24 ago. 2010

El niño de los ocho mil gestos (primera parte)

El niño de los ocho mil gestos parpadeó dos veces ligeramente al mismo tiempo que extendía un centímetro la comisura derecha y medio centímetro la comisura izquierda de sus labios; tal gesto significaba que Eulalio había conseguido pensar las palabras precisas para describir una nueva configuración de su rostro: una gesticulación más para escribirla en su archivo “De las expresiones faciales”, el cual estaba muy próximo a los nueve mil gestos registrados; para ser precisos, el recién descubierto era el número 8237.

Eulalio, mientras no llegara a los nueve mil, debía considerarse un niño de ocho mil gestos. Con ellos era capaz de nombrar una grandísima cantidad de cosas: ropas, comidas, personas; molestias, preferencias y valoraciones. Por ejemplo, si movía los ojos como si observara su oreja izquierda mientras mordía con su colmillo su labio inferior significaba que tenía antojo de un buen plato de arroz blanco con plátano. Diversas variantes de ese gesto se vinculaban con variaciones en la preparación del arroz.

A pesar de la suma dedicación y cuidadosa precisión de Eulalio para describir las modalidades de las posturas de su cara, algunas personas no lo comprendían ni siquiera consultando el diccionario, puesto que “De las expresiones faciales” era un especie de diccionario, al que Eulalio, tirando entre cinco y seis centímetros la cabeza hacia atrás y exhalando durante medio segundo con fuerza por los orificios nasales, remitía a todo aquel que quisiera entenderlo de verdad.

No toda la gente parecía interesada seriamente en comprender la riqueza gestual de Eulalio, él había visto en sus once años de vida muchas bocas que le decían “no te entiendo” o “nada más di con la cabeza sí o no”. Sobra decir que Eulalio inflaba la zona del bigote ante esas palabras, lo cual era su expresión facial de enojo.

No todos los enojos son iguales, la intensidad de los sentimientos posee una enorme cantidad de graduaciones; Eulalio, por ello, había clasificado, según intensidades, motivos y duraciones, 339 clases distintas de enojo. Cabe señalar que también en su taxonomía gesticulatoria existían sentimientos aledaños al enojo: la molestia, la ira, el berrinche; la cólera, el fastidio y la furia.

También es de trascendental importancia enfatizar que Eulalio era capaz de reconocer en él mismo y en otros, movimientos faciales con su respectiva significación que aún no podía describir adecuadamente con palabras y, por tanto, aún no incluía en su compendio “De las expresiones faciales”. Digo que es trascendental porque el recabar gestos le parecía la más noble tarea y, por lo mismo, iba a todas partes con una libreta en la que apuntaba, aunque fuera a modo de borrador, ya sea gestos o palabras descriptivas. No era nada sencillo el proceso que debía cumplir la descripción de un gesto para ingresar al tesauro de Eulalio.

Una mañana, en un parque, él se topó con un reto gigantesco: vio un sonreír de saludo y alegría de parte de una niña, la cual le dijo algo que no alcanzó a ver bien, ya que Eulalio se había desconcertado un poco por los ojos de la niña.

Las miradas eran capítulo aparte en el libro de “De las expresiones…” porque toda mirada conlleva un enigma, pero la de aquella niña le resultó aún más enigmática. Eulalio caminó hacia ella. “¿No lo has viso?” Vio que le preguntó y Eulalio alzó como en parpadeo dos veces las cejas, evidentemente para pedirle que repitiera y aclarara su pregunta, pero ella dijo: “Me llamo Yanina, era un recuerdo de mi abuela que también se llamaba…” Eulalio en vez de fijarse en la última palabra, prefirió de nuevo fijarse en sus ojos.

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