2 ene. 2008

¿Y si el año continúa?

Disfruto ser una persona pesimista, lamentablemente, en los tiempos recientes, me he visto rodeado de infortunios varios, los cuales me han conducido al optimismo. Me avergüenzo de ello, pero este optimismo ha sido más fuerte que mi fuerza de voluntad.
Pocos defectos me molestan tanto como la llamada actitud positiva. Siento que se requiere perder un buen número de neuronas para asumir tal actitud. Y sin embargo, he imaginado que mi próximo año será mejor que el moribundo 2007. ¿Me baso en algún dato objetivo, racional, probable? No, en lo absoluto, sólo lo afirmo con el más cándido y más necio de los optimismos.
Las desgracias de mi 2007 no tienen un origen indiscutible, es posible remontarse a otros años, a otras décadas. Pero diré que comenzaron con la muerte de mi padre. Aunque la muerte acaso no sea una desgracia. Fue triste. Impactante quizá sea el adjetivo apropiado. El cuerpo que dejó la mañana del 20 de julio era carne fría, sin alma. Aún así se me revolvió la conciencia cuando, un rato después, ayudé a sacar su cuerpo para llevarlo a la funeraria. Sentía con seguridad que mi padre ya no habitaba ese cadáver pero me dolía cargarlo como si fuera cualquier cosa.
Apenas un mes después, o no sé cuánto tiempo, recién mudados a otro departamento más pequeño, mientras me disponía a escribir acerca del concepto de la responsabilidad en Levinas, mi madre me llamó para decirme que habían internado a mi hermano en el hospital. Tenía una leucemia que nadie acreditaba, más que los médicos. Entonces, vinieron casi tres meses de hospitalización.
Supongo que, en mis cotidianas visitas al hospital, me fui contagiando de optimismo. El enfermo precisaba combatir por la vida. Le tocó estar en una sala llena de hombres contratados para la muerte, como todos lo estamos en realidad. De esa sala unos salían caminando a su casa, otros en camilla hacia el panteón. Mi hermano salió en silla de ruedas.
Antes de celebrar esa recuperación, ya había otro familiar necesitando internarse en una clínica, mi tía, que bien pudiera llamarse Chofi, porque soltera agoniza. Así que yo volví a probar la infernal comida de hospital, tratando de convencer a mi tía de que no sabía tan mal como se veía, y aunque no lograba persuadirla, su anemia fue controlada; si bien, le descubrieron más enfermedades, le permitieron pasar la navidad en casa.
En medio de esto, yo he perdido empleos y amistades. Pero me he dicho que el año concluirá pronto, que eso es encomiable porque las malas rachas tienen su final, y el arbitrario cambio de 2007 a 2008 habrá de significar el término de esta temporada tempestuosa.
Pienso que esto sólo puede significar que he experimentado un proverbio chino que dice: el pesimismo es un lujo de los buenos tiempos. Ojalá el próximo año vuelva a ser pesimista. Ése es mi propósito.
¿Y si el año continúa?, pregunta, parodiando a Hesse, la parte menos enferma de mi mente.
Si el año continúa, tendré que conservar mi pinche optimismo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias x la invitación a este espacio k me parece muy agradable, 3s un placer leerte, y ezpero k este año te puedaz dar el lujo de ser pezimizta,muak muak...io la siempre eskizofrenika.(odiame x destruir el lenguaje jiji).