1 feb. 2009

Confieso que soy deshonesto

Hay una historia muy interesante y sanguinaria en la antigua literatura hebrea, que para mi gusto dice mucho acerca de la honradez y de la honestidad, la hazaña de Judith, comentada por innumerables teólogos y pintada por grandes maestros como Botticelli, Tintoretto, Klimt y otros tantos.

Judith era una viuda, con fama de mujer pía, que cuando su pueblo fue asediado por un ejército asirio, salió sin ropas luto, perfumada y con seductor peinado a pedir audiencia con el general enemigo y, como ella le prometió ayudarle a derrotar a sus conciudadanos, él la recibió durante cuatro días con sus cuatro noches o diecinueve noches, no sé cuántas en realidad. Y en la última consiguió embriagarlo a tal grado que cayó rendido y no oyó cuando Judith tomó una espada, lo tomó de los cabellos y lo degolló. Fue Dios mismo quien lo ha matado, dijo Judith, utilizando mi mano. Así lo creyeron todos en su pueblo y la glorificaron.

No es que su crimen o sus mentiras fueran perdonadas, sino que jamás se le juzgó. Porque ni el crimen ni la mentira entre los antiguos hebreos, y probablemente tampoco para los modernos, significaban un pecado, al menos no cuando se hacía contra los enemigos.

Y si bien los occidentales somos hijos de Atenas y Roma, también somos aún, hijos de Jerusalén y Betulia. Con lo cual quiero decir que nuestra honestidad es un discurso incongruente.

O en otras palabras, la honestidad sólo podría existir si amáramos al prójimo como a nosotros mismos. Judith sólo podía ser honesta si hubiese amado a Holofernes. Si no le hubiera mentido y si no lo hubiera matado. Pero los antiguos hebreos no veían conflicto en asesinar y hacer guerras contra otros pueblos, con todo lo que eso conlleva, es decir, destrucción de inocentes, violación de mujeres, esclavitud, etc. Por eso es que la honestidad no es una virtud antigua sino moderna, y valdría aún decir, tampoco posmoderna.

En ese cuadro de Klimt, la sonrisa y la desnudez de los pechos de Judith muestran también desnudo su inconsciente. Y el inconsciente es el gran descubrimiento freudiano de la deshonestidad a la que todos estamos sujetos.

La belleza del discurso de la honestidad no es más que el comienzo de lo terrible y sanguinario que es nuestro deshonesto inconsciente. Esa bella sonrisa de Judith demuestra el gozo del criminal, la satisfacción del poder de la espada, es la misma sonrisa que vemos en los soldados cuando vuelven a casa después de haber asesinado niños indefensos.

Se dice que Diógenes afirmaba que no había conocido ninguna persona honesta aunque la estuvo buscando con una vela a plena luz de día. Yo podría afirmar lo mismo. El más honesto de los personajes literarios me parece que fue Iván Karamázov cuando, sin haber matado a su padre, comprendió que él había sido el culpable y que era un criminal. La única migaja de honestidad que somos capaces de mostrar es cuando nos declaramos deshonestos.

Hoy, como siempre, es facilísimo distinguir a los deshonestos, basta oír a los que predican honestidad. Ésta es, además, una virtud que se desea más en el prójimo que en uno mismo. Y generalmente son los propietarios quienes con más ahínco la desean, se entiende, no en ellos sino en quienes los rodean.

La honestidad es la virtud que más veneran los avariciosos. Ya sean avarientos de dinero, afecto o fama. Si viviéramos en la utópica Edad de Oro, sin mío ni tuyo, la honestidad sería un concepto sin sentido.

Pero vivimos en tiempos muy posmodernos. Y sólo porque no conocen su inconsciente, los deshonestos se creen honestos. Si Kempis ojeara nuestros días diría acaso: quien conoce su inconsciente se tiene por vil.

Hace tiempo, la madrugada que cumplía veintiún años me parece, vagaba y fui asaltado. Con honestidad el muchacho de la navaja me dijo que no quería dañarme, que sólo quería todo mi dinero; yo deshonestamente le di sólo la mitad, la que llevaba en la cartera y me quedé con la otra parte en la bolsa trasera del pantalón. Cuando se fue, quedé arrepentido imaginado su lecho de alcantarilla. Ese dinero, finalmente sólo era mío por la injusticia de la propiedad privada. Si yo fuera buena persona, le hubiera dado todo y más, mi chamarra, mi reloj y no lo hice, simplemente, por deshonesto.

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