23 abr. 2009

La más científica de las humanidades

No debe tratarse el cuerpo sin el alma, escribió Platón en unos tiempos cuando la filosofía estaba apenas en proceso de inventar el concepto de ciencia. Después, como el alma no apareció en la tabla periódica ni fue vista a través de un microscopio, ya no podemos creer científicamente en ella. Si creemos lo hacemos sin ciencia, que es como decir sin verdadera fe.

Sin embargo, el alma es importante por sus efectos, no por su materialidad. Es decir, que si no existe no importa, lo relevante es que actúa como palabra, como realidad psicológica y la sentimos como núcleo sentimental. El estudio del alma es la preocupación última de las humanidades. El historiador y el filósofo, el antropólogo, el sociólogo y el politólogo, entre otros, estudian en algún momento los movimientos del alma, ya sea a través del tiempo, del espacio o de otras circunstancias.

Todas estas disciplinas se esfuerzan en alcanzar cierto grado de cientificidad, de manera que ninguna proclama que estudia el alma, por el contrario, dicen estudiar hechos mucho más específicos y mucho más creíbles. Y acaso de las profesiones humanísticas, la que menos vergüenza tendría de asumirse como investigadora del alma, sería la literatura. Justamente porque la perspectiva del lenguaje literario tiende a ver a los seres humanos cara a cara, desde un punto de vista compasivo.

Quiero enfatizar esto del punto de vista porque me parece que mediante la comprensión de este concepto, se entiende mejor lo que significa humanismo, que no es precisamente el estudio de las cosas humanas, ya que es tan humana la mitosis como el hexámetro. Lo que cambia es la perspectiva, el punto de vista, mientras que el biólogo ve al ser humano como entidad viviente con sistemas complejos de funcionamiento, el literato ve en el ser humano a un ser en el tiempo y para la muerte y para los otros, con angustias y zapatos gastados y ganas de ver la tele. Y si lo puede ver así es porque mira frente a frente a un ser humano concreto, no a la humanidad ni a la especie ni a la sociedad, no desde una enciclopedia o un laboratorio, sino vis a vis y al mero, mero fulanito de tal.

Ver a las personas de a pie, de la calle y notar que tienen un alma en movimiento, eso es humanismo para mí. Creo que una persona que comprende los conflictos con sus vecinos puede entender mejor los problemas de Kosovo. En cambio, irse a las nubes o a la luna, querer tener ojos telescópicos o microscópicos es procurar una perspectiva antihumanista. Al humanista no le interesan los átomos ni las galaxias, pero sí los astrónomos y los físicos. O sea, lo humano de la ciencia, lo humano de todas las cosas.

Y creo que está claro cuál es de entre las ciencias la más humana. O, en realidad, la más científica de las humanidades, el arte de la medicina.

En la Ciudad Universitaria, recuerdo cómo de la Facultad de Filosofía y Letras, está muy alejada de la Facultad de Ciencias, no sólo geográficamente, es muy difícil que haya un contacto entre alumnos de carreras de humanidades con los del área científica. Y recuerdo el recorrido de Filosofía al metro Copilco. Se pasaba por Derecho, horrible lugar, lleno de trajeados, corbatudos y pintarrajeadas. Luego por la Facultad de Economía, ahí se pueden ver estudiantes greñudos y politizados, los únicos humanistas que saben cálculo diferencial. Y después, las facultades de Odontología y Medicina, ¿están mal colocadas acaso? La de odontología podría ubicarse en algún círculo del infierno, pero me parece que está bien puesta la de Medicina en el lado de las humanidades.

Un buen médico sabe que los pacientes no reaccionan todos del mismo modo. Se dirá que cambia la fisonomía, la genética, la psicología y hasta la idiosincrasia, pero yo tengo muy claro para mí que lo que cambia es el alma. Y el buen médico sabrá ver los cambios del alma para curar luego los cambios del cuerpo. Y un médico que se enfoca en el alma, indudablemente, es un humanista.

Ahora bien, ¿en una sala de urgencia qué médico puede ser humanista? Esa asquerosa palabra, “eficientización”, ha venido a empeorar todas las cosas que toca. El médico en nuestros días suele codificar y cosificar a sus pacientes. Un hospital para ser más eficiente se vuelve menos humano. ¿Cómo alguien puede comunicarle al enfermo de la cama 305 que su cáncer es incurable sin antes conocer su nombre?

Para Ivonne Bordelois, una poetisa y lingüista argentina, parte del problema es que los médicos se han proletarizado y trabajan a destajo. Los pobres (literalmente) médicos que trabajan en ciertas farmacias son un claro ejemplo. Casi se les pide que traten a los enfermos como si fueran frascos a los cuales etiquetar. Pégale una etiqueta con el nombre de un medicamento y atiende al siguiente, que el consultorio se vuelva una especie de maquiladora de pacientes con receta en mano, es decir, de clientes de la farmacia. Sólo clientes. Cliente significa medio, cosa que ayuda a ganar dinero. Cliente significa no-persona. Quien tiene clientes no es un humanista.

Otro problema importante que analiza Bordelois es la incomunicación que prevalece entre médico y paciente. Las cinco o diez mil palabras que aprende un estudiante de medicina debe traducirlas al lenguaje vivo, porque eso, lograr que cualquier hombre sea capaz de entender una explicación, eso, es saber hablar. No hay más corrección en el lenguaje que la claridad y el entendimiento. Las palabras correctas son las palabras que se entienden. Y si el paciente, que más bien es un padeciente, no comprende lo que dice el médico, entonces, su enfermedad será más complicada.

El reconocimiento, dice Bordelois, es la primera pauta del alivio, y sólo puede haber reconocimiento cuando hay un código común entre enfermo y médico, el vínculo que nos iguale como habitantes del mismo lenguaje, de la misma realidad. Seres humanos reconociéndose en la curación y la enfermedad. En esa dialéctica está la vida.Todos estamos enfermos. Todos necesitamos las palabras del otro. El otro es un médico y a la vez es un enfermo. Todos nos vamos a curar, todos nos vamos a morir. Y necesitamos palabras, reconocimiento. Siento que sí, en buena medida, las palabras hacen la curación.

1 comentario:

Menru dijo...

Gracias por tu comentario, me dare el tiempo de leer tu blog :)

Saludos!