10 dic 2008

Las ruinas de Troya

Desde niño he convivido con dos historias oficiales de México: la de la escuela y la de la casa. En la primera me enseñaron a vitorear personajes históricos, aun cuando entre sí se odiaran o se hubieran odiado de pertenecer a la misma época. Suponerlos portadores de la misma camiseta es un error, o bien, uno tendría que imaginarse un equipo lleno de individualistas incapaces de mantener un estilo de juego coordinado, en el cual no todos correrían al parejo ni estarían dispuestos a dar apoyo al compañero, por el contrario, continuamente se reclamarían con discordia unos a otros.

¿O estaré mal por imaginarme a Morelos y a Juárez golpeándose? Uno quería la religión católica como única y sin tolerancia para las demás, y el otro después de estudiar varios años con sacerdotes, me parece que terminó despreciándolos.

No creo que hubieran llegado a un acuerdo o que siquiera habrían debatido con civilidad porque ambos eran tenaces y de sólidos principios. Sí, allí donde los mortales somos necios y ambiciosos, los héroes son tenaces, y donde nosotros mostramos incapacidad para el diálogo, los héroes demuestran principios sólidos.

El camino de la virtud consiste en conquistar a unos cuantos historiadores, después, la historia se encargará de absolver y trocar defectos en virtudes.

Pero los demasiado virtuosos no son simpáticos. Los héroes de la historia oficial no sólo no están a la altura del arte, ya tampoco llegan al nivel de la artesanía de los libros de primaria. A un niño medianamente listo le resultan inverosímiles tantas virtudes en Juárez. ¿Si era tan inteligente por qué no se peinaba de manera menos ridícula? Podrían preguntarse, o ¿por qué siendo tan chaparro, Madero fue electo para presidente? A sabiendas que ellos jamás elegirían al más chiquito para jefe de grupo, si lo hicieran un rato más tarde empezaría un desorden incontrolable. ¿Y quién quiere una revolución en un salón de clases o en una república?

La otra historia oficial, la de mis padres, formada por la cultura popular no oficialista, la que tiene por máximos héroes a Villa y a Zapata, debo decir, es de mayor sensibilidad artística. Porque admirar a un ignorante, tosco y mujeriego es más decoroso que admirar a un culto, honorable y pinche estadista.

¿Por qué no comprenderán los libros de texto que lo mejor de los héroes son sus debilidades? Desde tiempos homéricos, la voz de la literatura aparece para testimoniar alguna infamia. Infamias notables, por supuesto. De ese modo, Aquiles es admirable por sus berrinches, Héctor, por sus miedos; Ulises por sus trampas; Patroclo por su estupidez; Ajax por su brutalidad. Eso es lo que cautiva.

En México, Historia es la asignatura en la que los estudiantes presentan más bajo nivel. Los alumnos se aburren, los profesores se aburren y las madres sólo se preocupan porque el hijito salga bien en matemáticas. Con eso me conformo, dicen abnegadamente. Acaso creerán que con tener habilidad matemática, los tenderos no los estafarán al devolverles el cambio. Es decir, un aprovechamiento tangible de las enseñanzas escolares.

En cambio, ¿cuál es la ventaja de saber que el águila de las monedas proviene de un mito sospechoso? ¿Por qué una sociedad que había divinizado la imagen de la serpiente elegiría para asentarse un sitio donde la serpiente fuera devorada? Estas dudas tal vez nos harían maliciar la intromisión de algún historiador cristiano en la cosmovisión indígena. Para no confundirlos, se prefiere no planteársela a los niños. En los exámenes sólo una opción debe ser correcta: sí o no, blanco o negro. Antes que comiencen a dudar de la veracidad de los libros de texto, los alumnos deben aprenderse de memoria explicaciones simplistas y, muchas veces, falseadas, sin que importe el aburrimiento que ello conlleve.

¿Y quién no se va a aburrir con invenciones tan maquilladas? Si alguien quisiera conocer México mediante los libros de primaria y secundaria, fácilmente concluiría que éste es un país donde florecen los hombres probos y, consecuentemente, nuestra república tendría que estar rebosante de riquezas. Por eso es lógico que los estudiantes no crean que la historia esté vinculada con el presente o con la realidad y que, por lo mismo, no les importe o la juzguen fastidiosa.

Una vez les pregunté a unos muchachos qué era la historia. Casi a coro respondieron la misma formulita, algo así: una ciencia que nos ayuda a conocer el pasado para entender el presente y llegar a un mejor futuro. Como los animé a que me contestaran con honestidad me dijeron que era una cosa aburrida que trataba de muchas personas muertas y que no explicaba un carajo. Sin embargo, está claro que su actitudes, primero, la de responder lo que el profesor quiere oír, y luego, la de sus sinceros improperios contra la historia, son perfectamente explicables por causas históricas.

¿Cuántos traidores han dicho por las tardes lo que su jefe quiere escuchar para por la noche asesinarlo? Yo estoy seguro de que Porfirio Díaz odiaba a Benito Juárez desde que éste fuera su profesor de derecho civil por allá del 1850. Estoy persuadido de que el joven Díaz era uno de esos que respondía lo que su maestro quería escuchar y, desde entonces, planeaba ganarse su confianza para levantarse en armas contra él veinte años después. Y Juárez, lo apuesto, creía que sus clases eran interesantísimas y que Porfirio –todavía no era don-- era un alumno valioso y con futuro. Aunque ningún historiador se haya imaginado esto, yo confío en mis conjeturas.

¿Ustedes cómo se imaginan que fue? Les he preguntado a mis alumnos y les pido que escriban sus figuraciones históricas, como si se tratara de un taller de creación literaria en vez de una clase de historia. Y es que yo, sin saber de historia, por azares de la pobreza y de no encontrar ningún empleo digno, me he parado frente a un grupo de púberos que desean, ellos o sus padres, aprobar un examen y nada más, pero yo he optado por platicarles la historia de México basándome en Ibargüengoitia, quien a su vez se basó en Lucas Alamán. Es decir, he asumido que la historia puede considerarse una rama de la literatura y, por tanto, ser divertida, contener suspenso e, incluso, buen lirismo.

Quizá no todos, pero algunos se han divertido imaginado Querétaro en el siglo XIX como un pueblo rascuache, donde todos se conocen y se saludan y dejan abiertos los portones de sus casas. Y han imaginado lo fácil que era distinguir el hogar donde conspiraban (¿o en perfecto castellano debería ser comploteaban?) los padres de la patria ya que la suya era la única puerta cerrada. Y los he oído decir: qué güeyes, mensos, babosos. Mas, a pesar de los insultos, creo que Hidalgo y sus muchachos se vuelven así más entrañables.

En un país como el nuestro, los bustos impolutos de grandes hombres son como una burla o como algo ajeno, no relacionado con la cotidianidad. ¿Cómo hacer para que los estudiantes consideren que la historia se vincula con el presente? Yo sólo veo una forma: derruir los monumentos, ensuciar a los impecables y mostrar cómo contribuyeron todos a la descomposición.

La destrucción de Troya no se explica por las fortalezas, sino por las debilidades de los héroes. Las vilezas soterradas de nuestro panteón heroico, seguramente, explicarán algo acerca de este país en ruinas.

8 dic 2008

III

Ella fue los ojos
que brillaban
como arrulladoras
lámparas de miel
en las noches de aquellos días
cuando yo dormía y a mi lado
ella no dormía, ella temblaba
antes del desayuno
como si los ruidos acechantes
del sueño aún la atacaran
con esa metralla indescifrable
del peligro
con los animales sueltos de la paranoia
me abrazaba y temblaba y descalza
huía de la cama para preguntarme
si todavía, si aún, si en verdad
y sí, yo la quería hasta el umbral
del odio
y en las noches rodeados de ciudad o de frío
la quería hasta su pasado
hasta el origen inocente de su perversión
la quería casi hasta el amanecer
peleando
insistiendo en el acero venenoso
de los celos
hasta el adiós definitivo la quería
pero se fue y se quedó
como los sueños, como las pesadillas
y ahora comprendo
los temblores del insomnio
porque no duermo y no es por hambre
ni por la música
mi agitada espiga dolorosa...

II

Y del sueño a los días
de aromosos azules
de terribles escuelas
y de faldas con niñas
Y de esos días al insomnio
al nuevo miedo
a la nueva espera
del nosequé que acecha
Las guerrillas oscuras
en la selva de las deshoras
ambulancias y gritos
truenos y mutaciones
penumbras enmascaradas
y el frecuente no dormir
frenesí de la vigilia
que torna los días
cansados y motiva
a quedarse quieto, aislado
escribiendo remedios
contra el miedo
y lanzándolos luego
hacia el imperio en llamas
el llamado mundo
dormitorio de los sin sueño
allí donde se conectan los insomnios
allí donde ella fue voz y beso
carne y mar, estela y casi
casi presencia...

Agitada espiga dolorosa (primera parte)

No por el hambre
esa boca abandonada
ni por la música
de dolorosas espigas agitadas
acaso por el día
tan mal aprovechado
o porque mis ropas
las sucias y las recién lavadas
sobre mi cama echaron el recuerdo
de unos días de otros años
en los que no dormía
Primero por el miedo
verdadero, justificado y absurdo
del nosequé que acecha
después por la espera
del padre que no llega
de la madre que no llega
noches de enmudecidas ventanas
en las cuales las hojas murmurantes
con su blanco llamado incendian
a los ojos que extravían sus puertas
y para enfrentar ese incendio
y abatir el fuego del miedo
se lanzaban
las palabras cual agua
combatían una tras otra
hasta la calma
cuando yo volvía bajo las sábanas
al sueño…