12 mar. 2009

El rostro de la posibilidad

¿Qué es lo que hace falta para matar a un puerco? Me preguntaron cuando era niño y erróneamente dije que un cuchillo. No, primero hace falta el puerco. Así, para romper esquemas, lo que hace falta, antes que nada, son los esquemas y, por supuesto, saber distinguirlos.

Entiendo por “esquemas” aquellas ideas que condicionan nuestro comportamiento. ¿Y en verdad podremos conocer las ideas que nos condicionan? ¿Qué tan sinceros podemos llegar a ser ante nosotros mismos? ¿A cuántos esquemas estamos atados?

Comenzar un ensayo con una pregunta es un recurso tradicional. Pero lo hice de una manera automática. Igual que al levantarme voy al baño y luego de descansar mi vejiga, veo en el espejo que estoy un poco más viejo. La naturaleza me impone ciertas necesidades, ¿pero quién me ha impuesto la necedad de mirarme en el espejo? ¿Por qué siempre hay uno de esos acechantes inventos arriba del lavamanos? ¿Por qué queremos una de esas cosas que le recuerdan las arrugas a los que se sienten jóvenes, la fealdad a los atrevidos, la adolescencia a los que desean madurez y la certeza de la sexualidad a quienes sienten por dentro otra identidad?

Yo en vez de un espejo en mi baño quería escribir una frase de Borges: “al igual que la cópula, el espejo multiplica a las personas innecesariamente”. Pero mi casera me regaló uno para que lo colocara en el baño. Me resistí algunos días a fijarlo porque deseaba permanecer inconsciente de mi decadencia; sin embargo, una amiga me dijo que me hacía falta uno y entonces cedí, olvidándome de Borges. No pude romper ese esquema, digamos, por la presión social. ¿Cuántas cosas he hecho sólo por esa presión?

Decir presión es exagerar. Los esquemas sociales por lo general son amplios, diversos y poco notables. Su apariencia, más bien, es la de ser cosas comunes y de tan comunes, invisibles. Sólo se distinguen cuando alguien los rompe. Muchas buenas personas, me imagino, no notaban que los esquemas sociales discriminaban a los negros, a los obreros o a las mujeres. Por ejemplo, ¿era una mala persona aquel chofer que le exigió a Rosa Parks ceder su asiento a un blanco porque esa era la ley y costumbre en el sur de Estados Unidos hace apenas cincuenta años?, ¿O sólo era un hombre que seguía los esquemas sociales? No resulta imposible suponerlo un buen marido, buen padre y ciudadano respetuoso de las leyes. Pero si hoy en día un conductor obligara a una afroamericana a ceder su asiento, podríamos sospechar que se trata de un racista neurótico. Los esquemas sociales se desgastan con el paso del tiempo.

Ante la multitud de esquemas, tendríamos que cuestionarnos, ¿cuáles son los más arraigados, los más viejos y tal vez por lo mismo, los más imperceptibles?

Decía que me levanto, voy al baño y me miro en el espejo. Luego, desayuno, normalmente cereal extraído de una caja de Kellogs. ¿Acaso porque vi mucha televisión de niño? ¿Por qué no desayuno huevos rancheros? Mi cuerpo ya está acostumbrado en las mañanas a los alimentos ligeros. Si nuestro cuerpo adapta un esquema, después ya no lo suelta. Pero pensándolo, es muy extraño consumir cereales y jamás haber visto un campo de trigo. No conozco a ningún niño que diga “de grande yo quiero ser campesino”. Los campesinos son una clase social fundamental y olvidada. Son sin duda los más ninguneados. En una gran ciudad es posible concebir que los campesinos no existen, que la leche se da en cajas y las verduras en los refrigeradores del supermercado. Es posible actualmente ser una buena persona, o sentirse así, y creer que está bien que los campesinos nos cedan el lugar en el autobús del progreso y se vayan ellos a la parte trasera.

Decía que desayuno y me alisto para trabajar. Aunque la actividad sea algo natural y el trabajo necesario para adquirir el sustento, ¿con qué artificio argumentativo se decidió remunerar el trabajo con tal o cual cantidad? ¿O quiénes votaron a favor de que las oficinas se activen a las ocho de de la mañana?

Se podría creer que la naturaleza nos ha impuesto ese esquema. Si todos trabajáramos el campo lo creería. Un agricultor debe aprovechar la salida del sol, ¿pero un oficinista qué necesidad tiene de atiborrar el transporte público al cuarto para las ocho? Se trata justamente de esos esquemas sociales que pasan inadvertidos. La duración de la jornada laboral de ocho o nueve horas no es natural, sino un esquema impuesto, tan impuesto que está legislado casi en todo el mundo. ¿Cuántos obreros fueron asesinados para que el día laboral fuera de ocho y no de catorce o de cinco horas?

Los misterios de la economía han creado esquemas que nos determinan sin que nos demos cuenta. Pero hay muchos otros. ¿Por qué cambia nuestro semblante cuando nos dan la noticia de que alguien ha muerto, alguien a quien ni siquiera conocíamos? Y aún sin ser religiosos guardamos un respeto, se diría, religioso por la muerte, que es, vale decir, el rey de los misterios… ¿Por qué he escrito el rey? Porque el rey solía ser el hombre más importante de las sociedades humanas; pero “muerte” es un sustantivo femenino. ¿Por qué para enfatizar su importancia tengo, por así decirlo, que masculinizarla? ¡Por un esquema mental machista! Si dijera “la muerte es la reina de los misterios” no sonaría igual de enfático que al decir “el rey”. Y en México ni siquiera tenemos reyes. El problema es que en nuestro lenguaje habitan ideas sumamente enraizadas.

Nuestra lengua española proviene del latín y éste a su vez del indoeuropeo hablado hace cinco o seis milenios, demasiado tiempo que pese a ello nos heredado, en rincones del idioma, bazofias de añejas ideologías. ¿Cómo romper entonces con los esquemas del lenguaje que son a fin de cuentas indispensables para formular cualquier idea?

No se puede. Hay esquemas irrompibles, económicos, lingüísticos, mentales, etc. ¿Y finalmente por qué romperlos? Por insatisfacción con la realidad, por el deseo de ser alguien, de tener una personalidad distinguible de la masa. Lo cual no deja de ser una ilusión. Abandonamos unos esquemas para ajustarnos a otros.

Sin embargo, en esa ilusión de romper esquemas, acaso, llegamos a ser quienes somos realmente. Hoy no miraré la cara del espejo arriba del lavamanos y quizás veré mi verdadero rostro, el rostro de la posibilidad.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta tu escrito. Eso de los campesinos es un recordatorio de que los esquemas hasta hacen que nos olvidemos de los valores de la justicia. Y no precisamente dejar de mirarte "en un espejo" es lo que te da posibilidades, sino que mirarte a fondo es lo que da posibilidades de romper esquemas y con ello realmente ser.

Anónimo dijo...

Es en romper los esquemas donde se encuentran nuevas posibilidades.

Antonio Rangel dijo...

Gracias.
Mi idea con este pequeño texto era señalar que existen una gran cantidad de esquemas, económicos, sociales, naturales, y que es imposible romper con todos los esquemas, pero conviene identificarlos para saber cuáles sí podemos romper beneficiosamete.
El rostro de la posibilidad es el rostro del ser humano. Mas, para aprovechar verdadermente nuestras posibilidades debemos recordar las cosas que nos determinan, que nos amarran para que nuestro rostro no sea algo determinado por nuestros padres, nuestra nacionalidad, nuestra condición económica, etc., sino que sea nuestro rostro hijo de nuestras acciones, de los esquemas que elegimos conservar.

Anónimo dijo...

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