25 feb. 2009

Nadie duerma (Segunda Parte)

II

Como era de esperarse, en los siguientes días, muchas fueron las respuestas. Y B. no parecía complacida con la multitud de correos, entre los cuales había uno de un taxista que, aún sin interés en las relaciones, insistía en su derecho a ser tomado en cuenta puesto que afición por los poetas españoles no le faltaba.
Belisa, para mejor llamarla, se decidió por dos remitentes. No tanto por sus respuestas como por sus fotos. Y quizá no tanto por sus fotos sino porque no quería que el jueguito terminara tan pronto con la rotundidad del fiasco.
Les respondió asimismo con una foto de cuerpo entero y con una nueva pregunta. La anterior vez había hecho una concesión, ya que las respuestas recibidas no decían claramente lo que Belisa anhelaba leer acerca del desciframiento corporal. Se prometió ser aún más exigente. Preguntó: ¿Cuál es el mejor de los caminos para correr sin bridas? Y cuando estés allí, llámame para ir.
Uno le contestó que era impotente que sólo podrían mantener una relación de fantasías o de sexo oral, de modo que borró su nombre y no lo recordó más. El otro la llamó desde un bar y fueron dos aburridas horas las que con él platicó. Tuvo que llamar a su cómplice de juego para desquitar con alguien el malhumor de tan frustrante encuentro.
--No quiero que este pedante se ofrezca a llevarme a casa y sabes que a mí tampoco me agradan los taxistas, ven por mí, tú me metiste en este lío.
--Lo siento, mi coche está en el taller, toma un taxi y ven a mi casa. Tengo Bailey’s.

Y la vida tiene casualidades. Coincidencias y vuelcos que hacen verosímiles todas las narraciones ingenuas.
Belisa encendió un cigarro para no llamar a su expareja. El reciente fracaso del anuncio en internet que ya había dado por concluido esa noche, la hacían pensar en marcarle de nuevo, averiguar cómo estaba. Si al menos su amiga estuviera allí para animarla, dando los consejos obvios, que no por obvios dejan de ser valiosos. Pero como no la tenía, hizo un trato consigo misma, si no pasa un taxi antes de que me acabe el cigarro, hago esa llamada y le pregunto cómo ha estado y si está libre para mañana.
Fumaba Camel y no le gustaba ver la imagen del camello a punto de ser devorado por el fuego. En eso se orilló un taxi. Ella tampoco estaba preparada para tirar su cigarro antes de fumar lo suficiente para calmarse.
--Puede fumar no se preocupe. –Le dijo a tiempo, antes de que lo apagara.
--Gracias. Tome Viaducto, por favor.
--Sí. A otros les molesta pero a mí no.
--Ha de ser porque usted es fumador. –Ella no deseaba platicar con un taxista, ésa era una de las razones por la que los despreciaba, solían hacerse los hombres de mundo, en cuanto la veían sola procuraban abordarla.
--No, no fumo, pero disfruto el olor del tabaco.
--¿En otro tiempo sí fumaba, no? –Se preguntó a sí misma por qué había dado pie para una conversación si nunca lo hacía.
--Nunca he fumado, sólo en esporádicas ocasiones, Sólo que difícilmente encuentro un vicio que me parezca condenable.
--No sé si usted es un cínico, un hipócrita o un provocador.
--Me falta amenidad para ser cínico y carisma para provocador, y lo de hipócrita no lo entiendo.
--Hipócrita porque no se envicia y elogia los vicios.
--A mí me parece eso prueba de congruencia. Si me enviciara sería jactancioso en atreverme a elogiar los vicios, aparte de inconsciente, la única forma honrada de aplaudir los vicios es no conociéndolos.
--Hay unos que si no los conoce, con justicia se puede decir que no ha vivido.
--He de confesar que he vivido. Menos que Neruda, pero más que algunos otros poetas.
--¿Le gusta la poesía?
--Sí, ¿y a usted?
--Es mi opio.
--Quizá el de la poesía sea el único vicio que yo no elogie.
--Porque lo padece.
--Prefiero que me tengan por taxista que por adicto a la poesía.
--Es curioso… es… en Andrés Molina a la derecha. No debería ocultar su sensibilidad.
--No es que la oculte, es que hacen falta ojos sensibles para verla.
--Le parecerá extraño, pero puede responderme una pregunta.
--¿Qué pregunta?
--Son tres preguntas. Pensará que estoy loca, olvídelo, en la siguiente esquina a la izquierda.
--Dígame por favor, soy taxista pero algo puedo saber.
--¿Sabe cómo se descifra un cuerpo?
--Claro.
--¿Cómo?
--Es fácil, conociendo su alma. La respuesta es sencilla, la práctica es lo difícil.
--Allí adelante, detrás de la camioneta. ¿Le hago otra pregunta?
--Dígame.
--¿Cuál es el mejor de los caminos para correr sin bridas?
--Tengo que respondérsela después de abrirle la puerta. –Ella se desconcertó con esa frase y antes de recuperarse, vio que él ya le estaba abriendo la puerta. Y antes de sentir el calor de otro cuerpo próximo al suyo y la intensidad de los ojos penetrantes y de los labios y los brazos unidos, escuchó en susurro: la pasión.

Belisa primero se excitó y luego se espantó. No, no puedes entrar, le dijo. Y le miró los labios deseando de nuevo morderlos. Hay una tercera pregunta. Sólo que… Ven mañana. Si quieres. Por favor ahora… gracias, ¿cuánto te debo? No es nada, dijo él. Ella le estiró un billete, él se rehusó a tomarlo. Ya tienes una historia qué contar, dijo semejando enfado. Él tomó el billete y ambos sonrieron. ¿Cuál es la tercera pregunta? Mañana, a las diez.

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