9 ago. 2012

Autoentrevista: un charco nada más



Gracias por aceptar esta autoentrevista. Comencemos, ¿qué es lo que más recuerdas de tu infancia?
En principio yo nunca acepté ninguna autoentrevista. Todo lo que diga va a ser apócrifo. Eso de hacerse preguntas a uno mismo me parece una soberana estupidez y un ejercicio sumamente engañoso y no muy divertido.
¿Qué tiene de estúpido?
No es que yo esté en contra de la estupidez. Ésta a mí me parece una cualidad indispensable para sobrevivir. Aquella persona que no sea estúpida debe ser inmensamente infeliz. Imagínate esas mentes brillantes incapaces de reír con los programas de televisión, ¿cómo van a disfrutar la vida hogareña? Y si salen a la calle es peor, estamos rodeados de absurdos, injusticias y convenciones sin sentido. Además, ¿qué hay de los amigos?, me parece que fue Nietzsche quien dijo que toda conversación que se prolongue más de media hora por lo menos contendrá tres tonterías. Y eso que no vivió el siglo XXI, es decir en esta época de aumento progresivo e irrefrenable de la estupidez. Entonces, yo digo que no se puede disfrutar de los placeres de la amistad si no aprendemos a disfrutar las estupideces de nuestros amigos.
¿Tú tienes muchos amigos?
Para mí la calidez es una de las virtudes que en más alta estima tengo. Y me imagino a la calidez como árbol, una de sus ramas es la conversación. Sin embargo, yo no sé claramente cuál es el arte de conversar. La gente que habla mucho y de muy variados temas a mi gusto no sabe conversar. Creo que una plática, así sea sobre un tópico en apariencia frívolo, debe encaminarse a la profundidad. Como esto no suele ocurrir en la entrevista, la considero una antípoda de la conversación. He leído montones de ellas que aun cuando los entrevistadores intentan hacer preguntas interesantes, por el ritmo veloz, debido la necesidad de aprovechar los breves minutos de contacto con el entrevistado, su encuentro se vuelve un banal río de palabras desperdigadas, y a veces no un río, un charco nada más.
¿Cómo te interesaste en la literatura?
Otra de las ramas de la calidez para mí es la apertura, la transparencia, aquello que fue llamado no sé si literaria o cursimente: alma cristalina. Esa capacidad de mostrarse tal cual uno es, con actitud sencilla, sin poses. Tal condición debe ser el ethos del buen conversador. Y uno lee en los suplementos culturales a un ejército de jóvenes comunicólogos que se presentan ante artistas, literatos o políticos para pedirles prácticamente que asuman su pose social de personajes públicos. Sobre todo cuando les preguntan acerca de su vida privada: A ver tú, Fulanito, escritor premiado, cuéntanos cómo es la infancia de un poeta. Y la respuesta por más ingeniosa que sea no deja de ser un chispazo de talento intrascendente y henchido de gesticulación.
¿Anhelas la trascendencia?
La ética es la disciplina filosófica que más me interesa. Soy profano en la filosofía. Pero creo entender algunas cosas. Y siento que no soy malo para las intuiciones. Yo intuía antes de leer a Lévinas que la ética era más ontológica que la ontología. Él lo expresó con una claridad e inteligencia notables. Y como digo, yo carezco de formación filosófica, mas sí disfruto la influencia de algunos materialistas, Epicuro, Hobbes, Marx. Juzgo que la cosa más real, verdadera y socrática del mundo es la existencia de los vecinos. Entonces me preocupa que mis vecinos no me molesten, en cambio, ganarme el cielo o una mejor reencarnación o un ventilador en el infierno, me tiene sin cuidado. La trascendencia que me importa ocurre en el presente, en la cancha de la ética. Esa es también la que me gustaría en las entrevistas, que hubiera una relación cálida, trascendental, entre entrevistado y entrevistador. Pero no la trascendencia de otro mundo ni de que me lean en el siglo XXII.
No tuviste una formación filosófica pero sí una literaria, ya que estudiaste Lengua y Literatura hispánicas, ¿eso cómo ayudó o perjudicó tu capacidad de creación literaria?
Yo crecí en la Obrera, una colonia muy viva, proletaria, llena de negocios y talleres y calles con nombres de escritores, yo asocio irremediablemente Gutiérrez Nájera, Othon, Juan de Dios Peza, con banditas, mota y chupe, cascaritas y chavos mostrando sus panzas desnudas los domingos, cheleando luego de un partido. Para mí eso es el futbol. A mí me cae mal quien desprecia el futbol porque yo crecí con eso, es parte de mi idiosincrasia. A pesar de que mi papá me cuidaba mucho, porque yo era su hijo único, razón por la cual yo casi no salía a la calle como otros niños, más bien me pasaba muchas horas en la ventana contemplando la calle y a la gente; transcurrió un buen tiempo para darme cuenta de que ésa era una actitud literaria. Viví en Boturini, luego en Lucas Alamán, en Manuel Payno y en Torquemada. E insisto, para mí son calles, yo he leído las calles, no a los escritores. Tuve por vecinas a cabareteras que fichaban en el Barba Azul, el Moro, el Molino Rojo, el Balalaika, etc, y con sus hijos yo jugaba canicas y años después me querían talonear, me decían: ese barrio, qué transa, un varo pa’una cañita, ¿no?
Cuando descubrí a Fadanelli, quien tiene dos o tres novelas con la Obrera como escenario, lo propuse como lectura en una clase del primer semestre de mi carrera, ya que una profesora nos había pedido sugerencias de autores para leer durante el curso, ella no conocía a Fadanelli y no aceptó mi propuesta, nos quedamos con Rulfo y Cortázar. Para mí, París y Comala son igual de ficticias e igual de lejanas.
Recapitulando, yo no veo desligada la formación literaria de la realidad ética, o sea, de los vecinos. La literatura se genera del ambiente en el que uno crece, en el que uno se desenvuelve. La escuela no te forma tanto como la vecindad, como la calle. Yo me acuerdo que acompañaba a mis hermanas al pan o a las tortillas y algunos tipos me gritaban: adiós, cuñado. Eso ha influido más en lo que escribo que todas mis clases en la Facultad de Filosofía y Letras.
¿Cuáles son tus proyectos literarios o profesionales?
Ganar dinero. O volverme espíritu puro. Lo que suceda primero.
¿Te consideras un escritor de izquierda, preocupado por las causas sociales?
Yo soy de derecha, probablemente de ultraderecha o de megaultrísimaderechísima. Y no creo que pueda haber nada peor que eso. Pero como muchos mexicanos confundo la derecha con la izquierda y más de un taxista se ha enfadado conmigo por darle malas indicaciones. En la política me pasa lo mismo. Yo tengo alma de empresario, podría suscribir e incluso exagerar aquello que señaló Ignacio Ramírez sobre que la pobreza es un problema meramente humanitario, no político ni económico, o sea, que los pobres se chinguen. Eso es lo que honestamente creo. Sin embargo, por causas coyunturales, y que quede muy claro que no es por ideología ni convicción, me veo forzado a interesarme en los problemas sociales. En otras palabras, por mi circunstancia de jodido me angustio por el bajo salario mínimo, el desempleo, las violaciones al derecho laboral, que son constantes y cotidianas, así como por la frecuente corrupción de los gobernantes, las cuales son banderas propias de la izquierda. Así como por mi peculiar modo de vida y por los amigos que tengo, también me preocupan los derechos de las minorías, la discriminación, quisiera las fronteras de México mucho más abiertas y que hubiera mayor apoyo a la cultura, etc. Causas que se han visto perjudicadas por el neoliberalismo. Asimismo, el énfasis en la seguridad, la lucha contra el terrorismo o contra el narcotráfico, me parecen un desperdicio de dinero, de esfuerzo y de vidas. Sin embargo, sé bien que en cuanto pase esta coyuntura ya no me acordaré de ninguna de esas injusticias. En el fondo de mi corazón, soy un despiadado empresario.
¿Quisieras agregar algo?
Sí, que autoentrevistarse es un imposible. Aunque Rimbaud diga que es otro, uno es uno. Y un yo a solas no es un yo. Se necesitan dos para que uno exista, por lo menos. Además no sé qué escalofrío me deja esto de la autoentrevista. Es como un regodeo masturbatorio. Como ser para uno mismo y no un ser para el Otro. Aunque en efecto, uno esconda en sí un doble, y hasta un triple. A mí me gusta la división clásica del ser en tres: cuerpo, alma y mente. He hecho teatralismos inspirado en ello.
¿Teatra… qué?
No te hagas, bien que los conoces. El teatralismo es género nuevo porque ya se ha olvidado la época medieval. Hace unos años el arcángel Gabriel se nos reveló a mí y a unos amigos y nos dijo que hiciéramos teatralismos, que son cosas parecidas a la prosa teatral, con un descaro propio de la ingenuidad del medievo, pero conscientes de la caída de las Torres Gemelas y de lo ineludible que es el terrorismo en nuestros días.
¿Qué clase de locura estás diciendo?
Hasta hicimos un manifiesto. Sin conocernos personalmente, amigos de oídas, gracias a Internet, nos empezamos a vincular, Anthony Gómez, Hugo Morales, Christopher Nole, Héctor Vargas, con el ánimo de contar la realidad de otro modo. Y he hallado, en lo personal, que el teatralismo funciona para el autoconocimiento. Como en aquella vieja literatura de debate, puede haber discusiones entre el cuerpo, el alma y la mente pero en un ámbito posmoderno. Y creo que ésa es una técnica y un estilo que puede dar algunos buenos frutos. Es, quizá, un género adecuado a la velocidad de la época, a la suma de voces, al collage, a la informalidad. Y si no, al menos, lo que he escrito me ha servido para saber más de mí mismo, ya que por lo general no me inmiscuyo en mi vida privada. La autoentrevista también ayuda para tal fin, por eso yo valoro mucho este género, como declaré al principio.
¿Es todo?
Es todo y es nada. Un instante, o la eternidad. Da igual. Equis. Mientras no muera podré seguir declarando tonterías. Pero prefiero el pudor, si no del silencio, de la brevedad. Agradezco la oportunidad y el espacio, como dicen los actorcillos, y punto.

1 comentario:

Héctor Vargas dijo...

De tantos formularios que tuve que llenar ya se me olvidó lo que quería escribir… gpmma.