7 mar. 2008

El fin de la vida adánica...

II

EVA: Soy la acusada, la juzgada, la víctima. ¿Puedo pasar?

ANTONIO: Sí, ¿qué escribes?

EVA: No escribo, no sé hacerlo, pero quiero aprender, quiero saber. Sería tan bueno saberlo todo. Sin embargo, tengo el tiempo limitado. Me debo a mis hijos, tengo que cuidar de mi casa, a mi esposo. Me siento tan cansada, quizá hago mal estando aquí.

ANTONIO: No creo, ¿por qué lo dices?

EVA: Mis ocupaciones son tantas y si me siento aquí a perder el tiempo. Perdón, no quise ofenderte. No quise decir que tú sólo pierdas el tiempo y no hagas nada útil. Sólo que yo sí soy una persona ocupada, muy ocupada. En fin, (desinteresada) cuéntame, ¿qué es la literatura?

ANTONIO: Bueno, es… pues, expresar algo con una intención artística mediante palabras… ¿por qué quieres saber?

EVA: Yo tengo múltiples intereses intelectuales. No puedo quedarme nada más en una cosa como Adán. Él va a trabajar, dice que regresa cansado, no me platica asuntos interesantes y ya, en eso se le va la vida. Yo necesito explorar, soy una mujer inteligente, tengo muchas inquietudes. La literatura no me llama la atención lo suficiente, porque a mí me gusta lo que es más emocionante y más relevante para el mundo como la ciencia.

RAZÓN DE ANTONIO: Pinche vieja, si no fuera tan bonita dejaría de sonreírle.

EVA: Yo una vez probé del árbol del conocimiento. Fue una manzana muy jugosa. Tuve que convencer a Adán de que también la probara, porque el muy miedoso no quería, hasta que casi lo obligué; lo malo es que después fue de maricón con Dios a delatarme. Pero ya me voy, otro día vengo, al fin que ya aprendí lo que es la literatura.

ANTONIO: Hubo un árbol del conocimiento, pero nunca un árbol de la sabiduría.

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