2 dic 2013

Elegía para mi abuela (seguir de pie)

Podríamos permanecer tranquilos
cuando la comida se descompone
o cuando las flores de un día mueren
para eso nacieron, dicen algunos.

Pero yo no sé quedarme tranquilo,
cuando se desgarra un sol en declive
que he disfrutado junto a la persona
cuya vida ha de atravesar la ausencia…

Esa ausencia contra la que los ojos
luchan por no cerrarse, también los labios
se esfuerzan por hacer palabras, o algo
que emancipe de la muerte tranquila.

Y otros maldecirán: hay tantos quiebres,
en una tumba y en otra, los ramos
se borran y los nombres se marchitan,
y yo así no puedo quedar tranquilo.

No.

No puede ser.

Cuando vuelve la hierba como labios
como una pequeña voz que se esfuerza
para salir, crecer y ser aquello
que no tranquiliza ni da tristeza
y solamente me invita a seguir
de pie, soltando palabras y hojas,
entre renovaciones y caídas.

26 nov 2013

Adultos en-red-ados

He visto en Facebook una serie de imágenes tituladas “The Social Media Generation.. sad but true”. En ellas pareciera que todos los adultos están tuiteando o consultando cualquier mensaje recién llegado a su celular. Un niño pide y exige la atención de sus padres, quienes, mientras tanto, con sus pulgares como gacelas escriben en sus respectivos móviles, hasta que el chamaco grita: “acknowledge me”. Entonces el personaje central de esta pequeña historieta, Marc, toma una foto del berrinche escuintlil y la comparte en el mundillo de Twitter. Posteriormente encuentra dentro de un baño al cliché del junkie en plena inyección. Lo critica, recibe likes y el punto de vista desde el que es caricaturizado el junkie se repite, pero ahora con Marc: las llamadas redes sociales son equiparadas a la morfina o a la cocaína, en tanto que sedan y ofrecen un mundo de reemplazo, abundante en elogios gratuitos. Además, en primera persona se afirma que Facebook y Twitter son padres tecnológicos que sacian al niño interno, pero sin estar detrás de él ni abusando.

Marc Maron, el creador de la historieta, es un comediante nacido en los sesenta. Pertenece a una generación, a cuyos miembros yo jamás he considerado verdaderos adultos. Dos de mis hermanas y sus maridos, que nacieron en esos años me parece que han acumulado primaveras y veranos, sin ocupar en mi imaginario el lugar del adulto que me formé cuando era niño. También me cuesta trabajo pensar que tengo la edad que tuvo mi madre cuando yo nací. Quizá sea un mero asunto de percepción, mas acaso haya algo de preocupante en la pregunta que nos tira Maron: we’re adults, right?

Me seduce la forma en que Finkelkraut define al adolescente como un ser que ve líneas rectas ahí donde sólo hay encrucijadas. Por lo tanto, el adulto es quien puede ver las encrucijadas, que representan la complejidad del mundo, y así darle cierto peso trágico a la toma de decisiones. Somos adultos en la medida en que nos hacemos preguntas y nos quedamos quietos, meditando posibilidades, antes de avanzar por algún camino.

Frente a esto, se puede entonces reescribir la pregunta planteada anteriormente como: ¿Tenemos una mentalidad y una actitud vital suficientemente complejas como para considerarnos adultos? Al ver así reestructurada la cuestión, pienso evidente que la adultez está definida por la mentalidad y no por la edad. Asimismo creo que la crítica contra Facebook o Twitter no es esencialmente diferente a la que en otros tiempos era volcado en su mayor parte contra la televisión, las cantinas, las iglesias o las fiestas patronales, quiero decir que estas dizque redes sociales son las máscaras más novedosas de un viejo problema: la enajenación.

¿Las generaciones que nos han precedido eran mejores padres? Cualquier pesimista respondería que sí, pero esta mañana me siento optimista y digo que no. Al menos acá en la gran ciudad he visto recientemente a más hombres atiendo a sus hijos, y son imágenes que me gustan, ¿quién, nacido antes de los cincuenta, podría presumir de que su padre le cambió pañales? Por otra parte, el hecho de que la mayoría de las madres trabajen, creo que también da un ejemplo positivo a los niños. Aunque los noticieros insistan en ser zalameros con los que nos gobiernan, no debemos cerrar los ojos a ciertas mejoras sociales.

Sinceramente, desacredito a Finkelkraut y a Sloterdijk en cuanto ven una ausencia de adultos en el mundo actual; a las generaciones que en Europa hicieron las guerras mundiales y consintieron regímenes totalitarios, ¿las podemos consideran más maduras que a las generaciones actuales que en general alientan soluciones pacíficas a los problemas coyunturales?

Por otra parte, el niño interior, ahogado por carencias emocionales, ahí ha estado desde la prehistoria. Es la víctima del choque entre naturaleza y cultura. El desamparo infantil es la sima del malestar cultural, o sea, un pinche abismo en nuestra mente. Y hoy en día somos más conscientes de que a pesar de los cumpleaños, los adultos continuamos teniendo miedo a la oscuridad, así sea que la oscuridad en cada caso cambie de nombre: la quiebra, el divorcio, el desempleo, la enfermedad, la clase política, la muerte, etc. Pero conservar ciertos miedos inexplicables, no impide que pensemos o deseemos la iluminación de la madurez, en ese sentido, la pregunta de si somos verdaderamente adultos es un síntoma de reflexión, de complejidad. Si todavía fuéramos adolescentes en lugar de preguntar, afirmaríamos. ¿O no?

Una buena prueba de que sí hay madurez en los nuevos adultos es que ha disminuido la cantidad de niños, si tal cantidad la dividimos entre el total de la población. Por supuesto, hay quien interpretaría esto como indicio de lo contrario, si no tenemos hijos es porque no hemos madurado, ya que con el infante desamparado que cargamos en el sustrato de la mente nos basta y sobra; pero no, volvamos a mirar a quienes sí tienen, no uno, sino varios hijos y verdaderamente regados: se trata de las personas más inconscientes, menos responsables. Esas personas que tienen más hijos de los que recuerdan o que no saben dónde están, o bien, que los maltratan sin abandonarlos usándolos como receptáculos de frustraciones, ¿no son la justificación para quienes no tienen hijos o se cuidan de no engendrar más que moderadamente? La madurez del ser humano no es como la de los árboles: no consiste en arrojar hijos, sino en ser fruto de uno mismo. Perder simbólicamente a los progenitores reales, para alcanzar un estado de responsabilidad, lo que en otras palabras se conoce como tener ética.

¿Cuántos hijos lanzaron al mundo las generaciones de adultos irresponsablemente durante el siglo o siglos pasados? ¿Cuántos embarazos ha evitado la generación tuitera? Supongo que un porcentaje mayor, pero lo cierto es que recordando a algunas niñas que cargan en sus brazos bebés y de las cuales veo eventualmente publicaciones, siento cierta desazón, ojalá se hubieran clavado más en la enajenación tecnológica. No quiero que se me malentienda. No creo que embarazarse sea una desgracia, ni siquiera a los trece, pero de todas las responsabilidades, procrear es la mayor: una vida frágil, vulnerable en más de un sentido, queda bajo la custodia de dos personas, y muchas veces de una sola. Digo que de dos porque, a pesar de los abuelos o los vecinos, para el recién nacido en un principio no hay más mundo que sí mismo, por tanto está sumamente desprotegido: pues sin conciencia del mundo exterior, éste nos devoraría. Un poco después en la relación con su madre el bebé evita las sensaciones dolorosas. Más tarde, comienza a delinear una figura paternal. Y de ese tiempo, del cual no guardamos memoria, datan las placas tectónicas y los bordes convergentes y divergentes que parten nuestra personalidad.

Finalmente, lo que he tratado de exponer es que cada generación mira el mundo desde su propia perspectiva, por ello, madura a su manera. Me parece que la forma de madurar en nuestros tiempos, en efecto, está “conectada” con la tecnología y las “redes sociales”, pero tales vínculos para mí no son muy preocupantes ni tristes, sobre todo en comparación con máscaras anteriores de la enajenación. Pero todavía hay más que el silencio: la pasión por comprender la complejidad del mundo está ligada a la pasión por compartir opiniones y experiencias.

16 oct 2013

La utopía alucinante: Días Lúgubres

El continente más subversivo de la literatura es el carnaval, por el contrario, la producción masiva de novelas y cuentos en la actualidad, cuyas anécdotas son tan significativas como los chismes cotidianos, representan la faceta más pasiva de la literatura, la que va inoculando el aletargamiento en los lectores. Por eso hay que celebrar la aparición de una novela que verdaderamente pone de cabeza a la narrativa: Días Lúgubres.

Me parece imposible que alguien pueda leer Días Lúgubres sin que termine planteándose una serie de interrogantes que reactiven su capacidad lectora y, más aún, su interés por la situación actual del mundo.

Por principio, ¿qué es Días Lúgubres? ¿Una novela, una sátira, teatro aurisecular en corral posmoderno? Este el primer reto para el lector: ubicarse en los bordes de los géneros, los tonos y del vocabulario mismo, en el que se mezclan arcaísmos, neologismos y mexicanismos. De ese modo, el pacto de verosimilitud que toda ficción establece, en esta obra tiene que renegociarse.

Se nos presenta como personaje principal, Don Pollón, un estadista, cuya esplendente capacidad analítica, al cabo de las páginas, termina por ser más notable que su grande y enorme polla. Por supuesto, tal capacidad está inscrita en la utopía pornocrática, el mundo alterno que creado por la novela, el cual, como las fantasías mozuelas, resulta extraño y atractivo, al mismo tiempo, conduce a la risa y al goce carnavalesco: es la inteligencia bailando descaradamente.

Pornocracia es una utopía amenazada por la distopía que pretende instaurar el Dalai Lama. Y aunque parezca completamente absurdo que un líder espiritual impulse el derecho humano a sobrevivir a una catástrofe nuclear, y que además la gente se entusiasme con la idea de tal acontecimiento, lo cierto es que en nuestro mundo ocurren -cada vez más-, discusiones absurdas acerca de temas relevantes. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad de riesgo, en la cual ha quedado despolitizada la economía: vivimos, pues, dentro de un espectáculo carente de director visible, por ende, en la frontera del absurdo.

¿En qué clase de mundo habitamos? Es una pregunta pertinente que se configura gracias, en buena medida, al poder de las visiones que nos ofrecen las obras de arte. Y justamente, Días Lúgubres es una de esas obras que nos permite reabrir los ojos al enjambre de la actualidad.

¿Qué clase de mundo literario es Días Lúgubres? Es un descubrimiento, un nuevo continente de la narrativa, que paradójicamente contiene joyas de la tradición literaria, especialmente del teatro. En ella parecen resucitar los muy divertidos Pasos de Lope de Rueda, la hermosa vulgaridad de La Celestina, la saña grotesca de Rabelais. Pero incluso, hay fragmentos que recuerdan diálogos platónicos, películas mexicanas y talk shows. Es decir, un coctel alucinante como el sueño de la cultura. Lo destacable es que existe un innegable talento narrativo que mantiene la atención del lector a pesar de la fragmentación temática.

Asimismo, Don Pollón y Altramuz están hechos el uno para el otro como otras parejas inolvidables de la literatura. Su relación también es algo nebulosa, pero indudablemente, va creciendo la amistad a lo largo de las páginas, y aunque no haya lugar para sentimentalismos, su relación se mantiene con algo que me deja contento: la disposición para intercambiar palabras buscando sentido. ¿No es esto la literatura y la humanidad? También esto es Días Lúgubres.

3 oct 2013

3 de octubre

Al recordar los titulares de hace 45 años, no deja de ser indignante comprender que el periodismo mexicano en general ha servido a las peores causas, a los gobiernos más dañinos y ha mentido con descaro, cinismo y sin cortedad.

Hoy los herederos de los periodistas que le aplaudían a la dictadura de Porfirio Díaz, justificaban los crímenes de Victoriano Huerta y de Gustavo Díaz Ordaz, hoy defienden e incitan a la policía de Mancera y Peña Nieto a que ataquen manifestaciones pacíficas.

Es muy importante señalar que los manifestantes detenidos desde que Peña Nieto tomó posesión han sido personas que protestaban pacíficamente. Por otra parte, quienes han ido encapuchados, armados y han causado destrozos han sido grupos ajenos a los contingentes, digamos claramente, infiltrados, ¿del ejército, de la policía, verdaderos anarquistas? Realmente no sabemos, pero sin duda los periodistas no están cumpliendo con su deber al omitir este “detallito”.

Las autoridades deben investigar y los periodistas, informar. ¿Por qué no cumplen con esa labor? ¿Por qué no hacen la diferencia entre las decenas de miles de manifestantes pacíficos y unas decenas de jóvenes a quienes se les ha visto muy cerca de la policía antes de las marchas e incluso ser transportados en vehículos militares? ¿Cuándo van a informar acerca de eso que es sumamente relevante?

Hoy vemos en las redes sociales información muy clara de los abusos policiales y también vemos el inaceptable cinismo de quienes denigran y envilecen a grado máximo el periodismo, por ejemplo, Carlos Loret de Mola y Ciro Gómez Leyva; el primero dice: “los gobiernos prefieren aguantar lo indecible: que los granaderos resistan toda suerte de embates violentos de los manifestantes más radicales tratando de no responder”, el segundo al comparar las manifestaciones en México con las de Brasil, Grecia y Corea dice: “La gran diferencia con otros países es que aquí la policía vive amedrentada.”

Todo esto frente lo que muestran los testimonios en videos y fotografías lleva a pensar en el estado miserable de una buena parte del periodismo  nacional. Un columnista no tiene derecho a opinar sin estar informado y, menos aun, a incitar a la violencia, específicamente, a la represión policial.




Estos tres videos son apenas una pequeña prueba de que hay una distancia enorme, un abismo, entre lo que escriben ciertos columnistas y la realidad. Y se trata de una distancia, además de periodística e ideológica, moral.