11 jul. 2007

Mientras sonrío

Noté una cierta tristeza en tu poema, me dijiste. Tal vez sea cierto. ¿Pero no hay una cierta tristeza en todos los poemas, por lo menos en los poemas profundos? No es por mi oficio ese dejo triste; si yo fuera minera, estoy segura, sería una persona sumamente infeliz. Y como me ves, soy risueña, nunca me he deprimido. Me siento afortunada y, debo decir, lo que me da tristeza en ocasiones no es precisamente mi vida, sino la vida en general. Cuando me pongo a pensar en los niños que no tienen más padres que las calles ni más patrimonio que polvo citadino y los rugidos inhumanos que emana esta urbe. También un poco, pero en menor medida, cuando un cliente me busca continuamente y se muestra más interesado en compañía que en otra cosa.
Funjo, como ves, de psicóloga a veces. No me desagrada el rol. ¿Has leído a Lacan? ¿No? Deberías. A diferencia de Freud y sus secuaces. Me gusta llamarlos así. A diferencia de ellos que le otorgan un papel central al sexo, con Lacan se consigue observar otros impulsos del ser humano, por ello a mí me convence más. Mi experiencia me dice, y creo que tengo currículum para sustentarme, que el sexo no es la búsqueda fundamental.
¿Estoy sonando pedante? Me lo permito contigo porque dices que tú también estudiaste ciencias políticas. Yo he tenido novios a los que solamente tolero en la cama. No sé en realidad si deba llamarlos novios. Son tipos a los que les tengo consideraciones especiales, pero hace mucho tiempo que no acepto a nadie de esa manera. En fin, creo que tú no te interesas en mis chismes, sino en mis opiniones. Eso es rarísimo, eh.
Aunque no creas que no me doy cuenta de tus miradas repentinas a mis labios y a mi cintura. ¿Ya me habrás desnudado más de una vez en tu mente? Yo ya lo hice contigo. Una se acostumbra. Acaso sean gajes del oficio. Me gusta la belleza como a cualquier persona. Hace tiempo llegué a creer que en la búsqueda de lo bello no puede haber ninguna perversión. Pero ya no me desviaré más. Veo que agachas la cabeza quizá porque tu timidez no te permite pedirme que me detenga y que me concentre en el tema planteado.
¿Si mi trabajo me dignifica?, preguntas. No sé exactamente a qué te refieres con eso de dignificar. No hay día en el que no me sienta satisfecha. Y hay diversas razones para ello. Hay clientes que me tratan muy bien, son muy atentos, muy cariñosos o muy complacientes. Cuando recibo dinero también me alegro. ¿No le pasa así a todo trabajador? Odiarán su empleo, a sus jefes, pero no dejan de sentir cierta dicha al recibir su quincena. Pues yo más porque mis ganancias las recibo diario. ¿Y cómo no apreciar el dinero, si con él se obtiene casi todo? Aunque pueda ser una fuente de preocupaciones, no deja de ser un puente hacia una vida placentera.
Sólo la virtud es el bien, dices, y dices que citas a Cicerón. ¿Me siento virtuosa? Tal como puede un músico ser virtuoso en un instrumento así yo me siento virtuosa de la cama. Lo mío es una maestría epidérmica. ¿Sabes? Considero que el cuerpo tiene su propia sabiduría. La piel, nuestras pieles, gozan las caricias, perogrullada aparte, yo trabajo procurando ese contacto de los cuerpos, ese cariño que en la carne aflora sin necesidad de citas previas ni de compromisos ilusos ni de reticencias supuestamente de buena moral. ¿Por qué ha de elogiarse la castración en vez del sexo pronto y puro?
Te ríes. Tu risa se me figura un río, corre turbiamente, con nervios, ansia, represión y, no sé por qué lo imagino así, con algo de fraternidad.
¿Que si yo fui alguna vez a las marchas del 2 de octubre? ¡Ahora sí me sorprendiste! ¡Eso sí que es cambiar de tema! No, nunca fui. Yo fui en la carrera muy antisocial. No estaba interesada en las relaciones personales, porque no pensaba ni pienso dedicarme a algo relacionado con ella. Entonces, mis intereses, por ser meramente académicos, me llevaron a mantenerme lejos de mis compañeros, nunca me invitaron a ninguna marcha y, además, yo no creo en esos rituales.
Ah, ya entendí tu pregunta. Qué tontería. Así que gritaban “yo soy la prostituta”. No pues no. No saben lo que dicen. Es difícil hablar del ‘yo’, sostener una existencia esencial, inmutable de un ‘yo’ y olvidar eso e incluso hablar y pretender una identificación con una otredad, es demasiado, ¿no? Creo que en sus ilusiones de volverse sujetos históricos los estudiantes proclaman muchas tonterías.
Yo he leído novelas y he visto muchas películas cuya protagonista es una prostituta y nunca me he identificado plenamente. Me parece que no reflejan este fenómeno en toda su profundidad. Quizás sí haya quienes se identifiquen. Yo para nada. Yo percibo una buena cantidad de mitos, de estereotipos decepcionantes.
Uno de los mitos que a veces me da gracia y otras me enfada un tanto, depende de la calidad con la que se elabore, es el mito del príncipe azul que rescata a la prostituta. En mi opinión ésta puede rescatarse a sí misma, sólo necesita tener la información y las oportunidades adecuadas. O bien, qué bueno que te leí la mente, apuesto a que te la leí, la prostituta no necesita ser rescatada. Como yo. Vivo bien, disfruto y no necesito el reconocimiento de la sociedad para sentirme una mujer exitosa en el campo laboral.
Por supuesto que hay cosas que me molestan de este negocio. Y de las críticas. Aborrezco a las feministas. Son unas tiranas en potencia, y algunas tiranas a secas. Odio cuando afirman que es imposible el placer para quien se prostituye en una relación sexual. ¡Cuánta frigidez hay que tener para creerse esa idea! Yo en verdad te digo, y hasta os lo digo en tono bíblico, que no hay día que no disfrute. Sí, sufro sin duda, experiencias desagradables, pero a mí me gusta el sexo. Diría que como a cualquiera, pero esas feministas, quién sabe de qué estén hechas. Sus rencores contra los hombres las enceguecen. Y a mí me caen bien los hombres, los que son considerados, los que son aventados. Me agradan. Y, por supuesto, mis clientes también son mujeres. Y, debo decir, que entre mis mejores experiencias están los encuentros que he tenido con mujeres. Por fortuna nunca con una feminista. Me las imagino atroces en la cama. Cubos de hielo llenos de resentimiento.
¿Por qué te excitaste? ¿Sabes? No termino de perder la capacidad de asombro ante las reacciones masculinas. Soy un tanto infantil, ¿verdad? Me sorprendo a mí misma. A ver… respira. Todo es normal. ¿Ves? Sigue preguntándome. ¿O ya dejamos la entrevista? Como tú me digas.
--Le propones a tus clientes la fantasía de que tú serás su novia toda una noche, y me pregunto si no será esa también tu fantasía: tener un novio.
Ya sé por donde va tu pregunta. Mira, yo me comprometo en las fantasías, el juego consiste en creérselas y para eso hay que desearlas. Sí, en esos momentos y tal vez hasta fuera del juego siento el deseo de una relación de ese tipo. ¿Pero eso qué significa? ¿Que me iría mejor si me busco un novio y otro trabajo? No. Sin duda hay mujeres, niñas y niños obligados a prostituirse en muchos países o en todos los países del mundo, pero yo, particularmente, escogí este oficio. Me gusta, además. Y también fantaseo con la inmortalidad y con no envejecer, con viajar a través del tiempo y con besar a estrellas de Hollywood, con una temporada de vida bajo el mar y con pisar la luna. Los deseos, pequeño, no desmienten las elecciones. No soy pobre, no soy tonta, tengo una licenciatura, poseo un lugar habitable. Si quisiera podría trabajar en otra cosa. Pero me gusta lo que hago. Y lo que me hacen… en no pocas ocasiones.
--Quisiera que fueras mi novia.
--Por esta noche puedo serlo.
--Quisiera que lo fueras para siempre.
--Sólo la muerte será tu novia para siempre. Yo no. Yo soy la vida. Soy una puta. Y sí, digo esto con cierta tristeza. Ahora, puedes besarme, mientras sonrío.

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