3 jul. 2012

La normalidad atroz


La jornada electoral que vivimos el pasado 1 de julio fue descrita como parte de la normalidad democrática, a pesar de que resultó el equivalente a la cereza de un pastel hecho de injusticia, por decir lo menos, ya que, aunado a los dados mediáticos cargados a favor del candidato del PRI, hubo de parte de ese partido un gasto que sobrepasó el límite legal y, peor aún, se registraron más de tres mil quinientas irregularidades oficialmente. Estos fueron “incidentes menores” para quienes celebraron el resultado, pero para los familiares de las personas asesinadas, sin duda, ese día fue trágico.

Para mí no hay nada más sagrado que la vida humana, por lo tanto no me permito llamar incidente menor al crimen. Tampoco me parece justo echar en saco roto los robos de urnas, la compra de votos, las intimidaciones y otra serie de violaciones al código electoral.

Comprendo que estas prácticas son, en un triste sentido, normales, pues son añejas y suelen quedar impunes. Pero sé que al mencionar el concepto de “normalidad democrática” quieren decir los analistas que todo quedó en tal jornada listo para ser aceptado sin reproches. Estoy en total desacuerdo. Me parece, inclusive, un atentado contra el derecho a la información, una manipulación injustificable del verdadero significado de las palabras y, en el fondo, la aceptación del cáncer de la impunidad.

Por todo ello, no se puede reconvenir la decisión de AMLO a impugnar los resultados. La supuesta normalidad democrática es atroz. Por otra parte, la democracia, en esencia, es promotora del cambio, de la revisión y de la corrección de errores. En ese sentido, unas elecciones democráticas, con base en la legalidad, pueden ser impugnadas. AMLO está, por ende, como un demócrata pidiendo la revisión y la corrección de los errores; que no se olvide que las llamadas irregularidades son muchas veces violaciones graves de la ley.

Considero, además, que López Obrador ha actuado consciente de su liderazgo, tranquilo pero firme, con respeto y con una visión que abarca más allá de lo inmediato. Un buen número de analistas, por sus palabras, se diría que no saben encaramarse al árbol del largo-plazo, con miopía y astigmatismo no ven las minucias del presente ni el panorama extenso que podría desarrollarse en los próximos años y aún décadas.
¿Qué hacer con la rabia de cientos de miles de mexicanos indignados y decepcionados de la vía electoral? Responder a esta pregunta es la misión del líder. Es fácil criticar al dirigente, pero no lo es tanto imaginarse en sus zapatos cuando toca caminar por una bifurcación. ¿En su lugar los críticos estarían dispuestos a que millones de personas preocupadas por el futuro de México se desolaran y se volvieran apáticas? ¿Renunciarían a dirigir la protesta social cuando, de no asumir su liderazgo, otros grupos, en verdad violentos, lo asumirían?

Si a pesar de las tantas evidencias de suciedad en las pasadas elecciones, en el lugar de AMLO preferirían retirarse a su casa y dejar en el abandono a una sociedad dispuesta a la participación política, es porque les gusta el indignante transar. Por fortuna, el tabasqueño no es un improvisado, conoce sus responsabilidades, no en vano ha conseguido un apoyo multitudinario, más que cualquier otra figura de la política mexicana en el último medio siglo.

Cuando alcancemos la verdadera normalidad democrática, lucha que sigue en pie, tendrá que reconocerse a López Obrador como el hombre que despertó de la pesadilla del pesimismo al honesto y luchón pueblo de México.

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