27 nov 2007

De las mejores novelas mexicanas

Para comprender verdaderamente el alcance de los actuales problemas políticos del país, yo recomendaría la lectura de la revista Proceso hace diez años. Porque cuando yo hice eso, tuve que reírme mucho ante el cúmulo de despropósitos y previsiones apocalípticas de sus columnistas. Me parece que uno no debe olvidar las muchas tonalidades del amarillismo ni que, antes que informar, los medios de comunicación buscan llamar la atención. Maximizar lo que ocurre en el presente es el mejor medio para ello, o al menos eso consideran. Si no es porque ellos hiperbolizan los hechos presentes difícilmente alguien creería que el mundo de verdad sigue girando. Pero si uno se niega a continuar con ese juego y se decide leer las noticias de hace un lustro o una década, resulta que las cosas en general permanecen igual, o acaso un poco más desgastadas, sólo un poco, ni siquiera lo suficiente para que uno haga con honestidad una apología del pasado, a menos que se abuse de ese tópico tan manoseado y se escriban atropellos retóricos.
Si me dieran a escoger entre estar al tanto de todo lo que ocurre en el mundo o en no enterarme de nada, preferiría no enterarme. Pero sucede que aun procurando esquivarlas, me llegan noticias. Y debo decir que unas despiertan al cocodrilo de la curiosidad que usualmente reposa en los pantanos de mi mente. Por ejemplo, hoy me interesé en el resultado de la encuesta que hubo hace seis meses en Nexos, aplicada a sesenta escritores, para saber cuál era la mejor novela mexicana de los últimos treinta años. Y no me importa comentarla tan trasnochadamente.
También prefiero ser un trasnochado a un madrugador que compre tres periódicos diarios y vea las noticias de las tarde y la noche. ¿Para que correr tras el viento de una nota superficial e intrascendente? La esencia del presente es su fragilidad, su aparecer efímero. La gente enterada para mí no es más que gente espantada con lo que no cambia, es decir, con el deterioro persistente de las cosas. Sé que las mujeres preocupadas por su cutis podrían tacharme de superficial, ya que serían capaces de asociar mi énfasis en el deterioro como desprecio por la piel que envejece. Pero yo no tengo ese desprecio, lo que digo es que no encuentro sentido a preocuparse por averiguar cómo estuvo el deterioro del día. Acepto que debamos detenernos ante el espejo todas las mañanas, ¿pero medir el avance de las arrugas a diario? ¡Por Dios! Por eso yo no veo noticiarios.
Me he desviado demasiado. Siempre me pasa. ¿Será que le tengo tan poco respeto a mis extraviados lectores? ¿Será que tomo de pretexto cualquier tema para volver a mis obsesiones? ¿Será que en realidad no sé qué decir? En fin. Basta de preguntas y de justificaciones innecesarias.
La estratagema de la encuesta de Nexos fue adecuada. Como en este país no le podemos preguntar a los lectores, pues estos están en peligro de extinción, los escritores fueron los votantes. ¿Cuántos habrán votado por sí mismos? Yo lo hubiera hecho. Cada uno debía escoger tres novelas. Las diez preferidas fueron trece, mal augurio:

1. Noticias del Imperio - Fernando del Paso
2. Las batallas en el desierto - José Emilio Pacheco
3. Crónica de la intervención - Juan García Ponce
4. Elsinore - Salvador Elizondo
4. El desfile del amor - Sergio Pitol
6. Porque parece mentira la verdad nunca se sabe - Daniel Sada
6. La guerra de Galio - Héctor Aguilar Camín
8. En busca de Klingsor - Jorge Volpi
9. Dos crímenes – Jorge Ibargüengoitia
9. Morir en el Golfo - Héctor Aguilar Camín
9. Lodo - Guillermo Fadanelli
9. El testigo - Juan Villoro
9. El seductor de la patria - Enrique Serna

Fernando del Paso, en mi opinión, tiene bien merecido el primer sitio, así como también bien merece el Premio Juan Rulfo que ha recibido en Guadalajara. Recuerdo que en cierta entrevista Rulfo declaró que acaso su único descendiente estilístico en México era justamente Fernando del Paso. A mí no me resultan estilos próximos. Además en México hubo más de un epígono rulfiano, Tomás Mojarro, por ejemplo. Pero la declaración de Rulfo, por eso mismo, fue una especie de certificación a Del Paso, señalando su valía. Yo, como buen rulfiófilo, considero que ése es uno de los mejores elogios que pudiera recibir el autor de Noticias del Imperio.
En segundo lugar veo al escritor más sobrevalorado de México: nuestro humildísimo JEP. No me parece que Las batallas en el desierto sea una gran novela. Peca de laconismo y el protagonista se me antoja forzadamente ingenuo. La infancia de un tartufito. Digna de una rola de Café Tacuba, pero no más. Sin embargo, hace años, cuando la leí, no recuerdo si aún era virgen, pero era como si lo fuera, y la disfruté mucho a lo lector romántico.
Sobre García Ponce, Elizondo y Pitol, mi opinión es un tanto indiferente. Son autores que no me entusiasman ni me desagradan. Son buenos, sin duda, quizá más cerebrales de lo que mi pobre cerebro sabe apreciar.
No he leído nunca a Sada. Supongo que merece su lugar por la influencia que ha ejercido sobre la actual ola norteña.
Y creo que se debe aceptar que la inclusión de dos novelas de Aguilar Camín en una encuesta de Nexos, aun cuando uno no sea malicioso, resulta sospechosa. Parece que de haber habido un consenso certero acerca de cuál es su mejor obra, habría llegado a las primeras posiciones. ¿En una encuesta no organizada por los Galios sería Aguilar Camín igualmente apreciado?
Si Ibargüengoitia está por debajo de Volpi y de los otros, según yo, es porque las respuestas fueron refinadas o fingidamente serias. Un escritor tan irónico como Ibargüengoitia nunca tendrá tanto prestigio como los amos del enredo faulkneriano o joyceano. Pero su influjo en la literatura mexicana es de los más notables. Volpi mismo algo debe al guanajuatense.
De Serna y Villoro son de quienes yo sospecho autovotos. ¿Quién más votaría por ellos? Yo, sin dudar, los botaría de la lista.
Y sobre Fadanalli reconozco que sentí gusto. Es un escritor que no fue reconocido en los noventas, Chafanelli le llegaron a decir, mas luego de Lodo la opinión generalizada de la crítica se modificó. Y aunque debo decir que yo estimo Lodo mucho más que esas otras cuatro novelas con las que está empatada en noveno lugar e, incluso, con esa que critiqué en segundo sitio, para mí la mejor novela de Guillermo Fadanelli es Clarisa ya tiene un muerto. Novela extraordinaria, plena de imágenes alternativamente poéticas y con una carga de humanismo asombroso, si se considera el marco, el telón de fondo, el ámbito sórdido en el que se desenvuelve. Sin embargo, ahí, entre putas de cabaret, ex-militares travestidos, burócratas miserables, se comprende la necesidad del humanismo. ¿Qué otro novelista mira tan de cerca a nuestros humillados y ofendidos?
Así como alguna vez se dijo que Arlt tradujo a Dostoievsky al lunfardo, pienso que Fadanelli trasladó al gran novelista ruso, no al español, como ya había hecho Pérez Galdós, sino al siglo XXI.
Antes de poner punto final, digo que me dio gusto que Carlos Fuentes no apareciera, es de los peores novelistas de México. Pero eché en falta la presencia de alguna escritora. ¿Obras de Glantz, Antaki o Sefchovich no están al mismo nivel que algunas de las enlistadas? También me pareció extraño que no estuvieran José Agustín ni Gustavo Sáinz, ¿en verdad envejecieron tan pronto? Tampoco estuvieron Gonzalo Celorio, Paco Ignacio Taibo II, Vicente Leñero, Luis Zapata, Rafael Bernal, Mario Bellatin.
De hecho ante tal cantidad de nombres ausentes, yo no puedo sino confirmar que en México hay más escritores que lectores.

26 nov 2007

Unos aforismos

¿Cómo es posible que la música de Vivaldi no sea como los árboles, los ríos o las montañas, una creación más de la naturaleza?

Platón jamás escuchó música sinfónica. Ésta me parece suficiente razón para desacreditar toda su filosofía.

Dios es sólo una conclusión demasiado imaginativa ante la certeza de que existe el alma.

No he visto a gente más convencida de poseer la verdad que a los relativistas.

Dar prioridad a lo simbólico por encima de lo real es enajenación. He ahí la grandeza de la poesía, con palabras simbólicas da prioridad a lo real, a lo verdaderamente real.

No me molestan las personas que se muestras orgullosas de sus virtudes, excepto cuando se enorgullecen de su humildad.

Vi a un optimista que se alegraba de cumplir 50 años, decía sentirse mejor que a los treinta. ¿Cómo no? Estaba más cerca de la tumba. Suficiente motivo para un festejo.

El enamoramiento, despojado de literatura, sólo es una anécdota tonta.

Dios no existe, pero es el único que me comprende.

Después de una mudanza, sin fuerza para acomodar mis libros, aventé pilas de ellos desordenamente a un librero, luego, viendo a Marx junto a Kempis y libros de vampiros a un lado de Cármenes de Catulo, comprendí que hace mucho tiempo mi mente es un librero desordenando en el que mis incongruencias tienen mucha razón de ser.

22 nov 2007

Un rostro (primera de dos partes)

Nació en marzo a mediados de los años treinta. Lo hizo en una casa amplia. Aunque para los ojos de los niños casi todas las casas son amplias. Estoy seguro de que si Adán pensó que el jardín del edén era paradisíaco fue porque él era sólo un niño. Los niños son capaces de vivir en vecindades a punto de derrumbarse, mal comiendo, sin zapatos y, pese a ello, sonreír mucho, platicar con insectos y cantar decorosamente. Si los revolucionarios solamente convivieran con niños pobres jamás se les ocurriría que hace falta una revolución. El deseo de justicia social no puede provenir de otro motivo que no sea el de sacarle las tripas a un prepotente rico, nuevo o viejo, lleno de soberbia. Bastaría que todos los ricos fueran humildes para que el verdadero fin de la historia comenzara.
Cuánto divago. Decía que en marzo solía recibir regalos. Aunque quizá los recibía en junio. Porque en el México viejo se celebraban más los santos que los cumpleaños. ¿En la ciudad de México actual quién se acuerda de que se tiene un santo?
Él pudo haber celebrado en varios días porque hay varios san Antonio, pero a él le gustaba el de junio. No sé por qué. Me lo imagino muy emocionado con una pelota de beisbol, corriendo a la calle a encontrarse con su pandilla, como él decía. Un montón de chamacos salidos de una novela de Agustín Yañez que disfrutaban de placeres extrañísimos a los ojos de nuestros cibermaniacos-niños-posmo: como los encantados, policías y ladrones, doña Blanca. También canicas, balero, trompo. Y por supuesto, beisbol y futbol, en ese orden, porque el deporte principal allá en Aguascalientes era la pelota caliente.
Ellos ni siquiera sabían de las batallas en el desierto. Mas, él debió imaginarse unas aventuras asombrosas, cuando un locutor mencionaba al escuadrón 201, aquellos mexicanos que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Me lo imagino con ojos muy abiertos sentado frente al radio. ¿Por qué se sentaba alrededor del radio la gente de antes? Ahora prendemos la televisión como si fuera nuestra obligación diaria y nos ponemos a hacer otras cosas mientras oímos, como música de fondo, la estúpida palabrería de algún programa, y si acaso prestamos atención será durante los comerciales.
También me imagino a su madre, una joven que aún no cumplía los veinte años, delgada y con una fina mirada de ojos negros. Y a su padre, hombre serio, con bigote y lentes obscuros. También a una hermana mayor con la que apenas jugaba. Pero sí discutían y peleaban como buenos hermanos. Ella era seguidora de los Tigres y él de los Diablos, ella apoyaba al Club España y él al Club América.
Pasó sus primeros años, como todos, entre la escuela, los amigos, las anécdotas familiares. Los fines de semana solían ir a las haciendas cercanas, a veces iban a Celaya o a Guadalajara a visitar familiares. En las noches oía relatos de fantasmas y de brujas que lo impresionaban. Era un niño fantasioso, ya que fue educado más por su abuela que por sus padres. Y las abuelas tienden a llenar la cabeza de sus nietos con más quimeras que como lo hacen los padres. Estos ya han tenido tiempo de decepcionarse de ciertas ensoñaciones e, incluso, tiempo de echarle en cara a sus propios padres el hecho de que aquellas imaginaciones, sembradas en la infancia no les ha permitido cosechar sino decepciones. En cambio, las abuelas como vuelven de esas decepciones, se dan cuenta de que es mejor vivir ciertas fantasías, mientras duren, que atolondrarse de realismo, que en el fondo también es un engaño.
La abuela, además, era religiosa. Y lo acostumbró a desmañanar, a levantarse para ir a la misa de cinco. ¿Cómo es posible una misa a tales deshoras? Así cualquiera cree en cualquier cosa. Estoy seguro de que si yo dejara de despertarme después de las diez de la mañana, también dejaría de ser escéptico. Sin modorra resulta muy sencillo desconfiar de cuanto se nos presenta.
Cuando murió su padre. Cuando cambió su vida, él estaba estudiando comercio. También servía de mesero en el restaurante de la familia que devino en deuda gigantesca. Su padre se había sentido capaz de volverse un empresario. Creyó que un restaurante al lado de la estación de trenes sería un gran éxito. En aquella década, los trenes de pasajeros, aún iban por las vías como aguinaldos de jugueterías. ¡Qué verso aquel de López Velarde tan puntual! Perdón por el extravío. ¿Pero por qué yo no podría extraviarme y hacer un ensayo joyceano? ¿Acaso sólo los novelistas y poetas tienen derecho a experimentar?
Efectivamente, el restaurante se llenó de gente. Un montón de platos y ruido. Y vales, porque los maquinistas pedían fiado y nunca pagaban. Así que pronto aparecieron los números rojos. Quebró el lugar y el frustrado empresario sin fuerza para empezar de cero otra vez, tomó una botella, se la acabó y le encargó a su hijo otra más y luego otra. La última botella llegó inesperadamente. A la edad de Cristo. Otra vez recuerdo a López Velarde. Esa edad que se acongoja tanto. Muerto aquel hombre, mi abuelo, su par de hijos y su viuda emprendieron otra vida, tuvieron que dejar la antigua casa y, no mucho tiempo después, la ciudad.

Si no fuera

Si no fuera
por la ilusión de estar en la calle
viendo el todavía
en los tantos caminos
en la calle cualquiera
con los perros que buscan
nuestro pan de cada día
y los sucios locos que anhelan
el alcohol, esa divina sangre
yo moriría de miedo
encerrado en mi pequeña mente
dando vueltas de ogro
sobre mi propio eje hostilizado
si no fuera porque hay árboles
raíces del instinto que me sacan
de mi sótano silente
si no fuera
por el aire soleado
yo golpearía las paredes
cada vez más opresivas
de mi corazón

si no fuera por el gusto
de pasear mis ojos
por las aún vivas
rosaledas del viento
como el vago que soy
me quedaría aquí
quieto y callado
acostumbrándome a la tumba.