Hay quien imagina
leones con corderos
una primavera inmóvil
y le viene el consuelo
hay quien dice
la luz renace
la luz un día en cierta vida
a la luz habrá de llegar
y se conmueve y conforta
y yo digo no
porque leo los periódicos
digo que los muertos han muerto
y escucho inconsolablemente
a los corderos bombardeados
y ando por el sol sin luz
de los inviernos largos
y conozco a quien piensa
en el arribo de los sueños
en los pueblos fraternales
en laboratorios victoriosos
colmados de nuevas medicinas
pero también veo a los insectos
víctimas y criminales desde siempre
y veo el enmohecimiento
de la comida y del alma
y dejo que el silencio me embista
frente aquel que confía
en los ríos del futuro bañarse
en las tierras sin sangre
y en la sangre sin heridas.
5 ene 2009
27 dic 2008
Feria y fiesta
¿Quién querría ir a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara?
Yo no. ¿Para ver cursilerías, homenajes y académicos echarse porras unos a otros? ¡Éste libro muestra cómo el pulimento de la emoción consigue a través de cúspides verbales embargar los ámbitos cotidianos! O, no hay duda de que Fulanito de Tal con esta novela ha conseguido alcanzar la madurez narrativa y al mismo tiempo se ha instalado como uno de los mejores representantes del infratremendismo mágico-sucio que él mismo inventó.
Es decir, que ya me imagino esas presentaciones de libros en las cuales unos ensoberbecidos universitarios a su muy particular modo imitan a los animadores de cabaret. ¡Con uuuusteeeedeeees, laaadys and geeeentlemaaaan! ¡Damas y caballeeeros, el autor de moda! Denle un fuerte aplauso.
Una imagen muy precisa e infernal de la eternidad es el insomnio, como bien pensara Cioran, y también una lectura de poesía puede ser adecuada para imaginarse los lamentos del purgatorio. Y no menos infernal es la monstruosidad de miles de libros reunidos bajo un mismo techo. Esas medusas librescas que otros llaman estantes con novedades, a mí me causan terror. Para dirigir una megabiblioteca hace falta estar ciego, impedido para leer, como Borges. De esa manera el pánico ante tanta palabrería encuadernada se vuelve tolerable.
Por eso preferí asistir a los quinceaños de mi sobrina. Como buen ateo llegué impuntual a la iglesia. Luego, durante las primeras y sobrias horas de la fiesta, frente a los adornitos, las pláticas presuntuosas, los vestidos rosas, el pastel y el vals, en verdad, que me regocijé de no estar entre escritores y miles de lectores. ¿Cómo cambiar una conversación sobre la narrativa italiana contemporánea a una sobre lo gordo que se ha puesto el primo de no sé quién?
Necesitaría estar loco para preferir contemplar una vez más El Hombre en llamas de Orozco que a mis sobrinos bailando una coreografía hip-hopera. ¿Qué insensato preferiría la retórica de un escritor consagrado a la de un padre orgulloso de su retoño?
Esas disquisiciones estaba cuando por fin sirvieron el tequila. Me abalancé casi sin decir salud, hasta el fondo. Era el único que lo bebía solo, sin el infame refresco. ¡Qué análisis tan profundos en mi mesa se daban sobre el tema de moda! Lamentablemente no recuerdo cuál era. Comprendí que necesito al menos tres tequilas para formarme una opinión sobre la economía política de nuestro país.
Mis sobrinos menores de edad me invitaron a que me uniera a su mesa para que también les dejaran a ellos una botella. Yo no estaba tan dispuesto a complacerlos porque me hubiera parecido inmoral irme de mi mesa sin beberme todos los tragos que me correspondían. Ya me empezaba a sentir feliz de escuchar a un imitador de Vicente Fernández en vez de esos conciertos gratuitos que se ofrecen en la Feria Internacional del Libro.
Sin embargo, en algún momento ya estaba al lado de mis sobrinos oyéndolos gritar: ¡fondo, fondo, fondo! Y luego alguien me propuso bailar, qué bailen los borrachos, dije, y seguí bebiendo. Y riendo, y las luces, y todos como locos le hacían al spelling: W, M, C, A, y empecé a mover los brazos, y a servirme otra y creo que devoré un pedazo de pastel, que alguien puso delante de mí.
¡Qué vivan los novios! Grité, porque la fiesta ya estaba rebuena. Sonaba una típica canción de Rostros Ocultos, y yo creo que todos aprovecharon para ponerse una cara muy difusa, porque yo ya no distinguía a nadie. Llegando a la fiesta, ¡pues me tomo otra porque vamos llegando!, te veo besándote con otro, ¡qué poca madre!, yo no lo quiero, hoy te tengo que olvidar, claro que sí, pero ¿qué es lo que yo tengo que olvidar? Olvidóseme el olvido.
Era el remedio olvidar, decían en la Edad Media, y olvidóseme el… ¿qué se me olvidó? Que esto que l’otro, salud. ¡Que expriman las botellas! Beatus ille cuium vivere est bibere. En otras palabras: ¡Queremos barra libre!
Y cuando desperté, la fiesta ya no estaba ahí…
24 dic 2008
Feliz navidad
¿Qué puede significar la navidad para un ateo?
Me gustaría responder con sencillez. No sé si pueda. Es difícil pensar en la navidad a estas alturas del siglo XXI como una festividad religiosa. Es el día más pagano que pueda haber. Un día de consumismo exacerbado. El espíritu navideño es el espíritu más materialista que conozco.
Se cena con la familia, se reparten regalos, que anidan bajo un arbolito, ¿qué sentido tiene tener un pino artificial en la casa? ¿Por qué no una ceiba, o un chopo o un sauce?
Por lo menos en México se conservan los nacimientos. No en todas las casas. En las más tradicionales o en las menos enajenadas o en las que menos sueñan secretamente en ser gringas.
A mí me gustaba poner nacimientos, era como hacer una maqueta, como escenificar. Y, por supuesto, era un recordatorio de que la navidad no es aniversario de Santa Claus, sino la supuesta fecha en la que nació Jesucristo.
Una perdedera de tiempo es discutir sobre la existencia histórica de los mitos. Yo no lo voy a hacer, sólo me replanteo las cosas, ¿deberé preguntarme qué significa para mí como ateo la navidad pagana, santaclosiana, fetichista, cursi e imbécil? ¿O cuestionarme qué es para mí el dudoso milenario natalicio de Cristo?
Sobre la navidad fetichista, del pavo y los regalitos, pienso que es un periodo de locura. Dice Philiph Roth en el Lamento de Portnoy, que es terrible tener que soportar la locura de los judíos durante todo el año y encima en diciembre soportar la imbecilidad de los cristianos. O algo así. Y es cierto, si no fuéramos cristianos ¿por qué celebrar el 24 de diciembre? ¡Pero que sea una fecha más de compromiso social o familiar que de verdadera comunión espiritual, para mí, significa que el cristianismo es de todas las religiones la más estúpida, en la medida en que sus miembros ni siquiera se enteran de por qué festejan.
Por eso no está mal poner el nacimiento. Así se recuerda un poco de que se trata. El árbol no está mal. Es un símbolo universal de la protección, del amparo, de la familia. Pero yo no puse árbol ni nacimiento. Sólo me pregunté qué significa el nacimiento de Cristo y pensé que en navidad se debe celebrar (con gran regocijo) la muerte de Dios.
Dios murió un 24 de diciembre hace 2008 años. No digo aproximadamente porque me parece pedante. Que quede claro. No nació. Murió.
Dios había creado todo, y ensoberbecido, creía que todo era bueno. No porque todo fuera bueno, sino porque Él lo había creado. Castigaba con mucha facilidad, era vengativo, violento, asesino, cruel, despiadado, infame. Le agradaban las pestes, las guerras, las matanzas. Prohibía muchas cosas en especial aquellas que fueran libertarias.
Por fortuna murió. Como digo, un 24 de diciembre. Hace dos milenios, un muchacho se dio cuenta de que ese Dios nunca había existido. Que el verdadero dios tenía que ser el amor. No el odio. Ni las prohibiciones ni los castigos, sino el perdón y la paz. Ese joven comprendió, tuvo que comprender, que el antiguo Dios era hijo de los hombres, es decir, reflejo fiel de las miserias humanas, creación, invento de los poderosos para sustentar su dominio. Su crítica del cielo, ciertamente, fue una crítica de la tierra.
Ese joven, como cualquier otro, disfrutaba las fiestas, bebía, invitaba vino, le gustaba acaparar la conversación, defendía a las mujeres, se enojaba y se preocupaba por los pobres y los enfermos. Fue un hombre condenado que al morir enseñó que el hombre es sufrimiento, que el hombre está condenado desde el comienzo y que en este mundo (no en otro) se tiene la posibilidad de amar, a pesar de todas las vilezas. Con su muerte pudo comprenderse que Dios había muerto, que los dioses mueren cuando el ser humano los supera moralmente y que cada vez que ocurre esa superación el hombre se queda solo, abandonado. No es dios, sino el hombre quien está en la cruz.
Entonces, como todos llevamos nuestra corona de espinas, nuestro ego que astilla, hay que celebrar la navidad, festejar que dios ha muerto.
20 dic 2008
Sinsueño
Con corazón café de latidos
y amargamente acelerados
otra vez la noche
de música viene
y mi voz el edificio mancha
ceniza alada
humo cantante
en los ojos que de insomnio
se consumen.
y amargamente acelerados
otra vez la noche
de música viene
y mi voz el edificio mancha
ceniza alada
humo cantante
en los ojos que de insomnio
se consumen.
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