2 sept. 2008

El tiempo por cigarros

Mido el tiempo por cigarros porque no me gustan los relojes. También me disgustan los celulares. Y por uno de esos dos motivos más de una maldita me ha dejado plantado. El otro día, afuera del metro Xola, la estuve esperando tres cigarros.

Luego me di cuenta de que tenía la tarde libre y mis pies ganas de moverse. Caminé hacia la cresta del Viaducto que está sobre Tlalpan. Vi las columnas de automóviles, me parecieron ovejas histéricas sin pastor. Me sentía en una especie de frontera. ¿A qué Delegación pertenece ese trozo de cemento convulso, Cuauhtémoc, Iztacalco, Benito Juárez?

Elegí pasarme al otro lado de la avenida. Las putas sólo se paran del otro lado. Sólo llevaba veinte pesos en la cartera. Pero me entretendría un rato. Es mejor ver putas que ver muebles o ropa o libros. Bajé por un pasillo subterráneo para cruzar Tlalpan, en realidad esos pasos son alcantarillas. Me tapé la nariz porque apestaba a verano. El verano escupe sin piedad lluvias todas las tardes y la lluvia al mezclarse con los orines produce una peste mucho peor que la de la mierda en tiempo de secas. También intenté trotar. Mis pies estaban aptos para una larga caminata pero no resistieron trotar más de diez metros. Además, una chica me llamó.

Desde el suelo en que estaba extendió hacia mí su brazo no con una pistola sino con un boleto del metro en la mano, tenía los ojos perdidos. Le di dos pesos. (Un cigarro suelto menos) Comenzó a balbucear. Tenía el ombligo de fuera. Puedes ir, dijo, al metro Bellas Artes, busca a un tipo moreno con una camisa a cuadros y un pantalón café. Yo me quedé viendo su vientre y pensé que jamás había estado embarazada. ¿Pero cuántos niños, vagos, compañeros o hermanos habrían arrojado dentro de ella su semen? Por favor, agregó, y cerró los ojos y me di cuenta de que no sólo estaba drogada, también tenía una herida en la pierna. Le di otros dos pesos. Otro cigarro menos.

El aire de arriba, extrañamente, no me pareció un alivio, como suele ocurrir. Carajo, no soy Teresa de Calcuta. Además siempre he desconfiado de esa señora, ¿por qué no se quedó en Albania cuidando de sus conciudadanos?, indigentes y miserables también abundan en los Balcanes. ¿Los Balcanes? ¿Quién coños me creo, un periodista de El País? Tuve que renunciar a las putas. Ya no las podía ver con sosiego. Regresé con la chava que continuaba echada a medio pasillo. A ver, dime cómo se llama o cómo le dicen a ese tipo que buscas.

Quizá algo más que su pierna se estaba jodiendo en su cuerpo, aparte de su mente, porque habló como si su lengua estuviera enmohecida. Dijo algo así como Cabán o Tablán. Tal vez la podría llevar a mi departamento. ¿Cómo me iba a ver yo haciendo algo semejante? La va a violar, pensaría cualquier vecino. O llevarla a un hospital. O llamar una patrulla. Para que la que la violen sean otros.

Voy a buscar a ese muchacho, le dije, no te preocupes. ¿Por qué hice eso? Bueno, yo tenía la tarde libre y un boleto del metro.

Cuando salí en Bellas Artes, pensé que mejor me hubiera bajado en Hidalgo. Si bien en la Alameda hay muchos chavos indigentes, más bien se trata de una zona de chichifos. Luego creí que quizás a la persona que buscaba esa niña no era un indigente sino un chichifo. Yo no me iba a rebajar a preguntarle a ninguno de esos putos si se llamaban Cabán o Tablán o el carajo.

Si yo iba a pasarme una amena tarde entre putas, ¿cómo terminé entre maricones de la Alameda que buscan cliente o servicios? Me senté en el Hemiciclo a Juárez a comerme un jocho de a cinco pesos. Se me ocurrió entonces que la pobre muchacha allí en ese subterráneo no sabía si era mañana, tarde o noche. También imaginé que en la noche salen de las alcantarillas los chavos y que uno de ellos seguro podría saber algo o si no, pues, ya me iba a mi casa y punto. A mí qué me va importar quién se desangra o quien no.

Pasaron cuatro cigarros. Vi a un chamaco con el puño en la nariz y unos trapos grises por ropa. Andaba taloneando. Pa’ un taco, me dijo, sin desentenderse de su mona. ¿Tú conoces a un Cabán o Tablán, que sepan de una chava que anda por Viaducto? ¡Puta madre! Nomás de oírme me di cuenta de que cada día soy más estúpido. ¿Quién iba a saber aclararme algo con esos datos tan estultos que tenía? El chico se me quedó viendo con esos ojos amarillosos y huecos que cargaba, casi inmóvil, nomás conservando el puño en la nariz y la otra mano extendida. Los pelos de su cabeza semejaban clarísimamente un lacerado campo de cactus negros. Muestra irrefutable de que ahí dentro había un desierto. Le di un peso. Medio cigarro menos.

Buscas al Talibán, me dijo en cuanto me di la vuelta. El Talibán, las aves negras, el Talibán, repitió y se fue. No me quiso hacer caso de nuevo. Pero comprendí que Talibán era un nombre con sentido. Ese mocoso supo en unos cuantos segundos entender el sentido de un nombre propio. Yo llevaba alrededor de ocho cigarros sin encontrarle sentido a aquello. Soy una prueba de la inutilidad de los estudios universitarios.

Fui hacia la Plaza de la Solidaridad. Nadie la conoce por ese nombre. Pero ahí donde se ponen a jugar ajedrez jubilados y vagabundos y donde talonean chavos de la calle. A otro que me pidió un peso, le pregunté por el Talibán. ¿Qué pedo, eres tira? Preguntó y luego viendo mi flaqueza y facha de indiscutible estudihambre, dijo: anda en los troles. Le conté lo de la tipa en Viaducto.
Ha de ser la Muñeca, dijo. ¿Es morena, cabello largo y un pantalón azul de mezclilla? Sí, respondí. Ah, sí es ella, aseguró y yo no entendí porque pasamos años en las aulas estudiando sistemas complejos de análisis, cuando la realidad es tan sencilla de describir.

Él ya sabe donde está. Pero él mismo se la madrió, dile que se aguante, que no chingue, a ver si se le quita lo puta.

Me esperé unos cuatro cigarros en el andén porque todos los trenes pasaban atascadísimos de gente. ¿Por qué deciden buscarse un empleo al otro extremo de la ciudad? Quién sabe si fueron cuatro o menos, porque cuando no se fuma, el tiempo es más perezoso.

Bajé de nuevo a la alcantarilla que cruza calzada de Tlalpan, allí permanecía la joven. ¿Encontraste al Talibán? ¿Por qué ahora sí entendí perfectamente el nombre? No, dije. No agregué nada. No iba a darle explicaciones a una desconocida, ni que fuera mi esposa. Le ofrecí los catorce pesos que me quedaban. Gracias, dijo. Tenía los ojos lindos. Te alcanza para tres hot-dogs, aquí afuera. O podemos ir a mi casa si quieres. Nel, porque el Talibán es capaz de madrearme de nuevo, mejor voy a buscarlo, ha de andar en los troles.

Se fue hacia el Eje Central, por la Algarín. Yo salí del otro lado. Quise un cigarro suelto, pero ya no me quedaba ni un quinto. Por suerte, me di cuenta hasta después de pedirle a un señor que iba fumando que me vendiera un cigarrito. Mientras esculcaba mis propias bolsillos, él, asustado, me dijo, no hay bronca, quédatelo, o algo así. Sentencié, entonces, rumbo a mi casa, que había sido un día de suerte.

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