9 mar 2010

Las bodas gay y los debates vulgares

Me han puesto delante de un grupo de adultos para que les enseñe cómo escribir un texto argumentativo, al cual, para más fácil, le llaman ensayo. No es un asunto sencillo ni creo que exista una técnica absolutamente eficaz. Para colmo, los ensayos que deben redactar son respuestas a preguntas polémicas, por ejemplo, ¿cree que el matrimonio entre homosexuales afecta a la familia o representa una apertura de la sociedad mexicana?

Dado que yo no sé cómo enseñar a escribir, nomás les pido que garabateen palabras, después leo una sorprendente retahíla de ideas que yo pensaba anacrónicas. Ahora bien, quise concentrarme en la ortografía, en la sintaxis y en los nexos argumentativos, pero me preguntaron un día cuál era mi opinión acerca de las bodas gay. Y hasta ese momento me di cuenta de que no tenía ninguna opinión al respecto. ¿Qué ha pasado con mi vocación de metiche? ¿Qué ha ocurrido con mi necedad de sentirme opinión pública? Y para que no me recriminen por aferrarme al pudor del silencio, decidí escribir, y tal vez pensar, sobre eso.

Recomendaba Cicerón iniciar un discurso mencionando o bien la importancia del tema o la de quien hablaba. Yo, en este caso, no tengo nada de qué enorgullecerme, soy un hombre de a pie con una opinión tan vulgar como la de cualquier otro. El tema tampoco me parece trascendental. Es cierto que respetar a las minorías es una condición de las sociedades democráticas, así como la democracia es condición para una vida civilizada, la cual significa que se puede pasear por la calle sin que prevalezca el temor a ser asesinado. Claro está que en México desde hace varios años ya no sabemos qué es eso de vida civilizada.

Ya que consuelan los intentos que uno hace por mejorar lo que no tiene remedio. Estoy seguro de que bregando por una sociedad menos violenta, nos sentiremos menos culpables aun cuando no consigamos nada. En otras palabras, reconociendo las injusticias que abundan, seremos menos injustos. Y este asunto sí muy relevante para la sociedad.

La polémica que despierta el matrimonio entre homosexuales radica en varias preguntas que quisiera responder: 1) ¿Es la homosexualidad natural o es otra cosa, ya sea moda, perversión, enfermedad, gusto de llamar la atención, etc.? 2) ¿Qué consecuencias tendría para la sociedad el que su base, la familia, se transforme hasta el grado de no distinguirse? 3) ¿Cómo serían los niños adoptados por familias homosexuales?

Ha insistido mucho la psicología, y al parecer todavía no suficientemente, que la homosexualidad no es una enfermedad ni una perversión. La etología y la zoología también han señalado otras especies animales que practican la homosexualidad. Por si fuera poco, existen testimonios de homosexualidad infantil, lo cual evidencia que no se trata de moda ni de ir contra la naturaleza. Pero todo esto no convence a quien cree que la racionalidad comanda el universo. Y ultimadamente a mí tampoco me interesa convencer de lo evidente, pero sí me interesa lo que es aún más evidente: el ser humano no es un ser natural. Nuestras leyes no existen para defender la naturaleza sino para lo contrario, para reprimirla. Ir en contra de la naturaleza es justamente lo que significa ser civilizado. ¿A qué sacan si es natural o no? ¿Qué importancia tiene eso para decidir un asunto legal? Ninguna. Las verdaderas leyes naturales son inviolables y, por tanto, no se las legisla. Imagínense que un código civil penara hasta con diez salarios mínimos a quien violare la ley de la gravedad. Si fuera antinatural ser homosexual nadie lo podría ser. Y si la ley humana tuviera que hacerle caso a la naturaleza no serían condenables las violaciones ni los asesinatos.

Sobre la segunda y tercera pregunta también hay que insistir en que la sociedad es injusta, y que si la base de ésta es la familia, algo podrido habrá en la familia tradicional. Por otra parte, el miedo a que los niños adoptados por homosexuales crezcan con traumas y demás es el mismo miedo que debería causar el que tengan padres heterosexuales. Seguramente entre los homosexuales hay enfermos mentales y criminales tal como existen entre los heterosexuales. La diferencia es que estos últimos ya dañan la vida de incontables niños bajo su tutela. Además, si uno quisiera la felicidad absoluta no se encontraría ningún camino para ello. No es la felicidad, sino el sufrimiento el componente esencial de la vida humana. Los insensibles no se dan cuenta y se la pasan sufriendo. Los sensibles lo saben y se consuelan unos a otros. Por ellos vale la pena vivir. Obsérvese bien esta frase: vale la pena. Porque es imposible de desterrar la pena de vivir, pero la vale. Y quienes esto saben, creo que pueden ser buenos padres, independientemente de sus preferencias sexuales.

No quisiera acabar este texto sin decir otro par de cosas. Es muy hipócrita e injusto exigirles a los homosexuales que voten, que paguen impuestos, que respeten las señales de tránsito, si no tienen los mismos derechos que los heterosexuales. Los políticos que no ven esto no están siguiendo ni los valores democráticos ni los valores católicos, están siguiendo los más perversos impulsos autoritarios.

Tampoco esta ley podría significar que la sociedad ha cambiado su mentalidad o que los homosexuales en la ciudad de México han conseguido convencer a la mayoría de que son personas dignas. Estoy seguro de que esta ley va en contra de lo que la mayor parte de la gente piensa. Y por eso mismo he escrito. Porque no quiero ser como esos intelectuales idealistas, ajenos al sentir del pueblo, que escriben desde sus torres de cristal, desde sus becas, desde sus embajadas, desde sus revistas de tres lectores, en fin, desde su ignorancia. Yo no necesito ser maricón para ser una persona sensible, tampoco voy por el mundo con etiqueta de progresista, yo hago chistes homofóbicos y machistas, pero los chistes son chistes, carajo, no hay que andarse con mariconadas.

17 feb 2010

Los besos falsos dicen la verdad

Si al principio no muestras quien eres, después no podrás por más que quisieres. Tal decía un refrán y seguramente decía bien. Digo esto porque de nuevo pienso en Shakespeare, experto en diseñar transformaciones. Sus muertos reviven, sus mujeres son hombres, las cabronas son lindas y las lindas, cabronas.

Lo verdadero es contradictorio, me dijo alguien que no era Heráclito; digna paradoja que merece memoria. Acaso por ello, en el escenario de los días cotidianos, andamos con un rostro que es máscara y más de una clara personalidad suele ser un misterio.

De ese modo, una sonrisa puede significar desprecio, una caricia, una violencia; una despedida, el deseo de permanecer y un beso… ¿los besos también mienten?

¿Pueden ser metafísicos los besos? O en otras palabras, ¿los besos que desatan el erotismo son algo más que labios, que carne dispuesta al contacto, a la unión, al fluir erótico? Ya se sabe qué quiere el cuerpo. Pero ya sabemos que hay un tirano en la conciencia al que le gusta encadenar al cuerpo.

O en otras palabras, imaginemos dos cuerpos en cercanía que se gustan y se tocan: primero una mano sobre el cabello, luego una caricia sobre la mejilla, después los labios y más después los brazos o las piernas o toda la piel.

Reducidas a cuerpo, la cabrona y la linda son indistinguibles. Si la gente prefiere a una o a otra se debe a que nos concentramos en las apariencias. Las apariencias no son físicas, sino metafísicas. El cuerpo no miente, pero sí el súper yo.

Imaginemos el cuerpo de la cabrona o de la linda después de un beso, imaginemos esos labios que querían diciendo que no querían. Los labios entonces están compuestos de dos voluntades. No importa mucho la razón por la cual se arrepienten de haber querido o por la cual, incluso, niegan haber querido. Ya sea que desearan ser fieles, ser santas, ser metafísicas, respetar la amistad, la diferencia de edad o la diferencia de clase, etc. Todas las apariencias que no son cuerpo, mienten; todas las estructuras que someten al súper yo; toda esa bola de tonterías que dicen no, mientras el cuerpo repite otro beso.

En ese mundo de apariencias, toda verdad parece contradicción. La conciencia se hace pasar por verdadera y los besos que van contra las normas se ven como distracciones de Eros. Sin embargo, tales distracciones revelan máscaras. Es muy posible que la cabrona, sedada de amor, se revele linda y viceversa.

Imaginemos, insisto, a una típica chica linda, es decir, a una zorra reprimida (Hago una pausa para decir que no me importa aparentar machismo, una chica linda es una zorra reprimida y punto). La zorra es un animal astuto según las fabulillas y yo así lo tomo, nada más, o sea, inteligencia convenenciera. Y con represión quiero decir represión sexual, algo de lo que ningún ser humano puede librarse y no me jodan con que “yo no”.

Entonces, la linda que ha besado a alguien prohibido, alguien que no es su novio o que es menor o mayor o más pobre o un completo extraño o un familiar, difícilmente aceptará que desea ser de otro modo, que prefiere la irresponsabilidad, la poligamia, el incesto, la levedad, el desmadre. ¿Por qué no lo acepta? No creo que sea por maldad ni por hipocresía, para mí se trata de casos tristes de represión.

En cambio, la cabrona, que teóricamente no pretende ser buena, asume con menos conflictos sus perversiones. ¿Qué caso tiene negar nuestras perversiones? ¿Ser respetables ante los ojos de los demás? Pues sí. Es necesario ante los hipócritas dar una buena cara. Es síntoma de inteligencia la adecuación del lenguaje y del comportamiento frente a distintas clases de interlocutores. Pero es aún más inteligente, saber que en el fondo hay un escenario, que el mundo es teatro, que todos actuamos.

Con el beso de una cabrona puede comenzar o finalizar una comedia: “y los tres fueron felices”, “mamá, soy Edipo y haré travesuras”, “Sara, hermana, amada mía, Yahvé bendice el incesto”, etc. Una comedia, claro está, es una historia alegre con poca represión sexual. La comedia, por lo que a mí respecta, es una vida conyugal idónea. Por otra parte, el preludio de un drama o de una tragedia perfectamente puede ser el beso de una chica linda, dado que allí entran en conflicto la verdad y la mentira, el bien y el mal, el cuerpo y la conciencia represora, etc.

En fin, si no me gustan las chicas lindas es porque son demasiado cabronas y de las cabronas lo que me gusta es la lindura.

3 feb 2010

Te deseo

Deseo nombrar tu nombre
ante las persianas del sol
o decir cada noche tu nombre
como una hoja tibia
en el umbral del sueño
Deseo los rumores
de tus silencios, de tus quietudes
deseo
tus voces crecientes
deseo que desees mi deseo
yo no podría imaginar
desvanecido
tu nombre
qué ojos tendría sin tus ojos
qué durezas sin tus suavidades
qué marchituras sin tus auges
y ha de suceder
como las absurdas ansiedades
la cisura
y deseo que me sigas
que sigamos
deseo la debilidad de la muerte
deseo tu vida

15 ene 2010

La cabrona domada

Para Cris
And craves no other tribute at thy hands
But love, fair looks, and true obedience
Too Little payment for so great a debt.
Shakespeare

Cuando pretendo pensar en serio acerca de cierto tema, procuro arrimarme a alguno de los escritores canónicos. ¿Y qué mejor obra para pensar el asunto de las cabronas que La fierecilla domada? Me parece una obra en la cual se demuestra la imposibilidad de amar a las mujeres empeñadas en el arte de la cabronería.
Sé que no estamos en tiempos en los que se valore la moral (la prueba de la inmoralidad de nuestro presente está en que aún se les permite opinar a los sacerdotes católicos), pero yo insisto en aventarme una sentencia moralista: sólo es posible amar el bien; si una cabrona no es buena, entonces, es imposible amarla.
¿Se puede ser cabrona y buena al mismo tiempo? No quiero ser didáctico ni jugar al lexicógrafo. Pero no me parece mal tomar como definición de cabronez la habilidad para aprovecharse de situaciones y de personas y, al mismo tiempo, administrar la mala conciencia al modo cínico. Mientras que ser buena es ser bondadosa, es decir, alguien que se esfuerza en no joder a los demás. Así que si es imposible amar a las cabronas, ¿por qué más de una se alistaría presurosa a un diplomado de cabronerismo, si tal cosa hubiera?
Sé que tiendo a simplificar las cosas, sin embargo, mi mejor hipótesis es que ya Shakespeare no es best-seller, lo que ocasiona que una de sus comedias más populares sea escasamente conocida. Catalina, la cabrona domada de esa historia, es una mujer agresiva, arisca, pronta al malhumor. Es de las que buscan mandar, de las aferradas a competir, a igualarse con los hombres.
Ya para estas alturas más de alguna lectora estará cerca del resoplido neurótico: ¡machista! ¿Acaso no creo en la igualdad de hombres y mujeres? No, ni loco. Solamente en la igualdad ante la ley, la cual ya sabemos que es ciega y fácilmente se le puede dar travesti por liebre.
El estereotipo de la mujer exitosa es una profesionista, con dinero para ir de compras, con una pareja a su servicio y atractivo. En otras palabras: puros defectos. ¿Cómo se entronizaron valores tan absurdos como la ambición, la vanagloria, la petulancia y la superficialidad? Quién sabe. El punto es que la egoísta, la egocéntrica, la fría, la déspota, la inconsciente, la agresiva, la infiel, la despreocupada, la cínica, la infame… es el ideal del éxito.
Un ideal bastante imbécil, sobra decir. La necesidad de amor impele al comportamiento cabronil. Qué lástima me dan esas mujeres anhelosas de acumular medallas, diplomados, pendejadas, para hacer creer que valen algo. O las ensoberbecidas de sus infidelidades, o las orgullosas de su capacidad para derrochar dinero. Qué espectáculo tan triste ofrecen cuando quieren opacar a su pareja en reuniones intrascendentes. Las pobres mujeres exitosas ni siquiera serían dignas de las burlas que en otro tiempo merecieron las mujeres sabias.
No tengo duda de que lo mejor que se puede hacer ante estas féminas es lo que haizo Petruchio, domador de fieras, ser amable. La técnica más efectiva, más simple y más menospreciada para hacerse amar: ser amable. Desde lejos podría creerse que estoy mintiendo. Mintiendo con alevosía moralista o con ingenuidad que raya en la tontería. No. Digo mi verdad. Yo sólo amo a las mujeres amables. Las que sin alharacas hacen el bien, ponen bellezas en su inteligencia, en vez de su inteligencia en las bellezas, son cálidas y dulces como la endorfina, claras, diplomáticas y discretas. Son tan distintas de las otras, sin embargo, hay gente que las confunde.
Mas, el amor no se confunde. Esto solo era lo que pretendía decir. Sólo se ama lo amable. Aquello que es digno de ser amado. Por más que deslumbre el supuesto éxito, el paso del tiempo desnuda a las personas exitosas; muestra su afán de reconocimiento como la más grande muestra de miseria.