24 oct. 2008

Autoelogio

No sé en qué mala hora decidí estudiar literatura. Yo debí ser abogado.

Lo que realmente anhelo es conversar sobre pleitos, hablar con voz fuerte, usar relojes caros y conocer cuáles son los más recientes automóviles en el mercado.

O debí ser economista, leer todos los días El Financiero, comprar dólares un día antes de la crisis, tener una oficina en un quinto piso y preguntarme en las mañanas qué corbata combina mejor con mi traje nuevo.

En verdad quisiera la vida honrosa de los médicos, prolongarle la vida a mi prójimo en vez de creer que la muerte no es desgracia para el muerto. Quisiera repartir consejos y medicamentos todos los días de mi vida y las noches, y no desperdiciarlas en el bote del insomnio.

Mejor debí ser cura, predicarle a mis conciudadanos cuál es el camino del bien y denostar los vicios, en lugar de alabarlos como acostumbro. Debí sostener firmemente una tabla de valores, no que me la paso cuestionándolos y buscando defectos en las virtudes.

¿Por qué no fui biólogo o químico o farmaceuta de perdida? Si no hallo nada más fascinante que enterarme del proceso mediante el cual se pudre la comida y aparece toda una diversidad de insectos a besar, luego de románticos rondines, los lácteos descompuestos.

Hablando en serio, yo hice un test vocacional y salí que tenía esperanza de ser arquitecto. Ojalá hubiera aprendido a construir maquetitas, a distinguir el Art decó del estilo Bauhaus. Pero soy un ignorante para quien todo se trata de paredes y techos que finalmente se derrumbarán.

No sólo ignorante, sino cúmulo de inepcias. Jamás pude dibujar ni soñar con decoro en ser diseñador. Con oído nefasto para la música y las lenguas, tenho o português ruim, very bad english, je suis nul en français, ¡pessimo con il italiano!

Si al menos no fuera torpe para remediar descomposturas eléctricas, clavos mal puestos en un librero, llaves inagotables de agua que se desfondan e inexplicables hornos de microondas que a contentillo se estropean. Si al menos para mis libros que andan en el suelo lograra fijar una pinche repisa.

Si a pesar de no saber nada, disfruto opinando acerca de todo, ¿mi vocación no era meterme de antropólogo? O acaso de peluquero, si no tuviera retraso manual. O si consiguiera pastillas contra la náusea, volverme politólogo.

Pero lo que de verdad quise desde siempre, desde el vientre materno, fue ser futbolista. ¿Por qué habré nacido con dos piernas izquierda, y siendo diestro? Soy miope como Pelé, mas sin su talento; fanfarrón como Maradona, sin su habilidad; egotista como Hugo Sánchez sin su suerte y bravucón como Cuauhtémoc Blanco, sin su genio.

Carezco de trofeos en mi departamento, tampoco hay ningún diploma, sólo un par de litografías con teporochos pulqueros. Cómo envidio a la gente que cuelga en muchas paredes sus reconocimientos. Yo sólo podría enganchar a mis muros la abejita trabajadora que me concedió mi maestra del kínder en un lejano año.

Si mis tantas incapacidades laborales fueran compensadas con la suerte en el amor, no sería un amargado. No hay mujer que al volver la vista hacia cualquier punto no encuentre un hombre más guapo, más divertido, más culto, más sencillo, más atrevido, más fuerte, más serio, más simpático, más decente, más servicial o más sensato que yo. O con mejor trabajo, o mejor cuerpo o mejor cutis o mejor futuro que yo. ¿Cómo demonios se puede tener futuro? ¿En qué lugar se guarda algo que no existe?

En fin.

Como decía, no tengo remedio, soy hedonista, es decir, sonrío. ¡Ah, las palabras! A propósito de la falta de mujer, López Velarde decía:

En mi pecho feliz no hubo cosa
de cristal, terracota o madera,
que abrazada por mí, no tuviera
movimientos humanos de esposa.

Tampoco sé ser hermeneuta, sin embargo, considero que la palabra clave es feliz. Y por parafrasear, a propósito de mi falta de aptitud laboral, diría yo:

Para mi frente feliz no hubo empleo
de oficina, ciencia o estudio
en que no viera aun sudando cual reo
un cierto cariz literario.

Ni modo. Así soy, y quéyquéyquéyqué…

2 comentarios:

Amron aicitel dijo...

Me gusta como inicias el ensayo...las primeras lineas son importantes para mi...sobre el final, me gustan otro tipo de finales..pero èso es algo personal...me gusta tu estilo...

Antonio Rangel dijo...

muchas gracias, Norma Leticia, por tus comentarios, me han caído muy bien, espero encontrarte pronto o hablarte, cuídate mucho.