evasión, en realidad, era vigilia, es decir, un estar despierto.
En ese momento, se marcharon todos los extraños y todos los vagamente rostros familiares, y quedé solo ante el cadáver. Yo no sabía qué hacer, me temblaban las piernas, no sabía cuánto más podía estar de pie. En eso, comenzaron amigos a consolarme.

SÉNECA: Antonio, lex est, non poena, perescere.

ANTONIO: En español, Lucio, no estoy para latines ahorita.

SÉNECA: Español latín es. Lex-ley, est-es, non-no, poena-pena, perescere-perecer.

ANTONIO: Cierto, gracias por hacer guardia conmigo.

MANRIQUE: Recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte.

ANTONIO: ¿Ves, Séneca?, ésta sí es mi lengua. ¿Yo tenía el alma dormida? ¿Por qué yo no recordaba que mi padre iba a morir? Uno debe recordar la muerte, la ajena y la propia. Pero no recuerdo bien. (Para sí mismo) ¿Qué día era en el que me voy a morir?

VALLEJO: Yo moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.

ANTONIO: Por supuesto, para recordar el futuro basta con ser un poco sensatos. Volver a ser cuerdos, eso es recordar. Y debemos recordar las cuerdas, los acordes y las cordialidades del corazón. ¿Verdad, Jorge?

MANRIQUE: Si juzgamos sabiamente, daremos lo non venido por pasado.

ANTONIO: Ya estamos cuatro haciendo guardia, ya está mejor, se me siguen cansando las piernas sin embargo.

SABINES: (Enojado) ¿Para esto vivir? ¿para sentir prestados los brazos y las piernas y la cara, arrendados al hoyo, entretenidos los jugos en la cáscara?

ANTONIO: Pues sí, somos seres para la muerte. No seas malo, Jaime, tráeme un café y no digas más.

BÉCQUER: ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno? (Se persigna y llora)

ANTONIO: La materia no es vil, Gustavo, ándale, quédate en mi lugar mientras descanso un poco.

NETZAHUALCÓYOTL: ¿Dónde está el camino hacia el reino de los muertos, al lugar donde todos bajan, a la región del olvido? ¡Nadie está aquí: me han dejado huérfano!

ANTONIO: No es necesario buscar ese camino. Los muertos están aquí con nosotros. Mira, él te lo puede explicar, yo saldré a caminar un rato.

COMTE: (Adoctrinador) La humanidad se compone más de muertos que de vivos…

MIGUEL HERNÁNDEZ: Tu padre volverá por los altos andamios de las flores.

ANTONIO: Gracias, ¿me acompañas a estirar las piernas? (Ambos avanzan)

GABRIEL CELAYA: En la primavera los muertos suben a las rosas.

FADANELLI: Ojalá pudiéramos comprender que la muerte no es una desgracia.

ANTONIO: No estoy seguro de eso último. Depende de qué muerte, ¿no?

SÓCRATES: El virtuoso no puede temer la muerte.

ANTONIO: Es que sólo podemos pensar la muerte como desgracia, comprendiendo, recordando, que la vida es buena. Como la vida es buena, no es bueno morir, pero como la vida es buena, no es bueno lamentarse por la muerte, porque la muerte y la vida son la misma mujer. Mírenla, hermosa, sin piedad, imponente. Yo no puedo dejar de mirar sus curvas, sus risas bobas y sus ojos dolientes. Me gusta la vida.

MÚSICA DE SCHUBERT: A mí también. Qué bella mirada de llanto tiene la vida.

MÚSICA DE MOZART: Ella es un manantial de milagros, es bebible como el gozo.

MÚSICA DE BEETHOVEN: Hay que estar de pie con ella, someterla a cariños, conquistarla.

ANTONIO: Vamos a volver, a despedir esta caja de muerto, vamos a enterrarla, vamos a ser humanos, vamos a decir unas palabras, vamos, si somos fuertes, a recordar nuestra muerte.

CAJA DE MUERTO: Yo no estoy triste. Mi espíritu está construido para cobijar a un cuerpo, para presentarlo con la tierra y para que la tierra lentamente lo conquiste, lo abrace y lo lleve a embellecer un verde cementerio.

CUATRO CIRIOS: Nosotros no estamos tristes. Estamos para la firme luz, para el firme desplome de nuestra existencia. Ya casi nos acabamos y seguiremos firmes, para eso nacimos.

ANTONIO: Yo sí estoy triste. Pero la tristeza no es mala. Mi padre era un lector. Yo lo vi leer tantas veces al pie del ocaso. Yo lo oí recitar a López Velarde. Y yo leí por él, leí que tengo hermanos en todas las centurias. Leí no sólo quejas, no sólo furias, leí consuelos.

TORQUEMADA: Para la fugacidad de la vida, la historia es un consuelo.

ANTONIO: Y lo es más la literatura. Aunque aquí llore Jaime y mande a la chingada las lágrimas, y Gustavo Adolfo palidezca, y el pobre de César lleve horas sin comer, aquí velando, me acompañan, me consuelan. Y mi padre no del todo está allí, bajo la tierra, enamorándose del polvo. Está en mis entrañas, en mi sangre, en mi risa, en mi miopía. ¿Cómo voy a sentir la orfandad si está conmigo? ¿Cómo si me enseñó a tener cientos de hermanos? Y aquí están, unos son tristes, sí, porque duelen los decesos, como a veces duele una sinfonía, mas la música es buena, es bueno que exista. La muerte no es una desgracia. Ella sirve para recordarnos lo venturoso de estar vivos.

MANRIQUE: Nos dexó harto consuelo su memoria.

En el nombre del humanismo, de la literatura y del teatralismo, Amén.

13 jul. 2007

¿Canto a la vida?

Es más fácil perdonarla de día
por la claridad, por los ruidos del alba
por la inercia del golpe en la vejiga
me doblo, me levanto, me restriego
la cara y mi boca donde la noche
procuró sembrar un beso de ruina
siento la tentación de despreciarla
de buscar un vientre bajo la tierra
pero grita mi sed, clama mi hambre
y está la mesa, cual mano extendida
allí, con el agua blanca y el polvo
y aun cansado de pie desayuno
trato de no ver la ventana clara
ni de encariñarme con los cuchillos
soy un animal de pocos instintos
y ella está por todas partes, malvada
la perdono y le soy indiferente
anda ya en los rugidos de la calle
anda ya en mi cuerpo, me está escarbando
se deleita con esa sangre idiota
que camina en mí y me hace andar
ella sabe que en el fondo la quiero
aun cuando yo no le importo, sabe
que a veces una nimia inmensidad
un instante de su cuerpo, yo miro
ella sabe que le veo la risa
y se la amarga para confrontarme
de sus perversiones me empuja muestras
sonríe cuando entre sus manos tiene
un corazón en tristes arrebatos
sonríe con la locura que implanta
y yo, fatigado, guardo silencio
le ruego al agua tibia que me libre
quedarme sin pensamientos, le imploro
mas el agua no es más que una caricia
es ella otra vez, son sus dedos líquidos
sus trampas, sus promesas de bonanza
me entusiasma con sus gotas de tiempos
me permite recordar una infancia
falsa, ¿por qué le gustan los engaños?
¿por qué, dulce, se hace pasar por niña?
y siempre me vence, me tiene atado
mas yo no puedo cautivarla, no
yo no puedo con ella ni un abrazo
tentáculos de acero en la garganta
no me dejan decirle que en el fondo
acaso sí deseo perdonarla
pero no, yo le soy indiferente
con la sangre de otros, ella disfruta
conmigo juega juegos de abandono
roces furtivos, disturbios y adioses
y tal vez en el fondo yo la odio
me gustaría tanto someterla
y ya no pertenecerle indefenso
quizás en el fondo ya no siento nada
sólo sigo con ella por costumbre
por la gris costumbre de la esperanza
por la infame manía de los ojos
que buscan ver las putas novedades
esas viejas hechas de maquillaje
que son pura podredura encubierta
son embelecos que ella ha preparado
ella, ancestralmente, la mentida
la imperdonable que a diario perdono
la señora indiferencia, mi dueña
la de los besos breves, mi fuente
la que a todos seduce, mi ventisca
mi milagrosa y común, mi familia
tan múltiple y única, mi desgracia
Vida mía, vida, di que tú sabes
lo que yo, en el fondo, desconozco
mírame, di que sabes que es de noche
Vida, vístete de negro, comprende
no es fácil estar contigo a oscuras
Vida, estar a estas horas, duele
para permanecer aquí no hay causas
para sufrir por tus cauces impíos
para ver desmoronarse las casas
donde he pretendido vivir en paz
contigo, belicosa, vida mía
no hay causas, sólo un tránsito banal
de cosas, sólo hay un vano amor
un inútil amor, un gran fracaso
mas tú no te interesas en mis llagas
tú sólo por mi semen me despiertas
por la nueva víctima que tendrías
si con una mujer fértil me uniera
pero yo he decidido traicionarte
me voy a fornicar con una estéril
con tu rival eterna, con la muerte.

Ciudad

¿Qué se puede decir de esta magnífica ciudad? Que es inhabitable. Que deberíamos buscar otra, una mejor, una en la que todavía el cielo conserve su color, en la que se pueda caminar sin miedo a un asalto o a la caída de un pájaro envenenado por el sucio aire. Una ciudad donde todavía existan rincones silenciosos para estar a gusto un rato, lejos de la demasiada luz y el demasiado ajetreo de esta urbe llena de ruidos grises, de escándalos metálicos, de neurosis en cada calle.

Sí deberíamos buscar otra, una mejor, que no sea un basurero ni esté rodeada de ríos muertos, y que no se haya fundado en el crimen para si se abre la tierra no se encuentre la sangre circundando las ruinas de otra ciudad ya sepultada.

Una ciudad en la que la noche no sea un territorio sórdido y los niños no arrojen sus cuerpos a los vidrios o traguen fuego o se pierdan intoxicados de cemento en sus lechos de alcantarilla, junto a las ratas que se aparean y extienden a diario su mancha plomiza, que ya se encarama en los cerros y los devora.

¿Y cómo sería la ciudad a buscar? Tendría que tener su historia, unas cantinas con ecos de carcajadas de otros siglos, iglesias construidas con tezontle para que tengan una presencia mística, pero también edificios de cristal donde pasen las nubes; un palacio de gobierno serio y discreto, como buen mexicano, y una catedral barroca en la que los santos españoles tengan tristeza indígena, quizá también un castillo en un sitio elevado, en medio de un bosque, cerca de un lago al que se pueda ir a remar con la novia o con la familia para que existan los burgueses y buenos paseos dominicales.

Sería una ciudad casi provinciana, con librerías de viejo, con organilleros, con pueblos disfrazados de colonias, con gente amable aunque distraída, con muchos museos y muchos poetas, con una plaza de mariachis, con cafés jarochos y habaneros, con chinampas ebrias, con un tren trasnochado, con turistas mirando hacia arriba todo lo mirable. Sería una ciudad grata, aun cuando hubiera demasiado ruido y contaminación.

Me iría a vivir allí inevitablemente. Y ya no buscaría otra, ¿para qué? Si aunque se cambie de ciudad, no se cambia de alma.

No me platiques más

Enrique entró en su casa sin ganas de saludar a Marcela, su mujer; tenía la garganta más lastimada que de costumbre. Para hacerse notar tosió dos de veces. Fue hacia su cama, arrinconó un bulto de ropa antes de lanzarse sobre el colchón.
¿Cómo te fue hoy? Le preguntó su esposa, desde la cocina. El hombre hizo un gesto de molestia y se tocó la garganta. Al alzarse un poco, vio que se le acercaba. ¿Te fue bien? Insistió. Estoy harto de hablar, me duele la garganta, ¿no ves? Dijo.
Subió un pie al borde de la cama para desatarse las agujetas. Ella regresó a la cocina. Los vapores de la sopa se difundían por la vivienda. Enrique, ya hambriento, botó sus zapatos y fue descalzo hacia el fregadero para servirse un vaso de agua. Entretanto, su mujer llevaba dos platos a la mesa.
Ayer llegaste tan cansado que ni te conté lo bien que me fue en el trabajo, espero que hoy esté igual. ¿Por qué nunca me preguntas cómo me va? El hombre soltó la cucharada de sopa, afiló su mirada contra ella. La estaba imaginando en la cama con otro hombre.
¡Yo no quiero saber nada de tu pinche trabajo! Gritó afónicamente. Marcela dirigió la vista, por inercia, hacia la cuna donde dormía su hijo, que se movió un poco, pero sin despertar. Los esposos continuaron la comida en silencio. Cuando Enrique había inclinado su plato y lo raspaba en busca de más caldo, ella se lo retiró. Desde la cocina quiso iniciar otra plática.
Hoy casi se suelta a caminar el bebé.
Ah. ¿Por qué no pones música, aunque sea bajito? La mujer fue a examinar la pequeña pila de discos que tenían y escogió uno de boleros. Comenzó No me platiques más. Ella aminoró el volumen.
Una vez terminada la comida, Él fue a la cama. Marcela lo siguió y puso su cabeza sobre el pecho del hombre, luego miró al Cristo de la cabecera.
Quisiera que ya no chambearas. De verdad yo preferiría morirme de hambre a verte trabajar. Me aguanto sólo porque necesitamos sacar adelante al niño, si no...
Ya no digas nada. Te digo que va a mejorar la situación, ya no pienses cosas.
Cerraron los ojos. Acabaron las canciones. Con el silencio, Marcela se desprendió de los brazos de Enrique. Ya era hora de marcharse. Muy maquillada, con una minifalda y cargando un bolso salió a la calle.

11 jul. 2007

De pasiones inútiles

Nunca he leído con disciplina la filosofía de Sartre. No sé si he leído alguna vez a un autor con disciplina o si, por lo menos, he hecho algo en mi vida con esa cualidad. Pero me imagino que si abriera cualquier libro de él al azar y encontrara, por ejemplo, una de esas sentencias famosas que nos llegan por extraños mensajeros como: “el ser humano es una pasión inútil”, tendría que cerrarlo de inmediato y dedicarme a una acción más lúdica, ya sea jugar con mi perro u hojear una revista con muchas fotos de mujeres o beber café turco.
¿Si somos una pasión inútil, cómo puede uno enfermarse de gastritis o de migraña por la locura de conquistar la perfección? ¿Por qué las sociedades se han llenado de disciplinas y exigencias? ¿A quién se le ocurrió que es benéfico empezar las actividades laborales a las ocho de la mañana?
Comprendo que es necesario olvidarse de esa sentencia, o no creer en ella, para poder vivir. ¿Cómo obtendríamos fuerzas para tender todas las mañanas la cama que hemos de deshacer todas las noches? Nadie quiere habitar en un cuarto ni en un mundo totalmente sucio y desordenado. Pero ¿por qué tendríamos que dar nuestro máximo esfuerzo siempre? ¿Por qué tenemos que olvidar que la meta de cualquier carrera que emprendamos será la muerte?
Para mí el disfrute de la vida, pensé esto el otro día sentado en la mesa de un café, consiste en tener varios minutos diarios disponibles para la renuncia total a cualquier esfuerzo. Quisiera una media hora para permanecer echado en alguna parte como el animal cansado que soy.
Un momento de aislamiento, ya sea en la calle –donde uno siempre está aislado-- o en la casa, siempre y cuando la televisión no moleste ofertando productos. ¿No tenemos derecho a un rato de renuncia en el que no nos importe ni la hambruna de Zambia ni las cuitas de los osos koalas, ni tampoco nuestras deudas y romances, mucho menos los políticos o el calentamiento global, no tengo derecho descansar de los problemas?
Tal descanso significaría que aún pudiendo ser más productivo, pudiendo ganar más dinero, pudiendo leer más o pudiendo dedicarme al mejoramiento de mis relaciones sociales, prefiero no hacerlo. Prefiero la quietud.
Sin embargo, soy capaz de aplaudirles a las personas que viven entregadas a alguna pasión. Hace tiempo ésa era una de las primeras preguntas que le formulaba a las personas que conocía: ¿qué es lo que te apasiona? Y a partir de sus respuestas comenzaba a conocerlas. Acaso lo único que tengan en común todas las pasiones sea su inutilidad. Lo que a mí me parece destacable es que he visto que entre menos pragmática sea la pasión que mueve a una persona, es decir, la que menos le retribuye materialmente, tal persona se conduce con mayor calidez.
En cambio, he conocido gente que parece creer que su trabajo es indispensable para la armonía del universo. Los de esa estirpe son los que más fácilmente me desprecian. Supongo que no les es fácil tolerar a un tipo dispuesto a ser siempre un hombre mediocre. Ellos sacrifican no pocas veces su felicidad para ser mejores y yo, al contrario, por unas migajas de dicha soy capaz de ser el último competidor en cruzar la meta.
También, por supuesto, es una pasión inútil mi hedonismo. Pero yo no me muero de ganas por serle útil al mundo. Aunque admire a don Quijote, no comparto su vocación. Mas si piden mi ayuda, incluso los de la estirpe perfeccionista, tal vez sepa desfacer un entuerto, aun cuando no garantizo nada.

Del mejor amigo del hombre

La máquina es el mejor amigo del hombre. Somos humanos gracias a la tecnología. Esto, aunque lo escribo a solas, siento que lo escribo ante la tierna mirada de mi computadora. Y no podría haberlo escrito de otra manera. Otros podrán porque en mi generación todavía hay quien no sabe escribir sino a mano. Buscan un bolígrafo bonito y una libreta bien decorada para poder hacer letras felizmente. Y por supuesto, no sienten que estén como yo, influenciados por las máquinas modernas ni por la obsesión tecnológica del ser humano de hoy en día.
Obviamente un bolígrafo y una libreta actuales no asombran como cosas nuevas bajo el sol, pero son tecnologías modernas. ¿Qué sería de sus talentos sin esos aparatitos? Se podría escribir con tinta en papiros o con cincel en piedras. Pero hasta la piedra es una gran tecnología.
Para mí el descubrimiento de la piedra ha sido muchísimo más relevante que el de la fibra óptica o el de la estructura atómica. El primero que agarró una piedra con la intención de romperle el cráneo a un conejo dio un salto cualitativo impresionante con respecto a sus congéneres.
Yo creo que el hombre es hombre gracias a su capacidad de humanizar las cosas. La piedra, como se dio cuenta un antiguo sapiens, es un escupitajo durísimo, es un puño que vuela, un cabezazo sin dolor propio, en fin, una extensión del ser humano, al cual podemos definir como un animal tecnológico. Donde otro animal ve un montón de fierros sin sentido, nosotros nos vemos reflejados.
Por esto yo no entiendo a las personas temerosas de la tecnología. Ay, no me tomen fotos porque me roban el alma. Yo no navego en Internet porque naufrago. ¡Pero todo es tecnología! Hasta los botones que tiene nuestro espíritu y el cableado por donde la sangre se desplaza.
Otro asunto es que el humanismo esté herido de gravedad. Eso sí lo entiendo. El problema no es que una computadora derrote al mejor ajedrecista del mundo, tampoco que abunden las armas de destrucción masiva; el problema es que ya no sabemos distinguir claramente entre lo que es bueno y lo que es malo. O si por lo menos esos conceptos continúan teniendo validez.
Dos anécdotas que sirvan de paréntesis porque ya me cansé de este tono. Una vez vi a un tipo colérico en su oficina golpeando frenéticamente a su computadora porque ésta ya no le respondía a buena velocidad y, además, se trababa. En otra ocasión, un amigo mío le aconsejó a una chava que dejara descansar a la PC porque ella también tiene sentimientos. Aunque evidentemente en el segundo caso, ante un problema similar, el resultado fue mejor, no es por el fin sino por los medios que traje estos recuerdos a colación. Son los medios y no los fines lo que nos hace humanos. Lo mejor de Ítaca es el camino. Ahí está el sentido de la humanidad.
Cualquier otro depredador también tiene ganas de matar al conejo. Sólo el hombre ha tenido el ingenio y la capacidad física (porque nuestro cuerpo también es tecnología por cierto) de utilizar la piedra para ello. Y digo que sólo el hombre porque las mujeres han de tener otras técnicas más efectivas y diabólicas.
Me imagino absurdamente a un homínido diciendo: qué barbaridad, qué tiempos me ha tocado vivir, hoy en día los jóvenes viven pegados a la piedra (al mineral no a la droga, caray, ya dejen de pensar en eso), como si no pudieran usar sus manos para quebrarle la cabeza a esos animalejos, ¿a dónde iremos a parar?
Por supuesto, yo no estoy de acuerdo con los científicos positivos ni menos positivistas que responden a la anterior interrogante diciendo: vamos al progreso, siempre al mejor de los mundos posibles, inventaremos la eternidad un día de estos. Esos monstruos que ellos sueñan, como creyendo en paraísos, no son culpa de la ciencia y mucho menos de las inocentes tecnologías. Son culpa, sin duda, de nuestro endeble humanismo.
El humanismo es un viejito que ya no ve bien ni va bien y apenas si oye, le falla el olfato y habla cascadamente.
Lo bueno es que puede usar lentes y mejorar su vista o hacerse una operación con rayos láser, incluso, pagándola a crédito, si no le alcanza el efectivo en este momento; también puede comprarse un aparato para la sordera y otro par para la olfatera o como se llame. Lo importante es la lucidez. La invaluable conciencia de que somos seres para la muerte y que es sumamente valioso aprender a morir bien, para lo cual creo yo que resulta indispensable redescubrir el agua tibia o el sorprendente hilo negro, es decir, procurar una vida sin remordimientos, sin dañar al prójimo, que ahora se llama otredad, y andar más o menos contentos, alivianando nuestros pesados dramas.
Hay que aprender de las computadoras. Ellas no andan azotándose porque no saben qué hay después de la formateada o por si el usuario puso sus manos en otro teclado. Viven al día y dispuestas a escuchar tus problemas siempre que haya corriente eléctrica. Claro que si uno está hueco por dentro o tiene el corazón de hierro, pues es lógico que no sepa comprender los dulces sentimientos de nuestras computadoras.

De la prostitución

Uno de los pocos oficios honrados que quedan en México es la prostitución. Si mal no recuerdo, algo así declaró Eusebio Ruvalcaba, y recuerdo que hace un par de años lo cité ante mis alumnos de preparatoria abierta; una señora me dijo que me equivocaba, que había explotadores y que tal empleo tampoco era totalmente honrado. Creo que eso dice mucho acerca de la prostitución. Pero ahora con la nueva iniciativa de legalizarla, me ha parecido un tema muy digno de ensayar, aunque me enfocaré en el aspecto menos espinoso: el de quienes se prostituyen libremente.
Por principio, los principios. La moral es parte constitutiva del espíritu de las leyes, mas en un estado laico, la moral debe ser laica, es decir, no debe estar sustentada en dogmas religiosos. Así que considero que se tiene que reflexionar acerca del bien y el mal, mal que les pese a los antimoralistas, que suelen ser los intolerantes por excelencia.
¿La prostitución es un bien o un mal? Desliguémonos por el momento de nuestros prejuicios y meditemos. Para simplificarnos el camino aceptemos que el bien se vincula con lo real, con lo placentero y con lo que no daña a otros. Y el mal se relaciona con lo que sí causa un daño, con lo que es falso y ocasiona desdichas tanto propias como ajenas. Por supuesto que se pueden cuestionar estas definiciones presurosas.
Replanteada la pregunta, sería ¿causa la prostitución perjuicios o beneficios? Sin duda, la respuesta, a menos que saliera de una perspectiva dogmática, tendría que ser relativa, es decir, como se trata de un fenómeno complejo hay que reconocer que genera tanto beneficios como perjuicios. Y esto es muy importante para no caer en fanatismos y en creer que lo que sustenten una opinión contraria sean malas personas, sea cual sea su postura en este tema.
Antes de analizar si daña a la sociedad, limitémonos socráticamente a un caso particular. ¿La mujer o el hombre que ejerce la prostitución se dañan a sí mismos o dañan a sus clientes por el sólo hecho de comerciar con su cuerpo? No necesariamente. Podría ser en ciertos casos. Pero en sí misma la prostitución no es dañina. Sostener lo contrario implica, sin duda, una concepción puritana de la sexualidad.
¿Y qué es la prostitución? Un trabajo. Hay un individuo que realiza un esfuerzo con su cuerpo y que por tal esfuerzo recibe una remuneración. Quien se prostituye trabaja y, vale decir, generalmente se le explota. Y por esa condición de ser explotado es posible que se pierda la dignificación del trabajo, pero no por el trabajo en sí, sino por la explotación que conlleva.
¿Es posible que la prostitución dignifique a quien la ejerce? Sí. Y hay testimonios de ello. El que no los escucha es porque no quiere tener oídos. Existen personas que por elección se prostituyen. Y si es ilegal su trabajo se debe a que no se quiere intranquilizar a la sociedad. Antes de preguntar lo que seguramente se planteará múltiples veces: ¿no es legalizando, regularizando, como se podrá tranquilizar a las buenas conciencias ya que de cualquier modo es imposible erradicar la prostitución? Antes de eso, digo yo, hay que preguntarnos si la ley se refiere a la tranquilidad moral, de conciencia o a la tranquilidad física. Es decir, si quien se intranquiliza con la prostitución lo hace por miedo a otra cosa, que no a la prostitución en sí; por ejemplo a peleas, tráfico de drogas, etc.
Ya que si la intranquilidad es meramente moral, ¿tiene el Estado obligación de cuidar tal tipo de tranquilidad? No, porque sería una labor imposible. Pensar la moral como algo unificado es un absurdo anacrónico. No todos tenemos la misma moral y no tenemos por qué tener la misma. La pluralidad es un bien. Para que exista libertad en la sociedad, debe existir pluralidad, ya que no todos somos iguales y no tenemos por qué serlo. El pensamiento único es una aberración totalitaria, autoritaria y dictatorial. Las peores crueldades del siglo XX se originaron en un pensamiento que pretendía una sociedad igualada hasta en su forma de pensar.
La tranquilidad moral de los individuos depende de estos y no del Estado. No porque unos se escandalicen con las prácticas laborales o sexuales de otros, tales prácticas deben prohibirse. A mí, por ejemplo, me escandaliza moralmente que existan reporteros de espectáculos y no por eso pido que se prohíba su trabajo. También me horroriza moralmente que existan monjas, pero acepto que es preferible una sociedad plural imperfecta per se, que una mentida sociedad esperanzada en la perfección y que bajo tal pretexto, reprima las libertades individuales.
Por si mis breves argumentos no bastaran para convencer a nadie. Y no dudo que eso sucediera. Apelo a la justicia poética, lo cual dista de ser vana y me permito parafrasear a Sabines: a las prostitutas no sólo hay que legalizarlas, sino canonizarlas.

Mientras sonrío

Noté una cierta tristeza en tu poema, me dijiste. Tal vez sea cierto. ¿Pero no hay una cierta tristeza en todos los poemas, por lo menos en los poemas profundos? No es por mi oficio ese dejo triste; si yo fuera minera, estoy segura, sería una persona sumamente infeliz. Y como me ves, soy risueña, nunca me he deprimido. Me siento afortunada y, debo decir, lo que me da tristeza en ocasiones no es precisamente mi vida, sino la vida en general. Cuando me pongo a pensar en los niños que no tienen más padres que las calles ni más patrimonio que polvo citadino y los rugidos inhumanos que emana esta urbe. También un poco, pero en menor medida, cuando un cliente me busca continuamente y se muestra más interesado en compañía que en otra cosa.
Funjo, como ves, de psicóloga a veces. No me desagrada el rol. ¿Has leído a Lacan? ¿No? Deberías. A diferencia de Freud y sus secuaces. Me gusta llamarlos así. A diferencia de ellos que le otorgan un papel central al sexo, con Lacan se consigue observar otros impulsos del ser humano, por ello a mí me convence más. Mi experiencia me dice, y creo que tengo currículum para sustentarme, que el sexo no es la búsqueda fundamental.
¿Estoy sonando pedante? Me lo permito contigo porque dices que tú también estudiaste ciencias políticas. Yo he tenido novios a los que solamente tolero en la cama. No sé en realidad si deba llamarlos novios. Son tipos a los que les tengo consideraciones especiales, pero hace mucho tiempo que no acepto a nadie de esa manera. En fin, creo que tú no te interesas en mis chismes, sino en mis opiniones. Eso es rarísimo, eh.
Aunque no creas que no me doy cuenta de tus miradas repentinas a mis labios y a mi cintura. ¿Ya me habrás desnudado más de una vez en tu mente? Yo ya lo hice contigo. Una se acostumbra. Acaso sean gajes del oficio. Me gusta la belleza como a cualquier persona. Hace tiempo llegué a creer que en la búsqueda de lo bello no puede haber ninguna perversión. Pero ya no me desviaré más. Veo que agachas la cabeza quizá porque tu timidez no te permite pedirme que me detenga y que me concentre en el tema planteado.
¿Si mi trabajo me dignifica?, preguntas. No sé exactamente a qué te refieres con eso de dignificar. No hay día en el que no me sienta satisfecha. Y hay diversas razones para ello. Hay clientes que me tratan muy bien, son muy atentos, muy cariñosos o muy complacientes. Cuando recibo dinero también me alegro. ¿No le pasa así a todo trabajador? Odiarán su empleo, a sus jefes, pero no dejan de sentir cierta dicha al recibir su quincena. Pues yo más porque mis ganancias las recibo diario. ¿Y cómo no apreciar el dinero, si con él se obtiene casi todo? Aunque pueda ser una fuente de preocupaciones, no deja de ser un puente hacia una vida placentera.
Sólo la virtud es el bien, dices, y dices que citas a Cicerón. ¿Me siento virtuosa? Tal como puede un músico ser virtuoso en un instrumento así yo me siento virtuosa de la cama. Lo mío es una maestría epidérmica. ¿Sabes? Considero que el cuerpo tiene su propia sabiduría. La piel, nuestras pieles, gozan las caricias, perogrullada aparte, yo trabajo procurando ese contacto de los cuerpos, ese cariño que en la carne aflora sin necesidad de citas previas ni de compromisos ilusos ni de reticencias supuestamente de buena moral. ¿Por qué ha de elogiarse la castración en vez del sexo pronto y puro?
Te ríes. Tu risa se me figura un río, corre turbiamente, con nervios, ansia, represión y, no sé por qué lo imagino así, con algo de fraternidad.
¿Que si yo fui alguna vez a las marchas del 2 de octubre? ¡Ahora sí me sorprendiste! ¡Eso sí que es cambiar de tema! No, nunca fui. Yo fui en la carrera muy antisocial. No estaba interesada en las relaciones personales, porque no pensaba ni pienso dedicarme a algo relacionado con ella. Entonces, mis intereses, por ser meramente académicos, me llevaron a mantenerme lejos de mis compañeros, nunca me invitaron a ninguna marcha y, además, yo no creo en esos rituales.
Ah, ya entendí tu pregunta. Qué tontería. Así que gritaban “yo soy la prostituta”. No pues no. No saben lo que dicen. Es difícil hablar del ‘yo’, sostener una existencia esencial, inmutable de un ‘yo’ y olvidar eso e incluso hablar y pretender una identificación con una otredad, es demasiado, ¿no? Creo que en sus ilusiones de volverse sujetos históricos los estudiantes proclaman muchas tonterías.
Yo he leído novelas y he visto muchas películas cuya protagonista es una prostituta y nunca me he identificado plenamente. Me parece que no reflejan este fenómeno en toda su profundidad. Quizás sí haya quienes se identifiquen. Yo para nada. Yo percibo una buena cantidad de mitos, de estereotipos decepcionantes.
Uno de los mitos que a veces me da gracia y otras me enfada un tanto, depende de la calidad con la que se elabore, es el mito del príncipe azul que rescata a la prostituta. En mi opinión ésta puede rescatarse a sí misma, sólo necesita tener la información y las oportunidades adecuadas. O bien, qué bueno que te leí la mente, apuesto a que te la leí, la prostituta no necesita ser rescatada. Como yo. Vivo bien, disfruto y no necesito el reconocimiento de la sociedad para sentirme una mujer exitosa en el campo laboral.
Por supuesto que hay cosas que me molestan de este negocio. Y de las críticas. Aborrezco a las feministas. Son unas tiranas en potencia, y algunas tiranas a secas. Odio cuando afirman que es imposible el placer para quien se prostituye en una relación sexual. ¡Cuánta frigidez hay que tener para creerse esa idea! Yo en verdad te digo, y hasta os lo digo en tono bíblico, que no hay día que no disfrute. Sí, sufro sin duda, experiencias desagradables, pero a mí me gusta el sexo. Diría que como a cualquiera, pero esas feministas, quién sabe de qué estén hechas. Sus rencores contra los hombres las enceguecen. Y a mí me caen bien los hombres, los que son considerados, los que son aventados. Me agradan. Y, por supuesto, mis clientes también son mujeres. Y, debo decir, que entre mis mejores experiencias están los encuentros que he tenido con mujeres. Por fortuna nunca con una feminista. Me las imagino atroces en la cama. Cubos de hielo llenos de resentimiento.
¿Por qué te excitaste? ¿Sabes? No termino de perder la capacidad de asombro ante las reacciones masculinas. Soy un tanto infantil, ¿verdad? Me sorprendo a mí misma. A ver… respira. Todo es normal. ¿Ves? Sigue preguntándome. ¿O ya dejamos la entrevista? Como tú me digas.
--Le propones a tus clientes la fantasía de que tú serás su novia toda una noche, y me pregunto si no será esa también tu fantasía: tener un novio.
Ya sé por donde va tu pregunta. Mira, yo me comprometo en las fantasías, el juego consiste en creérselas y para eso hay que desearlas. Sí, en esos momentos y tal vez hasta fuera del juego siento el deseo de una relación de ese tipo. ¿Pero eso qué significa? ¿Que me iría mejor si me busco un novio y otro trabajo? No. Sin duda hay mujeres, niñas y niños obligados a prostituirse en muchos países o en todos los países del mundo, pero yo, particularmente, escogí este oficio. Me gusta, además. Y también fantaseo con la inmortalidad y con no envejecer, con viajar a través del tiempo y con besar a estrellas de Hollywood, con una temporada de vida bajo el mar y con pisar la luna. Los deseos, pequeño, no desmienten las elecciones. No soy pobre, no soy tonta, tengo una licenciatura, poseo un lugar habitable. Si quisiera podría trabajar en otra cosa. Pero me gusta lo que hago. Y lo que me hacen… en no pocas ocasiones.
--Quisiera que fueras mi novia.
--Por esta noche puedo serlo.
--Quisiera que lo fueras para siempre.
--Sólo la muerte será tu novia para siempre. Yo no. Yo soy la vida. Soy una puta. Y sí, digo esto con cierta tristeza. Ahora, puedes besarme, mientras sonrío.

5 jul. 2007

Invitación a la escritura

No me parece justo que me desgaste pensando en un tema y en unas palabras idóneas para comenzar a escribir.
No me parece justo porque creo que esto es lo que mejor puedo hacer en la vida. Si no existiera la escritura, yo sería un hombre carente por completo de atributos, condenado a ser un número, un fragmento de la masa o, peor aún, sería don nadie, un ninguneado, la mera nada.
Eso es la hoja en blanco: la nada. Heidegger decía que es imposible pensar racionalmente la nada, que ésta pertenece al terreno de los poetas. Él, como filósofo, siempre tenía algo que apuntar sobre la hoja en blanco, no pasó por los trances del escritor bloqueado, por eso no vio que la nada es algo muy tangible, una presencia molesta que susurra al oído de los creadores: eso no sirve, eso no tiene caso, eso es inútil, eso ya está muy visto.
La nada, que otros seguirán llamando hoja en blanco, es la antimusa, el antigenio que rompe y desbarata nuestras imágenes e ideas antes de que se escriban. Es un duende destructor que ataca no sólo al comienzo de la escritura, sino también a la mitad de la hoja. En mi oído izquierdo ahora mismo me dice borra todas estas tonterías de duendes que a nadie le importan ni nadie será capaz de creerte.
Para seguir produciendo, el escritor debe desoír a estos pequeños demonios. Y la forma más efectiva que yo conozco de no escucharlos es disfrutando la escritura. Si me satisface a mí, qué me importa la opinión de esos enanos, emisarios de la nada.
Cuando eso me sucede entonces --el goce del acto de escribir--, deseo que todo mundo escriba. Porque yo he aprendido inconmensurablemente acerca de mi personalidad y de mi entorno gracias a leerme. No porque escriba cosas especialmente brillantes, sino porque me doy cuenta hasta qué punto lo que nos hace inteligentes es el lenguaje y, en cambio, con el habla, con nuestra cháchara cotidiana, nos volvemos tontos, se nos ocultan ciertas verdades que sólo a través de las palabras profundas, de las que yacen en el pozo del inconsciente, podemos descubrir.
Con la escritura hay una especie de supraconciencia, como si los sentidos se ensancharan y pudieran percibir mucho más de lo común. Aunque tal ensanchamiento no surja de inmediato, puesto que se va generando con la práctica constante.
Me gustaría que se pudiera escribir porque sí. Un poco a la manera de los pintores impresionistas. Me parece que Monet deseaba pintar colores y formas sin detenerse a pensar qué eran en sí las cosas que tenían tales colores y formas. O sea, desinteresarse en el sentido de los entes y plasmar su aparición irracional y hermosa. Vencer al utilitarismo, vencer a la pragmática, gozar un fenómeno sin cuestionarlo científica ni filosóficamente.
¿Cómo ser impresionista en la escritura? Los pigmentos no tienen sintaxis, pero me parece muy difícil pensar frases carentes de gramática. La escritura automática y las búsquedas literarias que intentaron reflejar el fluir de la conciencia, a lo largo del pasado siglo, fueron un poco impresionistas, a mi juicio. Vencieron a la hoja en blanco. Desoyeron a los exigentes duendes del arte que, en el oído de buenos y malos, de mediocres y geniales escritores, dicen: “tú no sirves para esto”, “deja de escribir”, “rompe lo que has escrito”, “no te atrevas a mostrárselo a nadie”.
Por ello escribo esta invitación a escribir. Me la dirijo a mí en primer lugar. El burro por delante, claramente. Pero también a ti, atareadísima lectora o lector, para que te desocupes un rato, sé ociosa y escribe, descúbrete mediante lo que escribes. Aunque no lo parezca, si zanjamos la hoja en blanco, sembrando palabras en ella, descubriremos más acerca de nuestra personalidad que si nos leyeran la palma de la mano o nos leyeran el café o el tarot o la carta astral. Porque nuestra verdadera carne, nuestros verdaderos huesos, están hechos de palabras. Es decir, sólo podremos leer nuestro destino –pasado y porvenir--, leyendo lo que somos capaces de redactar, autoexaminando nuestra escritura, cosechando las frases que jamás habíamos pensado que llevábamos por dentro, condenadas al silencio, a la nada.