10 ene 2008

Tras el asombro

Si comparáramos la literatura con el arte culinario, hallaríamos que en México existe en ambos ramos una notable variedad de estilos. Parece que cada chef literario cuenta con su particular recetario, aun cuando existan algunos ingredientes regionales compartidos por ciertos novelistas norteños, y una sazón semejante entre aquellos que han gustado de incorporar recetas extranjeras para hacer más internacional nuestra cocina literaria.

Uno de los cocineros más esmerados en la presentación de sus platillos-novelas, sin duda, es Alberto Ruy Sánchez. El sabor de su obra es dulce, para algunos paladares puede resultar empalagosa, sin embargo, quizá consciente de esto, él procura dosificar la miel de su prosa mediante la brevedad y la consistencia.

Ha creado una especialidad llamada Mogador. Una ciudad digna de los relatos de Marco Polo, ya que es una ciudad invisible para los que no están enamorados; una utopía del erotismo, casi el paraíso de los amorosos.

Sobre este lugar pretende realizar un cuarteto, del cual ya lleva tres novelas y una más, que sale de tal cuarteto: Nueve veces el asombro. Acaso se pueda decir que este libro no es una novela. Pero a estas alturas afirmar que una novela no parece novela, en vez de poner en duda su carácter, más bien confirma que sí lo es. De cualquier modo, aquí la estoy juzgando como platillo.

¿Una novela azafranada? Sí, porque posee un olor agradable y se ve bien, se antoja probar ese erotismo mágico que promueve. El problema es que carece de variedad de sabores, no nos permite degustar lo agrio ni lo picante, tampoco lo salado ni lo amargo. Esta falta de contraste provoca empalago. A pesar de que las nueve cosas de las que trata el libro son interesantísimas: el tiempo, la luz, la historia, las bibliotecas, etc.

Como en Mogador no utilizan el cero, cuentan de nueve en nueve, y asimismo Ruy Sánchez traza su obra en nueve partes de nueve capítulos, en busca de una geometría, de un orden. Con ello se procura, presiento, desterrar la amenaza del caos y de la nada, puesto que ese cero oculto, olvidado, relegado, supuestamente por pedante, es el número que hace mención de la nada, de lo ausente, de la muerte. Y en Mogador no hay muerte.Y sin muerte, no hay trama. Sin muerte, el tiempo pierde su capacidad destructiva y se convierte en un alcahuete más de los amantes. Las cosas no se acaban porque son espirales. La eternidad –y este libro da noticias de la eternidad-- es el triunfo del erotismo. Sabiendo esto, ¿alguien se negaría a leer este dulce manjar de Ruy Sánchez? Quizás sí, porque hay momentos en que el antojo literario nos pide sabores más fuertes.

8 ene 2008

Una luz solar de Guadalajara

Ya
ya la perdí
el sol que vi prenderse
cuando para mí solo
el alba era
detrás de la casa
del más bello rojo de Orozco
el mismo sol que silencioso
respeto tiene por la casta, pacífica
vieja barranca de Huentitán
Ya se va pronto
de las fuentes y de las cruces
mas apacienta hijos
en las miradas de las mujeres
y también a ellas
ya las perdí porque quise
la vida sin hijos
sin casa
quise mis llamas solitarias
granas y libres y ardiendo
quise el extravío
y tan sólo pude orientarme
quise ser como ellas
las personas de la tarde
que llenan las plazas
con niños, sonrisas y palomas
quise detener tu sol, Guadalajara
pero los hombres construyeron
para mí faros de adioses
construyeron las vacías calles
me dieron la carretera
para perder memorias
y la foto de un río
para verme tal como soy
verde y lentísimo
sin vidas a resguardar
para el crepúsculo hecho
para las nostalgias artificiales
los enamoramientos ficticios
el café a solas
y la música quedita
arrinconada casi
¿de qué me vale querer al sol
si jamás aplaza su ruta?
yo ni sé ya para qué escribo
si dicen las suaves piedras
donde me reclino
abandona las palabras
y callan
luego
muy serenamente…

4 ene 2008

Mester de bloguería

Un grafómano tiene más deseos de ser leído que de complacer al lector. Es una especie de eyaculador precoz en el ámbito literario. Su impaciencia por escribir lo vuelve desaliñado, convencional, quizá aburrido. Pero no necesariamente.
Un escritor verdadero está obsesionado con la escritura, con la creación artística, con la trascendencia y con la tranquilidad metafísica que sobreviene luego de realizar un buen texto. Procura tener gracia, pule detalles, busca una voz propia. Pero no necesariamente.
La frontera entre escritura y grafomanía es dudosa. La única diferencia válida, para mí, reside en el talento, porque por más pulimento que dé a sus obras, un grafómano lo será siempre, mientras que un escritor puede darse el lujo de ser un sinvergüenza con la ortografía y un perdulario con la sintaxis.
Y no es fácil determinar cómo escribir adecuadamente. Yo desconfío mucho de esos recetarios para ser cuentista o novelista o poeta. Siento que son engañabobos, al igual que una bárbara cantidad de talleres literarios. ¿Si los talleristas saben tanto sobre cómo hacer literatura por qué no la hacen?
Por supuesto que debe haber talleres literarios interesantes, satisfactorios para quien asista a ellos. Yo aprendí algunas cosas en un par que tomé. Mas, lo cierto es que uno aprende a solas a escribir o no aprende nunca.
En este mundillo de los blogs, abundan los grafómanos y escasean los escritores. Yo no tengo ningún reparo en incluirme como practicante de la grafomanía. Aun cuando me interesa manifestar un poco de pudor al momento de publicar. No seré Rulfo, pero tampoco un indecoroso chupatintas.
Tal vez en estos tiempos asistamos a una nueva formación de literatos internáutas, blogeros. O acaso, como pienso en mis momentos lúcidos, estemos en una era de barbarie donde la palabra escrita está condenada, si no a muerte, sí a la miseria.
Sería bueno, de cualquier modo, forjar un mester de bloguería, intentarlo al menos, para no perder las palabras ni las historias, ni la profunda realidad que debe ser dicha con otros vocablos que no son los cotidianos, pero que son igualmente nuestros y capaces de enriquecernos la vida.

2 ene 2008

¿Y si el año continúa?

Disfruto ser una persona pesimista, lamentablemente, en los tiempos recientes, me he visto rodeado de infortunios varios, los cuales me han conducido al optimismo. Me avergüenzo de ello, pero este optimismo ha sido más fuerte que mi fuerza de voluntad.
Pocos defectos me molestan tanto como la llamada actitud positiva. Siento que se requiere perder un buen número de neuronas para asumir tal actitud. Y sin embargo, he imaginado que mi próximo año será mejor que el moribundo 2007. ¿Me baso en algún dato objetivo, racional, probable? No, en lo absoluto, sólo lo afirmo con el más cándido y más necio de los optimismos.
Las desgracias de mi 2007 no tienen un origen indiscutible, es posible remontarse a otros años, a otras décadas. Pero diré que comenzaron con la muerte de mi padre. Aunque la muerte acaso no sea una desgracia. Fue triste. Impactante quizá sea el adjetivo apropiado. El cuerpo que dejó la mañana del 20 de julio era carne fría, sin alma. Aún así se me revolvió la conciencia cuando, un rato después, ayudé a sacar su cuerpo para llevarlo a la funeraria. Sentía con seguridad que mi padre ya no habitaba ese cadáver pero me dolía cargarlo como si fuera cualquier cosa.
Apenas un mes después, o no sé cuánto tiempo, recién mudados a otro departamento más pequeño, mientras me disponía a escribir acerca del concepto de la responsabilidad en Levinas, mi madre me llamó para decirme que habían internado a mi hermano en el hospital. Tenía una leucemia que nadie acreditaba, más que los médicos. Entonces, vinieron casi tres meses de hospitalización.
Supongo que, en mis cotidianas visitas al hospital, me fui contagiando de optimismo. El enfermo precisaba combatir por la vida. Le tocó estar en una sala llena de hombres contratados para la muerte, como todos lo estamos en realidad. De esa sala unos salían caminando a su casa, otros en camilla hacia el panteón. Mi hermano salió en silla de ruedas.
Antes de celebrar esa recuperación, ya había otro familiar necesitando internarse en una clínica, mi tía, que bien pudiera llamarse Chofi, porque soltera agoniza. Así que yo volví a probar la infernal comida de hospital, tratando de convencer a mi tía de que no sabía tan mal como se veía, y aunque no lograba persuadirla, su anemia fue controlada; si bien, le descubrieron más enfermedades, le permitieron pasar la navidad en casa.
En medio de esto, yo he perdido empleos y amistades. Pero me he dicho que el año concluirá pronto, que eso es encomiable porque las malas rachas tienen su final, y el arbitrario cambio de 2007 a 2008 habrá de significar el término de esta temporada tempestuosa.
Pienso que esto sólo puede significar que he experimentado un proverbio chino que dice: el pesimismo es un lujo de los buenos tiempos. Ojalá el próximo año vuelva a ser pesimista. Ése es mi propósito.
¿Y si el año continúa?, pregunta, parodiando a Hesse, la parte menos enferma de mi mente.
Si el año continúa, tendré que conservar mi pinche optimismo.