Para supuestamente hacer una “defensa” de Israel, escribió Henry Levy un artículo, que me ha indignado a tal grado que decidí replicar.
Comienza su discurso el francés (yo no lo puedo llamar filósofo) señalando su ignorancia militar, como si uno necesitara conocimientos militares para distinguir civiles de soldados. Aunque dice sentirse “alterado” por las imágenes de niños palestinos muertos, no explica en qué consiste tal alteración. ¿Lo incomoda para tomar su desayuno? Y no me pasa inadvertido que diga “muertos” y no asesinados.
Hace unos días apareció esta noticia: El disparo de un tanque israelí ha acabado con la vida de ocho miembros de una familia en el campo de refugiados. Tal familia no murió, fue asesinada. La diferencia semántica es fundamental para comprender la relevancia política de esta acción. Y no hacen falta conocimientos militares para distinguir un crimen.
En las últimas dos semanas ha habido cerca de un millar de muertos por la ofensiva Israelí, a esto Levy lo considera una respuesta limitada. ¿Cuántos muertos entonces requiere para aceptar el término brutalidad? ¿Cuánta sangre palestina requiere para poder desayunar en paz?
No se necesita haber pasado diez años en el ejército para saber que bombardear mezquitas, albergues, escuelas son, no sólo ataques desmedidos, sino que violan, pisotean el Derecho Internacional, tan es así que el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el 12 de enero condenó la agresión militar de Israel y ratificó lo evidente: ha habido cuantiosas violaciones de los derechos humanos del pueblo palestino. Países de la Unión Europea se abstuvieron, claro, han ganado más de 200 millones de euros con esta guerra. Anteponen los intereses económicos a los humanitarios. Esa es la racionalidad política. ¿Pero un supuesto intelectual con qué cara puede atreverse a defender a un gobierno genocida?
Levy parece enorgullecerse de haber estado en Sderot, ¿pero ha estado en Gaza? Le parece existencia de pesadilla las incomodidades sufridas por los que habitan las ciudades fronterizas de Israel, ¡y por qué no considera cómo puede ser la existencia para los palestinos! Si viven en peores condiciones.
A Levy que no se atreve a condenar el bombardeo Israelí porque afirma no saber si militarmente se podrían haber evitado bajas de civiles, pero le consta –inexplicablemente— que Hamas tiene en los sótanos de los hospitales, las mezquitas y las escuelas centros militares. Si es válido bombardear un hospital, será válida cualquier cosa, excepto los ataques palestinos. Levy justifica todos los misiles israelíes, pero ni una sola piedra palestina.
Sólo son “daños colaterales” para Levy, los que causan los israelitas, y sin deseo de hacerlo. ¿Cómo explicar las muertes de palestinos a causa de disparos de armas del ejército israelí?
Y cuando quiere poner los puntos sobre las íes, Levy, no muestra una ceguera ortográfica, sino una ceguera moral. Dice que el gobierno Israelí exhortó a que desalojaran Gaza antes del ataque, pero el mismo gobierno Israelí es el que niega permisos para que la gente salga de Gaza, lo cual hace en realidad de Gaza una prisión a campo abierto, peor aún, un campo de concentración.
El crimen en Gaza se ratifica con la “ayuda humanitaria” que han dejado pasar, sólo harina y agua. Sólo para que sobrevivan y los puedan asesinar a gusto. Han impedido, asimismo, que ambulancias lleguen a los hospitales llevando heridos de gravedad, que han muerto.
¿Quién puede apoyar esta masacre? Acaso, un vendedor de armas, alguien que odie la vida, un enfermo de violencia. ¿Un filósofo? No lo creo.
