27 feb. 2018

Las tareas motivantes


¿Son posibles las tareas motivantes para los alumnos? Por experiencia sé que sí. Tengo más de diez años dando clases y he observado emociones de entusiasmo y frustración en los rostros de quienes escuchan mis clases dependiendo de las tareas que propongo. Acaso, como me baso en mi experiencia en vez de en alguna teoría pedagógica europea, fácilmente podrán rechazar mis afirmaciones.
Si aseguro, por otra parte, que he mejorado como docente gracias a la experiencia, voy a provocar carcajadas, o al menos, discretas sonrisas entre los teóricos de la pedagogía. Sólo se mejora la práctica docente cuando se aplican sin cuestionamientos las estrategias establecidas por un órgano central de planeación didáctica que jamás ha dado clases.
Lamentablemente los lineamientos sobre cómo debemos conducirnos los docentes cambian sexenalmente. Entonces en ciertos momentos se nos podría exigir que no haya tareas y en otro momento que obligatoriamente las pidamos; que en un momento suprimamos todo contacto no académico con los estudiantes y que en otro momento los apapachemos para que logren una catarsis emocional que los haga felices. ¿Qué significa esto? Que pasamos de una teoría pedagógica a otra y que debemos seguirla porque a pesar de que la pedagogía no es una ciencia, quien estudia pedagogía adquiere, casi mágicamente, un poder sobrehumano para planear estrategias didácticas que teóricamente funcionan.
¿Y si yo quiero apelar a la experiencia, según mis propios criterios formados con años de clases a diversos grupos, en distintas materias y niveles, tanto en escuelas públicas como privadas? Podré hacerlo, me dirán los pedagogos, pero como no voy a citar a constructivistas, conductistas, cognotivistas ni conectivistas será como exponer sin conocimiento.
Retomando la pregunta: ¿son posibles las tareas motivantes para los alumnos? En cierto sentido, es una pregunta obvia. Por supuesto que hay tareas que dan ganas de hacer. Es preferible replantearlo: ¿cuáles o cómo son las tareas que motivan? Las que estimulan la creatividad y el lucimiento personal. A los seres humanos nos gusta presumir aquello en lo que somos buenos. Nos gusta el reconocimiento, la valoración, el aplauso. Nos gusta provocar la admiración. Y, por eso, aunque parezca evidente, quiero hacerlo explícito: los alumnos quieren ser admirados por sus profesores.
Imaginen a chico o una chica que sabe sus talentos para escribir, dibujar o resolver misterios, pero se lleva como tarea a casa realizar una transcripción de Wikipedia o resolver ejercicios de un libro que trae las respuestas al final. ¿Cómo va a valorarse a sí mismo y a sentir que vive experiencias académicamente valiosas si sus labores son mecánicas? Lo peor es que termina por concebir que lo propio de la escolaridad es cumplir con ciertos trabajos, aunque de ellos no se aprendan ideas. Sin embargo, de esos trabajos sí se aprende cierta pasividad, cierto adormecimiento crítico. “No sé para qué me deja copiar esto, pero yo sólo quiero pasar la materia y por eso lo hago”, dicen los estudiantes.
No es nada extraordinario que estudiantes que suelen ser incumplidos, si se les motiva adecuadamente resulten ser mejores estudiantes, más creativos y analíticos, que aquellos que siempre cumplen aunque no tengan claro para qué hacen las cosas.
¿Y cuál es la motivación adecuada? Depende de las habilidades innatas de cada quien. A unos les gusta hacer maquetas, a otros exposiciones, a otros resolver cuestionarios. No hay una sola cosa que pueda motivar a todos los miembros del grupo. Por eso es importante diversificar, para que en algún momento, cada uno sienta que ha podido tener su momento de lucimiento, la posibilidad de mostrar su talento. Acaso sobra decir que para ello es indispensable una tarea creativa y no mecánica: ser hábil para trasladar de una página de internet hacia un cuaderno rápidamente cincuenta datos biográficos de un personaje difícilmente podrá enorgullecer a alguien.
De esa manera mi experiencia me ha dicho que las mejores tareas son aquellas que pueden hacer sentir a los alumnos orgullosos de haberlas cumplido e, incluso, presuntuosos. Uno como docente debe disfrutar la presunción del estudiante: “mire, qué bien me quedó, escuche cuántas cosas sé de tal tema”.
Principalmente doy clases de literatura y mi experiencia me ha convencido de que es preferible tener una sola tarea a lo largo de los cursos: en clase textos breves, y en casa textos de largo aliento como las novelas. Hay muchas formas de complementar (videos, películas, organizadores gráficos, etc.), pero estoy persuadido completamente que la forma de identificar a alguien que ha aprendido a ser un buen lector, lo cual para mí es el objetivo de una clase de literatura, es descubrir que invierte su tiempo y dinero en libros por voluntad propia.
He aquí la clave: si un niño, o un joven, por voluntad propia busca conocimientos, con total certeza, podemos afirmar que se ha cumplido el propósito de las tareas escolares: mantener viva la hoguera de la curiosidad. En cambio, si copia las tareas o cumple con ellas mecánicamente, irreflexivamente, de forma desmotivada, simplemente para conseguir un número aprobatorio en una boleta, no sólo se está apagando su hoguera de curiosidad, se le está invitando a realizar en la vida acciones carentes de significado y propósito.
En fin, quizá he dicho propuestas que cualquiera puede pensar por sí mismo, pues me he basado el sentido común, por lo mismo, ha sostenido ideas poco o nada pedagógicas. Si lo sostengo es porque confío en que la experiencia es una buena docente; y compartiendo experiencias, los docentes podemos cumplir mejor nuestra tarea de inculcar valores asociados a la búsqueda del conocimiento.

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