21 oct. 2007

Las palabras sí hacen el amor

Me imagino que quienes creen que la realidad no existe son fanáticos de la masturbación.
Suponer que la realidad depende de las percepciones de cada quien, a mi juicio, implica ir en contra de la salud mental. Porque si los insanos están afianzados en la realidad tanto como cualquier otro, significa que la realidad es algo incompartible, personalísimo. Uno no tendría ninguna posibilidad de acceder a la realidad del otro. Se estaría plenamente solo. Y, también, plenamente ajeno al bien y al mal, puesto que sin el otro que nos vea y goce o sufra por nuestras acciones, nada podemos hacer bien ni mal. En resumen, me parece que es la postura más autocomplaciente que pueda existir.
Bajo la máscara del relativismo, esa idea de que ninguna realidad es válida para todos, se oculta un rostro intolerante: nadie tiene razón en corregirme porque nadie percibe lo que yo; yo, y no el resto de la humanidad, soy la medida de todas las cosas. La realidad soy yo.
Hay, además, algo que siento incuestionable: todas las personas quieren conocimientos provechosos. Si nadie ve los documentales sobre las ardillas de Nueva Zelanda es porque eso no alivia ninguna enfermedad ni ayuda a conquistar mujeres ni a brillar en sociedad. Hay conocimientos inútiles. Pero tales conocimientos para algunos en ciertos contextos son de utilidad y por eso se investigan. Hay una motivación para aprender cosas. Esa motivación es previa al aprendizaje. Así cuando un filósofo o un psicólogo o quien sea, se pregunta por la realidad, tiene una motivación. Y esa jamás será puramente individualista. Porque el ser humano no es un ser aislado. Sobresalir sobre otros, ser admirado o servirle a alguien, todas ellas y cualquier otra, son motivaciones de orden ético. Por eso la ética es la filosofía primera y siempre más ontológica que la ontología.
Heidegger afirma que la metafísica es la filosofía primera, pero se plantea esa pregunta preocupado por el destino de Alemania y deseando que ésta se yerga y sobresalga sobre las otras naciones. ¿Queda clara la paradoja? Preocuparse por el ser o por la realidad sin atender a los otros, es la gran hipocresía de los metafísicos, ya que ellos tienen sus motivaciones éticas, sus instintos animales, su vida cotidiana, su voluntad de poder y su principio de realidad. Les guste o no.
Si decimos que la realidad depende de cada quien. No significa como pudiera pensarse de una afirmación tolerante, sino de su contrario. No conduce a respetar la realidad de los otros sino excluir a esos otros de toda noción correcta de la realidad. Ya que en ese caso, la realidad sería un asunto exclusivamente mío, no afectado por los otros. ¿Cuánto egoísmo se requiere para llegar a una conclusión como esa?
¿Qué es entonces la realidad para mí? Por principio, no es un para mí. La realidad no depende en exclusiva de mí, sino básicamente de mi relación con los otros. La realidad es un fenómeno intersubjetivo. Yo no puedo saber qué es la realidad total. Y más aún, la totalidad es un imposible. Lo que existe es el infinito, que no es una totalidad, porque nunca está completo, siempre hay más posibilidades. Yo sólo puedo tener un acceso parcial, diminuto, a la realidad. Pero lo tengo y los demás también. Lo real es aquello en lo que concordamos.
Cuando me conmueve el llanto de otro, estoy aceptando que el otro comparte conmigo la misma realidad y que, por tanto, soy responsable de su tristeza, que lo puedo ayudar, que habitamos el mismo lugar. En cambio, si asumimos que la realidad soy yo, que la realidad del otro es problema del otro, ¿cómo vamos a intentar auxiliarlo, si sabemos que sus percepciones son incompartibles? Afirmar que la realidad depende de cada quien es un modo de volvernos tontamente solitarios e irresponsables.
La realidad no es una interpretación personal, sino un acuerdo social. La realidad no es una ficción que inventamos a medida que vivimos, si así fuera todos tendríamos una vida ideal. Si nuestra vida nos ofrece infinitas sorpresas es porque depende de los otros. Porque nosotros no hacemos la realidad por nosotros mismos, nuestras palabras no pueden hacer la realidad por sí solas, necesitamos las palabras del otro. Mis palabras a solas sólo pueden masturbarse. Para que las palabras logren hacer el amor necesitan convivir con otras palabras, responderles a otras, mezclarse con ellas, inquirirlas.
Hacer el amor no es una actividad solitaria. Es una realidad compartida, gracias a que la realidad existe más allá de mis propias percepciones. Antes que la erótica, en el acto sexual está la ética. Porque no se trata del gozo individualista, sino del gozo compartido. La erótica nos puede ayudar a gozar a solas. Pero la ética nos conduce a gozar en compañía.
Y aunque la masturbación pueda ser muy grata, yo prefiero hacer el amor. Prefiero compartir mis palabras y fundir mis oraciones con otras que sin ser mías, se vengan conmigo para dejar correr nuevas oraciones que terminen dichosamente en diálogos y debates y no en soliloquios.

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