6 abr 2013

El teatralismo de la alegría


PRIMAVERA: Escribe palabras sobre la alegría

FILÓSOFO: ¿Por qué escribir sobre la alegría en lugar de simplemente disfrutarla?

BARRENDERO: La alegría me recuerda a esa rola de Juanga.

JUANGA: ¡Buenos días, alegría, buenos días, señor sol!

HOMOFÓBICO MODERADO: Hoy seguiré siendo jotolón, hoy seguiré siendo jotolón.

POLICÍA LÉXICO: Eso amerita una multa, oríllese a la orilla de lo políticamente correcto.

ANTONIO: Yo desconfío de la alegría.

FILÓSOFO: Creo con Bergson, que la alegría es el acento triunfal de la vida. La recompensa que obtiene la creatividad.

ELUARD: Bonjour, tristesse, tu es inscrite dans les lignes du plafond.

BARRENDERO: No te agüites, carnalito, estamos chupando tranquilos.

ANTONIO: Sí, la creatividad y la alegría podrían estar relacionadas, pero también la alegría y la crueldad, y la destrucción y un montón de cosas terribles.

FILÓSOFO: Probablemente desconfías de la alegría por influencia del cristianismo.

KEMPIS: Si hubiera algo más útil que el sufrimiento, Jesucristo nos lo hubiera enseñado. Serás dichoso cuando ames el sufrimiento.

BARRENDERO: Yo entiendo lo que dice este cuate porque cuando me pongo a chiflar canciones, limpiando acá, contento, disfruto mi chamba, aunque es pesada, pero le termino agarrando el gusto.

ANTONIO: No niego ni la posibilidad de alegría, aún entre circunstancias desfavorables, ni su valor intrínseco como dadora de placer. Lo que digo es que me parece un bien sospechoso.

TEÓLOGO: Es posible una espiritualidad de la alegría, ya que Dios se ha fundido con lo humano, debemos superar la visión del valle de lágrimas e identificar la fe con la experiencia de gozo.

PABLO DE TARSO: Que el Dios de la esperanza colme vuestra fe de alegría.

ANTONIO: Ok, pero a ver, ¿para qué hemos inventado, pues, las cárceles? ¿Por qué ha sido creada la disciplina escolar?

FILÓSOFO: Es cierto que las cárceles no son meras formas de aislar a ciertos individuos, sino que son instituciones edificadas para la destrucción de la alegría, sin embargo…

BARRENDERO: Sí, como mi cuate, el Greñas, estuvo un rato allá en el Reclusorio. Salió peor, más maleado, antes era muy alegre, orita ya está bien amargado, ni fuma ni chupa, según se metió en un grupo de esos contra las adicciones, aunque ya no sea alegre pero al menos se reformó siquiera.

ANTONIO: ¿Y qué me dicen de esa pequeña cárcel que es la escuela?

BARRENDERO: De eso yo no sé, porque me salí de la escuela. Ya estaba cansado de que me estuvieran chingando. No hagas esto, no hagas lo otro; y ni me pagaban. Luego uno se arrepiente, pero pues ya qué.

FILÓSOFO: ¿Sugieres que la disciplina escolar es un conjunto de normas para destruir el comportamiento alegre?

ANTONIO: Veamos por una ventanita, en una jornada escolar, ¿cuántas veces se carcajean los alumnos más aplicados y cuántas quienes sacan las peores calificaciones? Con esa estadística veríamos que la alegría en la escuela es inversamente proporcional a las notas.

PROFESTRICTO: Es que así debe de ser. La disciplina es lo que los va a ayudar en la vida, eso es lo que tienen que aprender. ¿Qué quieres? Que hagan lo que quieran. Eso no puede ser. Además ¿qué es esto: una obrita de teatro, un artículo, un ensayo dialogado? No, no es nada, esto no vale, esto no existe. Disciplínate y escribe algo serio.

PROFEBARCO: Si yo que era disciplinado y cumplía con todas las tareas de la escuela, fracasé en la vida: le doy clases a una generación limítrofe, si consiguen escribir su nombre sin faltas de ortografía, les subo dos puntos, si aprenden a decir “buenos días” otros dos puntos; aun así la mayoría reprueba. Pero heredan los negocios de sus padres y su alegría les abre puertas; me parece que su falta de seriedad, de disciplina y de compromiso sólo les cierra la puerta de los estudios especializados.

BARRENDERO: Bueno, sí, pero quienes no tuvimos padres, o si eso de los negocios, pues, uy, cuándo, ni un puestecito de chicles, que yo con eso me conformaba, como doña Meche, la que está aquí afuerita en las escaleras del Metro, sí está todo el día, ¿verdad?, pero me contó que acaba de ir por una pantalla de plasma, de las chiquitas, ¿no?, de todos modos le va bien.

FILÓSOFO: No se trata de negar las problemáticas sociales, por el contrario, para combatirlas también es indispensable una buena dosis de alegría, por eso me propongo construir una ética de la alegría, no de un optimismo ramplón, sino de una actitud vital, una vida enamorada de la vida, finalmente lo peor ya ha pasado…

BARRENDERO: ¿La llegada de Peña Nieto al poder?

ANTONIO: El haber nacido.

BARRENDERO: Ah, pues sí, yo ya pasé lo peor, me tiraron al mundo, a la calle como si yo apestara, de a gratis no tuve ningún cariño, tuve que ganármelo todo, ahí poco a poco, hice amigos, luego aprendí a hablarles a las mujeres, convencí a una de que me ayudara a construir un cuartito. No anda tan perdido don Filósofo, lo peor ya ha pasado, ora viene lo bueno.

ANTONIO: Todos tenemos que agarrar nuestra escoba alguna vez, darnos la oportunidad de ver limpio lo que nos rodea aunque sea brevemente. Dirán que soy necio, pero no me pidan que además de barrer conserve la alegría.

CAMUS: A Sísifo hay que imaginarlo alegre.

ANTONIO: A él, a mí no.

BARRENDERO: ¿Sísifo es el don que metieron al tambo por echarse a unos malandros que entraron a su cantón, no?

ANTONIO: No, no, es otro.

BARRENDERO: No, sí es él, ¿pus cómo va a estar alegre ahí enjaulado? Nel, a mí sí me da lástima, si viéndolo bien, yo hubiera hecho lo mismo, pa’mí que no es un delincuente.

FILÓSOFO: El delito de Sísifo, como el de Segismundo y el de cualquiera es haber nacido. Lo dichoso es que se puede afrontar el castigo por tal delito sin que la alegría nos sea vedada.

BARRENDERO: El Segismundo también me suena, pero no me acuerdo ahorita.

FILÓSOFO: Somos capaces de afrontar el absurdo de la vida con el rostro contento. Podemos experimentar el nihilismo sonriendo.

ANTONIO: Eso me parece que nos convierte en maridos engañados. La trascendencia espiritual es la ingrata Colombina que nos ha traicionado, y ahora nos queda ser payasos metafísicos.

CANIO: Reír, actuar, la gente paga para reír y escuchar a otros reírse. Debo renunciar a mis sentimientos de hombre porque yo no soy libre delante del público. Estoy obligado a la risa. He perdido el amor, me han engañado y me he desengañado, y aunque ahora tenga ganas de matar, debo contenerme y reír.

JUAN CRISÓSTOMO: Jesús jamás reía.

BARRENDERO: Mejor llora, Canio, como dice Chente, como lloran los hombres, llora hasta que se te caigan las ganas de vengarte; desahógate, hermano, no hay fijón.

ANTONIO: Sí, llora en serio, sin ninguna vergüenza, experimenta tu tristeza, que es la de todas las personas conscientes en este mundo azaroso y lleno de crueldades. Sufre pero no mates arlequines.

(Canio mata a Colombina y al Arlequín)

BARRENDERO: Te digo: ¡su problema es que no se deja guiar!

CANIO: La commedia è finita!

25 mar 2013

Himno a la alegría


La alegría me ha parecido sospechosa desde hace tiempo. No es una virtud, pero es requerida por mucha gente como si lo fuera. Yo ni siquiera concibo a la alegría como un bien.

He visto, quizá, a demasiadas personas alegres de la desgracia ajena. Además, aun conservo un fuerte sustrato de cristianismo que me hace desconfiar de la alegría. Acostumbrado como estoy al pensamiento radical, pregunto: ¿para qué estar alegres si podemos ser felices? O bien, ¿si no podemos ser felices para qué estar alegres?

Probablemente más de un filósofo y más de un barrendero podrían rebatir mis ideas fácilmente e, incluso, hacerme dudar por algunos instantes de mis refunfuños y atreverme a la alegría por el simple hecho de gozarla. En otras palabras, si la alegría implica cierto placer, ¿para qué andar exigiéndole cuentas? La alegría puede sentirse como un fin en sí misma.

De acuerdo, la alegría es un estado placentero. Pero sabemos que para integrarnos a la sociedad debemos renunciar a muchos placeres. Me provoca más alegría jugar que trabajar, sin embargo, necesito el trabajo para tener dinero. Ahora bien, el filósofo y el barrendero pueden señalarme que también es posible trabajar alegremente.

El punto es que yo no niego ni la posibilidad de alegría, aún entre circunstancias desfavorables, ni su valor intrínseco como dadora de placer. Lo que digo es que me parece un bien sospechoso. El criminal es capaz de sentir alegría. También quien trabaja en equipo e irresponsablemente echa a perder el esfuerzo de los demás puede sentirse alegre antes, durante y después de arruinar el trabajo colectivo. ¿Cómo vamos a aplaudir tal alegría?

Sé que es refutable lo que escribo. No es la alegría, sino la irresponsabilidad o el crimen lo condenable. Al menos para el irresponsable es preferible estar alegre que triste. Entonces yo, nuevamente exagerando, yéndome hasta el extremo, preguntaría: ¿para qué hemos inventado, pues, las cárceles? ¿Por qué ha sido creada la disciplina escolar? ¿O por qué es recomendable desde un punto de vista psicoanalítico tener un sólido principio de realidad?

Sí, las cárceles no son meras formas de aislar a ciertos individuos, sino que son instituciones edificadas para la destrucción de la alegría. Se trata de que al presidiario se le pudra la alegría y no sólo que quede impedido de dar paseos por la calle. Que viva mal para que se arrepienta. La idea en el fondo es que sin malestar no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay mejoría. Mientras haya alegría, no habrá arrepentimiento.

Y también la disciplina escolar es un conjunto de normas para destruir el comportamiento alegre. Basta ver lo alegres que son los alumnos más aplicados y los que sacan las peores calificaciones. La alegría en la escuela, podría decirse, es inversamente proporcional a las notas. Las reglas disciplinarias no hacen sino amarrar el movimiento de la alegría, incluso la asfixian. No te levantes, no te asomes por la ventana, no platiques, no sueñes, no decores, en fin, no seas alegre. Porque la alegría te hará olvidar tus deberes, y la sociedad necesita tu esfuerzo, no tu alegría.

Sí, también el principio de realidad, porque muchas alegrías son quimeras. Cuántas alegrías son ingenuas, superficiales, fácilmente desmoronables. Si bien elogiamos en los niños la risa alegre, viramos la mirada cuando se trata de ver el reverso: el llanto que cae a gritos por cualquier pequeñez. Ese llanto y esa risa están ligados, ambos son descontroles emocionales, la grietas en la presa de los sentimientos. Si no estamos dispuestos a elogiar la tristeza, ¿a qué elogiar la alegría?

Con alegría, porque los triunfos provocan ese placer, el filósofo y el barrendero, sabiendo que he agotado mis argumentaciones y que ellos podrían seguir refutándome sin dificultad, me dirían que las cárceles no hablan mal de la alegría, sino de la sociedad, lo mismo sobre la disciplina escolar: el error no es de alegría sino de quienes no confían en ella, en su fuerza creativa, en su poder para hacer el bien. También me indicarían que nos podemos aceptar como seres sentimentales, que no se pueden abolir las tristezas y que controlarlas, es decir, encerrarlas o amordazarlas, no es sino un mal modo de evadirse, lo cual puede causar devastaciones corporales, y que es hora de dejar en el pasado tonterías machistas y llorar como los hombres cuando haga falta.

Mi última carta en este debate con mis interlocutores imaginarios es la siguiente: me impresionó mucho cuando era niño escuchar el aria “Vesti la giubba”, de la famosa ópera Pagliacci. Sentí, acaso, desde entonces que estar forzado a la alegría, rodeados como estamos de un mundo azaroso, abundante en crueldades, es una pena terrible. Y ciertamente la sociedad, además, de gritarnos y sacudirnos cada mañana para que nos levantemos a trabajar, nos exige transmutar en bromas nuestros dolores y nos presiona para ponernos un montón de maquillaje encima de nuestras congojas para ser alegres como payasos que ríen por una paga.

Finalmente, no apruebo, que la salida del nihilismo sea el disfrute de la vida, o en última instancia cierta clase de alegría cotidiana, como han sugerido algunos filósofos, tal cosa me da la impresión de que nos convierte en maridos engañados: la trascendencia espiritual, como una ingrata Colombina, nos ha pegado los cuernos y ahora sólo nos queda la risa, la payasada metafísica, seguir alegres en el escenario del mundo, representando lo que no somos, para no matar arlequines. Dicho de este modo, la alegría podría ser la puerta de entrada al cinismo.

Nada puedo agregar, salvo que dejaré de oír “Vesti la giubba” y comenzaré a escuchar “Funiculì, funiculà”.

8 feb 2013

La calma


Ciertamente era un microbusero peculiar. Aunque los centenares de personas que a diario veían su perfil y dejaban una moneda sobre la palma de su mano no notaban un solo matiz especial en Julián.

Los otros microbuseros sólo lo creían un poco más serio de lo normal. Después de todo, como los demás, gastaba la mayor parte de su dinero en mantener en buen funcionamiento su camión, en pagar la renta y procurar una buena comida para su familia. Su esposa y sus hijos se habían acostumbrado tanto a sus momentáneos retraimientos que no lo consideraban, en lo absoluto, peculiar.

A veces, al finalizar un recorrido, su mente caminaba por esos raros senderos que sólo él conocía. La primera vez que tuvo una consecuencia pesada fue cuando al retornar de su trance, por el retrovisor observó a una anciana dormida justo en el asiento detrás del suyo. ¿Cuánto había durado su lapsus esta vez? ¿Cinco, diez minutos? Señora, le dijo, Señora, repitió con un breve titubeo, Ya llegamos, señora. Se quedó todavía un momento más mirándola, brumosamente, le recordaba a alguien.

Estaba en una terminal solitaria, muy cerca de un campus universitario, sus colegas choferes platicaban a unos metros de distancia, y en los alrededores el pasto recibía el chorro de luz del mediodía.

Señora, despierte por favor. Su voz fue delicadamente bajando de tono. Se había dado cuenta a media frase de que la mujer había perdido todo movimiento. De hecho, estaba más fría que cualquiera de los muertos que había visto morir durante sus cuarenta y cinco años.

Julián no se asustó porque el rostro de aquella anciana le transmitía lo contrario a la apuración: un impulso  placentero de inmovilidad. Sintió, incluso que podría quedarse contemplándola muchas horas. Tal vez hasta hubiera podido hablarle. Aun cuando su propia vida no le parecía interesante ni sus preocupaciones trascendentes, deseó en ese momento compartirlas con aquella mujer. Por ejemplo, le habría contado que llevaba varios días con la intención de presentarse en la escuela de su hija para reclamarle a cierto profesor las malas maneras que tenía de tratar a los alumnos.

¡Julián! Alguien le gritó. Debido a su seriedad era al único conductor que no lo llamaban por un apodo. Avanza, ya casi sales. Bajó del camión con la intención de informarle al Tacubo acerca de la mujer inmóvil que aun estaba en su unidad, pero mientras se aproximaba se dio cuenta de que su actitud era excesivamente tranquila. No solamente carecía de apuración, sino que se encontraba en un grado bastante gozoso de relajación, semejante a cuando llevaba una cerveza y media en el cuerpo.

Qué transa, Julián, ya apúrate para el siguiente rol. Tengo un… detuvo su voz porque no quería decir la palabra problema. Oquey, ahorita me cuentas, pero avánzale, después del Patas, sales tú. Julián obedeció. Y al mirar de nuevo a la anciana se acrecentó aún más su sensación de relajación. Se animó a desanudar las manos flacas, pensó en guayabas deshidratadas, que abrazaban un bolso viejo. Dentro de él removió unos papelillos, escasas monedas y no encontró ningún teléfono, ninguna agenda, nada que sirviera para saber su nombre, su dirección o hacia dónde había deseado viajar cuando abordó el microbús.

Escuchó que se encendía el motor del camión de adelante. Le entró la idea de que podía dejar a la anciana en cierto hospital que quedaba muy cerca de la otra terminal de su ruta. ¿Pero serían los pasajeros capaces de ser indiferentes ante una mujer con un cuerpo tan dichosamente inmóvil y frío? Lo cierto era que no deseaba perder el estado de calma en el que lo sumergía la presencia de aquella mujer. Lo mismo que cuando bebía alcohol y después de dos cervezas su lengua, su garganta, su estómago, le pedían una más. Así quería continuar un rato más contemplando a la inmóvil.

Los pasajeros están bien metidos en su vida, se dijo, ¡qué se van a dar cuenta! Arrimó a la vieja hacia la ventanilla, bien recargada y, apenas, pudo contener el deseo de darle un beso. Se fue el camión del Patas, Julián movió el suyo unos pasos, algunos estudiantes comenzaron a subirse. Todo normal.

¡Sale Julián!, le gritó el Tacubo. La señal de la partida. Por el retrovisor, vio a la mujer, llena de paz.

Día normal. Gritos, claxonazos, el trafiquero; olores en pugna en los escupitajos del viento. Gente de mirada perdida, platicándole a un aparatito. Y la calma de Julián en aumento. A pesar de su usual sequedad, comenzó a decirle “gracias” a todos los que subían. Unos cientos de metros más adelante, incluso, decía “Que tenga buen día” cada vez que alguien se bajaba. Los pasajeros, sin embargo, parecían tomarlo con indiferencia.

Una hora diez minutos después, al final de su ruta, habiendo bajado el último pasajero, Julián se acercó nuevamente a la señora: dormía como angelito. Y entonces, el lapsus.

Lo sacaron de él dos policías sacudiéndolo del hombro y con voces enfadadas. Le soltaron el típico interrogatorio. ¿Por qué no había reportado a la occisa? Dijeron que llevaba cuatro horas muerta, que algunos pasajeros habían denunciado que olía a muerto en la unidad y que el conductor no hacía caso. ¿Cuatro? Dijo Julián aún incrédulo y calmado, como en trance. Que se lo llevarían a la Delegación. Que había que tener mucho cuidado de los familiares de la interfecta cuando aparecieran.

Occisa, interfecta, repitió para sí mismo. ¿Y a dónde se la llevarán? Tal vez sólo está inmóvil, dijo.

No le hicieron caso y le abrieron la puerta de la patrulla. Allí dentro él también se quedó quieto, totalmente quieto. Los dos policías, al verlo por el retrovisor, comenzaron a sentir una sensación de calma muy agradable.

11 ene 2013

Pasajero del lenguaje II


II

Sin duda tiene temperatura el lenguaje
Cuántos extienden palabras como manos
salidas de una pila de agua
Yo mismo he tocado dentro de mí
algo como monedas
recias y heladas
frases que califican
en un grado invariable de algidez.

Esas palabras de apariencia redonda
esas palabras sucias de tanta calle
esas que se recogen del suelo y van
de mano en mano oxidándose
esas
las cualquiera
las que se extravían sin gracia
con su andrajoso disfraz de tesoro.

Palabras que no se guardan
por su poco valor fijo
valor frío
y diminuto.