23 abr. 2010

Rumi

No voy a escribir sobre el gran poeta persa, sino de una palabra que me resisto a pronunciar y soy incapaz de traducir, tampoco logro inventar una que se acomode a la realidad que vivo a diario. Hace poco dije un barbarismo cuando me preguntaron por ella, por la mujer y por la realidad que no sé describir: “es mi vecina de la siguiente puerta”, dije, lo cual no es una descripción adecuada ni creo que en español se entienda, pero parece que entendieron a la perfección mis interlocutoras o quién sabe qué diablos habrán entendido.

Por más que uno quiera huir de los barbarismos imperiales, es decir, de las gringadas, basta pasear un poco para toparse con éstas, y así nos hallamos ante una sarta de engendros de voces gringas, anglicismos llaman a estos vocablos bastardos. Algunas expresiones mestizas tienen encanto, otras son francamente grotescas. No quisiera extenderme en ejemplos porque ni soy lingüista ni me preocupa la salud del idioma, que posee mucho más vigor que yo. Lo que me inquieta es solamente cómo nombrar a mi vecina inmediata.

Podrán tacharme de pedante insufrible. ¿Por qué no digo roommate o roomie como cualquier hijo de vecino y me dejo de tonterías? Básicamente porque no se me da la gana. Ya tolero suficiente con decir chat en vez de mentidero, que es como más me gustaría decir; ya he sobrellevado con mucha paciencia el bye y el ok, el mainstream y el background, el fuck y el sorry. Así que ya estoy fastidiado de las injerencias gringas. A la chingada los anglicismos.

Además, hay otra razón, mi vecina contigua me ha hecho reflexionar en la novedad de vivir con alguien con quien no se tiene un vínculo amoroso. Esto de compartir departamento requiere una meditación seria y calmada, y no una tan apurada y guasona como las mías. Pienso esto porque la reciente costumbre de compartir departamento ha venido, en mi opinión, a señalar de manera discreta el derrumbe de la familia tradicional, esa institución base de la sociedad y, por ende, raíz de todo mal.

¿Por qué comparto baño y cocina con una extraña? En mis razones personales, creo, se encuentran las razones generacionales. Porque no tengo dinero y porque no resisto el maternalismo, esa pequeña dictadura. Pienso que el desarraigo que poseo con respecto a mi familia se explica por mi deseo de libertad, o sea, por el deseo de ser hombre sin las cadenas de alguna tradición. Ser hombre de un modo nuevo, no ser hijo de prejuicios, sino de mis actos y de mi conciencia. Por esas mismas razones, en mi opinión, la idea del desarraigo de la patria resulta estimulante.

¿Cómo se sentirá ser hombre sin necesidad de ser mexicano? Aunque sospecho que el desarraigo provoca lo contrario, induce la conciencia de ser circunstancia en todos los poros, de estar cincelado según la historia, la generación, la tierra. Este polvo que somos está lleno de raíces.

Salí de la casa de mi madre como quisiera salir de mi país y como saldría si pudiera de mi lengua española. Pero lo cierto es que no puedo. Mi desarraigo es de chocolate, un exilio de mentiritas. Y mi roommate me lo recuerda. Ella, que por muchos motivos puede tenerse por persona admirable, apela al arraigo con nuestra historia. Y esto lo dice con las palabras más sencillas. Parece confiar en las palabras campechanas. Su afabilidad es llaneza, por tanto, verdadera. En este país de formalismos, hay personas de cordialidad espontánea. En este país de valles ensimismados, de selvas impenetrables, hay también planicies francas, fáciles de caminar, sin misterios. Ella es así y la admiro porque jamás se mete en un problema sin necesidad. No agarra las palabras y las amontona y se sepulta bajo ellas, como yo hago. Nunca pensaría que pudiera ser un problema escoger un sustantivo para nombrar nuestra relación. Vivimos juntos y ya. ¿Cuál pinche problema?

Casi la puedo escuchar diciéndome: "¿eso qué? Ash, con esta gente que le gusta hacerse chaquetas mentales. Vamos a comer, mejor; ve por las tortillas; me quedó bien rica mi comida."

El mundo está demasiado lleno para hablar de él, escribió Rumi, pero mi habitación, cuando vivía solo, estaba demasiado vacía como para no proyectar muchas palabras que intentaran llenar esos huecos. Ahora que estoy, y sobre todo que me siento, acompañado, por mero pudor, debería escribir menos, especialmente, de temas como éste. ¿Cuál es el tema, por cierto? ¿Qué sucederá en el mundo si los jóvenes prefieren hacer amigos que familias? No, eso no era. ¿Qué pasará con el español invadido de anglicismos? No, eso tampoco. ¿Qué ocurrirá si nos olvidamos de nuestra historia, la historia que está en nuestras palabras cotidianas? No, menos. Pero algún tema habré tratado. Y mi conclusión es que es posible.
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Después de esto, mi rumi estirará los dedos como si con ello arrojara una bola enmarañada de palabras, diciendo así que prefiere cambiar de tema. Y yo solamente apachurraré el botón derecho del ratón sobre el vocablo rumi y lo agregaré al diccionario de Word.

1 comentario:

Jorge Gasca dijo...

Toño:

Aquí dando la vuelta por tu espacio.

¡Celebrando la palabra
que recupera la vida
consuela y
hace poesía...

muy adentro!

Gracias