11 jul. 2007

De pasiones inútiles

Nunca he leído con disciplina la filosofía de Sartre. No sé si he leído alguna vez a un autor con disciplina o si, por lo menos, he hecho algo en mi vida con esa cualidad. Pero me imagino que si abriera cualquier libro de él al azar y encontrara, por ejemplo, una de esas sentencias famosas que nos llegan por extraños mensajeros como: “el ser humano es una pasión inútil”, tendría que cerrarlo de inmediato y dedicarme a una acción más lúdica, ya sea jugar con mi perro u hojear una revista con muchas fotos de mujeres o beber café turco.
¿Si somos una pasión inútil, cómo puede uno enfermarse de gastritis o de migraña por la locura de conquistar la perfección? ¿Por qué las sociedades se han llenado de disciplinas y exigencias? ¿A quién se le ocurrió que es benéfico empezar las actividades laborales a las ocho de la mañana?
Comprendo que es necesario olvidarse de esa sentencia, o no creer en ella, para poder vivir. ¿Cómo obtendríamos fuerzas para tender todas las mañanas la cama que hemos de deshacer todas las noches? Nadie quiere habitar en un cuarto ni en un mundo totalmente sucio y desordenado. Pero ¿por qué tendríamos que dar nuestro máximo esfuerzo siempre? ¿Por qué tenemos que olvidar que la meta de cualquier carrera que emprendamos será la muerte?
Para mí el disfrute de la vida, pensé esto el otro día sentado en la mesa de un café, consiste en tener varios minutos diarios disponibles para la renuncia total a cualquier esfuerzo. Quisiera una media hora para permanecer echado en alguna parte como el animal cansado que soy.
Un momento de aislamiento, ya sea en la calle –donde uno siempre está aislado-- o en la casa, siempre y cuando la televisión no moleste ofertando productos. ¿No tenemos derecho a un rato de renuncia en el que no nos importe ni la hambruna de Zambia ni las cuitas de los osos koalas, ni tampoco nuestras deudas y romances, mucho menos los políticos o el calentamiento global, no tengo derecho descansar de los problemas?
Tal descanso significaría que aún pudiendo ser más productivo, pudiendo ganar más dinero, pudiendo leer más o pudiendo dedicarme al mejoramiento de mis relaciones sociales, prefiero no hacerlo. Prefiero la quietud.
Sin embargo, soy capaz de aplaudirles a las personas que viven entregadas a alguna pasión. Hace tiempo ésa era una de las primeras preguntas que le formulaba a las personas que conocía: ¿qué es lo que te apasiona? Y a partir de sus respuestas comenzaba a conocerlas. Acaso lo único que tengan en común todas las pasiones sea su inutilidad. Lo que a mí me parece destacable es que he visto que entre menos pragmática sea la pasión que mueve a una persona, es decir, la que menos le retribuye materialmente, tal persona se conduce con mayor calidez.
En cambio, he conocido gente que parece creer que su trabajo es indispensable para la armonía del universo. Los de esa estirpe son los que más fácilmente me desprecian. Supongo que no les es fácil tolerar a un tipo dispuesto a ser siempre un hombre mediocre. Ellos sacrifican no pocas veces su felicidad para ser mejores y yo, al contrario, por unas migajas de dicha soy capaz de ser el último competidor en cruzar la meta.
También, por supuesto, es una pasión inútil mi hedonismo. Pero yo no me muero de ganas por serle útil al mundo. Aunque admire a don Quijote, no comparto su vocación. Mas si piden mi ayuda, incluso los de la estirpe perfeccionista, tal vez sepa desfacer un entuerto, aun cuando no garantizo nada.

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