16 oct. 2013

La utopía alucinante: Días Lúgubres

El continente más subversivo de la literatura es el carnaval, por el contrario, la producción masiva de novelas y cuentos en la actualidad, cuyas anécdotas son tan significativas como los chismes cotidianos, representan la faceta más pasiva de la literatura, la que va inoculando el aletargamiento en los lectores. Por eso hay que celebrar la aparición de una novela que verdaderamente pone de cabeza a la narrativa: Días Lúgubres.

Me parece imposible que alguien pueda leer Días Lúgubres sin que termine planteándose una serie de interrogantes que reactiven su capacidad lectora y, más aún, su interés por la situación actual del mundo.

Por principio, ¿qué es Días Lúgubres? ¿Una novela, una sátira, teatro aurisecular en corral posmoderno? Este el primer reto para el lector: ubicarse en los bordes de los géneros, los tonos y del vocabulario mismo, en el que se mezclan arcaísmos, neologismos y mexicanismos. De ese modo, el pacto de verosimilitud que toda ficción establece, en esta obra tiene que renegociarse.

Se nos presenta como personaje principal, Don Pollón, un estadista, cuya esplendente capacidad analítica, al cabo de las páginas, termina por ser más notable que su grande y enorme polla. Por supuesto, tal capacidad está inscrita en la utopía pornocrática, el mundo alterno que creado por la novela, el cual, como las fantasías mozuelas, resulta extraño y atractivo, al mismo tiempo, conduce a la risa y al goce carnavalesco: es la inteligencia bailando descaradamente.

Pornocracia es una utopía amenazada por la distopía que pretende instaurar el Dalai Lama. Y aunque parezca completamente absurdo que un líder espiritual impulse el derecho humano a sobrevivir a una catástrofe nuclear, y que además la gente se entusiasme con la idea de tal acontecimiento, lo cierto es que en nuestro mundo ocurren -cada vez más-, discusiones absurdas acerca de temas relevantes. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad de riesgo, en la cual ha quedado despolitizada la economía: vivimos, pues, dentro de un espectáculo carente de director visible, por ende, en la frontera del absurdo.

¿En qué clase de mundo habitamos? Es una pregunta pertinente que se configura gracias, en buena medida, al poder de las visiones que nos ofrecen las obras de arte. Y justamente, Días Lúgubres es una de esas obras que nos permite reabrir los ojos al enjambre de la actualidad.

¿Qué clase de mundo literario es Días Lúgubres? Es un descubrimiento, un nuevo continente de la narrativa, que paradójicamente contiene joyas de la tradición literaria, especialmente del teatro. En ella parecen resucitar los muy divertidos Pasos de Lope de Rueda, la hermosa vulgaridad de La Celestina, la saña grotesca de Rabelais. Pero incluso, hay fragmentos que recuerdan diálogos platónicos, películas mexicanas y talk shows. Es decir, un coctel alucinante como el sueño de la cultura. Lo destacable es que existe un innegable talento narrativo que mantiene la atención del lector a pesar de la fragmentación temática.

Asimismo, Don Pollón y Altramuz están hechos el uno para el otro como otras parejas inolvidables de la literatura. Su relación también es algo nebulosa, pero indudablemente, va creciendo la amistad a lo largo de las páginas, y aunque no haya lugar para sentimentalismos, su relación se mantiene con algo que me deja contento: la disposición para intercambiar palabras buscando sentido. ¿No es esto la literatura y la humanidad? También esto es Días Lúgubres.

3 oct. 2013

3 de octubre

Al recordar los titulares de hace 45 años, no deja de ser indignante comprender que el periodismo mexicano en general ha servido a las peores causas, a los gobiernos más dañinos y ha mentido con descaro, cinismo y sin cortedad.

Hoy los herederos de los periodistas que le aplaudían a la dictadura de Porfirio Díaz, justificaban los crímenes de Victoriano Huerta y de Gustavo Díaz Ordaz, hoy defienden e incitan a la policía de Mancera y Peña Nieto a que ataquen manifestaciones pacíficas.

Es muy importante señalar que los manifestantes detenidos desde que Peña Nieto tomó posesión han sido personas que protestaban pacíficamente. Por otra parte, quienes han ido encapuchados, armados y han causado destrozos han sido grupos ajenos a los contingentes, digamos claramente, infiltrados, ¿del ejército, de la policía, verdaderos anarquistas? Realmente no sabemos, pero sin duda los periodistas no están cumpliendo con su deber al omitir este “detallito”.

Las autoridades deben investigar y los periodistas, informar. ¿Por qué no cumplen con esa labor? ¿Por qué no hacen la diferencia entre las decenas de miles de manifestantes pacíficos y unas decenas de jóvenes a quienes se les ha visto muy cerca de la policía antes de las marchas e incluso ser transportados en vehículos militares? ¿Cuándo van a informar acerca de eso que es sumamente relevante?

Hoy vemos en las redes sociales información muy clara de los abusos policiales y también vemos el inaceptable cinismo de quienes denigran y envilecen a grado máximo el periodismo, por ejemplo, Carlos Loret de Mola y Ciro Gómez Leyva; el primero dice: “los gobiernos prefieren aguantar lo indecible: que los granaderos resistan toda suerte de embates violentos de los manifestantes más radicales tratando de no responder”, el segundo al comparar las manifestaciones en México con las de Brasil, Grecia y Corea dice: “La gran diferencia con otros países es que aquí la policía vive amedrentada.”

Todo esto frente lo que muestran los testimonios en videos y fotografías lleva a pensar en el estado miserable de una buena parte del periodismo  nacional. Un columnista no tiene derecho a opinar sin estar informado y, menos aun, a incitar a la violencia, específicamente, a la represión policial.




Estos tres videos son apenas una pequeña prueba de que hay una distancia enorme, un abismo, entre lo que escriben ciertos columnistas y la realidad. Y se trata de una distancia, además de periodística e ideológica, moral.