11 jul. 2007

De la prostitución

Uno de los pocos oficios honrados que quedan en México es la prostitución. Si mal no recuerdo, algo así declaró Eusebio Ruvalcaba, y recuerdo que hace un par de años lo cité ante mis alumnos de preparatoria abierta; una señora me dijo que me equivocaba, que había explotadores y que tal empleo tampoco era totalmente honrado. Creo que eso dice mucho acerca de la prostitución. Pero ahora con la nueva iniciativa de legalizarla, me ha parecido un tema muy digno de ensayar, aunque me enfocaré en el aspecto menos espinoso: el de quienes se prostituyen libremente.
Por principio, los principios. La moral es parte constitutiva del espíritu de las leyes, mas en un estado laico, la moral debe ser laica, es decir, no debe estar sustentada en dogmas religiosos. Así que considero que se tiene que reflexionar acerca del bien y el mal, mal que les pese a los antimoralistas, que suelen ser los intolerantes por excelencia.
¿La prostitución es un bien o un mal? Desliguémonos por el momento de nuestros prejuicios y meditemos. Para simplificarnos el camino aceptemos que el bien se vincula con lo real, con lo placentero y con lo que no daña a otros. Y el mal se relaciona con lo que sí causa un daño, con lo que es falso y ocasiona desdichas tanto propias como ajenas. Por supuesto que se pueden cuestionar estas definiciones presurosas.
Replanteada la pregunta, sería ¿causa la prostitución perjuicios o beneficios? Sin duda, la respuesta, a menos que saliera de una perspectiva dogmática, tendría que ser relativa, es decir, como se trata de un fenómeno complejo hay que reconocer que genera tanto beneficios como perjuicios. Y esto es muy importante para no caer en fanatismos y en creer que lo que sustenten una opinión contraria sean malas personas, sea cual sea su postura en este tema.
Antes de analizar si daña a la sociedad, limitémonos socráticamente a un caso particular. ¿La mujer o el hombre que ejerce la prostitución se dañan a sí mismos o dañan a sus clientes por el sólo hecho de comerciar con su cuerpo? No necesariamente. Podría ser en ciertos casos. Pero en sí misma la prostitución no es dañina. Sostener lo contrario implica, sin duda, una concepción puritana de la sexualidad.
¿Y qué es la prostitución? Un trabajo. Hay un individuo que realiza un esfuerzo con su cuerpo y que por tal esfuerzo recibe una remuneración. Quien se prostituye trabaja y, vale decir, generalmente se le explota. Y por esa condición de ser explotado es posible que se pierda la dignificación del trabajo, pero no por el trabajo en sí, sino por la explotación que conlleva.
¿Es posible que la prostitución dignifique a quien la ejerce? Sí. Y hay testimonios de ello. El que no los escucha es porque no quiere tener oídos. Existen personas que por elección se prostituyen. Y si es ilegal su trabajo se debe a que no se quiere intranquilizar a la sociedad. Antes de preguntar lo que seguramente se planteará múltiples veces: ¿no es legalizando, regularizando, como se podrá tranquilizar a las buenas conciencias ya que de cualquier modo es imposible erradicar la prostitución? Antes de eso, digo yo, hay que preguntarnos si la ley se refiere a la tranquilidad moral, de conciencia o a la tranquilidad física. Es decir, si quien se intranquiliza con la prostitución lo hace por miedo a otra cosa, que no a la prostitución en sí; por ejemplo a peleas, tráfico de drogas, etc.
Ya que si la intranquilidad es meramente moral, ¿tiene el Estado obligación de cuidar tal tipo de tranquilidad? No, porque sería una labor imposible. Pensar la moral como algo unificado es un absurdo anacrónico. No todos tenemos la misma moral y no tenemos por qué tener la misma. La pluralidad es un bien. Para que exista libertad en la sociedad, debe existir pluralidad, ya que no todos somos iguales y no tenemos por qué serlo. El pensamiento único es una aberración totalitaria, autoritaria y dictatorial. Las peores crueldades del siglo XX se originaron en un pensamiento que pretendía una sociedad igualada hasta en su forma de pensar.
La tranquilidad moral de los individuos depende de estos y no del Estado. No porque unos se escandalicen con las prácticas laborales o sexuales de otros, tales prácticas deben prohibirse. A mí, por ejemplo, me escandaliza moralmente que existan reporteros de espectáculos y no por eso pido que se prohíba su trabajo. También me horroriza moralmente que existan monjas, pero acepto que es preferible una sociedad plural imperfecta per se, que una mentida sociedad esperanzada en la perfección y que bajo tal pretexto, reprima las libertades individuales.
Por si mis breves argumentos no bastaran para convencer a nadie. Y no dudo que eso sucediera. Apelo a la justicia poética, lo cual dista de ser vana y me permito parafrasear a Sabines: a las prostitutas no sólo hay que legalizarlas, sino canonizarlas.

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