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13 ene 2017

Y al siguiente día

En la calle no había más rumor que la murmuración del viento barrendero que dispersaba envolturas de plástico, colillas y papeles. Diríase que la oscuridad del cielo temblaba y que en el oriente se gestaba una redonda palidez.

-¿Qué hora es?

En la Colonia Pórtico, donde vivía Andrea, algunos edificios comenzaban a encender tímidamente sus ventanas y exhalaban pequeños ruidos caseros como la lumbre de la estufa, el corredor del ropero o el chorro de las regaderas.

-Son las 5 de la mañana, no mames, narrador, cállate.

Cuando aquella mañana aún era incipiente, nuestra joven amiga se revolvía entre sus sábanas tratando de rescatar unos instantes más de reposo, pero pronto la idea de no haber tenido pesadillas la puso de buenas y salió de su cama decidida a transformar su rutina del modo más alegre posible.

-¿Qué parte de son las 5 de la mañana no comprendiste? No estoy de buenas. Me paré para ya no oírte.

Como si viera por vez primera los enseres de su baño, vio con asombro los azulejos, ¿por qué no se llaman zafirejos si son de color zafiro? Su cepillo de dientes era índigo, la cortina de la bañera, turquesa; sus sandalias, celestes; bígaro era lavamanos y cerúleo el jambaje de la ventana.

-No vas a seguir narrando mientras me baño, ¿verdad?

Andrea recolectaba en una cubeta azul ultramar un chorro de agua fría antes de dejarse empapar por la ducha, luego de sentir la apertura de todos los poros de su piel, se enjabonaba y con el cuerpo nuboso de jabón, procedía a cepillarse los dientes, enseguida reabría el grifo y un bombardeo de gotas entraba a su boca que ella abría y disponía como si fuera a recibir un manjar de limpieza.

-Como que te pasas de metiche, ¿no?

Andrea concluyó su baño con buen semblante. También con una mirada que mezclaba ensayos de coquetería, chispas de orgullo e inocencia infantil, se vistió frente al espejo sin tensarse por el tiempo. Lo que sí hizo con un poco de premura fue tomar trozos de fresa y melón y un vaso de leche, finalmente guardó una ensalada en su mochila, antes de despedirse de su madre y sentir una agitación fría en el rostro cuando pisó la acera.

-¿Nunca te callas?

Para llegar a su escuela podía tomar un camión que en menos de diez minutos la acercaba a casi de cien metros, o bien, caminar veintisiete cuadras. Opción que escogió esa mañana porque fue atraída irremediablemente por el sonido verde que volaba entre los pirules, los fresnos y los ahuehuetes. Asimismo veía a padres llevando a sus hijos uniformados hacia sus respectivas escuelas; a hombres trajeados, a mujeres con pasos presurosos, a comerciantes diligentes que abrían sus negocios. Quizá un día todos me conozcan, pensó, y a unos pasos de llegar a su escuela se detuvo para recoger una hoja de álamo, que era de todos los tipos de hojas su preferido, pues disfrutaba el crujir y el olor que quedaba untado en sus dedos. Esa mañana la miró con detenimiento antes de envolverla en su puño, mientras pensaba que tal vez aquel acto fuera simbólico, ¿qué podría simbolizar una hoja que de un lado es oscura y del otro muy clara? Se preguntó.

-Yo no me pregunto eso. Sólo me gusta cómo suena y un poco el olorcito. Oye, por fa, ya cállate.

Aquella mañana Andrea se portó bastante entusiasta en las pláticas de sus amigos. Era como si no quisiera atender lo que su conciencia le recordaba. Incluso también apuntó en cada uno de sus cuadernos lo que los distintos profesores decían.
Lamentablemente se comportó en un cierto momento de un modo tan desconcertante que perdió el valor de enfrentar las miradas próximas y se echó a correr cuando aún no terminaban las clases.

-¿Eso es un spoiler sobre mi propia vida?

El ingrato acontecimiento ocurrió en la hora posterior al descanso: el docente de matemáticas no se presentó y eso causó que los estudiantes se pusieran a platicar entre sí. Primero Naomi y luego Eduardo, se sentaron en las bancas vacías junto a ella.

-¿Por qué tienes esa mirada perdida, Andrea?

-Hola, Naomi.

-Se me hace que ya no vino el de mate, vamos a salirnos, ¿no?

En cuanto la mirada de Eduardo se cruzó con la suya, Andrea recuperó la sensación del manojo de nudos en la garganta.

-No es eso…

-¿No es qué?

-Nada.

-¿Para qué quieres salir? –Preguntó Naomi, que solía tener flojera de salir de la escuela si habría de volver en minutos después.

-Pues a salir, comprar algo tal vez.

-No traigo dinero, ¿tú qué dices, Andrea?

Pero Andrea que deseaba platicar a solas con Eduardo, propuso que Naomi se quedara, mientras ellos dos salían.

-Yo no deseo…

-¿Qué no deseas, no deseas salir?

-Sí, tal vez. No sé, digo está bien.

Andrea bajó la mirada para encubrir que la sangre se concentraba bajo sus mejillas y su corazón brincaba de contento.

-No encubro nada.

-Nadie dijo que encubrieras algo.

-Ya lo sé.

-¿Estás bien?, ¿te estás haciendo la rara y así?

-No. Estoy bien.

Andrea pronunció aquellas palabras con tal énfasis que de inmediato Naomi descubrió el sentimiento indiscreto de los celos en su amiga y quiso ayudarla sin saber que la perjudicaría.

-Vayan ustedes, yo aquí me quedo.

-No, no le hagas caso.

-¿A quién?

-¿A mí?

-No. Ay, olvídenlo.

-¿Seguro que estás bien?, ¿No estarás enamorada?

Tal pregunta fue la que hizo estallar a Andrea, se enfureció y los objetos cercanos fueron derribados, las sillas temblaron ruidosamente a su paso y corrió, casi voló, por las escaleras: era un vendaval de odio, que a travesó las rejas de la escuela y continuó acelerado hasta llegar a una plaza cercana donde se echó a llorar.

-Pinche loco, yo no haré eso.

-¿Qué onda contigo Andrea? ¿Estás aquí?

-Ay, perdón. Voy a salir.

-Espera, voy contigo. –Dijo Eduardo.

-No.

-¿Por qué corre?

-Está loca. –Dijo Naomi.  

14 oct 2016

Noche segunda

Cuando una persona tiene miedo se vuelve más impredecible. Andrea estaba realmente asustada después de que intentara responder una simple pregunta de uno de sus amigos y sintiera que su voz se había esfumado.
--Andrea, ¿tienes o no tienes una pluma que me prestes?
Andrea giró con lentitud su cabeza para negar. Deseaba negar esa sensación de realidad y de pesadilla. No se acercó a nadie durante toda la mañana para que no le hablaran, no quería moverse de su lugar como si estuviera apestada. ¿Por qué no poder hablar le hacía sentirse sucia o despreciable? Sin despedirse de nadie, cuando llegó la hora de la salida, arrancó lo más rápido que pudo: odiaba la idea de que le pidieran explicaciones y que sólo tuviera su rostro parco y triste como respuesta.
Al llegar a su casa, trato de escabullirse directamente a su recámara, pero su madre la interceptó y le pidió que trajera varias cosas de la tienda. No le preguntó cómo le había ido, sólo le pedía cosas y le daba explicaciones.
Mucho rato después, mientras Andrea lavaba los trastes, su madre le dijo:
--Has estado muy callada, ¿estás bien?
Andrea respondió con la cabeza. Su madre siguió viendo unos comerciales en la tele. Fue hasta ese momento que Andrea, quiso aprovechar una ráfaga de cansancio, para irse a su cama y dormir. Sospechaba que en el sueño encontraría la causa de la pérdida de su voz.
--¿Ya acabaste? –Preguntó su madre sin dejar de ver los anuncios televisivos, mientras Andrea cerraba la puerta de su cuarto y se tiraba en la cama. Sintió miedo de cerrar los ojos, pero lo hizo fuertemente y luego despacio fue relajándose, acomodándose a la almohada, al colchón, al aire, al silencio, a la negrura, a la falta de temperatura, a la sensación de flotar, a las letras que volaban, a las flores extrañas que la rodeaban, a la luna púrpura, a los ojos del diablo de las palabras.
--Oye, maldito, ¡devuélveme mi voz!
--Me parece que tú tienes tu voz.
--¡No! Bueno, ahora sí, pero en la vida real no tengo.
--¿Y si esta fuera la vida real?
--No. No me preguntes eso. Obvio que esto es un sueño. ¿O estoy soñando que soy muda? Más bien creo que… bueno, no sé cómo decirlo.
--He ahí el problema. Ni yo ni nadie puede quitarte tu voz. Lo que sucede es que no sabes cómo hablar con tu propia voz.
--Yo sí sabía, no es que hablara mucho, así, tú entiendes, ¿no?, pero, pues, ahora, ya no, y, ¿ves?
--Si recuerdas, yo te advertí que hoy vendrías a pedirme respuestas. Lamentablemente tus preguntas son de un laconismo deplorable. Te invito a que no escatimes palabras en tus planteamientos, abunda, hija mía.
-¿Qué?
-Escucha, yo estoy bien dispuesto para responder tus cuestionamientos, bajo la condición de que preguntes con cabalidad y coherencia.
-No sé si soy coherente, pero ¿por qué no puedo hablar?
-Estás hablando.
-Aquí, pero esto es un sueño. Quiero hablar en mi escuela y en mi casa y en todas partes.
-¿Qué te lo impide?
-No sé.
-Arriesga una hipótesis.
-No, ya dime. Tú sí sabes, yo no sé.
-¿Y qué tal si tú supieras el verdadero motivo para que se haya apagado tu hablar?
-Pues no sé. Creo que lo que yo digo no es importante. Tal vez por eso. No siempre sé lo que la gente quiere oír. Soy de hueva… ¿verdad?
-¿Hoy cuando no pudiste hablar intentaste, acaso, decir lo que tú de verdad querías decir o intentabas decir lo que creías que los demás esperaban que respondieras?
-Pues lo que los demás… o sea que si dijera lo que yo quiero… ¿sí podría hablar? ¿Neta?
-Digamos que debes hablar con tus propias palabras, que por cierta diablura, lo que no podrás pronunciar son palabras de otros.
-¿Y cómo sé cuáles son las mías?
-Buena pregunta. Por lo menos, esta vez no te limitaste a un lacónico “qué”. Las palabras son de dominio público, pertenecen a todos y a la vez a nadie, sin embargo, hay estilos de hablar, ritmos, como decía ayer; ese ritmo propio que responde a tus latidos, las oraciones que se amoldan a tu forma de respirar, las frases que pareciera que salen del alma; esas son tus palabras, aunque otros también las usen. Se trata de tu manera de expresarte.
-Oquey. Espero que funcione… ¿Si no funciona hay algo que pueda hacer para seguir hablando?
-Hay una diablura que yo sólo comparto con mis amigas más entrañables.
-Aja. ¿Cómo?
-Puedes invertir en un banco de palabras, eso siempre da buen rendimiento, por el pequeño sacrificio de oír frecuentemente a un narrador.
-No entendí nada.
-Yo te puedo asignar a algún narrador que te acompañe. Los narradores son agentes de bancos de palabras, con fondos disponibles todo el tiempo.
-¿Puedes explicármelo de manera más simple?
-¡Un narrador, niña! Una voz que dice palabras: describe lugares, cuenta acciones; unos explican, otros informan. La voz estará en tu mente, sólo tú la escucharás. ¿Qué dices, firmas el contrato de una vez?
En ese momento, Andrea vio ante sí un descomunal pergamino que contenía letras pequeñísimas, a simple vista le era imposible leer; para colmo el Diablo de las Palabras lo hacía girar buscando la parte final, en la que sí estaba escrito con una letra de tamaño regular: firma de la protagonista y un cuadrito. El Diablo le explicó que ni siquiera tendría que firmar, que bastaba con que acercara su dedo y él mismo le tomó la mano y la arrastró hacia el cuadro donde de inmediato se dibujó una palomita. Un instante después había desaparecido el pergamino, el Diablo y todo lo onírico.
Andrea se encontraba una vez más en su cama y en su cuarto. Se quedó absorta un minuto mirando su ropero, su escritorio y su tocador. Era como si por primera vez viera aquello y le pareció deprimente no tener ningún cuadro en las paredes, también le disgustó notar que había muy pocos colores y que esos pocos eran oscuros. Esto debe cambiar, dijo.
-¡Ya puedo hablar!
Entonces comenzó a imaginarse cómo personalizaría su habitación.
-¿Tú eres el narrador, verdad?
Andrea decidió buscar un cuaderno y comenzar a dibujar para que lo primero que adornara la pared contigua a su cama fuera un dibujo de su propia mano.
-Oye, esa es buena idea.
Sin darse cuenta, comenzó a pronunciar en voz alta sus pensamientos como si hablara con alguien más, de manera que su madre alcanzó a escucharla y, extrañada, se acercó a la puerta de la recámara de Andrea, pegó el oído y como volvió a oír que hablaba, a pesar de que esa tarde había estado muy callada, preguntó:
--¿Estás bien, hija?
--Órale.
--¿Estás bien?
--Sí, ma, estoy leyendo en voz alta.
Andrea, luego de mentirle a su madre, miró al techo y dio vueltas en su cuarto como buscando un rostro entre sus cosas, sonrió y, al mismo tiempo, sintió ganas de llorar. Se vio al espejo, se acomodó el cabello y corrió luego hacia uno de sus cuadernos para dibujar, con trazos muy seguros, su propio cuarto, también se dibujó a sí misma mirándose al espejo y añadió una burbuja de diálogo en la que escribió: ya puedo hablar. Se sintió satisfecha con el resultado del dibujo, así que lo pegó a un costado de su cama y, aunque tenía ganas de continuar dibujando, también un gran oleaje de cansancio crecía en su cuerpo.
--Oleaje de cansancio, me gusta.
Andrea murmuró algo para sí misma mientras se acomodaba para dormir.

-Hasta mañana, narrador.