15 ene 2010

La cabrona domada

Para Cris
And craves no other tribute at thy hands
But love, fair looks, and true obedience
Too Little payment for so great a debt.
Shakespeare

Cuando pretendo pensar en serio acerca de cierto tema, procuro arrimarme a alguno de los escritores canónicos. ¿Y qué mejor obra para pensar el asunto de las cabronas que La fierecilla domada? Me parece una obra en la cual se demuestra la imposibilidad de amar a las mujeres empeñadas en el arte de la cabronería.
Sé que no estamos en tiempos en los que se valore la moral (la prueba de la inmoralidad de nuestro presente está en que aún se les permite opinar a los sacerdotes católicos), pero yo insisto en aventarme una sentencia moralista: sólo es posible amar el bien; si una cabrona no es buena, entonces, es imposible amarla.
¿Se puede ser cabrona y buena al mismo tiempo? No quiero ser didáctico ni jugar al lexicógrafo. Pero no me parece mal tomar como definición de cabronez la habilidad para aprovecharse de situaciones y de personas y, al mismo tiempo, administrar la mala conciencia al modo cínico. Mientras que ser buena es ser bondadosa, es decir, alguien que se esfuerza en no joder a los demás. Así que si es imposible amar a las cabronas, ¿por qué más de una se alistaría presurosa a un diplomado de cabronerismo, si tal cosa hubiera?
Sé que tiendo a simplificar las cosas, sin embargo, mi mejor hipótesis es que ya Shakespeare no es best-seller, lo que ocasiona que una de sus comedias más populares sea escasamente conocida. Catalina, la cabrona domada de esa historia, es una mujer agresiva, arisca, pronta al malhumor. Es de las que buscan mandar, de las aferradas a competir, a igualarse con los hombres.
Ya para estas alturas más de alguna lectora estará cerca del resoplido neurótico: ¡machista! ¿Acaso no creo en la igualdad de hombres y mujeres? No, ni loco. Solamente en la igualdad ante la ley, la cual ya sabemos que es ciega y fácilmente se le puede dar travesti por liebre.
El estereotipo de la mujer exitosa es una profesionista, con dinero para ir de compras, con una pareja a su servicio y atractivo. En otras palabras: puros defectos. ¿Cómo se entronizaron valores tan absurdos como la ambición, la vanagloria, la petulancia y la superficialidad? Quién sabe. El punto es que la egoísta, la egocéntrica, la fría, la déspota, la inconsciente, la agresiva, la infiel, la despreocupada, la cínica, la infame… es el ideal del éxito.
Un ideal bastante imbécil, sobra decir. La necesidad de amor impele al comportamiento cabronil. Qué lástima me dan esas mujeres anhelosas de acumular medallas, diplomados, pendejadas, para hacer creer que valen algo. O las ensoberbecidas de sus infidelidades, o las orgullosas de su capacidad para derrochar dinero. Qué espectáculo tan triste ofrecen cuando quieren opacar a su pareja en reuniones intrascendentes. Las pobres mujeres exitosas ni siquiera serían dignas de las burlas que en otro tiempo merecieron las mujeres sabias.
No tengo duda de que lo mejor que se puede hacer ante estas féminas es lo que haizo Petruchio, domador de fieras, ser amable. La técnica más efectiva, más simple y más menospreciada para hacerse amar: ser amable. Desde lejos podría creerse que estoy mintiendo. Mintiendo con alevosía moralista o con ingenuidad que raya en la tontería. No. Digo mi verdad. Yo sólo amo a las mujeres amables. Las que sin alharacas hacen el bien, ponen bellezas en su inteligencia, en vez de su inteligencia en las bellezas, son cálidas y dulces como la endorfina, claras, diplomáticas y discretas. Son tan distintas de las otras, sin embargo, hay gente que las confunde.
Mas, el amor no se confunde. Esto solo era lo que pretendía decir. Sólo se ama lo amable. Aquello que es digno de ser amado. Por más que deslumbre el supuesto éxito, el paso del tiempo desnuda a las personas exitosas; muestra su afán de reconocimiento como la más grande muestra de miseria.

22 dic 2009

Poema Paziano

Estoy en mi casa de Mixcoac
sin ninguna preocupación
puedo mirar árboles e insectos
sin pensar más que en colores
y aromas y bellas épocas
con una esposa que cocina
con dos criadas que la ayudan
nada ni nadie me apura
salvo mi odio a los comunistas
poseo calma para garabatear
rebaños de metáforas
y aguardar el arribo de manadas
de aplausos…
Cierro el libro de Octavio. Sigo jodido.
La poesía sirve para ganar dinero solamente.
Pero no evita que yo mire
ladrillos desnudos, cemento desgajado
que sienta frío y que piense en serio
que no sé qué estoy mirando
cuando echo la mirada a los tabiques
cuando leer muros prefiero que poemas
a pesar de las muertes, las miserias,
los limos, las liras y otros tantos abandonos
yo no veo menesterosas mis paredes
veo la vida
libro que no cerraría...

16 dic 2009

Los visigodos empezaron

Uno no debería pagar depósito de un departamento antes de probar las delicias de su regadera. Para que se inicie bien una relación arrendador-arrendatario esto debería tenerse por verdad incuestionable. Mis cuatro mudanzas en los recientes dos años creo que avalan mis afirmaciones. Lamentablemente no hay casero que acceda a que un desconocido en vez de pisar todos los cuartos y si acaso abrir las llaves de agua y hacer una o dos preguntas, prefiera darse una ducha.

Cuando llegué a mi última habitación, estuve a punto de pedirle al dueño que me dejara bañarme antes de firmar el contrato, pero algo me distrajo en aquel momento. Por ese olvido tuve que pasar una semana bañándome con agua fría ya que la tubería tenía el capricho de impedir el paso del agua caliente. Transcurrió luego otra semana sin que acertara a coincidir con los señores del gas estacionario, de modo que seguí acumulando baños fríos.

Sé que las emergencias de mi vida poco interés pueden despertar, sin embargo, de mis experiencias en la regadera es de donde extraigo tanto mis ideas más negativas como las más optimistas. La sensación de que toda relación ha de llegar a la desdicha y a la tumba, seguramente, me llegó por primera vez junto con gotas heladas en mi espalda. De igual forma, no importa cuán terribles hayan sido mis sueños o mis insomnios, si consigo una temperatura agradable en la regadera cambia mi cosmovisión, de pronto, siento que hay armonía en el universo, que las flores educan con su vida y no con su muerte. Me siento dispuesto a bendecir a los repartidores de gas y a los prodigiosos inventores de las cañerías.

No me parecería exagerado asegurar que los pesimistas, los nihilistas y todos los que experimentan el sentimiento trágico de la vida nunca contaron con una buena regadera. ¿Quién que disfrute el baño puede después ser nihilista? Pienso en Cioran, que si bien era rumano, todos los años que vivió en Francia explican su pesimismo. ¿Cómo no ser pesimista en un país en el que la gente no se baña a diario?

Claro está que cuando uno se olvida del pesimismo se vuelve más difícil progresar. Lo que nos motiva a mejorar las cosas es ver que tales cosas están mal, y si las vemos sin problema, no resolvemos nada. ¿Para qué indignarme con la corrupción, la falta de educación, la pobreza si todavía puedo disfrutar mi baño de la mañana? No creo ser muy distinto del resto de los mexicanos. Nos caracteriza la tolerancia y el baño diario, la amabilidad y la displicencia, los efectos de agua caliente.

Hay mexicanos y majacanos, según don Fausto, mi casero, quien vino personalmente a martillar mi tubería, sin acaso pensar en la indolencia que siembra en mí un buen baño. Para él la culpa la tuvieron los visigodos. A mí me da gusto, no sólo poder hablar de historia con un propietario, sino que además no condene a los tlaxcaltecas.

Cuando don Fausto aprendió a leer comenzó a hacerle honor a su nombre y se dedicó a estudiar todas las secciones que encontraba en las bibliotecas. No es pretexto carecer de dinero para no leer, me dijo, yo iba a desde temprano a la biblioteca México y salía hasta la tarde sin darme cuenta de cuántas horas habían pasado, leía novelas, psicología, libros de divulgación científica, poesía, historia, filosofía, hasta libros esotéricos leí.

Si uno lee una bibliografía amplia, según don Fausto, sustentándose tanto de hispanistas como de indigenistas, ha de llegar a la conclusión de que nuestros males no provienen de los panistas, ni de los priistas ni del desbarajuste revolucionario, tampoco de los peleoneros liberales y conservadores, menos de los caudillos independentistas ni los tres oscuros siglos coloniales; hay que regresarse mínimo quinientos años, debemos remontarnos hasta la hidrofobia de los conquistadores que desgraciaron Tenochtitlán, que era más bella que Venecia. Pero el origen está aún más atrás, antes aún de la invasión árabe, en los pinches visigodos.

Los árabes donaron a España tolerancia, amor al trabajo y a los placeres, al arte y a la cultura. Hicieron hermosas ciudades, Toledo, Córdoba, Sevilla, Zaragoza. De los mozárabes proviene la algarabía, las albricias, el albogue; la tarifa, la aduana, el arancel; el arroz, el azúcar, el algodón; el jazmín, la azucena y la amapola. En cambio, ¿los godos qué nos han heredado? Bandidos y espías, guerras y linchamientos, burgos y feudos.

Don Fausto, que me había acompañado a hacer el contrato de luz, me dijo: estos incompetentes que se equivocaron al colocar tu medidor hacen las cosas por salir del paso, están más interesados en sus guerritas internas, sus líos sindicales, no construyen como los moriscos, sino que destruyen como los visigodos. Probablemente tenga razón, pero por lo pronto yo me conformo con mi baño caliente. Para cada desorden actual se podría hallar una causa en el pasado más remoto, ¿pero de qué sirve? ¿Quién habrá comenzado esa costumbre? Se me hace que fueron los visigodos.

4 dic 2009

Heme aquí

Probablemente desperdicio mi blog porque hablo muy poco de mí mismo. Eso pensé una noche en la que iba caminando por Coruña rumbo a las Tortas del Paisa. Esa noche yo sentí una pequeña tristeza pensando que era mi última caminata por la colonia Viaducto-Piedad. Si bien sólo había vivido un poco más de un año por ahí, fue un buen año y el primero en el que vivía solo.

Tuve la fortuna de tener unos cuantos billetes para pagar un depósito y una mudanza y de pronto tenía varias paredes vacías para mí solito. Después, fueron llegando muebles, libros y hasta plantas. También pasaron por ahí instrumentos musicales, cervezas y películas. Pero no era fácil comer a solas ni dormir a solas. Una vez no le puse sal a un trozo de carne, otra vez comí directamente del sartén. Creo que no hubo una sola visita que no me alegrara.

Pero no siempre se puede pagar la renta, de modo que cuando un amigo me informó de un departamento en renta y otro me ofreció su camioneta para transportar cosas, decidí mudarme. Así que una tarde Eloy agarró su Chimoltrufia, una combi de transporte escolar, en la cual aventé como cayeran todos mis chunches, excepto el tanque de gas al que iba sujetando en la parte trasera. Entonces me dijo: para la próxima me avisas con más tiempo. Le repliqué que esperaba que no hubiera próxima en varios años. No, me respondió: nosotros somos seres errantes, no podemos estar mucho en un mismo sitio. A juzgar por el pasado, no se equivocaba, pues he vivido en cinco lugares diferentes en los últimos tres años. Pareciera que no me fuera suficiente la condición de errancia que implica el ser mortal.

Y llegué a Santo Domingo, a Anacahuita. Eleazar y Pablo me ayudaron a subir mis cajas, ya antes habían trapeado, barrido mi departamento y limpiado los vidrios de mis ventanas. No se puede pedir mejores vecinos.

He escrito departamento, pero no sé si esto es un eufemismo. Acaso es una buhardilla. Un rincón cerca del cielo (aunque lejos del sol). Un lugar habitable y punto.

Cuando Eleazar buscaba convencerme de que me animara al cambio, me dijo: está muy feo, pero está cerca de C. U., yo no pediría más. Y ya cuando me había instalado y estábamos en mi patio, que en el contrato de arrendamiento se llama terraza, me dijo: ahora sí vas a vivir como un escritor y no como un pequeñito burgués.

Y no sé por qué una noche estaba en mi terraza un doctor en letras, al parecer bisexual, diciendo que era absurdo pagar tanto dinero por un sitio como éste. Yo contesté que era absurdo pagar por cualquier cosa. El del posgrado en letras con caguama en mano reviró que no era absurdo pagar por algo decente, sin embargo, yo sentencié que la última cosa decente en este mundo es la prostitución. Luego de eso se cambió de tema y me sentí feliz.

Sí, feliz. Una felicidad sin aspavientos. Una felicidad sin gesticulaciones ni efectos especiales, nomás producto de pequeñas valoraciones y pequeñas glorias, como la de volver a comer tortillas todos los días, puesto que antes no le veía el caso a comprar medio kilo porque no me lo acabaría y, por ello, no acompañaba con nada mis platos. Ahora sí como acompañado.

Seguramente estoy sembrando un cáncer en alguna parte de mi cuerpo comiendo con mis vecinos. Dado que lo regular consiste en extraer una bolsa del congelador, luego echarla al horno. Antes de descongelarla sólo se sabe que es roja o verde o café, después de tres minutos en el microondas readquiere cara de comida y no sabe mal, aunque he llegado a masticar trozos de hielo. Posteriormente, como Dios manda, viene un tabaco. Pablo saca sus Delicados y echamos humo. Pablo es físico y músico y un experto en aforismos tales como: lento pero despacio; duermes como si tuvieras padre y madre; oyendo cumbias ni se aburre uno; y eso qué tiene que ver con los bosques de coníferas; ¿me permites?, me está circulando la sangre; una coca y un cigarro, el señor es mi pastor y nada me faltará…

Siento que podría escribir mucho de estos vecinos míos. Y tal vez lo haga, me falta mencionar a don Fausto y sus teorías acerca de los visigodos y, por supuesto, a mí chocarrera roommate. Next soon, maybe...