3 oct. 2013

3 de octubre

Al recordar los titulares de hace 45 años, no deja de ser indignante comprender que el periodismo mexicano en general ha servido a las peores causas, a los gobiernos más dañinos y ha mentido con descaro, cinismo y sin cortedad.

Hoy los herederos de los periodistas que le aplaudían a la dictadura de Porfirio Díaz, justificaban los crímenes de Victoriano Huerta y de Gustavo Díaz Ordaz, hoy defienden e incitan a la policía de Mancera y Peña Nieto a que ataquen manifestaciones pacíficas.

Es muy importante señalar que los manifestantes detenidos desde que Peña Nieto tomó posesión han sido personas que protestaban pacíficamente. Por otra parte, quienes han ido encapuchados, armados y han causado destrozos han sido grupos ajenos a los contingentes, digamos claramente, infiltrados, ¿del ejército, de la policía, verdaderos anarquistas? Realmente no sabemos, pero sin duda los periodistas no están cumpliendo con su deber al omitir este “detallito”.

Las autoridades deben investigar y los periodistas, informar. ¿Por qué no cumplen con esa labor? ¿Por qué no hacen la diferencia entre las decenas de miles de manifestantes pacíficos y unas decenas de jóvenes a quienes se les ha visto muy cerca de la policía antes de las marchas e incluso ser transportados en vehículos militares? ¿Cuándo van a informar acerca de eso que es sumamente relevante?

Hoy vemos en las redes sociales información muy clara de los abusos policiales y también vemos el inaceptable cinismo de quienes denigran y envilecen a grado máximo el periodismo, por ejemplo, Carlos Loret de Mola y Ciro Gómez Leyva; el primero dice: “los gobiernos prefieren aguantar lo indecible: que los granaderos resistan toda suerte de embates violentos de los manifestantes más radicales tratando de no responder”, el segundo al comparar las manifestaciones en México con las de Brasil, Grecia y Corea dice: “La gran diferencia con otros países es que aquí la policía vive amedrentada.”

Todo esto frente lo que muestran los testimonios en videos y fotografías lleva a pensar en el estado miserable de una buena parte del periodismo  nacional. Un columnista no tiene derecho a opinar sin estar informado y, menos aun, a incitar a la violencia, específicamente, a la represión policial.




Estos tres videos son apenas una pequeña prueba de que hay una distancia enorme, un abismo, entre lo que escriben ciertos columnistas y la realidad. Y se trata de una distancia, además de periodística e ideológica, moral.

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