23 oct. 2007

El ágora de los exiliados

Me gustaría escribir muy desordenadamente, sin pudor, casi a lo ingenuo. Acabo de leer unas páginas de Guillermo Prieto. Él aseveró que escribía para pasar el tiempo y por gusto. Me pareció una afirmación falsa, marcada con ese candor de los autores decimonónicos que es a un mismo tiempo lindo y risible.
¿Pasar el tiempo? ¿No sería más bien para buscar el tiempo perdido? Peligroso esto. ¿No será una pérdida de tiempo vivir a través de la escritura buscando lo que no vuelve? ¿Pero esta última pregunta me suena cargada de presuposiciones erradas? ¿Qué es lo que no vuelve? Nada vuelve, dice Huidobro. Y si nada vuelve, y si al contar el pasado lo inventamos, si la creación literaria es en verdad creación y no recreación de una realidad, no es el tiempo perdido ni las vivencias pasadas lo que se busca, sino la sensación de vida, la ilusión de estar vivo, el sueño de la vitalidad.
¿Qué es estar vivo? ¿Nos conformaremos con una definición científica que poco explica? Yo no. Estar vivo es más que estar respirando, es más que una sístole persistente. Al final del día si miramos lo que hemos hecho no podemos recordar la mayor parte de nuestros actos. Pero si padecimos o gozamos, si trabajamos una idea o jugueteamos con una emoción durante un lapso, o si llegamos a un extremo de furia o de ternura, lo recordamos y, parece, que esas intensidades son las que nos señalan lo que significa estar vivo.
¿Demasiado romántico? Sí, por supuesto, pese a ello, soy consciente de que no es posible la intensidad sin periodos de calma. Y la vida es más tranquila que intensa, aun para personas agitadas. Sin embargo, son esas horas, esas jornadas que se van como cajas vacías, las que nos ofrecen probaditas de la muerte. a toda hora penso na diária morte que atravesso, dice un poeta portugués, Raúl de Carvalho. Mas no. Confrontarse con la muerte es afincarse en la vida. Cioran afirmaba que escribir acerca del suicidio era un modo de no suicidarse. Yo pienso que para estar vivo me es preciso comprender que moriré. Pienso que los magnos oleajes de la vitalidad se relacionan con la conciencia de la muerte.
Si fuéramos inmortales no podríamos perder el tiempo. Si lo perdemos es porque morimos. Y luego viene la escritura. Un acto desesperado para demostrar que estamos vivos. Estou vivo e escrevo sol, dice otro poeta lusitano, António Ramos Rosa, y yo no dejo de admirar este verso. Darse cuenta de que uno está vivo es un enorme descubrimiento. Algo asombroso. ¿Cuántas personas que creen que están vivas jamás se darán cuenta de que están vivas?
Y es que tiene su dolor estar vivo. Porque se está vivo sólo un instante. Y todo el empuje de la vida se acaba. Duelen las intensidades, aun si son dichosas, por fugaces; si coléricas, por irreparables; y si dolorosas, por fatales.
Duele, insisto, respirar intensamente el aire de cualquier amanecer. Intensamente significa gozando. Qué importa si es paradójico lo que escribo. Digo que también duele disfrutar la vida. Hallo que los poetas insisten mucho en eso.
Imagino ahora a la dolor y al goce como amantes que se fusionan. La dolor es una mujer muy apasionada y el goce un hombre tierno, casi tímido. ¿No es su hija la nostalgia? Esa delicia tímida de asumir añoranzas.
La nostalgia es la intensidad más serena. Acaso el sentimiento más explorado en la poesía. Mientras que el amor y el odio son personas activas, que buscan grandes cambios y hazañas, la nostalgia es la emoción que sonríe afligidamente y se sienta a escribir. La nostalgia une palabras convincentes: hace que lo perdido para siempre obtenga una oportunidad de ser transmitido. Esto es, la nostalgia busca un lector, un confidente, un hermano, que quizás necesite los recuerdos que ella inventa. Porque a la nostalgia no le gusta escribir para sí misma, para quedarse a solas. Si se escribe a solas es para buscar la compañía de los solitarios, para afiliarse al ágora de los exiliados.

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